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Exception-to-Policy

La crisis de cambio de siglo debió afectar, aunque en cada caso de forma peculiar, a las capas más amplias de la sociedad española, por cuanto se advierte una transformación espectacular en la tesi- tura de las asociaciones de trabajadores, o más exactamente, en la actitud de los trabajadores ante las asociaciones ya existentes. La transformación parece comenzar a operarse precisamente en 1898. Y aunque no puede descartarse que haya estado provocada por una reacción de los obreros ante el «desastre» de Cuba, lo más probable es que responda a una situación generalizada de crisis de la concien- cia nacional, de la que el propio «desastre» habría sido el disparador ya que no la causa eficiente. Entre 1900 y 1903 el fenómeno alcan- za su máxima intensidad.

Para comprender lo que significa «el 98 de los obreros» es preci- so tener en cuenta la radical duplicidad de las manifestaciones de la Primera Internacional de Trabajadores en España, ya desde sus pri- meros momentos. En 1870-1871 llegaron a la Península sus dos principales introductores: uno era el idealista ingeniero italiano Giu- seppe Fanelli, que vino a predicar las doctrinas anarquistas de Baku- nin; el otro, el frío y sistemático yerno de Marx, Paul Lafargue, que importó el marxismo en su versión más pura, y un tanto radical o guesdista. Aparentemente, Lafargue tenía más posibilidades que Fa-

nelli (aunque de familia francesa, había nacido en Cuba y hablaba correctamente español, aparte del prestigio que le confería ser pa- riente del fundador de la Internacional), en tanto Fanelli hablaba francés e italiano, y aunque su primer y entusiasta discípulo, Ansel- mo Lorenzo, asegura que los trabajadores podían entenderle perfec- tamente gracias a su expresiva mímica, parece inevitable que se pro- dujera alguna dificultad de comunicación. Sin embargo, Fanelli en- contró mucho más seguimiento que Lafargue, y de aquí en gran parte la muy distinta historia de las dos secciones de la Internacional en España (032, 186-187).

Las causas han sido explicadas de muy diversas maneras, y es po- sible, puesto que no se excluyen mutuamente, que todas tengan una parte de razón. Lafargue era un hombre frío, metódico, disciplinado, poco amigo de la demagogia. Prefería obrar en pequeños grupos como en un laboratorio, elaborar programas, repartir consignas, controlar a sus discípulos. Fanelli era la pura espontaneidad, se mo- vía con igual soltura en todos los ambientes; su voz —recuerda Lo- renzo— adoptaba tonos muy variables según lo exigieran las circuns- tancias, y gesticulaba con una mímica muy expresiva, que era quizá lo que con más intensidad quedaba grabado en sus oyentes. En suma —y esto no tiene por qué significar un juicio peyorativo— obraba como un actor de teatro. Lafargue se estableció en Madrid, como ca- pital que era del reino, y allí quiso —y consiguió, por supuesto— establecer el núcleo fundacional del movimiento; pero no se dio cuenta de que el centro del descontento del obrero industrial era Barcelona, o de que la región jornalera por excelencia era Andalu- cía. Fanelli viajó por todas partes, habló en todos los ambientes, y se volcó en las zonas donde encontraba mayor audiencia. Pero tampo- co podemos olvidar la naturaleza de las doctrinas que predicaban. El socialismo marxista-guesdista era una ideología que presumía de científica; exigía organización, disciplina, obediencia a las consignas, programas muy concretos, poco abiertos a las desavenencias. El anarquismo bakuninista era espontáneo, vivaz, libertario, rechazaba toda forma de organización, poseía un mesianismo idealista que se contagiaba con facilidad a gentes sencillas, y resultaba especialmente asequible. Luego viene la cuestión de los temperamentos colectivos: se ha dicho mil veces que el socialismo prendió en Madrid y el nor- te de España, zonas «de gentes más serias y sesudas» (¿será un tópi- co?); en tanto el anarquismo cuajaba en Cataluña, la franja mediter- ránea y Andalucía, donde el carácter es más abierto, espontáneo y

comunicativo (cfr. 032, Apéndice, 416). Por otra parte, es un hecho bien sabido que el anarquismo fue un fenómeno muy extendido por toda el área mediterránea (Ucrania, Balcanes, Italia, Península Ibéri- ca, incluido Portugal), en tanto el socialismo fue casi exclusivo en el centro y norte de Europa.

