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Excerpts from the Quantitative Easing announcements

La enfermera graduada, de guardia en el pasillo, no era capaz de adivinar qué pensamientos cruzaban la mente de la Hermana Ana Roberta. Ningún enfermo se encontraba grave, y las enfermeras estudiantes habían hecho perfectamente sus trabajos. A pesar de todo, la siempre serena instructora de enfermeras aparecía nerviosa y agitada.

La enfermera graduada ignoraba que la Madre Ana Sebastián, Superiora general de las Hermanas de la Caridad de Nazaret, acababa de llegar a Lexington para la celebración de los exámenes en el Hospital de San José, y que Sor María Lorenza había decidido pedirle un permiso especial para Sor Ana Roberta y para ella.

Sin saber para qué, la delegada instructora de enfermeras entró en el ropero, del que salió inmediatamente para dirigirse, también sin ningún objeto, a la despensa.

— ¡Oh Señor —iba diciendo—, cuánto me gustaría estar en la capilla! Pero debo estar aquí cuando venga el doctor Rankin...

Entró en el despacho y volvió a arreglar por quinta o sexta vez en una hora las cosas que había sobre la mesa del supervisor.

«¿Por qué estoy tan intranquila? —se preguntaba—. Si conviene a Dios que tengamos ese permiso, nos lo concederá. Si no...»

Pero recordando las palabras del Evangelio: Pide y se te concederá, llena de ilusión, suplicó:

— ¡Haz que nos lo conceda, Dios mío! ¡Haz que la Madre Ana Sebastián esté de buen talante y que Sor María Lorenza lo sepa pedir como es debido! Y, sobre todo, Señor, que sea pronto, pues me estoy poniendo te- rriblemente nerviosa.

Hacía tres semanas que había cuidado a una prima de Sor María Lorenza. La buena señora se sintió tan atraída por la graciosa monja, que

hacia el final de la convalecencia dijo a su pariente:

—Quisiera hacer algo por ti y por la Hermana Ana Roberta. Como no se os puede hacer un regalo, os podría costear un pequeño viaje a casa de Sor Ana Roberta, en Francy Farms.

Sor María Lorenza parecía escucharla sólo a medias, pero aquella misma noche preguntó a su compañera:

— ¿Cuándo estuvo usted en su pueblo la última vez? —Hará unos tres años. ¿Por qué?

—Ya es hora de que vuelva. ¿No le parece? Mi prima nos pagaría el viaje a las dos si tuviéramos permiso.

— ¡Oh Hermana, si nos dieran permiso, sería mejor ir a ver a Tom Penney!

Sor María Lorenza no contestó; pero a los pocos minutos hablaba del asunto con la Hermana María Benigna, la Superiora del Hospital, a la cual le pareció muy bien el proyecto, prometiendo solicitar el oportuno permiso a la Madre general. Pero antes de hacerlo envió una carta a Nazaret diciendo que iban a empezar los exámenes de fin de curso. Con su característica honradez, llamó a Sor María Lorenza para confesarle su equivocación, encareciéndola que gestionase personalmente el permiso, en la seguridad de que le sería concedido.

Sor María Lorenza no pensaba lo mismo. Llevaba muchos años en religión y había aprendido que las inesperadas negativas son tan corrientes como las concesiones inesperadas, si no más. Sin embargo, más por Sor Ana Roberta que por ella, se decidió a gestionarlo.

Sor Ana Roberta vio a su compañera en cuanto dobló la esquina del pasillo. Entornó sus brillantes ojos azul grises, intentando leer la inescrutable expresión del rostro de Sor María Lorenza.

— ¿Qué? —susurró, mientras la anciana monja se acercaba a ella. —Todavía no he visto a la Madre.

— ¡Oh! —exclamó, con una mezcla de alivio y desilusión.

—Estaba ocupada cuando fui esta mañana. Ahora voy a intentar de nuevo verla. Venga conmigo.

—Es que yo...

— ¡Venga conmigo!

—Déjele. Sus dos enfermeras graduadas están ahí. Venga conmigo. Encontraron a la Madre general sola en su despacho. Sor María Lorenza no perdió el tiempo en preámbulos.

