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Event Scale Analysis Vertical Thermal Structure

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CHAPTER 6: MODEL RESULTS AND ANALYSIS

6.2 Event Scale Analysis Vertical Thermal Structure

Según el mensaje evangélico, no salva una actividad ritual ni un sistema sagrado, ya que solo salva el amor a Dios y al prójimo. Por eso, en vez de entender la religión como ruta de salvación, prefiero la metáfora de ventanas abiertas al misterio cristiano y a su reflexión.

Me pregunto cómo los pueblos con sus religiones ven y gozan las maravillas de Dios y la presencia de Jesucristo en nuestro mundo. La sabiduría y ritualidad de la gente invita a quienes piensan la fe a hacerlo desde la simbología de cada día. En torno a imágenes y a ritos, ¿cuánto se comunica la Buena Noticia y cuánto se expresa el discipulado, y —a fin de cuentas— en qué manera se celebra a Jesucristo? ¿En qué medida ceremonias y fiestas constituyen ventanas que nos abren a la cristología de la población latinoamericana?

De partida vale recordar los testimonios evangélicos. Jesús de Nazaret no ha planteado que se le hagan ritos y alabanzas doctrinales. Lo que sí ha propuesto el Maestro es la norma evangélica de amar. Se trata de una fidelidad incondicional a Dios y al prójimo (Mt 22, 36-40 y paralelos), de una relación con Jesús a través del pobre (Mt 25, 31ss) y de hacerse prójimo del desvalido para que tenga vida (Lc 10, 29-37). Con estos fundamentos hoy cabe revisar acciones y objetos religiosos que hacen referencia a Cristo.

Nuestro hilo conductor es la vida y mensaje de Jesús. Él confrontó elementos sagrados, como es el caso del templo y del culto, y también impugnó el ritual sabático cuando obstaculizaba la solidaridad y la sanación. Por otra parte, participó y asumió la piedad judía dirigida a Yahvé. En general, Jesús evaluó la condición humana con la norma del amor, la humildad, la justicia (cf. Mc 12, 40; Lc 11, 42-44; 18, 9-14; 21, 1-4). Vale decir, la vivencia evangélica no tiene como objetivo acatar una religión. Lo único importante —y que traspasa todo— es la caridad (1 Cor 13, 1-13).

Esta perspectiva ha configurado la teología latinoamericana. Al reconocer a Jesucristo en la praxis cariñosa y humanizadora, así también se piensa la fe. Al adherir a Cristo solidario con el pobre, así también es hecha la cristología. Como escribe Jon Sobrino se trata no solo de pensar la realidad de Cristo, sino además de “pensarlo de tal manera que produce ya la salvación histórica”; y esto conlleva la “extra pauperes nulla salus”1. Vale

decir, la salvación en Cristo esta remitida a la plenitud humana y al mundo de los pobres. En esta perspectiva, donde el seguimiento del Maestro es inseparable de las responsabilidades históricas, puede hablarse de una cristo-praxis. Ello suscita muchos interrogantes y debates en cuanto a ritos e imágenes veneradas por el pueblo. Estos elementos, ¿en qué medida expresan el amor evangélico y la acción transformadora de acuerdo con el Espíritu del Maestro? A continuación vamos a considerar tres factores vinculados entre sí: creencias, imágenes, celebraciones. Estos factores nutren la labor cristológica.

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AS CREENCIAS

¿Cómo es la fe en la persona y obra de Cristo? No es posible medir las profundidades de la adhesión a Cristo, hijo de Dios y salvador de la humanidad. Eso lo sabe Él y cada comunidad creyente. Por eso no cabe el prejuicio que uno escucha a menudo: la gente poco o nada conoce a Cristo. Otro punto de vista es que la gente es impecablemente cristiana. Me parece que la sana reflexión no hace juicios sobre la íntima relación con Cristo. Más bien las expresiones creyentes tienen que ser discernidas por la comunidad eclesial, a fin de ver si ellas subyacen la celebración de la fe.

En términos generales, la mayoría de la gente latinoamericana ni es indiferente con respecto al Señor, ni tiene posturas fundamentalistas. Más bien se constata un amplio aprecio hacia la persona y obra de Cristo. Es una fe sólida y con implicancias concretas. A pesar de ello, numerosos representantes de la Iglesia se quejan de creencias supersticiosas y de carencia de fe.

