3.4 Discussion
4.3.3 Evaluation of models
Hurtado (1996: 157) en su magnífica labor de estudio y configuración de la ciencia traductológica hace hincapié en la necesidad de concebir la traducción como texto (enfoque lingüístico-textual), como acto de comunicación (enfoque intercultural) y como proceso mental (enfoque psicolingüístico). En este trabajo nos centraremos en los dos primeros.
En el presente capítulo revisaremos qué persiguen las corrientes actuales del enfoque
lingüístico-textual en traductología y cómo el análisis textual se puede aplicar a la
práctica de la traducción jurídica. Junto a los enfoques descriptivos y comparativos de lenguas, los enfoques textuales en traductología se engloban (aunque no de manera estanca) en la categoría de estudios lingüísticos, basados en la aplicación de determinado modelo procedente de la Lingüística y que inciden mayormente en los aspectos lingüísticos de la traducción (Hurtado, 1996: 154)16.
Para la perspectiva textual la traducción va más allá del nivel de la lengua, es una operación textual. Se incluyen aportaciones extraídas de la Lingüística Aplicada y del Análisis del Discurso, como las contenidas en Beaugrande y Dressler (1981) para quien “un texto es un acontecimiento comunicativo que cumple siete normas de textualidad”: cohesión y coherencia, intencionalidad, aceptabilidad, informatividad, situacionalidad e intertextualidad (1981: 35); las nociones complementarias de macroestructura y microestructura (Van Dijk, 1977, 1978, 1980); contexto (Hatim & Mason, 1990); ideología o punto de vista (Van Dijk, 1999; Calzada, 2003; Tricás, 2008). Conceptos, todos ellos, consustanciales a la propia noción de género (Hatim & Mason, 1990; García Izquierdo, 2000, 2005a, 2011a).
De la misma manera, dentro de los enfoques teóricos con los que cuenta la disciplina de la traductología, creemos necesario tratar los estudios interculturales de la traducción, pues los aspectos sociales y culturales son inherentes al documento notarial (objeto de nuestro estudio), y la traducción jurídico notarial no es una traslación entre unidades léxicas, sino un proceso textual y un acto de comunicación, un “acto trasncultural” (Snell-Hornby), un “acto intrasistémico de comunicación” (Toury) entre dos comportamientos socioculturales distintos que corresponden a dos paradigmas notariales divergentes.
1.2.1. El enfoque textual en traductología
16 Para la clasificación de los enfoques teóricos actuales Hurtado también nos remite a Rabadán (1992), donde se propone una
clasificación en relación a tres puntos de vista: la función, el proceso, y el resultado, señalando, además, la existencia de estudios socioculturales, psicolingüísticos, textuales y hermenéuticos.
Las primeras reivindicaciones de la lingüística del texto las encontramos con el modelo interpretativo de Seleskovitch (1968), representante de la Escuela del Sentido (L’ÉSIT) junto con Lederer; en el célebre artículo de Coseriu (1956) “Determinación y entorno. Dos problemas de una lingüística del hablar”; la perspectiva lingüístico-estructural para el análisis de la traducción que adopta Catford (1965: 20) al definir la traducción como “la substitución del material textual de una lengua por el material textual equivalente en otra”; o la dialéctica en traducción entre “naturalidad” (o respeto al sentido del original) y “fidelidad” (literalidad) de los tratadistas Meschonnic (1986) y Ladmiral (1986). Un enfoque más tipológico lo aporta Reiss (1971: 20) con la clasificación textual según su función informativa, expresiva, apelativa y subsidiaria.
