También otro inspirado, muy influenciado en su mensaje por el estilo y la doctrina de Ezequiel, señaló a los dos referentes del pueblo como los dos mesías guías de Israel: "Estos son los dos Mesías que están en pie junto al Señor de toda la tierra... Las manos de Zorobabel echaron el cimiento a esta Casa y sus manos la acabarán; (sabréis así que YHWH Sebaot me ha enviado a vosotros). ¿Quién menospreció el día de los modestos comienzos? ¡Se alegrará al ver la plomada en la mano de Zorobabel!" (Zac 4,14.9-10). Zacarías animó así a todo el pueblo a confiar en esta segunda cimentación del Templo, que lejos de quedar abandonada como la realizada por Sheshbassar, sería concluida antes que finalizara el gobierno de Zorobabel. Dios no se había arrepentido de la Alianza pactada con Israel en el pasado: "Aún han de rebosar mis ciudades de bienes; aún consolará YHWH a Sión y aún elegirá a Jerusalem" (Zac 1,17).
A pesar de que nuevas oposiciones se presentaron de parte de los habitantes del país, el rey Darío confirmó la decisión de Ciro y favoreció la reconstrucción del santuario judío: "Por orden del rey Darío se investigó en los archivos del tesoro conservado allí en Babilonia, y se encontró en Ecbátana, la fortaleza situada en la provincia de los medos, un rollo cuyo tenor era el siguiente: "Memorandum. El año primero del rey Ciro, el rey Ciro ha ordenado: Casa de Dios en jerusalem: "La Casa será reconstruida como lugar donde se ofrezcan sacrificios y sus fundamentos quedarán establecidos. Su altura será de sesenta codos. Habrá tres hileras de piedras de sillería y una de madera. Los gastos serán costeados por la casa del rey. Además, los utensilios de oro y plata de la Casa de Dios, que Nabucodonosor sacó del santuario de Jerusalem y se llevó a Babilonia, serán restituidos, para que todo vuelva a ocupar su lugar en el santuario de Jerusalem y vuelva a ser colocado en la Casa de Dios" (Esd 6,1-5). No disponemos otra información fuera de la Biblia para confirmar esta autorización de Ciro respecto a la reconstrucción, pero su actitud restauradora respecto del culto babilónico y del de los demás pueblos integrados a su imperio permite atribuirle verdaderamente el decreto recién citado. YHWH, el Dios de los cielos, pudo haber sido considerado por los persas como la denominación judía de Ahura Mazda, el "Señor único y omnisciente" que predicaba el profeta Zoroastro. Ciro y Darío habían acogido la doctrina de Zoroastro cuando éste fue perseguido por condenar la antigua religión del Irán: el culto de Mitra y sus sacrificios sangrientos. El mensaje del profeta enseñaba que Ahura Mazda, por el "Espíritu santo" había creado el mundo bueno y que a los hombres que amaban y servían a la verdad y la pureza los recompensaba con el reino eterno de la luz, castigando con eternas tinieblas a los servidores de la mentira. Esta cercanía con la doctrina religiosa israelita pudo, tal vez, hacer de los judíos beneficiarios de un trato preferencial entre los demás pueblos.
Cinco años de duro trabajo permitieron alcanzar, tal como lo habían anunciado Ageo y Zacarías, el final feliz de la obra: "Esta Casa fue terminada el día veintitres del mes de Adar, el año sexto del reinado del rey Darío" (Esd 6,15). Por su parte Darío se ocupó de edificar su palacio en la ciudad elamita de Susa, elegida por él como capital del imperio. En las inscripciones de los cimientos del palacio enumeró las personas y los materiales. A través de la lista el rey persa pudo ostentar los inmensos recursos de que disponía: madera del Líbano llevada a Babilonia y luego a Susa; madera de yaka desde Ghandara y Carmania (sur de Irán); oro de Sardes y Bactria; lapislázuli de Sogdiana; turquesas de Khorasmia; marfil de Etiopía, Sind y Aracosia; elementos decorativos de Jonia; columnas de piedra de Elam. Los jonios y sárdicos eran canteros; los medos y los egipcios, orfebres; sárdicos y egipcios, ebanistas. Los babilonios fabricaban los ladrillos cocidos y los medos y los egipcios ornamentaban las terrazas. El diseño arquitectónico y la decoración de las construcciones de Darío representaban una síntesis de las tradiciones artísticas de diferentes regiones del imperio.
