3.3 Infinite Renewal Properties
3.3.2 Example Properties
Hablar de este refinado recurso para producir una imagen pública favorable es caminar por piso jabonoso, sobre todo en un país como México donde apenas se está creando la cultura de la percepción. Les confieso que mucho he estado pensando en eliminar este apartado del libro porque corro el gran riego de ser malinterpretado y de que todo el trabajo adicional se vea también empañado por aquellos que prefieran ver “moros con tranchete” en un recurso útil que bien manejado reporta beneficios. Bueno, finalmente ganó mi sentido del deber así que aquí está el desarrollo.
Es evidente que uno de los retos que debe vencer un consultor en imagen pública es el de atraer el interés de la audiencia hacia las personas o instituciones que así lo requieran, y ¿saben cuál es uno de los vehículos más eficientes que hay para lograrlo?, pues ¡el de la dramatización de la realidad!; es decir, el hecho de poder convertir en “una buena historia que contar” cualquier detalle de la vida real que usualmente hubiese podido ser considerado como simple o normal, pero que analizado por alguien con “olfato”, puede constituir la oportunidad de resaltar algo que acercará al cliente con su audiencia. Dicho resaltamiento se logra profesionalmente mediante el diseño, producción y entrega de un guión basado en la vida real que la
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audiencia consumirá por completo y que además guardará en su memoria con un alto nivel de recordación. Es un hecho que las buenas historias ejercen poder sobre la audiencia, así que si existe alguna arma poderosa para involucrar a la persona o institución con su auditorio, ésa es el guión del relato.
La dramatización de la realidad consiste en hacer resaltar los elementos dramáticos de la vida real de las personas o instituciones con una mezcla deliberada de detalles que nunca alteren la esencia verdadera de la historia. ¿Comprenden ahora por qué les dije que era un terreno muy resbaloso? ¡Se trata de engañar!, dirán de inmediato los moralistas. ¡Es un recurso poco ético!, añadirán los duros de pensamiento. Pues con toda naturalidad les contesto a unos y a otros que ni se trata de mentir, ni de faltarle al respeto a nadie. Se trata simplemente de hacer “vendible” una historia verdadera que de otra forma resultaría aburrida para las audiencias y que de ninguna manera “comprarían” los medios de comunicación. El único requisito es que el hecho sea real y pueda comprobarse. No le vamos a contar mentiras a nadie, solamente vamos a decir la verdad de un modo más interesante.
El propósito de dramatizar la realidad es cuádruple:
1. Estimular la imaginación del auditorio para lograr el mayor índice de comprensión y recordación.
2. Reforzar la credibilidad, ya que si la audiencia “siente” la historia entonces creerá más fácilmente que es verdad.
3. Incrementar el interés de la audiencia en la persona o institución. 4. Crear identificación de la audiencia con el actor principal de la
historia, al mostrarlo más cercano.
Sé que el punto número dos es otro gran riesgo a correr. Sí, es cierto, no rehúyo la gran responsabilidad que encierra este hecho comprobado por los estudiosos de la comunicación. Conforme la industria de la imagen pública se hace mejor y más sofisticada en
la creación de realidad dramática, la aptitud de la audiencia para distinguir entre imagen y realidad disminuye considerablemente. Aunque debo acotar que es precisamente la propia audiencia la que ha ocasionado que la dramatización de la realidad funcione, debido a la dependencia que ha creado con respecto a que para que la información le penetre debe serle entregada en forma de relato atractivo, pues si no, simplemente se desentiende del hecho. Ejemplos que dan testimonio de lo aquí afirmado, abundan en el sector político y sobre todo en el sector del entretenimiento, es por ello que insisto en que la ética profesional debe estar más vigente que nunca en todos aquellos que se quieran dedicar o que ya se dediquen de una manera u otra a la creación de imágenes.
¿Hacer o no hacer dramatización de la realidad?
No obstante que se sabe que la dramatización de la realidad es una de las estrategias de comunicación más poderosas para lograr conectar a un personaje o institución con su audiencia, también es una de las más mal utilizadas y menos entendidas. Es muy fácil caer en la tentación de exagerar hasta la incredulidad y de llegar a mentir con tal de lograr la atención del receptor. Nada sería más erróneo puesto que descubierto el hecho, el efecto “boomerang” que resultaría sería desastroso: provocaríamos el rechazo hacia quien estamos intentando impulsar favorablemente. Exactamente lo contrario a lo que se quiere lograr. Es por ello que antes de tomar la decisión de hacer una realidad dramática se debe analizar si existen los elementos verdaderos que mezclados puedan arrojar una “buena historia que contar”:1. El drama. Es decir, que verdaderamente exista una historia con un
principio, un desarrollo y un fin.
2. La adversidad. Que la historia se desenvuelva alrededor de algún
conflicto solucionado o un reto vencido.
3. La crisis. Que la historia se haya visto agravada por algunos
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4. Los mentores. Es decir los consejeros, padres, agentes o consultores
que brindaron su ayuda y proporcionaron alguna forma de guía que facilitó la solución.
5. La voluntad y el talento indoblegables. Que son los factores
particulares o las habilidades personales que permitieron el enfrentamiento a los retos.
6. La recompensa final. Un desenlace que deje una lección a la
audiencia. Una conclusión que sirva de inspiración a los demás para poder enfrentar con éxito sus propios retos, todo lo cual facilitará la identificación entre “el actor” y su auditorio.
Si su historia llena estos requisitos, adelante, dramatícela, y si se encarga de hacerlo un consultor ético y talentoso, seguramente tendrá gran éxito.