No parece del todo convincente un criterio basado en un abso- luto determinismo geográfico, aparte de que resultaría un tanto for- zado pretender que catalanes y andaluces poseen el mismo tempera- mento, en tanto que madrileños, vascos y asturianos están calcados de idéntico patrón. El hecho de la polarización geográfica de los dos movimientos es cierto, pero sólo puede aplicarse a épocas posteriores a la predicación de Fanelli y Lafargue, y sobre todo, se consagraría en la coyuntura de cambio de siglo, cuando el movimiento obrerista se difundió por toda España. Y sobre todo cabe destacar una diferencia fundamental a los efectos que aquí comentamos: la velocidad de esa difusión fue en cada caso muy distinta. Los anarquistas llegaron tem- prano a zonas muy amplias, en tanto los socialistas vivieron durante años confinados en Madrid, apenas fueron un grupúsculo de traba- jadores especializados (fundamentalmente tipógrafos) de la capital, y prácticamente no tuvieron delegaciones en otras provincias hasta después de la huelga de tipógrafos de 1881: y aun así, constituyeron grupos muy minoritarios en la Rioja, País Vasco y poco más tarde en Asturias.

Cuando en 1879 Pablo Iglesias fundó el Partido Socialista Obre- ro (hasta 1888 no aparece el apelativo de «Español») en una fonda de la calle Tetuán, consiguió veinticinco afiliados, de ellos dieciocho ti- pógrafos. Su progreso fue extraordinariamente lento. La huelga de 1881, primer acto importante del nuevo partido, fue, según los historiadores del socialismo, histórica: no sólo porque confirió una má- xima repercusión social a la abstención laboral de un número muy escaso de personas (no aparecieron los periódicos de Madrid), sino porque el despido de parte de aquellos tipógrafos les hizo buscar tra- bajo en otras provincias, a donde llevaron la célula del socialismo. Con todo, Pablo Iglesias necesitó siete años para reunir la cantidad de 925 pesetas que constituyó todo el capital social del primer perió- dico, El Socialista. El lema del tenaz, ascético e implacable tipógrafo ferrolano era organización, constancia y disciplina. No era un hom- bre simpático, aunque admiraba por su conducta ejemplar y su per- severancia en el empeño. El partido socialista crecía tan lenta como organizadamente. Para Pablo Iglesias, el elemento tiempo contaba

mucho menos que el elemento eficacia. En 1888 aprovechó hábil- mente —porque habilidad, eso sí, no le faltó— la Exposición Uni- versal de Barcelona para refundar su diminuto partido y crear su sindicato, la Unión General de Trabajadores (UGT), que pronto alcanzó los tres mil afiliados. Pero le costaría diez años duplicar esa cifra.

Las causas del lento medro del socialismo parecen bastante cla- ras. La eficacia en la organización era preferida a la prisa. Ninguno de sus miembros se distinguió por un incondicional espíritu prose- litista. Se prefirió la calidad a la cantidad. Y militar en el partido so- cialista —muy burocratizado desde el primer momento— no era cómodo: se exigía disciplina, obediencia, seguimiento estricto de las consignas, y a más de ello, un comportamiento intachable. Un socia- lista debía ser «honrado e inteligente» y, por tanto, ilustrarse con la lectura, no beber en exceso, ser fiel a su compañera y no frecuentar prostíbulos. No estaba del todo bien visto el tabaco, y hasta la asis- tencia a las corridas de toros podía resultar censurable. La existencia, real o virtual, de algo parecido a un «aparato de control» —especial- mente a partir de 1888— con la posibilidad de la reprimenda corres- pondiente ante comportamientos improcedentes, era un motivo más de rechazo por parte de hombres que no comprendían la rela- ción entre las ideas políticas o las reivindicaciones sociales y la vida privada. Brenan habla además del obstáculo que suponía para el obrero la «fe parlamentaria» del partido (cfr. 032, 266). El socialista, y ello quedó claro desde el instante fundacional, era «un partido de clase»; pero confiaba, de acuerdo con el pensamiento de Marx, rati- ficado en el congreso de La Haya (septiembre de 1872), en que era posible alcanzar el poder, y con él el predominio del proletariado, por el simple ejercicio de la democracia. Si los obreros eran más, el sufragio universal sería la mejor arma para consagrar su hegemonía por mayoría absoluta. Y el obrero español, desconfiado —sobre todo desde el fracaso de la revolución de 1868— de todo recurso a la po- lítica (Hennessy habla de «la revolución de septiembre» y de «la des- ilusión de octubre»), no estaba por la labor. Más de uno comentó que si un trabajador llegaba a alcanzar un puesto de diputado, se convertiría automáticamente en un burgués.

