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La investigación como es un término vacío que toma sus significados desde diferentes puntos de vista los cuales dependen del enfoque que se le dé a este término, ya sea desde el horizonte operativo, estructural, sistémico o estratégico” (Machado, 2012, p. 64), dependiendo de la concepción que se asuma, bien sea como una actividad, un proceso (conjunto de actividades), un resultado o como una estrategia. La idea es que cualquiera que sea la concepción asignada a este término, se debe trascender más allá de su definición o de la interpretación, pues además de invocar verbos tales como indagar, inspeccionar, buscar, consultar, explorar, auscultar, examinar o rastrear, obliga a pensar en los retos que inspiran una actividad humana que debe ser desarrollada de forma racional, con cierto rigor en sus procedimientos, con una exigencia de profundizar en su estructura conceptual, así como con un acentuado compromiso de proponer e incentivar la solución de problemas y el mejoramiento de las condiciones sociales vigentes.

A menudo se acepta la idea de una investigación con cierto aire de exclusividad, un reto intelectual asumido por una élite dotada para desarrollarla; sin embargo, no se puede perder de vista que la investigación tiene una naturaleza inherente al ser humano y, por lo tanto, no debería constituirse en un atributo exclusivo para algunas personas sino un compromiso colectivo con el devenir de la humanidad. La investigación es “un fenómeno social cuando se le concibe en un

contexto de seres humanos urgidos de alternativas prácticas, de sorpresas en las concepciones de mundo, de soluciones a sus problemas y de satisfactores de sus necesidades” (Machado, 2012, p. 66), por tanto la investigación es más que un simple resultado, más que una fría cifra, más que un esfuerzo de individuos inteligentes.

El inicio de una investigación requiere de la proposición de una idea por desarrollar, de un primer acercamiento al logro pretendido, que puede surgir de diferentes fuentes, por ejemplo, de experiencias personales a través de la observación directa que brinda una percepción de la realidad; también, por medio de lecturas previas acerca de investigaciones realizadas, de inquietudes a partir de espacios académicos tales como conversatorios, seminarios y foros, entre otros. Cada circunstancia es una oportunidad válida para generar una nueva idea de investigación, la cual se concreta y se estructura a medida que las personas empiezan a familiarizarse con el campo del conocimiento de su preferencia.

La idea inicial referida anteriormente, deja de ser una idea imprecisa y se convierte en un planteamiento más riguroso; se asume que como idea motivadora permite dar inicio a la aplicación de todo el proceso de investigación pertinente (planteamiento del problema, rastreo de fuentes –bibliográficas, hemerográficas y cibergráficas-, elaboración del marco teórico o escritura de puntos de referencia, definición de la estrategia, formulación de la hipótesis o de ideas orientadoras, entre otros).

Hernández, Fernández y Baptista (1998) mencionan algunos de los criterios que el autor Dankhe ha recopilado de inventores famosos para crear ideas de investigación productivas, tales como que las ideas deben resultar atractivas (motivan al investigador a tener mejores resultados), que no son necesariamente nuevas pero sí novedosas (en ocasiones es necesario actualizar o adaptar los planteamientos a contextos diferentes) y que pueden servir para crear teorías y solucionar problemas. Podría decirse que dependiendo del entorno en el que circula la idea, del sujeto que la desarrolla y del objetivo que se pretenda lograr, surgen las investigaciones prometedoras.

En correspondencia con estos criterios, los investigadores deben considerar que “además de tener tiempo, es necesaria una disposición para la investigación, un gusto, una pasión, una opción de vida, un ocio productivo, una actitud de hacerse preguntas serias que las personas

serias no se harían: una disposición escolástica” (Macías & Cortés, 2009, p. 27). Es a partir de esta disposición donde el sujeto aporta a la creación de cultura investigativa y se comienza a cuestionar la realidad que es percibida en cada uno de los campos; en esta condición humana reside la motivación para asumir los retos por el saber con una significante pasión por aprender.

