CHAPTER 1 INTRODUCTION
2.3 Evaluation of EAC in the light of Traditional OCA
Se ha hablado de una mímesis que produce esquemas defectuosos en el orden social. No obstante, René Girard, indica que el deseo mimético también facilita construir nuestra identidad y lo que proporciona a los seres humanos el aprendizaje para participar de su propia cultura, adquiriendo, además, un modelo no violento que permite resistirnos a la mímesis de rivalidad; Esta experiencia política ha facilitado la puesta en escena de los derechos humanos en el siglo XIX y la pregunta por las víctimas en el siglo pasado.
Explicar la relación entre el deseo y la violencia es un punto de partida antropológico, que hipotéticamente plantea la realidad de la reconciliación; esta converge en el oxímoron que fluctúa entre la pregunta ética por el otro y el axioma de la verdad. Cuando se desplaza el problema de la verdad, no solo se exime un relativismo cultural y social, sino que se elude evitar el colapso de la dignidad humana perpetrado por los imaginarios que llevan a desatar las rivalidades miméticas, y por ende, despedazar tejidos humanos, desgarrar historias de vida y proyectos por vivir. Así por tanto, la reconciliación a la luz de la mímesis o de imitación no violenta, busca la rehabilitación de la víctima, de aquellos y aquellas que son producto a ritmo industrial de las dinámicas de la guerra y la pacificación del país. Esto, además, permite que la mirada intrínseca al tema de la reconciliación, no se quede en la lógica del horizonte de comprensión de quien la describe, sino que deja abierta la pregunta siempre compleja por la identidad; no solo de quienes somos o qué queremos, sino como un ejercicio de deconstrucción de nuestras propias verdades.
Como en la primera parte de la investigación se indicó, el modo de estar en el mundo, el modelo de sociedad que se pretende establecer, así como el tipo de relaciones entre los ciudadanos y las instituciones, se configura por sus visiones de mundo y relaciones intersubjetivas entre los sujetos, el imaginario sobre la secularización, ha permitido promover diferentes espacios de legitimación y salida a un nuevo orden social. No obstante, ha sido importante la redefinición radical sobre el secularismo que plantea René Girard. No es cierto que la tesis de Max Weber sobre el desencantamiento del mundo, que se traduce en menos creencia en Dios, sea justa actualmente, ni en un efecto necesario de la modernidad, donde la fe desaparece del espacio público para dar espacio a la libertad y derechos como fundamento de la convivencia política; es un concepto importante a la hora de pensar e indagar por las posibilidades de una
reconciliación entre los seres humanos. Aprendemos con Girard que la secularización surge cuando se devela el fenómeno del mecanismo sacrificial como modo de cohesión y legitimación social en una cultura, que por parte de la tradición judeocristiana, “invita a no imitar el modelo sacrificial y coloca a la víctima inocente en el centro de nuestro horizonte discursivo”. (Antonello, 2006: 15).
Este horizonte ideológico, facilita a la cultura contemporánea, la construcción por completo en torno a la centralidad de las víctimas, las víctimas de la Shoa, las víctimas del capitalismo, las víctimas de las injusticias sociales, de las guerras, de las persecuciones políticas, del desastre ecológico, de las discriminaciones raciales, sexuales y religiosas.
Otro aspecto importante de la fenomenología conceptual de la reconciliación, se encuentra la idea de autonomía, donde se cuestiona porque las dinámicas del yo autónomo están revestidas por la indeterminación del deseo mimético; la mímesis permite articular y cohesionar diferentes escenarios y espacios complejos que se presentan en la arena cultural, esto es, las visiones entre lo políticamente correcto y lo que se escapa o invisibiliza en la misma realidad y que genera exclusiones. En ese espacio de mediaciones internas o rivalidad recíproca, se llega a determinar que realmente no se combate por las diferencias que existan entre los sujetos, sino por sus similitudes en cuanto al modo de desear el mismo objeto y en un estadio superior, a desear el deseo del otro que termina en la rivalidad y en ciertos casos a culminar en la fase sacrificial.
Cuando se reconoce la distorsión de los mitos que legitiman la violencia, se puede liberar de la ilusión de la mímesis; libera a los seres humanos de su lógica defectuosa y permitir la posibilidad de una reconciliación diferente o las
condiciones propicias para organizar una infraestructura para la paz. La reconciliación política, sería la construcción de paz ampliada, que no se reduce a pensar en el cese del conflicto, sino en la visibilización de la propia violencia en los seres humanos y en la visibilización no sacralizada de las víctimas.