De aquí no sólo que el obrero español prefiriera la vía anarquis- ta a la socialista, sino el hecho, asombroso si se quiere, de que los afi- liados a UGT no votasen, o votasen a los partidos burgueses, o in- cluso, según José Andrés Gallego —en Navarra—, a los carlistas.

Con todo, Pablo Iglesias siguió siempre tercamente el mismo camino. En 1890 presentaría dos novedades: la Casa del Pueblo como lugar de reunión y cultura —y al mismo tiempo de control indirecto— y la celebración del 1 de mayo como fiesta de los trabajadores: en forma —se cuidó de advertirlo— no de huelga, sino de manifestación ma- siva y bien organizada. Su perseverancia hallaría el premio, tal vez inesperado, al llegar la coyuntura de 1898.

Por su parte, los anarquistas habían proliferado, si no con la «conversión» espectacular de masas inmensas de trabajadores, como pretenden sus partidarios, sí con una rapidez incomparablemente superior a la de los socialistas. En el citado congreso de La Haya, en 1872, habían reñido los ya incompatibles Marx, partidario de «la constitución del proletariado en partido político», y Bakunin, para quien «todo poder político... no puede ser sino un engaño»; como que «la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado» (véase 265, I, 189-190). Los pocos delegados españo- les que asistieron al congreso se pusieron al lado de Bakunin. Ansel- mo Lorenzo, el principal discípulo de Fanelli, fue portavoz de la ver- sión ácrata y la hizo triunfar en el congreso de Barcelona, ese mismo año. Al de Córdoba (25 de diciembre de 1872; 3 enero de 1873) no asistieron ya los marxistas, convencidos de que iban a quedar arrasa- dos por sus adversarios: así es como la reunión cordobesa goza fama de ser el primer congreso anarquista de la historia.

Brenan habla un poco ingenuamente de «escenas maravillosas de un nuevo Pentecostés» (032, 188). Y añade poco después que «las conversiones se sucedían por millares. Los que acudían a las reunio- nes se retiraban con el claro sentimiento de que sus ojos se habían abierto repentinamente y de que poseían la absoluta verdad sobre to- dos los problemas. Esto les proporcionaba una confianza sin lími- tes». Viajando de polizones en los trenes, o a lomos de mulas, recor- rían los pueblos como «apóstoles de la idea». Evidentemente, y aun prescindiendo de la hipérbole de los entusiastas, los anarquistas esta- ban poseídos de un auténtico afán proselitista. Maeztu, en 1901, nos da cuenta testimonialmente de la eficacia del «boca a boca»:

He presenciado la lectura de La conquista del pan en una casa obrera. En un cuarto que alumbraba quedamente una vela, se reunían todas las noches hasta catorce obreros. Leía uno de ellos trabajosamente, escuchaban los otros; cuando el lector hacía pun- to, solo el chisporroteo de la vela interrumpía el silencio... Podrán

nuestros gobernantes disolver asociaciones, confiscar ejemplares de libros sin vender, suprimir periódicos, encarcelar a anarquistas conocidos. Pero, ¿qué ejércitos ni tribunales impedirán la propa- ganda más peligrosa, la que se hace en voz baja, de hombre a hombre, de la boca al oído? (apud. 192, 5).

Los anarquistas no necesitaban establecer sociedades secretas —haya existido como tal o no la Mano Negra— para pasar práctica- mente inadvertidos. Su mejor defensa, y al mismo tiempo su mayor debilidad en cuanto a la eficacia, era la falta absoluta de organiza- ción. Contrariamente a los socialistas, confiaban en la espontaneidad total, estimaban que cualquier asomo de estructura funcional supo- nía un confinamiento, y se negaron a nombrar jefes o tan siquiera se- cretarios. No admitían otro poder que el asambleario. Sea lo que fue- re, frente a la organización minoritaria de los socialistas se alinea la desorganización mayoritaria de los anarquistas. Su idealismo mesiá- nico y utópico, un cierto «casticismo» muy peculiar que casi todos los autores están de acuerdo en atribuirles, su sentido altamente pro- selitista y difusivo, les llevaron a constituirse en una masa amorfa, pero nada despreciable. No exageremos su número, porque entre las cualidades de los anarquistas figura siempre la exageración. Y la bue- na fe, que en los congresos o asambleas les obligaba a creer al compa- ñero que decía traer la representación de trescientos, o de cinco mil. En este sentido, ponerse a contar anarquistas es una de las tareas más difíciles que pueden imponerse al historiador de la España contempo- ránea. Al congreso de Córdoba, en 1873, asistieron representantes de unas 300 secciones que pretendían integrar a 24.695 afiliados (265, I, 190-193). Pero, ¿es que puede hablarse siquiera de afiliados cuando no existen documentos de afiliación? Hubo anarquistas que se reu- nían con cierta regularidad, que se ponían de acuerdo (o no se po- nían, pero cuando menos discutían) para determinadas acciones mancomunadas; hubo otros que asistían a las reuniones, pero sin iniciativas ni regularidad, como hubo amigos de anarquistas que se decían anarquistas, y a los que se concedía, o no, según las circuns- tancias, el título de tales. Si hemos de aceptar como bueno el méto- do del número de representados que ofrecen los asistentes a los con- gresos, en el de Barcelona de 1881 figuraron los poderes virtuales de 36.000 miembros; y al de Sevilla, en 1882, los de más de 58.000.

Por entonces (septiembre de 1881) se fundó la Federación de Tra-

do su máxima difusión por los años 80, primero en los sectores de la mediana industria textil de Cataluña, más tarde en un ámbito tan distinto, pero aún más propicio, como el campo andaluz, especial- mente en las zonas de latifundio, en que la figura predominante es el jornalero. Pero la Federación no duró más que siete años. Ni siquie- ra una forma tan libre de asociarse sin condiciones organizativas re- sultaba del todo grata; y es que, además, y probablemente sobre todo, se hicieron visibles las diferencias entre el anarcocolectivismo de Bakunin y el anarcocomunismo de Kropotkin. La disyuntiva es- taba en organizarse mínimamente, aunque sin estructuras visibles, para conseguir una mayor eficacia, o seguir concediendo primacía a la pura espontaneidad y al mito de la revolución necesaria y mesiáni- ca, que llegará porque está anotada en el libro de la historia. En 1888, cuando podía tener de 60 a 80.000 miembros más o menos confe- sados, se disolvió la Federación en cuanto tal. Como consecuencia de la crisis interna, más que por efectos de una acción oficial poco eficaz, «el movimiento anarquista como tal no desaparece, natural- mente; pero el rasgo dominante es la dispersión a todos los niveles: organizativos, ideológicos, tácticos...», comenta Núñez Florencio (192, 16). La dispersión no supuso necesariamente una disminución del número de militantes, como que es bastante unánime la suposi- ción de que hacia 1898 había en España cerca de 80.000 anarquis- tas. Una minoría, de todas formas, respecto de la totalidad de la cla- se trabajadora, incluso en los focos catalán y andaluz; pero una mi- noría más activa que nunca, porque la disgregación significó también el desengaño de muchos respecto de la convicción de un fu- turo asegurado, de la garantía de un mundo feliz en que «hasta los ri- cos y los guardias civiles saldrán ganando» (véase 032, 207), de la fa- cilidad paradisíaca del cambio y, por tanto, la necesidad del recurso a la acción violenta.