En la investigación resulta relevante el interés del investigador y ello permite aceptar que pese a ser un fenómeno social se admite la preponderancia de la motivación de las personas; ello indica que aun cuando hacen parte de un grupo, la individualización de las labores podría contribuir a la formación de seres más autónomos que hacen uso de sus capacidades sensoriales y de su inteligencia para el desarrollo adecuado de las tareas intelectuales asignadas. Sin embargo, para lograr mejores resultados en cada una de las etapas de la investigación y en la utopía de comunidad investigativa, se requiere, al menos, de la comunicación de los avances y de la unión de los esfuerzos individuales. Es importante resaltar que todo el proceso investigativo en su conjunto, le permite a las personas desarrollar su capacidad analítica, propositiva, sintética, argumentativa, interpretativa, comprensiva y crítica al momento de asumir los retos intelectuales; por tanto, la investigación no sólo aporta al logro de resultados coyunturales (número de publicaciones, cantidad de citaciones, número de investigadores, etc.) sino logros estructurales en función de formar mejores ciudadanos o personas con capacidades para solventar la vida en general, para emplear en su praxis mejores visiones, tener un factor profesional diferenciador y, por ende, un mejor desempeño en sus labores cotidianas.

El proceso de investigación integra a diversos entes como las universidades, las empresas, el Estado y la comunidad en general, también a los diversos agentes que conforman estos entes; todos y cada uno de ellos son responsables de avanzar en los diferentes campos del saber y de crear estrategias en pro del progreso del país. La investigación es posible gracias al “conocimiento” de dichos agentes y a las inversiones de los entes en procura de las condiciones adecuadas que permitan su desarrollo; sin embargo, en ocasiones, el avance investigativo en las instituciones académicas no se logra y este aparece en las empresas y entes estatales sin arraigo intelectual.

Según Ortega (citado en Machado, 2001) la política científica en el mundo considera cuatro aspectos importantes: el conocimiento

científico como factor de desarrollo, la inversión en proyectos colectivos de largo plazo, las exigencias de cambio en los organismos que se dedican a la investigación (estructura, orientación y organización) y, por último, el mayor aprovechamiento del potencial científico que se tiene al incrementar la participación de mujeres y de personas jóvenes en investigación. Estas consideraciones permiten dimensionar cómo los países que le apuestan a la política científica han avanzado por la inversión en el conocimiento y hoy llegan a tener excelentes niveles de progreso, siendo denominados como países del primer mundo, potencias mundiales, economías avanzadas o, simplemente, países con mayor desarrollo cuya características diferenciadoras son sus altos niveles de vida, industrialización y desarrollo comercial.

La expresión “Invertir en conocimiento es invertir en el desarrollo del país”, más que un lema en favor de la investigación representa diversas teorías con sus respectivos modelos, como por ejemplo la “Teoría Económica del Crecimiento Endógeno”, la cual incluye el capital humano y la tecnología (desde el punto de vista de la generación de nuevas ideas) como factores para determinar el crecimiento a largo plazo (Barro & Sala-i-Martin, 2009); a la luz de dicha teoría se considera el conocimiento como fuente de mayor productividad y de crecimiento económico, se defiende la idea de que con subsidios a la investigación y a la educación se puede aumentar la tasa de crecimiento económico, así como que el conocimiento pasa a ser un nuevo factor acumulable para el desarrollo.

Los avances en materia de investigación se deben, entre otros factores, a la inversión gubernamental, que para el caso de Colombia ha sido poca. Según Rodríguez (2007) Colombia se clasifica como un país “científicamente en desarrollo” que se encuentra por debajo de la media mundial, al destinar tan solo el 0,5 % de su Producto Interno Bruto - PIB, para el desarrollo científico y tecnológico, mientras que las grandes potencias del mundo invierten cuantiosas sumas y esfuerzos para avanzar en este tema. Un dato representativo de este nivel precario de desarrollo científico y tecnológico es que la nación colombiana se dedica principalmente a la producción de bienes primarios, vale decir, sin valor agregado.

Lo más cercano al conocimiento científico que se tenía en Colombia, hasta hace algunos años, estaba dado por obras extranjeras, con corrientes foráneas, que llegaban al país y eran adoptadas (a

veces sin análisis) en el entorno local, negando cualquier posibilidad de crear conocimiento socialmente útil. Actualmente, se defienden enfoques interpretativos y críticos que asumen la comprensión de la realidad y la transformación local como derroteros, en un contexto en donde los procesos y los resultados aún no son satisfactorios frente a la problemática nacional; sin embargo, las nuevas tendencias ya son conocidas como alternativas, incluso, por los individuos más reacios a las novedades internas que se inclinan por los desarrollos externos.

1.3. Desarrollo de la investigación contable: