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1. Further Evolution of Capitalist Property The separation of capital as property from functioning
pasa a ser parte del debate luego de más de una década de no ser considerada un problema (¡inclusive en los cursos de economía el estudio de la inflación dejó su lugar al desempleo!). Sin embargo, la inflación actual es diferente a la que azotó a la economía argen- tina en décadas pasadas, así que vale la pena revisar el debate más importante dividiéndolo en: 1) las causas de la aceleración de la inflación y 2) las políticas antiinflacionarias.
Las causas de la inflación. El fenómeno inflacionario en la Argentina tiene causas múltiples. Primero, hay inflación de demanda ya que la demanda interna (consumo privado y público, e inversión) está creciendo a más del 10% interanual y, aunque la oferta crece a tasas altas, el exceso de capacidad instalada es mucho menor al de años anteriores (y algunos sectores están operando al tope). Segundo, hay inflación de costos como con- secuencia de la suba de salarios, energía e impuestos y el con- siguiente intento de las empresas por preservar el margen de beneficios. En lo que va del año, el salario de los trabajadores registrados aumentó alrededor del 20%, el doble que la inflación, lo que implica un aumento real del 10%. La energía a los grandes usuarios también aumentó en forma importante. Finalmente, la prohibición de ajustar los estados financieros por inflación hace que la suba de precios implique también el cobro de mayores impuestos y hasta que se confisque patrimonio de las empresas. Tercero, hay ajuste de precios relativos (la primera explicación ensayada por el exministro Lavagna) ya que, como se sabe, a la salida de una maxi devaluación los precios de los servicios (los bienes no comerciables) ajustan mucho más lentamente. Final- mente, hay inflación importada a través del precio de los bienes comerciales cuya demanda externa aumentó sensiblemente como la carne o la leche.
Los motivos
Hay que decir que la emisión monetaria no genera inflación. El Banco Central emite pesos (o deuda) para comprar dólares y en ese proceso aumentan sus pasivos, pero también sus activos. En principio, lo mismo ocurría en la convertibilidad donde, en forma pasiva, la autoridad monetaria compraba todos los dólares que el mercado quisiera vender y emitía pesos a cambio. Hoy, la inflación tiene origen en las decisiones reales de las empresas y las familias de vender dólares a cambio de pesos con el fin de consumir e inver- tir. En todo caso, el Banco Central convalida la demanda ¿por qué en la convertibilidad no había inflación? Porque la existencia de un peso caro favorecía las importaciones que funcionaban como un techo a los precios de los bienes comerciables.
El proceso inflacionario en curso no se parece al que sufrió la Argentina durante décadas pasadas por varias razones esenciales. Primero, hasta aquí la inflación moderada no tuvo consecuencias en términos de crecimiento ya que el alza de precios triplicó su ritmo en tres años mientras que el nivel de actividad creció en forma sos- tenida al 9% anual. Segundo, no hay en esta coyuntura trazos de la aritmética monetarista desagradable por la que se emite deuda para financiar el déficit público y luego esa deuda, al no poder servirse con recursos genuinos, tiene que monetizarse. Y, ya se dijo, tampoco se emiten pesos con respaldo. Tercero, la inflación mejora las cuentas públicas debido a que la recaudación aumenta aproximadamente a la par del crecimiento de la economía en términos nominales (el crecimiento real más el aumento de precios), exactamente lo con- trario de lo que ocurría en la historia argentina donde la inflación, en cambio, era causa y consecuencia de crisis fiscales profundas. Es decir que resulta claro que a los niveles actuales todavía no existe un trade-off entre inflación y crecimiento. La primera pregunta relevante es ¿a qué niveles inflación reaparece este trade-off?
La respuesta, aunque vale intentarla, es provisoria. Los estu- dios econométricos a través del tiempo y entre países sugieren
que la inflación tolerable más alta está en un rango del 8% al 11% y luego, a medida que sube, el crecimiento tiende a ser menor. El comportamiento actual de la economía sugiere que el rango tolerable en la Argentina es mayor. Otra alternativa es estudiar a países parecidos: el milagro chileno, por ejemplo, ocurrió a tasas de inflación altas ya que el promedio de inflación anual en Chile para la década de 1980-1990 fue casi el 20% y de hecho la inflación no bajó de los dos dígitos de crecimiento sino hasta el año 1995. Curiosamente, una de las explicaciones del éxito chileno es uno de los cucos en el caso argentino: la economía del país trasandino se indexó exitosamente a la inflación lo que evitó, entre otras cosas, que los capitales se fugaran ya que no sufrieron las pérdidas de capitales como consecuencia de tasas de interés reales negativas.