Por eso la presencia del anarquismo radical se manifiesta a lo lar- go de la última década del siglo XIXen forma de atentados terroris-

tas, que en ocasiones resultan especialmente mortíferos. Cuentan el explosivo colocado en la sede del Fomento del Trabajo (una organi- zación patronal) en 1891; el atentado que estuvo a punto de costar la vida al general Martínez Campos —símbolo del régimen— el 24 de septiembre de 1893: el general siguió desfilando fieramente con una pierna sangrante, pero el acto significó el fusilamiento de su au- tor, Paulino Pallás; la bomba arrojada desde el paraíso al patio de bu- tacas en una sesión de ópera del barcelonés Teatro del Liceo, con el

saldo de dieciséis muertos, el 8 de noviembre de 1893; la otra bom- ba asesina lanzada sobre la custodia al paso de la procesión del Cor-

pus Christi por la también barcelonesa calle de Canvis Nous, en ju-

nio de 1896, con un saldo similar de víctimas mortales; y finalmen- te —para terminar el siglo y toda una época en la historia de España— los tres tiros disparados por Michelle Angiolillo sobre la espalda de Cánovas el 8 de agosto de 1897 en el balneario de Santa Águeda. Los enemigos quedan bien perfilados: el Ejército, la patronal, la burgue- sía acomodada, la Iglesia, los políticos. En adelante, la historia ya no podía ser como antes.

Es inverificable, comentábamos páginas atrás, el influjo de la muerte de Cánovas (obra de un filoanarquista azuzado por una or- ganización cubana) en el desenlace del drama colonial. Lo cierto es que el Desastre parecía coincidir con el momento de máximo poder fáctico del anarquismo en España. Y, sin embargo, lo que resultó de la crisis fue un sorprendente, fulgurante, incremento de la militancia socialista y un paralelo descenso del número de quienes se decían anarquistas. Una vez fundado el sindicato, es relativamente fácil in- ferir la cuantía de los afiliados a UGT, aun con pequeñas discrepan- cias según las fuentes (véase 265, I, 297 y II, 40); en tanto las cifras correspondientes a los anarquistas sufren de una inevitable impreci- sión, aunque todas las fuentes están de acuerdo en admitir una drás- tica baja de militancia entre 1898 y 1910. Sólo a título aproximado, por lo que se refiere a la segunda columna, es posible establecer la si- guiente comparación.

El cambio desde 1898 (¡o quizá desde 1897, siempre el quiebro se adelanta a los acontecimientos!) no puede ser más espectacular: mientras al filo del Desastre los anarquistas pueden ser de diez a doce veces más numerosos que los socialistas, seis años más tarde éstos su- peran a sus émulos. No cabe duda de que en determinados casos se

Años Afiliados a UGT Militantes anarquistas (?)

1897 6.200 75.000 1900 26.000 70.000 1902 33.000 60.000 1904 56.000 50.000 1905 57.000 45.000 1910 40.000 30.000

opera un trasvase; pero sea ésta la causa principal, o existan otras (como parecen existir), un hecho está perfectamente claro: la mili- tancia socialista se multiplica por diez en cosa de seis años, en tanto que tiende a disminuir (hasta su mitad o más) la anarquista. El 98 de los Obreros parece consistir, más que en ninguna otra cosa, en la conciencia de que los métodos socialistas son más eficaces, mien- tras que con el idealismo y la desorganización de los ácratas no se va a ninguna parte. Sea el cambio producto de una toma de concien- cia, de una reflexión, de una crisis interna, de una moda, de una for- ma de mimetismo en cadena, los hechos en cuanto tales no dejan lu- gar a dudas. La mejor pista de este cambio de conciencia nos la pro-