Todas las regiones del imperio de Darío quedaron organizadas en 20 juridicciones llamadas
satrapías, vinculadas entre sí por medio de una eficiente red vial, y explotadas aún más
eficazmente a través de un ordenado sistema tributario. El territorio habitado por los judíos, según el testimonio de Herodoto, pertenecía al "quinto gobierno, cargado con 350 talentos de impuestos;
empezaba desde la ciudad de Posideo, fundada por Anfíloco, hijo de Anfiarao, en los confines de los cilicios y sirios, y llegando hasta Egipto, comprendía Fenicia entera, Siria que llaman Palestina, y la isla de Chipre, no entrando sin embargo en este gobierno la parte confinante de Arabia, que era franca y privilegiada" (Historia III,91). La extensión del imperio se vio ampliada con nuevas conquistas hacia el este, incorporando los territorios del Indo, y hacia Europa, anexando las regiones de Tracia y combatiendo contra los escitas del Danubio.
Después de haber sofocado una rebelión de los griegos del Asia, Darío dirigió su atención hacia los habitantes del otro lado del Egeo. Su desembarco triunfal en la Hélade se vio frustrado por los atenienses en el 490: "Los bárbaros muertos en la batalla de Maratón subieron a 6400; los atenienses no fueron sino 192" (Herodoto, Historia VI,117). Tampoco resultó el inmediato ataque marítimo contra Atenas, pues los soldados cubrieron velozmente los 42 km de regreso hasta su ciudad: "Continuaban los persas doblando a Sunio, cuando los atenienses marchaban ya a toda carrera al socorro de la plaza, y habiendo llegado antes que los bárbaros, se atrincheraron cerca del templo de Heracles en Cinosarges" (Historia VI,116). Después de esto Darío suspendió la invasión. Persia descubrió en el suelo europeo un límite para sus aspiraciones.
En el 486 Jerjes, hijo de Darío, ocupó el trono real después de la muerte de su padre. Tuvo que ocuparse de sofocar dos rebeliones en Babilonia y otra en Egipto. Recién entonces pudo ocuparse de la causa pendiente en Grecia. En 480, a través de un puente formado por 674 barcos sobre el estrecho de los Dardanelos, hizo pasar al territorio europeo un gigantesco ejército, y a su flota la hizo cruzar por un canal especialmente construído a través del promontorio del monte Athos. El rey de Esparta le cerró el paso en el desfiladero de las Térmópilas en una acción suicida con muy pocos hombres. Sin embargo Jerjes tuvo que sacrificar una parte considerable de su tropa, incluídos dos de sus hermanos, antes que se pudiera abatir al ultimo soldado griego: "Los oficiales de aquellas compañías, puestos a las espaldas de la tropa con el látigo en la mano, obligaban a golpes a que avanzase cada soldado, naciendo de aquí que muchos caídos en el mar se ahogasen, y que muchos más, estrujados y pisados los unos por los pies de los otros, quedasen allí tendidos sin cuidar en nada del infeliz que perecía. Y los griegos, como los que sabían tener que morir a manos de las tropas que bajaban por aquel rodeo de los montes, hacían el último esfuerzo de su brazo contra los bárbaros, despreciando la vida y peleando desesperados" (Herodoto, Historia VII,223). El homenaje póstumo a los valientes que desangraron de tal modo a los persas quedó grabado años después en el lugar del combate: "Contra tres millones pelearon solos aquí, en este sitio, cuatro mil peloponesios" (Historia VII, 228).