Conviene tener en cuenta datos recogidos en contextos modernos donde tiene gran impacto la secularización, como es el caso de ciudades en Brasil y Chile2. Las entrevistas a más de cinco mil personas en 6 metrópolis brasileras muestran datos sorprendentes: 37% dice “creer en Jesucristo y sus enseñanzas” y 36% dice “creer en Jesucristo, María, y la enseñanza de la Iglesia Católica”. Vale decir, un total de 76% se expresa de modo cristiano.

En el caso de la capital chilena, casi la totalidad de las personas encuestadas —un 93%— decían creer en Cristo (Cisoc del Centro Belarmino, 1985); lo que es corroborado por estudios de C. Parker en poblaciones marginales (entre 93% y 98% afirman creer en Cristo). Sin embargo, cuando la pregunta es indirecta, predominan creencias en Dios y la Virgen. En 1970, A. Cruz preguntaba: ¿a quién reza de preferencia?, y las respuestas (de carácter múltiple) han sido: Dios 71%, Virgen 52%, Cristo 18%, Animitas 7.5%, Santos 5.5%. En 1981 Parker preguntaba en Pudahuel: ¿en quién cree? y las respuestas han sido: Dios 84%, Virgen 27%, Cristo 12%. Es posible que al decir Dios se incluya a Cristo, sin embargo los datos en sectores urbanos indican que el lenguaje de fe no es

cristo-céntrico.

Como ya se anotaba, a menudo los responsables de la Iglesia lamentan la falta de fe en Dios y en Cristo. Al preparar el Sínodo de Santiago en 1995 se difundió la noción que la mayoría no cree en el Dios del Evangelio y que Cristo estaría ausente en los llamados no-practicantes. Son cuestiones que merecen mayor esclarecimiento. Sin duda el secularismo afecta a la población, pero se constata que el común de los habitantes urbanos sienten —y a veces explicitan— su fe en Cristo. Así lo indican estudios realizados en Perú, Brasil, Chile. De todos modos, la creencia en Dios es más fuerte y generalizada que la comprensión de Jesús. Sobresale también la devoción a María.

Ya ha sido sugerido que las creencias tienen que ser evaluadas con la norma cristiana del amor. En otras palabras, tanta ritualidad y plegaria al Señor, ¿va acompañada de responsabilidades con Dios y el prójimo? En las celebraciones humanas y espirituales, ¿predomina el amor?

Cabe contrastar nuestras sociedades cargadas de violencia y marginación, por un lado, y la casi unánime creencia en Dios y la mayoritaria adhesión a Cristo, por otro. Estas creencias, ¿qué implican en las vivencias humanas? Uno constata incoherencias cuando casi todo el mundo dice creer, pero la maldad campea en el mundo. En estudios hechos en Chile, cuando se preguntaba: están o no están de acuerdo con “pasarlo lo mejor posible, sin aproblemarse por cosas que pasan”, un 50% ha dicho que sí y un 40% se expresó negativamente. Entonces, tanta explicitación de la fe cristiana no conlleva necesariamente la preocupación —de acuerdo con las enseñanzas de Cristo— por los problemas que sufren otras personas.

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AS IMÁGENES

Gran parte de las creencias van de la mano con el culto festivo a imágenes religiosas. Durante siglos, y hasta el día de hoy en muchas zonas del continente, la gente ha palpado y leído la vida del Señor a través de relatos orales, representaciones de Cristo, festivales religiosos. Hoy, el mensaje del Nuevo Testamento —y su riqueza cristológica— es asumido a través de la catequesis, círculos bíblicos, movimientos de espiritualidad. Pero esto no implica que acabe la religiosidad. Continua teniendo gran peso la veneración de imágenes tradicionales, los festivales, la peregrinación a santuarios3.