—Reverenda Madre: Sor Ana Roberta no ha ido a casa hace tres años. — ¿A Nazaret?

—Perdón, Madre; quería decir a Francy Farms, a visitar a sus parientes.

— ¡Ah, ya! A su antigua casa —dijo la Madre Ana Sebastián, risueña. —Una prima mía ha estado hospitalizada aquí hace unas semanas. La Hermana la ha cuidado. Mi prima, agradecida, querría pagarle el viaje a su antigua casa.

— ¿Y usted, Hermana? —preguntó la Madre, todavía sonriente.

—Todos los niños necesitan una niñera. Madre. A pesar de lo poco que me gusta viajar, le ofrecería mis servicios.

La Madre Ana Sebastián se echó a reír abiertamente.

—Es usted incorregible, Hermana María Lorenza. Debe ir también. —Todavía otra cosa, Madre.

— ¿Cuál?

—Tenemos que pasar por Eddyville, ¿Podríamos detenernos allí? Claro que pueden...

—Muchas gracias, Madre—dijo Sor María Lorenza, haciendo una reverencia y empujando materialmente a Sor Ana Roberta fuera de la habitación.

— ¡Chiiiist! —aconsejó hasta que doblaron la esquina del pasillo.

— ¿Cree que sabe lo que es Eddyville? —preguntó Sor Ana Roberta ansiosamente—. Usted no se lo ha dicho...

— ¿No tenemos permiso para detenernos? —Sí, pero...

—No hay pero que valga. Iremos a Eddyville, y veremos a Tom Penney.

Llegó el 4 de junio, y las dos monjas, después de ver sus grandes cajas de cartón colocadas en la trasera del coche, ocuparon, excitadísimas, sus sitios, suplicando al hermano de Sor Ana Roberta cubrir las cincuenta millas que les separaban de Eddyville todo lo de prisa que la seguridad permitiera.

De haber llevado otra misión, hubieran disfrutado de la maravilla del paisaje. Pero con su impaciencia, ni siquiera les llamó la atención el encendido azul de las gencianas brillando en un bellísimo campo salpicado de margaritas. Ni los jilgueros saltarines entre los arbustos que bordeaban la carretera, ni el murmullo de los arroyuelos, ni los majestuosos pinos agitados por la brisa fresca de la mañana, merecieron el más insignificante comentario de las monjas.

El experimento que iban a realizar era más interesante que todo eso. Con frecuencia, Tom les había expresado su deseo de hablar de ciertas cosas con alguien que pudiera comprenderle. Al parecer, las visitas mensuales del capellán católico no daban satisfacción a sus necesidades espirituales, y, por otra parte, las ocupaciones del Padre Jorge le impidieron hacer el largo desplazamiento durante las tres semanas últimas. Por todo ello, las monjas se creían obligadas a pasar con el preso el mayor tiempo posible.

Los rígidos párrafos de las Instrucciones para los parientes de los reclusos que figuraban impresas en el papel de cartas de la prisión decían que las horas de visita eran de ocho y media a diez y media por la mañana, y de una a tres y media por la tarde. Al leerlo, las monjas se dieron cuenta de que ya no tenían tiempo de hacer la visita matinal. Pero Sor María Lorenza recordaba que más abajo decían también: Las personas que deseen ver a los

presos para algún asunto, deberán obtener permiso especial del alcaide.

Dirían, pues, a éste que solicitaban ese permiso especial porque tenían importantes asuntos que tratar con Tom.

Como ni la excitación ni los nervios ni el cansancio acortaran las distancias, las dos Hermanas se sorprendieron cuando el hermano de Sor Ana Roberta dijo:

—Bueno, pues ya estamos, y aún no son las once y media.

Ante ellos, sobre una colina como un pétreo castillo medieval con formidables murallas, se alzaba el penal del Estado de Kentucky, deslumbrante bajo la cegadora luz del sol de junio. Miraron a su alrededor esperando ver algo; pero sólo encontraron un paisaje vacío. La fortaleza parecía un pueblo desierto.

— ¿Qué hacemos?... ¿Comemos ahora? —preguntó Sor Ana Roberta, pensando, sin duda, en aguardar a que fuera la una de la tarde.

—Yo quiero ver al alcaide antes de mediodía —fue la respuesta un poco desabrida de la anciana monja—. Comeremos más tarde.

casi sin aliento hasta la gran puerta de hierro de la entrada. Tocaron una campana, y retrocedieron un poco asustadas, mientras se abrían las macizas hojas, detrás de las cuales aparecieron dos guardias armados, que sonrieron a las monjas. Uno de ellos dijo:

—Todos los días las estábamos esperando, Hermanas.

—Queríamos ver cuanto antes al alcaide, si es posible —dijo Sor María Lorenza, temerosa de que diesen las doce.

Uno de los guardias las invitó a seguirle. Subieron al segundo piso, y en seguida las pasó a presencia de W. Jess Buchanam. Sor Ana Roberta le catalogó como un hombre corpulento, de edad madura y con una cara amable y una cordial sonrisa, hasta que se levantó. Sólo entonces advirtió que era un gigante de seis pies y siete pulgadas, con un peso de unas trescientas libras. Junto a él, la pobre monja se sintió más pequeña y frágil que nunca, Buchanan les ofreció asiento, asegurando que consideraba un honor su visita.

—Seguramente —dijo— era la primera vez que dos Hermanas de la Caridad de Nazaret entraban en el penal del Estado de Kentucky.

Oyéndole, Sor María Lorenza pensaba que, aun sin ser diplomática, necesitaba poner en juego todas sus dotes de persuasión en servicio de su propósito.

—Habíamos oído hablar mucho de su amabilidad, señor Buchanam— dijo—, y teníamos muchos deseos de conocerle.

El alcaide sonrió afectuosamente.

Señalando a un retrato de «Happy» Chadler que Buchanam tenía sobre su mesa, Sor María Lorenza prosiguió:

—Ya veo que tiene el retrato del gobernador... También es amigo nuestro. Le hemos tenido como paciente en nuestro Hospital de Lexington.

—Me lo contó —replicó, cariñoso—. Es un gran hombre. Sor María Lorenza abordó la cuestión decididamente:

—Señor Buchanam... Nosotras hemos venido a ayudar espiritualmente a Tom Penney, pues tememos que le quedan muy pocos días de vida. ¿Se porta bien?

—Sí, Hermanas. Es un preso modelo.

Conocemos las reglas del penal por haberlas leído muchas veces en los membretes de las cartas, pero no dicen que no se puedan enviar comestibles.

los condenados a muerte es a quienes no se les pueden enviar.

Ya comprendo, ya. Pero hay otra cosa señor Buchanam. Tom es católico, y no se le permite oír la misa que dice el capellán.

—Cierto, Hermana. A los condenados a muerte no les está permitido hacer nada en común con los demás presos...

—Claro, claro... Y dígame: ¿puede, al menos, el sacerdote visitarle en su celda?

Siempre he autorizado al Padre Donnelly para hacerlo.

—Yo me refería al capellán de la prisión, un cura que viene de Paducah...

¿El Padre Libs? ¡Desde luego! Yo puedo concederle el mismo permiso para visitar en su celda a Penney.

Sor Ana Roberta, que escuchaba atenta y silenciosa, sintió latir su corazón con violencia. ¡Tom podría recibir la Sagrada Comunión!...

Sor María Lorenza seguía hablando:

—Exactamente dentro de una semana será el cumpleaños de Tom. Usted sabe mejor que yo, señor Buchanam, que será el último para él. ¿No podríamos enviarle alguna golosina como regalo? ¿Nos permitirá que le ha- gamos una tarta de cumpleaños?

Los ojos de Jess Buchanam pestañearon bajo los cristales de sus gafas de concha. ¿Quién podría resistir semejante petición?