Aún así la fuerza invasora seguía siendo impresionante y pudo esta vez conquistar Atenas, que fue saqueada y sus templos destruidos. La escuadra ateniense al mando de Temístocles había evacuado la ciudad y se había instalado no muy lejos, en la bahía de Salamina. Intentando acabar con las fuerzas griegas, la flota persa sufrió un gran revés durante la lucha: "En aquella tan reñida batalla murió el general Ariabignes, hijo de Darío y hermano de Jerjes; murieron igualmente otros muchos oficiales de renombre, así de los persas como de los medos y demás aliados; peroen ella perecieron muy pocos de los griegos, porque como éstos sabían nadar, si alguna nave se iba a pique, los que no habían perecido en la misma acción llegaban a Salamina nadando, al paso que muchos bárbaros, por no saber nadar, morían ahogados. A más de esto, después que empezaban a huir las naves más avanzadas, entonces era cuando perecían muchísimas de la escuadra, porque los que se hallaban en la retaguardia procuraban avanzar con sus galeras, queriendo también que los viese el rey combatir, y por lo tanto chocaban con las otras de su flota que ya se retiraban huyendo" (Herodoto, Historia VIII,89).
Amenazada peligrosamente su línea de abastecimiento, Jerjes se vio obligado a retirarse al Asia Menor. Parte de su ejército quedó apostado en el norte de Grecia, y desde allí volvió en 479 a avanzar hacia el sur, rumbo a Atenas. Un ejército aliado griego despedazó a la horda persa en el campo de Platea: "Los bárbaros, con un coraje y valor igual al de los espartanos, agarrando las lanzas del enemigo las rompían con las manos; pero tenían la desventaja de combatir a cuerpo descubierto, de que les faltaba la disciplina, de no tener experiencia en aquella pelea, y de no ser semejantes a sus enemigos en la destreza y manejo de las armas; así que, por más que acometían animosos, ora cada cual por sí, ora unidos en pelotones de diez y de más hombres, como iban mal armados, quedaban maltrechos y transpasados por las picas, y caían a los pies de los
espartanos... Lo que más incomodaba a los persas y les obligaba casi a retirarse, eran sus largos vestidos, sin ninguna armadura defensiva, debiendo combatir a pecho descubierto contra unos hoplitas o coraceros bien armados" (Historia IX, 62-63). Los griegos transformaron, entonces, su defensa en ofensiva y vencieron a los persas en el territorio de Asia Menor, completando en 468 la liberación de las ciudades griegas de la región, hasta entonces sometidas a Persia. Atenas formó así una poderosa liga de ciudades que colapsó el dominio persa en el mar Egeo. Los ágiles guerreros persas, veloces jinetes y certeros arqueros, resultaron ineficaces ante la compacta formación de las falanges griegas, acorazadas con yelmos y escudos y erizadas con picas de 6 metros de longitud. Esta ineficacia, unida a las intrigas gestadas en el harén de la corte, marcó el comienzo del declinar del imperio persa.
Mientras tanto en Judea, el impulso dado por Ageo y Zacarías se había disipado y el entusiasmo había decaído nuevamente. En el Templo se continuaban los sacrificios, pero sin embargo no había ya una actitud religiosa suficientemente sincera detrás de esos ritos. Un servidor del santuario predicó entonces la necesidad de interiorizar los ritos, recogiendo la tradición más propia de los profetas. Ya que una desastrosa plaga de langostas había privado al pueblo no sólo del pan para su sustento, sino incluso de los frutos del campo en que consistía la ofrenda del altar de Dios, Joel propuso ofrecer la pobreza que todos tenían. El ayuno ofrecido sería efectivo sólo si los gestos exteriores de penitencia eran respaldados por un verdadero cambio de corazón: "Desgarrad vuestros corazones y no vuestras vestiduras, y volved a YHWH, vuestro Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de sus amenazas. ¡Quién sabe si él no se volverá atrás y se arrepentirá, y dejará detrás de sí una bendición: la ofrenda y la libación para el Señor, vuestro Dios" (Joel 2, 13-14). De este modo YHWH mismo los proveería de lo necesario para vivir y para el culto. Sin embargo, lo más importante del mensaje era que YHWH se encargaría por sí mismo de cambiar los corazones cuando se manifestara definitivamente como Salvador: "Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta en los siervos y en las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días" (Joel 3,1-2).