En cuanto a nombres que la población atribuye a Cristo sobresalen los títulos siguientes: Nuestro Señor, Señor mío, Señorcito (en español), Nosso Senhor y Bom Jesus (en portugués). También son usadas otras expresiones cariñosas con diminutivos: Jesusito, Señorito. Otras invocaciones con carga afectiva son Sagrado Corazón y Señor de la Misericordia, que incluyen un sentido de resurrección. También es importante la asociación del Padre y Cristo: Padre Jesús, Papito, Cristo Taytacha (en quechua

mestizo).

Con respecto a representaciones cultuales, en la vivencia de fe del pueblo sobresalen los imaginarios de la Navidad y de la Pasión. En cada rincón de América Latina tenemos los nacimientos, con el Niño Jesús, Niño Dios, Niño Manuel o Manuelito (término derivado de Emmanuel). La mayor cantidad y variedad de imágenes se refieren a la pasión y muerte de Cristo. Las enumero: Señor Ramos y San Ramitos (del Domingo de Ramos); Justo Juez (figura de Jesús apresado, en el mundo andino; y figura de Dios en las nubes, en zonas de México); Señor de la Columna (atado a una columna); Ecce

Homo (con manos atadas); Señor de la Caña (con centro y caña verde); Señor Nazareno

(cargando la cruz; en Brasil es llamado Senhor dos Passos); Señor de la Caída (con cruz a cuestas y una rodilla en el suelo); Señor de la Agonía (muy dramática); Señor Crucificado (figuras de moribundo y de fallecido; en Brasil: Senhor de Bom Fim); Señor Santa Cruz (madero, con o sin el cuerpo de Jesús); Señor del Descendimiento (al ser bajado de la Cruz); Señor de la Piedad (Jesús en brazos de María); Señor del Sepulcro y Señor Entierro (estatuas en urna o en ataúd).

Llama la atención que es escasa la explícita representación de la Resurrección. Este aspecto ha sido asumido, en cierto sentido, por figuras como el Buen Pastor, el Señor de la Misericordia, el Sagrado Corazón. Pero lo más importante es que el Crucificado hace milagros y es sentido como viviente y Resucitado. En torno a las imágenes de la Pasión la gente no refuerza el fatalismo sino más bien acude a dichas imágenes pidiendo salud, progreso social y económico, bienestar personal, familiar, comunitario. Es decir, las imágenes con signos de muerte, de hecho, ¡transmiten Vida!

Al respecto vale recordar que el acento en la Crucifixión ha formado parte del imaginario de la Contra-reforma europea, del barroco y de la colonización. La fe de la gente latinoamericana tiene, pues, esos marcos culturales y religiosos. Pero, dichas imágenes han sido re-interpretadas por la población creyente. Vale subrayar que lo crucial es que el Cristo sufriente y muerto es quien bendice y salva, y en torno al cual se hacen fiestas religiosas. Vale decir, en América Latina el Cristo de la Pasión es aprehendido por los creyentes como quien da Vida. Es, pues, un Resucitado.

En las regiones del continente hay cultos festivos que convocan a multitudes que son revitalizadas. En torno al imaginario del sufrimiento del Señor, lo sobresaliente es que la población ora y celebra la vida. Lo he podido constatar en varios lugares. El Señor de Chalma (un crucificado) cerca de la capital de México. El Señor de Esquipulas (imagen morena) en Guatemala y Centroamérica. El Señor de los Milagros (crucificado) en todo el Perú, y el Señor de los Temblores (crucificado) en Cuzco. En el Brasil: el Bom Jesu de Pirapo-ra, de Tremembé, de Iguapé, de Lapa; Señor del Bom Fim de Salvador. En Santiago de Chile, la devoción al Señor de Mayo de la Agonía. Señor del Milagro en Salta, Argentina. Señor de los Milagros en Buga, Colombia. En estos centros de fe, donde he podido participar, la gente manifiesta una renovación extraordinaria que irradia toda la existencia.

varias lecturas.

Primero: lo comunitario se desenvuelve en tensión con lo privado. Las imágenes de Cristo, como las demás imágenes, convocan y agrupan a personas, grupos, muchedumbres. En este marco revitalizador se desenvuelve la fe personal y grupal. Puede decirse que la imagen convoca y construye comunidad eclesial. Pero existe el otro lado de la moneda. La pauta privatizante de la existencia humana afecta las formas populares de fe y actitudes hacia el Señor. Por ejemplo, la devoción al Sagrado Corazón se articula más con lo privado y raras veces va acompañado de lo festivo. En todas partes crece un modo utilitario de dirigirse al Señor, para resolver asuntos urgentes y puntuales, sobre todo a nivel individual.

