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Al abordar el tema de la conversión desde una perspectiva bíblica, el primer elemento a destacar es que se trata de "buena noticia", de que es "evangelio" y corazón del evangelio. Lo que la caracteriza no es la llamada al hombre para que se convierta -elemento común a todas las religiones- sino la

proclamación de la conversión de Dios al hombre hasta convertirse en conversión del hombre. Este es el elemento distintivo de la conversión evangélica.

Conceder el mismo peso a los enunciados éticos que a los teológicos, al abordar el tema de la conversión en la propuesta de Jesús, supone una desnaturalización de la misma. La confesión no es llamada al "esfuerzo" sino oferta de "gracia". Y de aquí se derivarán las ulteriores urgencias de la conversión para el hombre, urgencias del "amor primero" (cf. I Co 5, 14; Apo 2, 4), que habrán de resolverse desde esa plataforma, pues "Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él (1 Jn 4, 16).

A. EN EL AT.

Ya en el AT. se contempla este protagonismo de Dios bajo el tema de la misericordia. Una de las experiencias más antiguas y profundas de Israel es la de que Yahvéh es un "Dios clemente y mísericordioso". El texto de Ex 34, 6 puede aducirse a este respecto como paradigmático en el frontispicio de su historia, texto en el que aparecen los vocablos típicos de la misericordia: "Yahvéh, Yahvéh, Dios misericordioso (rahum) y clemente (hanun), tardo a la cólera y rico en amor (hesed) y fidelidad (hemet), que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la rebeldía y el pecado". Y del que se hace eco el sal 103, 8.

Experiencia que amplía con otra no menos significativa: el mismo, Israel, se autocomprende como una realidad surgida históricamente de la iniciativa misericordiosa de Dios -"Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto... He bajado para libarle de la mano de los Egipcios "(Ex 7, 7ss)- y mantenida en la

existencia gracias a ella, pues "Si el Señor no hubiera estado con nosotros, nos habrían tragado vivos" (Sal 124, 1-2). Y si es cierto que Israel descubre la misericordia divina desde el propio pecado y la propia desgracia (Sal 51, 1ss), esa misericordia, sin embargo, pertenece a la esencia íntima de Dios y supera cualquier otra fuerza en él (cf Os 11,8 ss). Es el crisol donde se funden todos los matices del amor divino: el de padre (Is, 63, 16; Os 11, 1 ss; Sal 103, 13), el de esposo (Os 2, 3) y el de madre (Is 49, 14-15). Es el rostro más común de Dios, que llega a ser definido como "el Misericordioso" Eclo 50, 19). Es, además, la revelación de su omnipotencia y envuelve a toda la creación, ya que "la misericordia del hombre es para su prójimo, pero la de Dios es para toda carne" (Eclo 18, 13), y así "tienes misericordia de todos porque todo lo puedes" (Sab 11, 23) y procediendo así "te haces respetar" (Sal 130, 4).

Israel celebrará, proclamará, invocará y se acogerá a esa misericordia, protagonista de su historia, que es toda ella "historia de salvación ". Dios irrumpe en ella para salvar y permanece como en ella como salvador.

Un acercamiento a esta denominación del amor salvador de Dios, que es su misericordia, nos permitirá descubrir los siguientes aspectos:

misericordia constituyente (misericordia y elección / creación misericordia reconstituyente (misericordia y perdón)

misericordia estimulante (misericordia y futuro).

a) Misericordia constituyente. Lo apuntaba al principio: Israel emerge entre los pueblos como una decisión de la misericordia de Dios: "Cuando Israel era un niño, yo lo amé; de Egipto llamé a mi hijo" (Os 11, 1). Y todos sus ulteriores progresos se deberán no a su poder o al número de sus gentes, sino a una intervención gratuita y generosa del Señor. "Cuando se multiplique tu ganado.... que no se engría tu corazón ni te olvides del Señor tu Dios. Fue él quien te sacó de Egipto...; quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto... fue él quien hizo brotar agua para ti de la roca y te ha alimentado en el desierto con el maná... Y no digas: con mis propias fuerzas he conseguido todo esto" (Dt 8, 13-17). Y en términos parecidos se expresa el Sal 44, 4-5. Josué, por su parte, en el discurso de despedida insistirá en esta lectura: la historia de Israel es una historia pilotada, protagonizada por la misericordia de Dios (Jos 24, 1 ss). Pero no sólo la realidad de Israel, sino toda la realidad creada emerge de ese amor benevolente de Dios, porque amas todo cuanto existe, y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría si tú no lo quisieras? ¿Cómo permanecería si tú no lo hubieras creado? Pero tú eres indulgente con todas tus cosas, porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida" (Sab 11, 24-26).

b) Misericordia reconstituyente. Pero ese amor primero no se vio correspondido. Los testimonios bíblicos al respecto son abundantes. "Desde el día en que saliste del país de Egipto hasta que llegasteis a este lugar habéis sido rebeldes al Señor" (Dt 9, 7). "Cuando Israel era un niño, yo lo amé... Cuanto más los llamaba, más se apartaban de mí.. Yo enseñé a andar a Efraim y lo llevé en mis brazos. Pero no han comprendido que era yo quien los cuidaba" (Os 11, 1-3).

El profeta Ezequiel subrayará esa falta permanente de correspondencia (Ez 20, 5ss), y Jeremías mostrará su extrañeza ante un hecho sin precedentes ni analogías en la historia de los pueblos: "Id hasta las costas de Chipre a investigar, enviad observadores a Cadar para informaros a ver si ha sucedido algo semejante... Pasmaos de ello, cielos, temblad llenos de terror. Que mi pueblo ha

cometido un doble crimen: me han abandonado a mí, fuente de agua viva, para hacerse algibes, algibes agrietados, que no retienen el agua (Jr 2, 10-13).

Sin embargo, esa actitud negativa del pueblo no bloquea ni paraliza el dinamismo del amor de Dios, que no sólo es el primero, sino "dura por siempre" (Sal 52, 3), pues se renueva cada mañana" (Lm 3, 22-23). "Mi pueblo está aferrado a su infidelidad. ¿Cómo te trataré Efraim? ¿Acaso puedo

abandonarte, Israel? El corazón me da un vuelco, todas mis entrañas se estremecen... No dejaré correr el ardor de mi ira..., porque soy Dios, no un hombre" (Os 11, 7-9).

c) Misericordia estimulante. El pecado hundió a Israel en el desaliento, borró de su horizonte la alegría. Los mensajes de los profetas Ezequiel y Deutero Isaías, junto a ciertos salmos de lamentación,

radiografían con justeza esta experiencia de una comunidad empobrecida y desanimada. La casa de Israel anda diciendo: "Se han secado nuestros huesos; se ha desvanecido nuestra esperanza, todo se ha terminado para nosotros" (Ez 37, 11). ¡Ésa es la palabra de Israel!; muy distinta de la de Dios. "He aquí que yo voy a abrir vuestros sepulcros... Sabréis que yo soy Yahvéh cuando abra vuestros sepulcros y os haga salir de ellos, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis" (Ez 37, 12-14). Y todo porque Dios no puede desentenderse, es el "redentor" por derecho, "el goel de Israel, y con semejante, "goel" ¿qué podrá temer? (cf Rom 8, 31).

Israel tiene futuro sólo porque el futuro es Dios y de Dios. Dios tiene la última palabra, la misericordia, y en ella reside el futuro de Israel.

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