—Envíenle lo que quieran, excepto cigarrillos, y yo se lo haré llegar. Pero ahora, antes que me pidan más cosas, permítanme decirles que mi mujer y yo nos veremos muy honrados si ustedes aceptan almorzar con nos- otros —dijo Jess Buchanam, levantándose para escoltar a las monjas hasta sus habitaciones particulares.

— ¡Oh, señor Buchanam, a nosotras es a quien honra esa invitación, que agradecemos mucho! Pero también nosotras, prisioneras de Cristo, tenemos nuestras reglas y prohibiciones respecto a la comida, y, sintiéndolo mucho, no podemos aceptar su amable invitación. Explíqueselo a la señora Buchanam, y dígale que esperamos no le disguste... ¿Podríamos ver pronto a Tom?

—Pueden verle ahora mismo, Hermanas. Diré que lo traigan aquí, a mi oficina. Será más agradable para ustedes que ir a la galería del paseo, donde está su celda. Ahora que tendrá que permanecer un guardia con él.

cambiar miradas de inteligencia. Aquellas palabras eran la respuesta de la novena que habían hecho con Tom a la Virgen de los Dolores.

Tres minutos más tarde, desde la ventana, vieron a Tom seguido de un vigilante cruzar el patio. Sin decir nada, comprendieron por qué levantaba sus manos sin esposas para cubrirse los ojos. Hacía casi cuatro meses que no veía la luz del sol.

Limpio y bien afeitado como siempre, entró en la habitación y saludó a las monjas calurosamente, estrechándoles las manos con gran efusión para expresarles su bienvenida. Luego, finalmente, dio las gracias al alcaide. Buchanam saludó con la cabeza, y salió. El vigilante se sentó en el sillón del director, mientras Tom lo hacía en la única silla vacía, a la izquierda de Sor Ana Roberta. Al ir a acercar su silla a la del preso, Sor María Lorenza recordó estas palabras de una de las cartas de Penney: «No es fácil empezar una conversación cuando alguien nos escucha.» Se volvió al vigilante, y entabló can él un animado diálogo, durante el cual no oyeron una palabra de lo que Tom decía a Sor Roberta.

Así transcurrió más de una hora. Sor María Lorenza se levantó, diciendo:

—No debemos abusar más tiempo de usted ni del director.

Tom Penney se puso en pie también, y se volvió a su guardián para preguntarle:

— ¿Cree usted posible que las Hermanas vean a Bob Anderson?

— ¿Posible? Le puedo traer aquí. Justamente es ya la hora de visita. Pero antes tengo que llevarle a usted.

—Desde luego —dijo el preso, volviéndose hacia las monjas.

Tanto ellas como él intuyeron que, probablemente, aquélla sería la última vez que se vieran en este lado de la eternidad. El mismo pensamiento pareció herir a la vez las tres mentes, privándolas del uso de la palabra. El despacho se llenó de una honda tensión, a la que no pudo sustraerse el vigilante. Advirtiendo lo que producía aquel desconsuelo a los tres interlocutores, resolvió la angustiosa situación, diciendo:

—Después que hayan hablado con Anderson, Hermanas, las llevaré a la celda de Tom.

Tom sonrió, y saludó:

—Hasta la vista, Hermanas. Y salió con su acompañante.

No había terminado de cerrarse la puerta, cuando Sor María Lorenza se acercó a la joven monja, preguntándole:

—Consiguió el sitio junto a Tom, como quería, ¿eh? Bueno, pues ya me contará todo lo que le ha dicho. Sor Ana Roberta sonrió:

—En efecto, he tenido suerte, Hermana. Un millón de gracias por haber entretenido con su charla al vigilante. Tom ha hablado hoy con la sencillez de un niño. Ya puede usted imaginarse cuál ha sido el tema de nuestra conversación.

— ¿Cuál?

—Su madre. Está agradecidísimo. Cree que hemos hecho algo maravilloso al visitar y animar a su querida vieja.

—Y ¿qué más ha dicho?

Cuando usted nos indicó tan finamente que ya no tenía nada que hablar con su guardián, Tom me hablaba de los Sacramentos y de la Misa. ¡Oh Hermana, ese muchacho se abrasa de amor y afán de Dios!