Una segunda anotación: el acento en la humanidad de Cristo. Esto es recalcado por imágenes dramáticas de la Pasión. Dios se manifiesta en un hombre adolorido, ensangrentado. Aquí hay también otros significados sico-culturales. A juicio de R. Nebel en México por la “larga tradición de penitencia, de auto-sacrificio y de lealtad a sus antiguos dioses, los mexicanos estaban especialmente capacitados a compenetrarse con la pasión y muerte de Jesús”4. Es bien problemático el acento auto-sacrificial como medio para ser bendecido por Dios. Pero hay otra veta bien positiva. Tomando en cuenta la catequesis a-histórica que solo representaba a Cristo como Divino, es palpable cómo la población ha corregido esa representación unilateral y la complementa con su adhesión a la humanidad del Redentor.

En tercer lugar, el vínculo entre Dios y quienes le tienen fe. Me impresiona lo que la gente pide y recibe al rezar y festejar las imágenes. No son cosas piadosas ni conceptos. Más bien se trata de la persona joven que consigue un trabajo, la sanación de una enfermedad, la reconciliación familiar, el alivio económico, etc. La población suplica y celebra sus imágenes del Señor, debido a la bendición, al favor, a la gracia recibida.

La plegaria va dirigida, por lo general, a imágenes de un Cristo sufriente o muerto. Como ya se ha anotado, el Crucificado es el Resucitado que salva al pueblo agobiado. Mediante su lenguaje ritual, el pobre transforma la imagen del Señor muerto a un Cristo vivo. Es adorado quien por su Cruz salva a la humanidad. En la lógica del pobre, muerte y vida no son entidades excluyentes, más bien una incluye a la otra.

Una cuarta apreciación: la imagen del Salvador junto a la de su madre. La asociación entre Cristo y María es más frecuente y honda en los sectores pobres. Se consolida la humanidad del Salvador, al ser venerado junto a su progenitora. En la acogida de la salvación cristiana se conjugan dimensiones masculinas y femeninas. Esto es particularmente cierto en el ciclo de Navidad-Epifanía y en el ciclo de Cuaresma-Pascua. Las imágenes de Cristo y María se refieren a realidades básicas de vida-muerte-vida. La madre está con su Niño y la Dolorosa con su Hijo. La salvación cristiana es comprendida al interior de procesos de vida que sobrepasan la muerte. Puede decirse que la comunidad pobre potencia tanto la cristología como la mariología.

En el contexto chileno, el imaginario cristo-céntrico es claramente menor en comparación al de María. Hay muchas representaciones de Cristo sin el acompañamiento

de María. Resaltan los cultos al Señor de la Agonía en Santiago (invocado desde el terremoto de 1647), el Corazón de Jesús a nivel nacional (y una devoción local en Pozo Almonte), Niño Dios en Sotaquí, Señor de la Tierra en Cunlagua (Coquimbo), Niño Manuelito en Pica (donde hay danzas religiosas), Niños de Malloco, Toconao (Antofagasta), y Las Palmas (Valparaíso), Jesús Nazareno en Caguach (Chiloé). Esto contrasta con la abundancia de imágenes de María que reciben plegarias y que son festejadas en este país y en todo el continente. Muchas de estas imágenes tienen al niño o bien ella está junto a la Cruz. En términos generales, nuestro continente tiene un alma mariana tanto en santuarios como en templos y capillas, como en hogares y espacios trabajo y de educación. En el calendario de fiestas populares en América Latina sobresalen las de carácter mariano.

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AS CELEBRACIONES

Tanto la fe en el Señor como el culto con imágenes están encuadrados en ceremonias y fiestas de fe. Por una parte, abunda la celebración popular con imágenes de Vírgenes y de Santos/as y, por otra, en torno a representaciones de la Pasión predomina el culto penitencial y contemplativo. Sin embargo, es muy significativo el culto y celebración con imágenes de Cristo5. No cabe aquí una descripción de ceremonias. Más bien quiero sacar a luz unos significados teológicos. La población, ¿qué dice, simbólicamente, al venerar y festejar las imágenes de Cristo?

La relación con la imagen constituye un ícono del Salvador cercano y eficaz; y los participantes en ritos festivos constituyen un tipo de comunidad eclesial. El culto y la fiesta constituyen un gran cauce de la fe. Sin duda estas acciones del pueblo tienen grandes cualidades evangelizadoras y teológicas.

El pueblo manifiesta cariño y creatividad artística. Esto es constatado en los festejos al niño Dios —ciclo de Navidad hasta Epifanía—, celebraciones a las cruces junto a las cuales hay música y danza, e imágenes de la Pasión hacia las cuales hay hondo cariño y genuina compasión. Abunda la organización propia de sus expresiones de fe y la sensibilidad espiritual y artística.

La afectividad hacia el pequeño y milagroso Hijo de Dios es palpable en conjuntos de niños/niñas, en la juventud y en adultos. Ante el pesebre se realizan plegarias, cantos, novenas, y en algunos lugares hay bellas danzas; las “posadas” en México y Centroamérica, “danzas de pastorcitos” en el mundo andino, teatros, “autos do natal”, y “folias dos Reis” en el Brasil, canto “a lo divino y lo humano” en zonas de Chile. En todo este trato amoroso con imágenes del Niño y de María se manifiesta el amor al Señor.

comunión entre los seres humanos y el Salvador. También en fiestas del Señor y de la Cruz resalta la fe, participación, creatividad litúrgica, organización. En asentamientos urbanos, en torno a la Cruz se hace memoria de la historia concreta del barrio y los proyectos de vida; en regiones campesinas hay un vínculo entre la Cruz y la fecundidad agrícola; también hay hermosos y emotivos cultos en hogares y centros de trabajo. Por otro lado, se celebran peregrinaciones a Santuarios donde hay imágenes del Señor; allí la gente realiza ritos y comparte alimentos y lazos humanos con una espiritualidad holística.

Estas vivencias conllevan sabiduría creyente en Cristo. Se trata de un saber creyente inseparable de necesidades cotidianas, la alimentación, el festejo, las relaciones humanas, los rasgos culturales de cada lugar. Hay muchas dimensiones que se entrelazan. Tenemos, pues, indicadores de una cristología en todo el tejido de la vida del pueblo. Mediante símbolos se expresa la humilde suplica al Creador, la acción de gracias por el don de vivir, el sentido de comunidad, el poner en las manos de Cristo las necesidades humanas. Vale decir, lo cotidiano es puesto en referencia a Cristo y a Dios.

Por otra parte, son acontecimientos atravesados por ambivalencias. Existen factores negativos: manipulaciones de lo sagrado, plegarias sin responsabilidad ética, imágenes apropiadas por un grupo en contra de otro sector de la población, carencia de memoria del Jesús del Evangelio, cierta distancia entre el culto y el mensaje bíblico.

Estas carencias y equivocaciones están entremezcladas con aspectos muy positivos. Ya ha sido anotada la compasión y la reconciliación en el contexto de la fiesta de fe. La cristología del pueblo desarrolla el perdón, la reconciliación, la comunión con Dios. En toda América Latina esto ocurre en el ciclo de Cuaresma y Pascua. Resalta el rito procesional; se camina en silencio y compasivamente con el Señor, sintiendo en carne propia su sufrimiento. En algunas partes se hace un solemne velorio —como ocurre con un difunto— el jueves y viernes Santo. Se cantan “pasiones” y “alabados”. También hay conversación, generoso compartir de alimento y bebida, y fortalecimiento de la comunidad. En estas ocasiones, como también en los ritos con el Niño, es importantísimo el contacto físico y afectivo y espiritual con la imagen.

Son conmovedoras las ceremonias penitenciales y solidarias. En cuanto a la reconciliación, se recibe directamente el perdón del Señor, y a veces hay reconstitución de vínculos entre seres humanos distanciados. La compasión va acompañada de la alegría; se conjuga la renovación personal y comunitaria con la fidelidad al Señor.

El conjunto de estas manifestaciones simbólicas tienen contenido teológico. También

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