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Existe también un segundo llanto en la Biblia sobre el que debemos reflexionar. Hablan de él los profetas. Ezequiel refiere la visión que tuvo un día. La voz poderosa de Dios grita a un misterioso personaje «vestido de lino, que llevaba a la cintura la cartera de escribir»: «Pasa por la ciudad, recorre Jerusalén y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las nefastas acciones que se cometen dentro de ella» (Ez 9, 4).

Esta visión tuvo resonancias profundas en la continuación de la revelación y de la Iglesia. Aquel signo, tau, última letra del alfabeto hebreo, por su forma de cruz se convierte en el Apocalipsis en el «sello del Dios vivo» impreso en la frente de los salvados (Ap 7, 2 s.).

La Iglesia ha «llorado y suspirado» en tiempos recientes por las abominaciones cometidas en su seno por algunos de sus propios ministros y pastores. Ha pagado un precio elevadísimo por esto. Ha corrido a poner remedio, se ha dado reglas férreas para impedir que los abusos se repitan. Ha llegado el momento, tras la emergencia, de hacer lo más importante de todo: llorar ante Dios, afligirse como se aflige Dios; por la ofensa al cuerpo de Cristo y el escándalo «a los más pequeños de sus hermanos», más que por el perjuicio y deshonor ocasionado a nosotros.

Es la condición para que de todo este mal pueda verdaderamente llegar el bien y se obre una reconciliación del pueblo con Dios y con los propios sacerdotes.

«Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno sagrado, convocar una asamblea...

Que entre el vestíbulo y el altar

lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: “Perdona a tu pueblo, Señor,

y no entregues a tu heredad al oprobio, a la burla de las gentes”». (Jl 2, 15-17).

Estas palabras del profeta Joel contienen un llamamiento para nosotros. ¿No se podría hacer lo mismo también hoy: convocar un día de ayuno y de

35 Cfr. Dunn, Christianity in the Making, Grand Rapids, Michigan 2003. Se han publicado en italiano

los primeros dos volúmenes del primer tomo con el título Gli albori del cristianesimo, I, La memoria di Gesú, vol. 1: Fede e Gesú storico; I, 2: La missione di Gesú, Paideia, Brescia 2006.

penitencia, al menos a nivel local y nacional, donde el problema haya sido más fuerte, para expresar públicamente arrepentimiento ante Dios y solidaridad con las víctimas, obrar, en resumen, una reconciliación de los ánimos y reanudar un camino de Iglesia, renovados en el corazón y en la memoria?

Me dan el valor de decir esto las palabras pronunciadas por el Santo Padre al episcopado de una nación católica en una reciente visita ad limina: «Las heridas causadas por estos actos son profundas, y es urgente la tarea de restablecer la esperanza y la confianza cuando éstas han quedado dañadas... De este modo la Iglesia se reforzará y será cada vez más capaz de dar testimonio de la fuerza redentora de la Cruz de Cristo»36.

Pero no debemos dejar sin una palabra de esperanza también a los desventurados hermanos que han sido la causa del mal. Sobre el caso de incesto ocurrido en la comunidad de Corinto, el Apóstol sentenció: «Que este individuo sea entregado a Satanás, con el fin de que, aunque quede corporalmente destrozado, pueda salvarse en el día del Señor» (1 Co 5,5). (Hoy diríamos: que sea entregado a la justicia humana, para que su alma obtenga la salvación). La salvación del pecador, no su castigo, es lo que le importaba al Apóstol.

Un día que predicaba al clero de una diócesis que había sufrido mucho por esta razón, me impactó un pensamiento. Estos hermanos nuestros han sido despojados de todo, ministerio, honra, libertad, y sólo Dios sabe con cuánta responsabilidad moral efectiva, en cada caso; han pasado a ser los últimos, los rechazados... Si en esta situación, tocados por la gracia, se afligen por el mal causado, unen su llanto al de la Iglesia, la bienaventuranza de los afligidos y de los que lloran pasa a ser de golpe su bienaventuranza. Podrían estar cerca de Cristo, que es el amigo de los últimos, más que muchos otros –incluido yo-, ricos de la propia respetabilidad y tal vez llevados, como los fariseos, a juzgar a quien yerra.

Pero hay una cosa que estos hermanos deberían absolutamente evitar hacer y que alguno, lamentablemente, está intentando en cambio realizar: aprovechar el clamor para sacar beneficios hasta de la propia culpa, concediendo entrevistas, escribiendo memorias, en la tentativa de hacer recaer la culpa sobre los superiores y sobre la comunidad eclesial. Esto revelaría una dureza de corazón verdaderamente peligrosa.

5. Las lágrimas más bellas

Concluyo aludiendo a un tipo de lágrimas distintas. Se puede llorar de dolor, pero también de conmoción y de alegría. Las lágrimas más bellas son las

36 Benedicto XVI, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Irlanda, sábado, 28 de octubre

que nos llenan los ojos cuando, iluminados por el Espíritu Santo, «gustamos y vemos cuán bueno es el Señor» (Sal 34, 9).

Cuando se está en este estado de gracia, sorprende que el mundo y nosotros mismos no caigamos de rodillas y no lloremos todo el tiempo de estupor y de conmoción. Lágrimas de este tipo debían correr por el rostro de Agustín cuando escribía en las Confesiones: «Cuánto nos has amado, oh Padre bueno, que no te has reservado a tu único Hijo, sino que lo has dado por todos nosotros.

¡Cuánto nos has amado!»37.

Lágrimas como éstas vertió Pascal la noche en que tuvo la revelación del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob que se revela por las vías del evangelio, y en una hojita de papel (hallada cosida en el interior de su chaqueta tras su muerte) escribió: «¡Alegría, alegría, lágrimas de alegría!». Pienso que también las lágrimas con las que la pecadora empapó los pies de Jesús no eran lágrimas sólo de arrepentimiento, sino también de gratitud y de gozo.

Si en el cielo se puede llorar, es de este llanto del que está lleno el paraíso. En Estambul, la antigua Constantinopla, donde el Santo Padre viajó días atrás, vivió en torno al año 1.000 San Simeón el Nuevo Teólogo, el santo de las lágrimas. Es el ejemplo más brillante en la historia de la espiritualidad cristiana de las lágrimas de arrepentimiento que se transforman en lágrimas de estupor y de silencio. «Lloraba –cuenta en una obra suya- y estaba en un gozo

inexpresable»38. Parafraseando la bienaventuranza de los afligidos, dice:

«Bienaventurados los que siempre lloran amargamente sus pecados, porque les

asirá la luz y transformará las lágrimas amargas en dulces»39.

Que Dios nos conceda gustar, al menos una vez en la vida, estas lágrimas de conmoción y de alegría.

37 Agustín, Confessioni, X, 43.

38 Simeón, el Nuevo Teólogo, Ringraziamenti, 2 (SCh 113, p. 350). 39 Simeón, el Nuevo Teólogo, Trattati etici, 10 (SCh 129, p. 318).

4. “BIENAVENTURADOS LOS QUE TENÉIS

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