Desde el análisis del discurso y la lingüística aplicada, encontramos los postulados de Hartmann y su propuesta de integración de todos los niveles textuales a través de la textología comparada (1980); el representante de la Escuela de Leipzig, Neubert (1985), quien integra los resultados de la lingüística del texto a la traductología, y subraya los aspectos pragmáticos y el diferencial sociocultural existente entre dos comunidades lingüísticas y comunicativas; los aspectos comunicativos y semióticos, o los aspectos pragmáticos del contexto situacional de Hatim y Mason (1990 y 1997); la dimensión comunicativa y multicultural de la traducción de Tricás (1996, 2008); Baker (1992, 1998a), que incide en el dinamismo y la interdisciplinariedad de la traducción, abriendo paso a nuevas descripciones: abarca desde conceptos tradicionales como puede ser la equivalencia hasta la floreciente lingüística de corpus o una reflexión socioprofesional de la traducción. Finalmente, citaremos la propuesta de García Izquierdo (2000, 2005a, 2011a) que, inspirándose en el modelo de Hatim y Mason, aboga por el análisis textual en traducción partiendo de la Lingüística Funcional Sistémica de Halliday. Sin dejar de mencionar las reflexiones sobre el texto como discurso, y las aplicaciones didácticas y pedagógicas sobre la traducción de Delisle (1993, 1998); Grellet (1981), con sus reflexiones sobre la comprensión lectora y el texto; o Hurtado en sus trabajos de los 90 y posteriores (1994b, 1996b, 1999).
Repasando las propuestas de estos autores advertimos que no abogan únicamente por el binomio enfoque textual-traductología, sino que incluso plantean la introducción de otras variables textuales. Como explica detalladamente Hurtado (1996a: 155) todos ellos apuestan por la traducción como operación textual (aproximación a los textos a
partir de sus convenciones, y no centrada exclusivamente en el plano de la lengua), con incidencia en los aspectos intratextuales de análisis y los aspectos extratextuales que intervienen en la traducción.
Bajo la concepción textual integradora en traductología de Hurtado (1996a: 157), pasamos a definir algunos conceptos asociados a la idea de la traducción como proceso y como producto, con sus relaciones internas y externas.
Tanto la cohesión como la coherencia son estándares de textualidad estrechamente ligados entre sí que se centran en el mismo texto. A juicio de Beaugrande y Dressler (1981: 35-40) la cohesión es la primera norma de textualidad en virtud de la cual los distintos elementos sintácticos del texto establecen las diferentes posibilidades de conexión en una secuencia.
La cohesión es la propiedad que permite que el desarrollo lingüístico de un texto no presente repeticiones innecesarias ni resulte confuso para el receptor. Como apunta García Izquierdo (2011a: 104) la noción de cohesión “se refiere a los componentes de la superficie textual y está íntimamente relacionada con los mecanismos léxico-sintácticos que conforman el texto”. De esta manera, las diferentes unidades de la superficie del texto (palabras, frases, párrafos, enunciados …) están conectadas entre sí mediante diversos mecanismos lingüísticos que permiten que cada unidad sea interpretada en relación con las demás, y son determinantes para conocer la microestructura textual. García Izquierdo (2011a: 105 y 106) expone con detalle los mecanismos de cohesión que pasamos a abreviar aquí del siguiente modo:
(a) Mecanismos de cohesión gramatical
- Deixis: la anáfora o relación de una proforma y un segmento previo; y la
catáfora o relación de una proforma con un elemento posterior).
- Elipsis: eliminación de elementos de oraciones cuya estructura nos lleva a sobreentender el elemento eliminado, a partir de la situación comunicativa y el conocimiento del mundo compartido por parte de los interlocutores. Distingue entre elipsis de sistema (determinada por el sistema de la lengua) y
- Conectores: palabras que establecen relaciones entre segmentos oracionales o textuales. Conjunciones coordinantes y subordinantes, y conectores discursivos.
(b) Mecanismos de cohesión léxica
- Recurrencia: reiteración de elementos léxicos, componentes oracionales y otros elementos lingüísticos. Diferencia entre recurrencia total, recurrencia
parcial y correferencia, dependiendo si se repite la misma unidad, una clase
de palabra diferente o se utilizan expresiones distintas para un mismo contenido.
- Campos semánticos: conjunto de palabras que comparte rasgos semánticos comunes entre sí y distintivos respecto a otros grupos. Matiza entre diferentes relaciones de orden dentro del campo semántico (hiperonimia y
homonimia); relaciones de semejanza y oposición (sinonimia y antonimia).
- Selección de terminología y fraseología pertinente.
Beaugrande y Dressler (1981: 121) manifiestan que la continuidad de sentido es el fundamento de la coherencia, como segunda norma de textualidad. Así, la coherencia textual es una propiedad que permite concebir el texto como una entidad unitaria, en la que las diversas ideas secundarias aportan información relevante para llegar al tema principal, de modo que el lector encuentre el sentido o el significado global del texto.
Aquí entran en juego otras nociones derivadas como puede ser el dominio epistémico, las relaciones intertextuales, el concepto de frames o marcos de conocimiento (puntos socioculturales de referencia compartidos por emisor y receptor que contribuyen a la comprensión de los enunciados); o el llamado principio de cooperación de Grice (1975), compuesto por las máximas de cantidad (informar de lo necesario), calidad (informar de lo cierto), manera (informar clara, breve y ordenadamente) y relación (informar de lo relevante), que posibilitan iniciar, continuar y finalizar una comunicación coordinada y razonable.
A lo anterior se suman, en términos de coherencia, las presuposiciones e implicaturas
conversacionales. Las primeras (implicaciones semánticas) son informaciones que si
compartidas por los interlocutores y dependen de factores conceptuales como el conocimiento previo, las ideas o la cultura. Las segundas (implicaciones pragmáticas) constan de información que el emisor de un mensaje trata de hacer manifiesta a su interlocutor sin expresarla explícitamente. El traductor, sin duda, deberá estar atento a la presencia de este tipo de implicaturas en los textos, pues se producen porque el hablante transgrede voluntariamente alguna (o todas) de las máximas para producir determinado efecto (claro ejemplo de intencionalidad discursiva), de tal manera que en ocasiones se miente para salvar situaciones embarazosas o evitar confrontaciones, se ironiza para polemizar con las personas o criticar sus comportamientos, o se produce ambigüedad intencionada con el fin de evadir preguntas incómodas (García Izquierdo, 2011a: 137)17.
La intencionalidad y la aceptabilidad son los dos estándares directamente relacionados con la actitud de los usuarios. Según Beaugrande y Dressler (1981: 15), los textos son vehículos de interacción comunicativa con una intención determinada (“vehicles of
purposeful interaction”). La intencionalidad textual se refiere a la actitud del emisor,
quien debe ser consciente de que va a alcanzar un determinado objetivo en el momento de escribir un enunciado o a la hora de emitir una opinión. Por lo que podemos entender dicha categoría como aquella propiedad que permite al emisor organizar el texto, es decir, proceder a la elección y articulación deliberada de las unidades lingüísticas en torno a un determinado propósito comunicativo.
Esta variable textual aplicada a la traductología obliga al traductor a intentar que los receptores de la lengua de llegada perciban la misma intencionalidad que posee el TO, ya sea mediante los mismos tipos de actos de habla (emitir palabras de manera lógica, expresar promesas o aconsejar, por citar algunos) o mediante otros que en la lengua meta expresen el mismo valor (García Izquierdo, 2011a: 136).
Cuando Beaugrande y Dressler hablan de aceptabilidad textual se refieren a la actitud del receptor en términos de aceptación: “una serie de secuencias que constituyan un
17 Estimamos oportuno reforzar que todos estos elementos que conforman la coherencia del texto Beaugrande y Dressler (1981), no lo hacen en el mismo sentido que las máximas, implicaturas y presuposiciones relacionadas con la dimensión pragmática de Hatim y Mason (1990) o con los aspectos comunicativos del modelo genológico de García Izquierdo (2002, 2005a, 2005b, 2011a).
texto cohesionado y coherente es aceptable par un determinado receptor si este percibe que tiene alguna relevancia, por ejemplo, porque le sirve para adquirir conocimientos nuevos o porque le permite cooperar con su interlocutor en la consecución de una meta discursiva determinada” (Beaugrande y Dressler, 1981: 41). De tal manera que la aceptabilidad es entendida como el grado de tolerancia o de utilidad con que el destinatario se acerca al texto para dotarlo de sentido.
En el momento de tratar la clasificación de las tres normas relacionadas con el emplazamiento del texto en situación, los autores se remiten a los criterios de informatividad, situacionalidad e intertextualidad. Beaugrande y Dressler (1981: 9) defienden la pertinencia de la informatividad en el discurso al sostener que un texto sin información nueva no puede tildarse como tal: “informativity indicates the extent to
which content is known or expected compared to unknown or unexpected for the receiver”. Por lo que la informatividad será el componente de innovación informativa
que despierta el interés del receptor por un determinado texto.
Del mismo modo, abogan por la necesidad de la situacionalidad en la textualidad y la describen como: “[…] factors which make a text relevant to a situation of occurrence” (Beaugrande y Dressler, 1981: 9). Esta dimensión nos remite a los parámetros de espacio y tiempo en los que se celebra una situación textual comunicativa y que hace que un texto adquiera significación para los interlocutores en el contexto físico y temporal en el que tiene lugar.
Respeto a la tercera regla relacionada con el emplazamiento del texto en situación, esto es, la intertextualidad, para Beaugrande y Dressler (1981: 10) implica que una secuencia de oraciones se relaciona por forma o significado con otra secuencia de oraciones anteriores: “[…] factors which make the utilization of one text dependent
upon knowledge of one or more previously encountered texts”. Deducimos que esta
norma hace referencia al hecho de que la producción e interpretación de un texto depende del conocimiento que se tenga de textos significativos anteriores relacionados con él, lo que convierte al fenómeno de la intertextualidad en un estándar fundamental para todo análisis textual y, por extensión, para la traducción.
Pero, ¿cómo repercute la noción de intertextualidad en traducción? La idea de Kristeva (1969) da cuenta de este interrogante, pues señala que todo texto se construye como un mosaico de citas (alusiones o referencias) a través de las cuales el escritor entabla un diálogo con textos anteriores, transformándolo en otro texto. Del mismo modo el traductor, por su condición de mediador intercultural, transforma el TO (texto original) en otro texto (TM) entre los que hay numerosas referencias culturales, un alto grado de intencionalidad, y múltiples relaciones genológicas, temáticas, estructurales y funcionales.
Dada la concepción del texto como expresión del lenguaje humano, junto con los estándares que proponen Beaugrande y Dressler (1981), cabría destacar otros estudios que proponen conceptos que pueden considerarse complementarios: la macroestructura y microestructura de Van Dijk (1977, 1978, 1980), esta última conformada por mecanismos de cohesión, entre otros; el contexto de Hatim & Mason (1990); y la ideología (“intencionalidad” para Beaugrande y Dressler) o “punto de vista” en palabras de Tricás (2008). Estos conceptos, entre otros, serán relevantes para nuestro análisis, pues están subsumidos en el mismo concepto de “género” (García Izquierdo (2000, 2005a).
Así, según T. A. Van Dijk (1977, 1978, 1980) la macroestructura y la superestructura constituyen formas de organizar el contenido de un texto en su conjunto. La macroestructura es la estructura semántica del conjunto del texto, convirtiéndose en un mecanismo de coherencia textual. Mientras que la microestructura se refiere a los elementos que estructuran el texto a nivel de oración, entre ellos la cohesión gramatical y léxica.
Acorde con lo recogido en el Diccionario de términos clave de ELE (2008), todo texto estructura los elementos de que se compone en dos niveles de organización diferentes: la dimensión macrotextual, en cuanto que da cuenta de cómo se produce y comprende un texto en su conjunto. En este plano se estudian los mecanismos y reglas que rigen la comprensión y producción del texto como un todo (tema del texto, orientación argumentativa o secuencias textuales que lo componen). Y la dimensión microtextual que analiza los aspectos fónico-gráficos, gramaticales y léxicos caracterizadores de un texto (enunciados, oraciones, palabras); además de las unidades discursivas y
pragmáticas microtextuales (la articulación tema-rema o los actos de habla en que se descompone un texto).
De estas reflexiones se desprende que la macroestructura ayuda a la comprensión integral del texto, pues proporciona coherencia global al mismo, jerarquiza las informaciones individuales para distinguirlas de las referidas a la información general o central, permitiendo la diferenciación de las ideas secundarias frente a la idea principal del texto. Es decir, el análisis macrotextual consiste en la identificación de las estructuras esquemáticas del discurso tales como el título, subtítulos, epígrafes, secciones, apartados; y los movimientos o secuencias retóricas, dotadas de una función y un propósito comunicativos concretos. El reconocimiento, a través de procesos cognitivos, de la organización del texto en estas secuencias retóricas o bloques informativos contribuirá a que el traductor capte su significación global.
Siguiendo el Diccionario de términos clave de ELE, la microestructura textual, por su lado, se refiere a las maneras de canalizar la continuidad temática entre las ideas elementales del texto (progresión temática) y a las relaciones entre las ideas en términos de causa, consecuencia o descripción. Esto es, el análisis microtextual es el de los aspectos formales que dotan al texto de cohesión léxica (terminología, fraseología, campos semánticos, etc.) y gramatical (conectores, elementos meta-discursivos, colocaciones, deixis, elipsis, etc.).
De todo ello se desprende que la macroestructura procede de la microestructura, pudiendo establecer un relación bidireccional entre microestructura y macroestructura, pues se trata de una doble relación que se aloja en la dirección de síntesis o producción y en la de análisis o recepción (García & Albadalejo, 1983: 143). En otras palabras, el conocimiento y el uso de las estrategias macrotextuales y microtextuales enumeradas intervienen de manera importante en la producción y la comprensión textual.
Prosiguiendo con los conceptos que comprende la idea integradora del texto, el enfoque textual en traductología aboga por la pertinencia de los factores contextuales en el proceso de la traducción. El texto, la traducción, se concibe como un acontecimiento social que ocurre en un contexto dado, lo que comporta un interés por el estudio de los aspectos lingüísticos y extralingüísticos que determinan la comunicación.
Desde esta perspectiva contextual, Hatim y Mason perciben la manifestación de uso lingüístico de la traducción como un proceso comunicativo que tiene lugar en un contexto social (1990: 13). No niegan la importancia que las categorías gramaticales y léxicas y su contraste poseen, pero reivindican que hace falta llevar a cabo un análisis más profundo pues los factores externos no ajenos a la comunicación pueden provocar variaciones en el comportamiento de esas categorías.
El traductor, sin duda, tiene como materia prima las palabras y las frases. Sin embargo, la equivalencia hay que buscarla en la globalidad del texto, en el lugar en el que esas unidades ocupan en la totalidad del texto (Hatim y Mason, 1990: 229). Al concebir el texto de manera integradora, como un todo, se crearán una serie de relaciones entre la textura, la estructura y el contexto del discurso. Su análisis, pues, girará en torno a la noción de contexto y las implicaciones que esta tiene de cara a la traducción como proceso (el “traducir”) y como producto (el texto traducido) (Hurtado, 1994b: 37).
Indudablemente, la influencia de la cultura y la situación determinan en muchas ocasiones un tipo de texto o un acto comunicativo u otro. La adecuación entre el contexto y el texto es necesaria para el entendimiento del mismo y la noción del contexto es esencial para poder así desarrollar la teoría textual y el estudio de la lingüística aplicada a la traducción.
Junto al influjo cultural, cabe mencionar la perspectiva ideológica. Hemos revisado el concepto de ideología con anterioridad al referirnos a la máxima de Van Dijk (1999: 27) “no hay ideología sin lenguaje” y su definición como el compendio de sistemas sociales, culturales, e incluso lingüísticos, compartidos por los miembros de un mismo grupo (Van Dijk 1999, 2005). Aunque con el mismo sentido, Tricás (2008: 4) habla de “punto de vista” cuando alude al concepto de ideología y manifiesta (2008: 10) que “un traductor lleva a cabo un ejercicio de confrontación textual a través de un constructo cultural intermediario —el tertium comparationis— que le permite acercar lo ajeno y lo propio y poner de relieve el importante poder de las palabras como instrumentos culturales e ideológicos”. Luego, la tarea de traducir no es una actividad neutral. La vinculación ideológica de la traducción es innegable, al ser concebida como una práctica comunicativa que tiene lugar en un contexto social, condicionada por factores
ideológicos que influyen en la utilización de una u otra estrategia por parte del traductor.
Como ya hemos comentado, la profesora García Izquierdo (2000) también propone un modelo de análisis traductológico partiendo del texto y su caracterización. Su paradigma se fundamenta básicamente en las tres dimensiones contextuales, a saber, comunicativa, pragmática y semiótica, propuestas por Hatim y Mason (1990). Pero, la autora (2005b: 353) profundiza en la cuestión y plantea que todos los aspectos textuales y contextuales se canalicen en una única categoría, convirtiendo al género en el punto de partida del análisis; idea esta que acabará concretando en su trabajo de 2011 (a), en el que propone un modelo genológico de análisis textual aplicado a la traducción. Hay que destacar, además, que en su análisis de la noción de género se observa la adaptación de todos o parte de los criterios que garantizan la textualidad (o especificidad el texto). Todo ello, sin duda, constituye el paso del texto al género, noción que codifica otras