Otra razón que sugiere que la economía argentina tolera niveles más altos de inflación sin impactar sobre el crecimiento tiene que ver con las consecuencias negativas de la inflación. Ya se dijo, aho- ra las cuentas públicas mejoran a la par del aumento de precios. En la historia argentina, la inflación era muy dañina también por el proceso de acortamiento de los contratos que producía. Pero, la economía sufrió una crisis profunda en la cual prácticamente desaparecieron los contratos de mediano y largo plazo (que en los años noventa se fijaban en dólares) hace apenas cuatro años. Es razonable conjeturar que ¡la inflación actual no tiene demasiados contratos que dañar! Y es por eso por lo que no está afectando el crecimiento. Que la fiebre le permita al paciente llevar una vida normal no significa que uno no debe estar atento, sobre todo si el paciente tiene antecedentes. Así que hay que discutir las posibles decisiones de política antiinflacionaria.
Combatiendo la inflación. De las causas de la inflación hay que pensar la posibilidad y necesidad de las curas. El crecimiento de la demanda puede morigerarse, si se desea, mediante políticas macro- económicas. Típicamente, la política monetaria y la política fiscal. Por ejemplo, la suba de las tasas de interés desacelera el consumo y promueve el ahorro. O el aumento de los impuestos o un crecimiento
menor en el gasto. Todas recomendaciones de libro de texto. Aunque la realidad de un país chico y abierto al movimiento de capitales com- plica las cosas: una suba en la tasa interés puede terminar atrayendo capitales e impedir que la economía se desacelere y, a la vez, hacer más difícil sostener el tipo de cambio competitivo. Ésa y no otra fue la política antiinflacionaria de Brasil que subió fuertemente las tasas, entraron capitales, se apreció fuertemente el real y se desinfló el pre- cio de los bienes comerciables. Hay que destacar que Brasil desinfló las expectativas sin consecuencias en la actividad económica ya que el trabajo sucio lo hizo la apreciación de la moneda (y recién ahora empieza a sentir la pérdida de competitividad). Para el gobierno argentino, el tipo de cambio competitivo, que promueve la creación de empleo, es una política esencial ya que, en su interpretación, la restricción social que plantea la crisis profunda por la que todavía se transita sólo se resuelve en forma permanente creando puestos de trabajo. Una política fiscal contractiva plantea también problemas distributivos ya que convalida la demanda de los sectores con mayor ingreso o riqueza a la vez que reduce el gasto social.
Hasta la salida de Lavagna, la estrategia del gobierno se orienta- ba en la dirección de desacelerar el crecimiento del gasto primario y el circulante que están creciendo más del 20% este año, lo que significa a una velocidad igual o mayor que el PIB nominal. Si se recortaba la mitad de la tasa de crecimiento de ambas variables, por debajo del aumento del PIB nominal, la política era neutral o incluso marginalmente contractiva. No se trataba de frenar la economía sino, en todo caso, de no seguir agregando leña al fuego de una demanda creciendo a dos dígitos. En todo caso, el objetivo no era disminuir la inflación sino contenerla en los niveles actua- les. Queda aún abierta la cuestión de si la nueva conducción va a mantener aquellos lineamientos.
Un cambio
La orientación del gobierno ahora parece haber pasado de la macro a la micro. Los acuerdos de precios (inaugurados con el exministro
Lavagna), la liga de seguimiento de precios y el énfasis en los mecanismos de defensa de la competencia no pueden seriamente considerarse una política antiinflacionaria. La fiscalización descen- tralizada de los precios o las leyes antitrust no tienen antecedentes ni en teoría ni en la práctica antiinflacionaria. Los acuerdos, en la propia experiencia argentina, duran poco. La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno macroeconómico.
Además de buscar reformular el proceso de fijación de precios, la conducción Kirchner-Miceli plantea una parte de la solución en el aumento de la inversión y, por lo tanto, de la oferta. Hay dos proble- mas con esto. El factor tiempo es el primero ya que el aumento de la productividad y/o de la oferta que resulta de la maduración de las inversiones no tiene lugar inmediatamente. Además, no es claro porqué la inversión en bienes comercializables, cuyo precio viene determinado por el precio internacional, va a reducir la inflación. En todo caso, estos sectores venderán más al exterior a los precios vigentes. Otra cosa sería aumentar la inversión en infraestructura, pero eso depende en parte de decisiones de aumentos de tarifas que el gobierno no va a tomar ya que, además de costo político, tienen impacto negativo inmediato a la inflación.
Es decir que la economía argentina va a convivir en los próxi- mos años con una inflación alta. Tal vez incluso se testeará el nivel inflación a partir del cual el crecimiento (y por lo tanto el capital político del gobierno) empieza a verse afectado. Será ese límite si se alcanza, y no otro, el que lleve al gobierno a cambiar de rumbo e implementar políticas antiinflacionarias más típicas.