En el contexto colombiano, el fin de la guerra y la oportunidad de la reconciliación no está definida actualmente; en parte porque la realidad del conflicto está mediada por la disgregación de todos los rituales, de todas las instituciones y la incapacidad de la política para contener la violencia. La complejidad de la violencia y de la reconciliación tiene atisbos similares. Por ello, debemos pensar la reconciliación no ya como la consecuencia, sino como el reverso de la escalada a los extremos:
“como nos vemos atraídos unos a otros, ya no se puede pasar de la guerra a la reconciliación. Desde luego, la fraternidad consistirá en reconocer que somos similares. E incluso, si no fuésemos tan miméticos, prescindir de la violencia. Sin embargo, el problema es, una vez más, que el mimetismo define al hombre (…) debe evitarse a toda costa, pensar la guerra como un pasaje hacia la reconciliación; diferir la reconciliación es, en todo momento, aumentar la violencia.” (Girard, 2010: 155-156).
Asumir las complejidades de la reconciliación desde un esquema de reconocimiento del otro como vida parecida a mi mismo, puede generar espacios fundamentales del orden material, es decir, desde el debate y la memoria narrativa, que permita a los actores agraviados la oportunidad de hablar y expresar su experiencia vivida. Implica, además, encarar radicalmente
la violencia que significa develar y denunciar el error sobre el que se funda lo religioso arcaico, esto es, la eficacia del chivo expiatorio divinizado.
Esto nos lleva a pensar entonces, a buscar las condiciones de posibilidad para integrar lo público y lo democrático en una teoría como la de Girard, que tiene fundamentos epistemológicos desde la tradición judeocristiana, específicamente desde la revelación bíblica. La transformación de conflictos solo es posible cuando los seres humanos sean capaces de una “autocrítica” de su propia violencia. El reconocimiento parte de un ejercicio previo individual donde reconoce los modelos que llevan a destruir al otro. Solo en este espacio es posible la semilla de un perdón auténtico que traspasa las fronteras de lo público y lo privado. Los intentos de establecer modelos venidos de un orden no sagrado, como ciertas nociones de lo político, revitaliza la reconciliación como espacio de cohesión social, que no viene asumido desde un esquema del derecho publico elaborado por Schmitt, ni exclusivamente desde los espacios privados del mercado, sino desde el impulso de una interpretaciones de las relaciones sociales y la esencia de todas las actividades humanas, económicas y científicas, como una preocupación por las víctimas, pues el sentido del hombre no está sometido a su existencia, sino a su existente, es decir, la imagen plena de su ontología que se revela en el otro. Pero, solamente se puede concretar bajo una conversión o toma de modelos que permitan el rompimiento del círculo de la violencia, la corrección de nuestra capacidad mimética, y la reconciliación desprovista del defecto sagrado.
Es posible lograr una reconciliación privada de víctimas siempre y cuando la víctima no vuelva a sacralizarse, pues se volverá a repetir el ciclo de lo religioso. Lamentablemente es lo que está ocurriendo en este momento en el país. Se ha llegado a un grado de polarización porque la misma ley de víctimas
facilitada por esquemas políticos, juega en doble vía. Algunos partidarios exaltan esa figura, pero dejan en un segundo plano su memoria histórica. Y, este aspecto es importe. A una víctima no sacralizada se le reconstruye la vida humana. Una memoria reconciliadora reconstruye el sentido humano de esa obra que se ha perdido.
El oasis de la reconciliación, puede surgir entonces, desde la reconstrucción de la vida humana de los que han sufrido la violencia; parte de la reelaboración de las categorías de perdón, Verdad y reconocimiento, modelos que tienen una carga semántica fuerte venida de los modelos judeocristianos. Esto implica un justo debate entre el papel de la religión en la esfera pública y un tratamiento político para resolver la violencia y los diversos malestares sociales, desde una nueva racionalidad que proponga buscar un modelo en que la deliberación permita el encuentro de lo emocional, los bienes, la tradición con las razones, no solo desde modelos neokantianos de justicia o procedimientos exclusivamente comunitaristas. Por tanto, afianzar modelos de reconciliación desde el reconocimiento de la vida de cada uno de los sujetos agraviados por el conflicto, así como el modelo de perdón que, sin sacralizar a las víctimas, permite construir relatos de una víctima reivindicada en su inocencia radical y en su capacidad para transformar a sus victimarios en personas que renuncian a la violencia.
CAPÍTULO VI.