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CIUDAD

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La consideración de una información codificada en los nombres geográficos hace necesario contextualizar el alcance epistemológico de la toponimia desde la disciplina geográfica. Aunque desde la Geografía se haga referencia a los topónimos como información territorial y, efectivamente, lo sean, tienen una idiosincrasia especial porque donde existen y se emplean es en el lenguaje, a diferencia del resto de la información geográfica, que se obtiene directamente del territorio.

Se entiende genéricamente que los topónimos son nombres propios de lugares (UNGEGN, 2007; ICOS, 2016) que permiten identificar dichos lugares de forma inequívoca. En el sentido de nombre propio, el topónimo existe en el lenguaje y es precisamente allí donde despliega todo su potencial como información geográfica. Para entender la naturaleza de este hecho, es necesario proponer una perspectiva

30 "El topónimo desentrañado arroja luz sobre la interpretación que, a diferentes escalas, puede hacerse

del territorio desde perspectivas diversas y con recíproca dependencia" (López Leiva, 2016).

31 El Grupo de Expertos en Nombres Geográficos de Naciones Unidas se refiere, efectivamente, a varios

motivos por los que la información que contienen los topónimos los erige en patrimonio cultural inmaterial, proponiendo cinco criterios que medirían su valor en este sentido: su antigüedad, su infrecuencia, su testimonialidad, su atractivo y su imaginabilidad31 (Richard 2011). La antigüedad se refiere a la edad del topónimo, la infrecuencia a su nivel de unicidad, la testimonialidad a la capacidad del nombre de erigirse en referencia representativa de un elemento cultural, el atractivo se corresponde con la capacidad del nombre de asociarse a un sentimiento y la imaginabilidad a la capacidad del topónimo de inducir a la evocación. Estos criterios han sido de gran ayuda como referencia en el desarrollo de esta investigación.

geográfica a la hora de interpretar los nombres geográficos que incorpore las dimensiones lingüística y semiótica del topónimo como nombre propio de lugar.

En primer lugar, desde una perspectiva lingüística, según la teoría precursora de los nombres propios de Mill, un nombre propio denotaba a un individuo pero sin identificar ningún atributo de éste. Los topónimos se concebían, en este primer momento, como elementos totalmente independientes del lugar al que designaban32. Así, aunque un nombre propio de lugar incluyese una referencia descriptiva (como

Cañón del Colorado) se entendía que, como el nombre podía seguir un proceso evolutivo diferente al lugar (en el ejemplo, si el Río Colorado se secara), no existía ningún relación de interdependencia entre ambos.

La evolución de la disciplina en el marco de la teoría descriptiva marcó el inicio de una nueva conceptualización de los nombres propios como referencias arbitrarias, a los que se les reconoció estar dotados de sentido al identificar unívocamente el lugar, correspondiéndose el contenido descriptivo que albergan con el concepto de ser único. El hecho de que los nombres sean arbitrarios significa, entonces, que mantienen un estrecho vínculo con el lugar al que designan, independientemente de si incluyen o no un significado descriptivo del lugar33.

Los nombres, para autores de esta corriente como Russell o Strawson, son palabras que designan cualquier lugar que interese lo suficiente (Russell, 1948), sin adscribirse ninguna de sus propiedades, ya que lo que es genuinamente un nombre no tiene significado descriptivo34 (Strawson, 1959:21 en Pellicer, 2012:77).

32 Mill se plantea el siguiente ejemplo: “Una ciudad puede haber sido denominada Dartmouth por estar

situada en la desembocadura del Dart. Pero eso no es parte de la significación de la palabra. Dartmouth está situada en la desembocadura del Dart. Si la arena obstruyese la desembocadura del río, o un terremoto cambiase su curso y lo alejase de la ciudad, no se cambiaría necesariamente el nombre de la ciudad. Por tanto, ese hecho no puede formar parte del significado de la palabra” (Mill, 1843).

33 Precisamente, la función descriptiva de los nombres y su recurrencia o infrecuencia son dos de los

hechos que suscitan mayor interés en el estudio de la toponimia desde la ciencia geográfica.

34 Un ejemplo serían los nombres propios de persona como Rosa o Margarita, que no necesariamente se

En segundo lugar, desde una perspectiva semiótica35, los nombres propios de lugar son elementos parcializados del lenguaje, ya que su uso o su omisión en cualquier contexto siempre implica posicionarse en un determinado discurso territorial. Los topónimos, por el hecho de ser palabras desarrolladas en un contexto específico y en el marco de una cultura concreta, pasan a ser no arbitrarios. Los nombres geográficos, a este respecto, adquieren un significado como signo o símbolo. Según Radding y Western (2010), “nos interesan los nombres geográficos porque tienen capas de significado más allá de las propias de las palabras originarias; sin ningún esfuerzo consciente, podemos entender los topónimos como signos”.

Cuando se asigna una denominación a un lugar, se están sentando las bases para la distinción de su esencia, que se puede entender e interpretar. Tuan extrapola estas ideas a la disciplina geográfica afirmando que en el marco de los nombres propios geográficos, la capacidad de nombrar es poder, poder de hacer que algo pase a existir, de hacer lo invisible visible, de impartir cierto carácter a las cosas (Tuan, 1991). El topónimo, desde una perspectiva semiótica, es un signo con la capacidad de contener información no solo sobre el lugar, sino también sobre lo que simboliza o lo que puede evocar.

Los postulados de la Lingüística desde la teoría descriptiva de los nombres propios y los

preceptos de la Semiótica expuestos convergen36 en la ya citada perspectiva

geográfica propuesta (fig. 7). Desde una perspectiva geográfica, el topónimo o nombre propio de lugar es un signo lingüístico en el contexto comunicativo que, en el marco del lenguaje, permite designar una idea de lugar única e irrepetible. El topónimo no adquiere las propiedades del lugar aunque sea inherente a él, pero a nivel de significado en el contexto comunicativo, necesariamente adquiere un valor o significado semántico y simbólico que sí puede (y suele) tener relación con la realidad física del lugar.

35 En este contexto, se entendería la Semiótica como la ciencia que estudia la función de los nombres

geográficos como elementos representativos de determinados aspectos del territorio en la vida social.

36 Semiótica y Lingüística tienden a discrepar notablemente cuando se habla de nombres propios, pero

Figura 7. Convergencia de las perspectivas lingüística y semiótica en una perspectiva geográfica. Desde una perspectiva geográfica, los topónimos son nombres propios inherentes a los lugares que, dada su condición de nombres propios, adquieren un determinado valor semántico y semiológico al emplearse para referirse directa o indirectamente a un lugar en el contexto comunicativo. Elaboración propia.

Así, a la hora de hablar de un lugar, el topónimo designa, en primera instancia, la idea del lugar. Dicha idea existe en el discurso, pero se materializa en la realidad como lugar37. El topónimo, como nombre propio de lugar, no hace referencia al lugar sino a una idea del lugar.

En el proceso de asignación y uso de un nombre geográfico, el nombre y la idea de lugar existen en el lenguaje, mientras que la idea de lugar se concreta en la realidad como lugar (fig. 8). De este modo, los topónimos, aunque sean información geográfica, puesto que necesitan de territorialidad para existir, donde existen y se utilizan es en el marco del lenguaje. Su capacidad de influir e imprimir una determinada denotación o connotación en el resto de la información geográfica -de modificar su significado en mayor o menor medida- existe en el discurso territorial. El solo uso u omisión de un nombre geográfico en un determinado contexto comunicativo ya puede permitir que se modifique la idea de lugar a la que se asocia y, por extensión, puede influir en la transmisión de la información geográfica de la entidad a la que designa.

37 Es la esencia de la comunicación humana. Para entender una realidad, hay que afrontar primero la

Figura 8. Representación gráfica de la correspondencia entre nombre, idea de lugar y lugar. El nombre geográfico suele crearse por la necesidad de denominar un lugar que se concibe previamente [Idea de lugar  Nombre], pero también puede suceder (y sucede cada vez con más frecuencia en los últimos tiempos) que se idee un lugar para asignarle un nombre preexistente con el objetivo de darle notoriedad y difusión a dicho nombre [Nombre  Idea de lugar]. El nombre geográfico se erige, entonces, en elemento indispensable para identificar la idea del lugar en el lenguaje que, a su vez permite identificar el lugar en la realidad. Elaboración propia.

Cada topónimo, por tanto, refiere, contiene o constituye una determinada información geográfica codificada sobre el lugar al que designa en su rol de nombre propio de lugar, que se puede materializar o no de muy diversas maneras. En esta tesis, se propone abordar el alcance del topónimo como información geográfica codificada a través de distintas técnicas toponímicas que se presentan en próximos capítulos.

2.2.3)L

A IMPORTANCIA DE LA TOPONIMIA COMO HILO CONDUCTOR EN EL

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