4.9 Robust NPI
4.9.1 Example: Robust NPI lower and upper cdfs
Por vez primera desde que estaban en la ciudad llovió un poco durante la noche; lo suficiente para echar de la azotea a los durmientes, pero no lo bastante como para poner a prueba la azotea. Poco después de salir el sol, Ninurta volvió a subir a ver lo que el día les traería. Llegó a tiempo para ver esfumarse los fuegos del campamento de los aqueos, que salpicaban la llanura, en una niebla cada vez más espesa.
Tashmetu desaprobaba su proyecto de salir de la ciudad nueva; quería ver con los otros el singular combate desde la muralla.
–¿Qué esperas? –dijo el asirio–. Ambos bandos se encargarán de que nadie se atenga a lo acordado. Estaremos de vuelta a tiempo, no te preocupes.
Tashmetu sopló el cuenco de cerveza, muy caliente y aguada, en la que flotaban granos de cereal.
–Ojalá Tsanghar sea lo bastante fuerte como para disuadirte de dar frívolos paseos.
–He sufrido ciertos debilitamientos –murmuró Tsanghar–. Malestares del cuerpo, en cierto modo, y depresiones del ánimo. Entretanto ella habla de matanzas y ruina como si eso aumentara su placer.
Hab ía pasado la noche con Lamashtu; la babilonia no se dejaba ver.
–Todo está de bote en bote ahí fuera –dijo Corinnos, que se había arriesgado a ir hasta la plaza–. Todos quieren mirar; cuando se dispersen todo habrá terminado.
Ninurta se puso en pie e hizo una seña a Tsanghar.
–Entonces iremos por los tejados. Hasta luego, querida. Sigue siéndome propicia, aunque no siga tus consejos.
Tashmetu esbozó una sonrisa de disgusto. El luminoso laberinto de los tejados se correspondía con el más oscuro del suelo. Tuvieron que volver sobre sus pasos en varias ocasiones, porque habían ido a parar a callejones sin salida: tejados desde lejos adosados en realidad estaban tan separados que no se podía saltar de uno a otro. En una ocasión provocaron la ira de unos grajos, que levantaron el vuelo con estrépito en una
azotea; en varias ocasiones tuvieron que abrirse paso entre trastos, en medio de talleres o en repletos dormitorios.
–Eh. Hum –dijo Tsanghar en un momento dado, cuando acababan de dejar atrás una frágil pasarela, respetable por los años que unía dos tejados.
–¿No podrías expresarte con más precisión? El gasqueo se chupó un pulgar.
–Una astilla –murmuró–. Lamashtu. –¿Lamashtu es una astilla?
–Algo así. Sabes, en realidad... –No siguió hablando.
Nimurta trepó a un muro de media altura, que dividía una azotea sin razón aparente. –Sé que me odia –dijo mientras trepaba.
–Oh, no, eso sería demasiado. Sin duda recuerda con placer alguna que otra noche en las montañas. Pero... digamos que no entiende y desprecia lo que no entiende.
–¿Mi contención en el manejo de los cuchillos? Tsanghar rió en voz baja.
–¿Contención? Sí. Cree que tendrías que haber matado a DJoser.
–Si quisiera matar a cada hombre que duerme con la mujer que no debe no me quedaría mucho tiempo libre y el mundo estaría bastante despoblado.
–Empieza por Parisiti y Helena, para poner fin a esta tontería. –Silbó, desafinando; luego, prosiguió–: Demasiado blando, dice; no puedo disuadirla... Aún no. Quizá lo consiga con el tiempo.
–¿Piensas intentarlo mucho tiempo? –Nosotros... Oh, no lo sé.
Acababan de llegar a una casa con una escalera exterior, al lado de la torre occidental de la puerta. Mientras descendían, el gasqueo dijo:
–Bueno, Lamashtu y Tashmetu bajo el mismo techo. Y tú. Ypiensan abrir un taller con herbolario. Todo bastante confuso.
–¿Qué tiene Tashmetu que ver con eso?
Tsanghar se detuvo al pie de la escalera y se rascó la cabeza.
–Hay algo siniestro... en Lamashtu, quiero decir. Te desprecia... un poco, de algún modo. Los otros apenas le preocupan, salvo Tashmetu; a ella le gustaría despedazarla. Dice que no tiene nada que ver contigo, pero yo no acabo de creérmelo. Algo siniestro. –Apretó los labios–. Para ella las hierbas solamente son medios para destruir algo, nada para curar, o simplemente para dar sabor. Casi como si... como si sólo se sintiera bien cuando es parte de algo feo, y por eso hay que destruir todo lo hermoso o sano antes de que pueda respirar. Algo así. No sé. Y Tashmetu es para ella, en cierto sentido, la encarnación de aquello que ha de ser destruido.
–Que tenga cuidado. Tashmetu tiene las garras muy afiladas.
–Una cosa más. –Tsanghar resopló ligeramente y cogió a Ninurta por el brazo. Parecía ligeramente turbado–. Yo, eh, bueno, esta última noche, no conseguí nada, vaya, no pude; y ella dice que a ti también te pasó un par de veces, y que quizá sea culpa suya, y..
Ninurta hizo una mueca. A su alrededor, los habitantes de la ciudad nueva se apiñaban a la puerta, y él y Tsanghar estaban allí, hablando.
–Ha sido esclava demasiado tiempo, ha sido tomada con violencia y no tiene ni idea de que en condiciones normales se es normal. ¡Ahora ven de una vez!
Tsanghar se detuvo.
–También dice que quizá se deba a que ha vuelto a sentir un aliento frío, sabes, como entonces en Ugarit, antes de que fueras atacado. Quizá... quizá no debiéramos salir.
El asirio alzó las manos por encima de la cabeza y volvió a dejarlas caer. –Oh dioses... ¿El aliento helado de la diablesa de la fiebre? ¿Qué más? –Al contrario que antes, ahora encuentra ese aliento... agradable.
Ninurta arrastró consigo al gasqueo; encajados en la masa, fueron llevados fuera de las puertas.
–Una cosa más. –Ninurta rió entre dientes–. En lo que concierne a que os acostéisjuntos, muchacho... ya eres lo bastante mayor, tienes manos hábiles y una rápida lengua. Así que, ¿qué importa; Me importaría mucho más saber por qué ha venido. Quiere descuartizar a Tashmetu, me desprecia, ¿por qué se trae esa bebida, en vez de quedarse en la isla?
–Dice que se aburría demasiado. Quiere estar donde suenen las espadas y corra la sangre. –Ah. Eso será pronto.
Poco a poco la niebla fue levantándose; los contornos de las lejanas edificaciones del campamento de los aqueos eran meros trazos sombríos. Decenas de miles de hombres tenían que estar en camino, calculó Ninurta... los guerreros de los asaltantes, los defensores armados y sus aliados, al menos la mitad de los demás habitantes de Troya y más de la mitad de los de la ciudad nueva. Se apiñaban en la orilla del Escamandro; algunos chapoteaban en él para llegar al campo previsto para el combate y verlo todo de cerca. Aparecieron combatientes troyanos y los llamaron; pocos volvieron, pero aun así los guerreros lograron impedir que el resto de los mirones cruzara el río.
Ninurta y Tsanghar estaban ya en la orilla occidental. El río, en todas partes superficial y recorrido en otros tiempos por barcos fluviales y gabarras sin calado, tenía aquí un vado; el agua les llegaba a los hombres hasta el pecho.
Los primeros a los que encontraron fueron los sardanios de Khanussu, que caminaban tranquilamente hacia la orilla, con los arcos sin tensar, pero los carcajs abiertos.
–¿Qué pretendéis, amigos? –dijo Ninurta. Khanussu sonrió al verlo.
–Ah, el noble asirio. ¿Qué pretendes tú? ¿Y el gasqueo también? Bienvenidos. –Queríamos ver cómo los troyanos y los aqueos se atienen a los pactos. Algunos de los mercenarios rieron.
–Precisamente por eso estamos también aquí. –Khanussu señaló la multitud al otro lado del Escamandro–. Con un ojo miraremos cómo Menelao y Paris averiguan cuál es el más tonto de los dos, y con el otro cuidaremos de que nadie se cuele en nuestro campamento mientras todo el mundo mira el combate.