—Ya ha oído usted lo que ha dicho el director. Tom puede recibir la Sagrada Comunión en su celda, pero no oír Misa... Temo que tendrá que esperar a oírla desde el Cielo... ¿No le preocupa Bob Anderson?

—Le preocupa desde el principio. Recuerda cómo trabajó con él en Lexington...

También está trabajando aquí; pero Bob no responde. No es extraño que dos hombres...

— ¡Chiiiissst!... El vigilante vuelve.

—Realmente, no sé para quién resultará esto más raro, si para ustedes, Hermanas, o para mí —dijo el guardián—. La verdad es que nunca antes de ahora había escoltado a dos Hermanas de la Caridad hasta la Casa de la Muerte.

Aquélla constituyó para las monjas un largo y singular paseo. Primero bajaron a una larga galería con celdas a ambos lados; luego cruzaron a través de puertas construidas especialmente para entrar en otra galería de ce- mento grisáceo y rejas de hierro. Finalmente, el guardián exclamó:

—Ahora vamos a llegar a la Galería de la Muerte.

Las monjas lo miraban todo con viva curiosidad. Mientras recorrían las diferentes galerías, muchos de los presos las llamaban. Sor Ana Roberta y su anciana compañera iban sumidas en los más graves pensamientos.

susurro Sor Ana Roberta.

—Este muchacho morirá esta misma noche —dijo el vigilante sotto

voce (6) cuando se acercaban a una celda, en la que un joven negro, sentado,

leía la Biblia.

Al oír el repiqueteo de los rosarios monjiles, levantó la cabeza, las miró un momento, y dijo:

—Recen por mí esta noche, Hermanitas.

Sor María Lorenza empezó a sentirse desasosegada. No es que la idea de la muerte fuese algo nuevo para ella después de sus largos años de Hospital. Pero la muerte de unos hombres llenos de vida, la muerte esperada a plazo fijo, era algo muy distinto.

Otro negro permanecía inmóvil en su petate.

—Este hombre no ha pronunciado una sola palabra en tres semanas — dijo el vigilante suavemente.

Luego, en voz muy alta, continuó:

—Esa es la celda de Anderson... ¡Bob, tengo una sorpresa para ti! ¡Visitantes especiales!

El capellán protestante del penal se había unido al grupo en uno de los corredores. A Sor María Lorenza le pareció que estaba muerto de curiosidad por saber qué era lo que las monjas iban a hablar con Bob Anderson, en vista de lo cual, después de dar un cordial apretón de manos y prodigar algunas palabras de saludo y consuelo al preso, la anciana religiosa se apartó un poco de la celda, diciendo al pastor:

—He oído que tiene usted organizada una biblioteca magnífica.

El pastor no tuvo más remedio que seguir la conversación iniciada por la monja, y de esta suerte Sor Ana Roberta se pudo colocar a la puerta de la celda, fuera del radio de escucha del capellán.

Una vez más, Sor María Lorenza utilizaba su ingenio. Manifestó un gran interés, no sólo por la biblioteca, sino también por todo el trabajo del pastor con los presos. Le escuchó atentamente la exposición de sus proyectos, felicitándole por la noble y gran labor que realizaba, lo cual aumentó el entusiasmo del pastor, quien se puso a explicar minuciosamente su técnica. Cuando la monja le elogió la idea de haber constituido un coro, el capellán le prometió que se lo haría escuchar antes que abandonase el penal. Con el rabillo del ojo, Sor María Lorenza miraba a Bob Anderson y a

Sor Ana Roberta charlando animadamente. Sonrió al capellán, y le contestó que era muy amable y generoso, con lo cual aquél se marchó satisfechísimo para preparar el pequeño concierto.

Bob Anderson dio las gracias a las Hermanas por su visita y sus oraciones. Sor María Lorenza pudo contemplar a sus anchas la celda y el preso. Veía perfectamente a Bob a través del ventanillo de la puerta, y le encontró muy atildado. La celda era relativamente confortable, pues tenía una mesa y una silla, y el aire y el sol entraban a raudales por una amplia

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