–El propio rey. Agamenón está un poco nervioso, y no sólo porque se trate de su hermano pequeño.
Aqueos del norte, troyanos y aliados del sur avanzaban por la llanura. El espacio entre los ejércitos se hizo más estrecho, hasta que finalmente sólo quedó una especie de pista de batalla de quizá veinte pasos de anchura y cien de longitud. Ninurta, Tsanghar, Khanussu y uno de los guerreros de ojos rasgados, con los que hasta ahora Ninurta no había podido intercambiar nunca una sola palabra (gestos sí, y gruñidos, nada más), estaban sobre una colina medio juncosa, medio arenosa, al lado de la orilla.
Ninurta vio a Agamenón, que al parecer dirigía una pequeña alocución a una tropa escogida; no mucho más lejos, Ulises paseaba con las manos a la espalda. Diomedes estaba allí, Ayax el locrio y Ayax el telamonio; todos los caudillos y sus hombres llevaban armas y armaduras, como estaba previsto: en honor de los dos combatientes y de los dioses.
Al otro lado, entre los troyanos, no se podían pasar por alto las pujantes figuras de Héctor y Eneas. Los sacerdotes se habían retirado ya, igual que Príamo... El sacrificio de un cordero, la mezcla de sangre de la víctima con vino, la invocación a los dioses, hacía mucho que todo se había realizado. Príamo y Agamenón habían pronunciado sin duda sagrados juramentos que no afectaban a Ninurta, ya que no creía en los dioses a los que se invocaba ni en las nobles intenciones que quedaban selladas con eljuramento.
–¿Cómo será? –preguntó. El sardanio guiñó un ojo. –Decente, ¿cómo si no?
–Eso en cualquier caso. No, me refiero a los detalles... ¿Qué han acordado? No he oído más que rumores.
–Bueno: Menelao y Paris lucharán. Si Paris gana, los aqueos se retirarán. Si Menelao gana, los troyanos devolverán a esa divina puerca y pagarán los gastos de la guerra.
Ninurta se atragantó con su propia saliva; tuvo unas arcadas, tosió y rió al mismo tiempo. –¿Se lo cree alguien? –dijo al fin.
Khanussu escupió.
–Sugerente entretenimiento para los guerreros –dijo Ninurta a media voz–. Se le ocurrió a Ulises, ¿no? ¿Qué ambiente hay en el campamento?
Tsanghar le tiró de la manga. –Mira.
Señalaba el centro de las filas aqueas, donde se estaba abriendo un pasillo. Unos jinetes se aproximaban al campo de batalla..., escitas con puntiagudos capacetes de cuero y extraños tubos de paño que cubrían el vientre y las piernas. Llevaban los arcos tensados. Un carro de guerra (si Ninurta no se engañaba, Diomedes acababa de subir a él) les cerraba el paso, y fue guiado hacía un lado.
–¿Qué pasa con eso?
Tsanghar frunció el ceño. Ninurta gimió. –¡Oh, no, ahora no, otra vez no!
–¿Qué ocurre? –Khanussu miraba alternativamente a Tsanghar y al asirio.
–Conozco la expresión de esa cara... Se le está ocurriendo otra posibilidad de hacer más sangrienta la guerra con uno de sus inventos.
Tsanghar rió.
–Qué bien me conoces, señor. Pero ya que no quieres oírlo... –Después... ¿Qué pasa con el ánimo de los hombres?
Khanussu sacó una flecha del carcaj, volvió a meterla, y acarició las plumas de una segunda. –Bueno o malo, según se vea. Nos hemos sentado con los troyanos y hemos bebido y cantado, y por eso la gente se pregunta por qué tienen que abrirse unos a otros la tripa que se acaban de llenar juntos. En lo que concierne a llenarse la tripa... ahora se han matado y comido casi todas las reses, y unos cuantos caballos inútiles también.
–Ah. –Ninurta asintió–. Ya estaba preguntándome por qué hay tan pocos carros de guerra. –No saben manejarlos. Incluso los han fabricado en metal... son preciosos, pero demasiado pesados. Las ruedas se hunden en el barro y los caballos no pueden sacarlos. O por lo menos sólo muy despacio. Los de ahí dentro saben cómo se hace. –En tono apenas audible, añadió–: Pero no va a servirles de mucho.
Ninurta vio los huecos entre los troyanos, huecos por los que ahora pasaban carros, con dos hombres en cada una de las ligeras cestas: un conductor y un arquero.
–¿Por qué no? ¿Se os ha ocurrido algo? Khanussu señaló con la mandíbula al gasqueo.
–¿Crees que el chico es el único al que se le ocurren cosas nuevas?
Los dos hombres que debían decidir la guerra que había estallado por su causa. Parisiti, al que los aqueos llamaban Paris o Alejandro, saltó de uno de los ligeros carros troyanos. Se detuvo en silencio unos instantes, recorrió con la vista sus propias filas y se volvió luego hacia el ejército de su adversario. La conversación, los murmullos, los gritos, todo se extinguió; un silencio agobiante se hizo sobre el campo; otra especie de niebla, pensó Ninurta.
No había entusiasmo alguno entre los troyanos.
Miró al troyano, desde lejos, y recordó Ugarit, el aposento de Keret, la rápida presa en la muñeca de Parisiti. El hijo del rey no parecía haber cambiado... visto de lejos. Grande, robusto, más bien delgado; Ninurta estaba dispuesto a apostar que las noches pasadas con Helena habían formado arrugas en el rostro y en el resto de la piel. Paris no era un poderoso y macizo gigante..., no era un Ayax, un Aquiles o un Héctor; por su constitución, tenía más en común con gentes como Agamenón o Ulises. Ahora se volvía hacia el carro; un ayudante le alcanzó unas espinilleras.
Menelao. Ninurta nunca le había visto de cerca. El espartano se parecía al troyano: alto, fuerte, pero no macizo. Sobre el resto de las similitudes, que se manifestara Helena.
La sonrisa desapareció cuando Ninurta alzó la vista. Ahí estaba ella, sobre una pequeña elevación, no muy detrás de las primeras filas de los troyanos. Hablaba con un hombre que se había echado el casco hacia la nuca y ahora se volvía sonriente.
Pándaros: un famoso arquero; pero los troyanos tenían muchos arqueros. –¿Qué hacen vuestros aprendices? ¿Se las arreglan con los arcos? Khanussu bamboleó la cabeza.
–Va marchando. Ah, esto ya no puede tardar mucho.
Menelao se había sujetado las espinilleras; alguien le alcanzaba la coraza. Paris parecía ya dispuesto; tiraba del cinturón, del que colgaba una larga espada, y luego cogió una lanza del carro.
–Tengo que acercarme –dijo Ninurta–. Quiero verlo con detalle. Tsanghar, tú te quedas aquí, ¿me oyes?
El gasqueo asintió.
–Ni veinte leones me harán acercarme. Pero ¿es inteligente, señor? –Ni señor ni inteligente. Hasta ahora.
Ninurta descendió la pequeña colina. Khanussu, que había estado hablando con uno de sus hombres, se volvió y gritó:
–¡Ninurta... señor... asirio, quédate aquí! Es...
Pero entonces empezó el griterío; Ninurta no oyó lo que el sardanio seguía diciendo. Se abrió paso entre las filas de los aqueos hasta donde, hacía un momento, había visto a Ulises. De vez en cuando atisbaba, por entre los huecos que se abrían y cerraban, el campo de batalla, donde Menelao y Paris se amenazaban y esgrimían sus armas.
Por fin alcanzó al de Itaca y le tocó el brazo. Ulises se sobresaltó y llevó la mano a la empuñadura de la espada... la de una larga y fina espada de acero.
–¡Ninurta! –Por un instante el asirio creyó ver inquietud o incluso miedo en el rostro del aqueo–. ¿Qué haces tú aquí? No deberías estar aquí. Va a ser peligroso.
Paris arrojó su lanza. Menelao levantó el escudo. Los gritos ahogaban cualquier sonido procedente del combate; aun así, Ninurta imaginó oír el sordo crujido con el que la lanza atravesó las capas de cuero y bronce.
Menelao tiró. También Paris atrapó la lanza con el escudo, pero estuvo a punto de caer... Toda la furia del primer esposo de Helena debió de acompañar al lanzamiento. Menelao trastabilló, a punto estuvo de caer por su propio impulso, se quedó de pie, sacó la espada y se lanzó sobre el troyano, que no pudo tirar el escudo y sacar su propia arma con la suficiente rapidez. Un tremendo mandoble alcanzó su casco desde arriba, resbaló, terminó en el hombro; Paris cayó de rodillas. Menelao dejó caer la espada, cogió el casco de su adversario y empezó a tirar y retorcer el casco y la cabeza. Paris se retorcía como una serpiente, pero no podían pasar más de unos instantes antes de que las cintas del casco le ahogaran o Menelao le partiera el cuello.
Pero ocurrió otra cosa, la tercera posibilidad, en la que Ninurta no había pensado. Las cintas se rompieron, Menelao se quedó con el casco en la mano y trastabilló al faltarle de pronto peso y resistencia. Paris se puso en pie, saltó a coger la espada, que mientras él se retorcía había saltado de la vaina, la agarró, se volvió con la rapidez del rayo y se precipitó hoja en ristre sobre el espartano.
Dos flechas. Una, si Ninurta no se equivocaba, de uno de los escitas a caballo: un negro trazo de la muerte que (abrupto silencio alrededor) golpeó sordamente la coraza de Parisiti, sobre el pecho derecho. La segunda flecha vino de Pándaros, penetró en la hebilla del cinturón de Menelao, se quedó clavada. Ambos luchadores se tambalearon.
Diomedes, en su carro, extendió el brazo; sostenía una lanza en la mano.
–¡Traición! –bramó; su gruesa voz corrió como un reguero de fuego por el campo de batalla–. ¡Ofenden a los dioses! ¡Matadlos... a todos!
Los escitas a caballo y todos los demás arqueros de las filas aqueas actuaron con tanta rapidez que Ninurta no pudo creer ni por un instante en la sorpresa y la ciega obediencia a la orden de Diomedes. Y mientras las flechas cruzaban el aire, lentas, como petrificadas, como si los ojos del asirio vieran una sección ampliada de los acontecimientos, por el otro lado cinco veces más flechas salieron de las cuerdas de los arcos troyanos, licios y frigios, esforzándose en ascender la ladera por el aire.
La granizada de flechas cayó, rápida y mortal, sobre ambos bandos. Ulises tiró al suelo al asirio y gritó:
–¡Cómo vienes desarmado, idiota!
Ninurta se quedó tumbado, medio aturdido; vio delante de él derrumbarse a un aqueo y morir en el suelo entre estertores, se arrastró hacia él, dirigió toda la energía de sus pensamientos a sus dedos, que cogían las cintas y cinturones de la coraza, la espada y la lanza... Oh no, se había roto bajo el hombre caído. Pies. Una miríada de pies, y él no podía levantar la cabeza para ver si encima había piernas, quizá también cuerpos. Rodillas que le embestían, que volvían a derribarlo, pies que le pisaban; oyó el entrechocar de las armas, gritos, alaridos de furia, aquí y allá el chillar de los heridos, luego tuvo por fin la espada en la mano y la coraza del caído, al que la flecha le había atravesado la garganta. Tras él volvió a oír la voz de Ulises, que decía casi sorprendido, casi como en un sueño relajado y ocioso:
–Ven, déjame ayudarte, mercader. No sé por qué me tomo la molestia...
Mientras los dedos de Ulises ajustaban y ataban las cintas, el asirio recordó que él no tenía nada que ver con esta guerra. Que él, si acaso, deseaba una rápida victoria de los troyanos y una derrota de los aqueos. Entonces se puso en pie, notó que alguien –¿Ulises?– le ponía el casco del muerto, vio acercarse un carro de guerra de los troyanos, vio a un par de aqueos que se agachaban y atacaban no el carro, ni al conductor, ni al arquero, sino que abrían con las espadas las panzas del