PART III Item 10 Directors, Executive Officers and Corporate Governance.
Item 11. Executive Compensation Executive Compensation
Esta teoría se fija en la socialización diferencial entre hombres y mujeres a la hora de desempeñar sus roles y de explicar su conducta (Lorenzo Moledo, 1997). La mujer, por medio de la socialización, reproduce la imagen tradicional que se le ha atribuido, caracterizada por la pasividad y una actitud sumisa; por este motivo, los delitos cometidos conllevarán poca fuerza física. Podemos considerar que son los primeros intentos de situar este fenómeno fuera de explicaciones biológicas o psicológicas. Sostienen que el rol de la mujer como ama de casa y madre reduce sus posibilidades para poder cometer delitos. Su tiempo libre está muy reducido debido a las normas, las costumbres, la moral y la tradición, de forma que la actividad profesional en tanto que complementa el rol de ama de casa y madre, limita las ocasiones de delito.
Siguiendo a Weis (1982) podemos agruparlas en dos grandes corrientes:
Teoría de la reversión del rol: Consideran que la mujer, como consecuencia de su ruptura con el rol social tradicional, se ha ido virilizando y se ha ido aproximando al rol del hombre. Estas teorías se sostienen reflejando la influencia del Movimiento de Liberación de la Mujer. El precursor de estas teorías, Hoffman-Bustamante (1973), sostiene que las mujeres cometen menos delitos al estar socializadas para ello por lo que, al separarse de sus roles habituales, mostrarán más conductas delictivas.
Teoría de la convergencia de roles: Defienden que la aproximación entre ambos roles es la causa del acercamiento entre la criminalidad masculina y femenina. Estas teorías conforman un antes y un después en el análisis de la delincuencia femenina ya que a partir de éstas cambió la perspectiva de la investigación ya que son los primeros intentos de situar, científicamente, el fenómeno de la criminalidad fuera de las consideraciones biológicas o psicológicas, que habían sido predominantes durante décadas. Parten de la
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base que los roles de género son diferentes abarcando aspectos como la socialización diferente de los sexos y la diversa expectación hacia los roles. Por su parte, Balthazar y Cook (1984; cit. por Calhoun, Jurgens y Chen, 1993, p. 465) explican el aumento de delitos de las mujeres a través de tres argumentos: un mayor porcentaje de mujeres han comenzado a masculinizar se; el hecho de que algunas se encuentran entre un rol tradicional y un rol más activo; y otras, no son capaces de vivir acorde con sus expectativas de rol en la familia, escuela o grupo de pares.
Según estas teorías, las mujeres cometen pocos delitos porque han aprendido su rol femenino y se ven inmersas en un control muy estricto por parte de la sociedad educándose en una situación social protegida, de modo que no se les permiten comportamientos desviados. Es decir, los comportamientos criminales florecerán en el momento que la socialización no es asumida, o se asume de forma defectuosa, y ese control social fracasa.
Como vemos, estas teorías señalan que la mujer tiende a actuar como lo hace el varón por lo que existe controversia entre los autores que d efienden las consecuencias en la criminalidad (Austin, 1981) y aquellos que niegan que exista dicho paralelismo, afirmando que no hay evidencias de que el abandono de las mujeres del rol estipulado para las mujeres esté ligado con una mayor y más violenta comisión de delitos (Crites, 1976; Smart, 1979).
Weis (1982) descarta las teorías de reversión del rol defendiendo las que se refieren a la convergencia. Para ello se basa en cuatro puntos: aunque cada vez exista un mayor número de delitos por parte de las mujeres, también se produce este aumento en los hombres, existiendo, en ambos sexos, una gran cantidad de delincuencia oculta; en segundo lugar, afirma que la gravedad de las acciones es mucho mayor en el caso de los varones; en tercer lugar, defiende que las mujeres no se ven envueltas en una gran cantidad de delitos, al contrario que los varones; y, por último, esta asociación entre delincuencia y conducta agresiva se observa en el caso del delito masculino y no en el femenino.
De todos modos, la tasa de criminalidad de mujeres y hombres, permanece estable a pesar de la mayor presencia social de las mujeres; por esta razón, Guerra y Lerma (1989), entre otros, le dan más importancia a factores educativos, de control social y de socialización.
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b) Teoría de la igualdad de oportunidades
Los defensores de esta teoría señalaban que la mujer se encontraba en una situación de discriminación social, de forma que se producía una falta de oportunidades para delinquir en comparación al hombre. Esta falta de oportunidades viene dada por la escasa presencia femenina en las actividades sociales, económicas y laborales. Se insiste en la relación directa entre desarrollo económico, igualdad de oportunidades para la mujer y mayores tasas de criminalidad.
Esta teoría tiene su base en la “teoría de oportunidades diferenciales” desarrollada por Cloward y Ohlin, en donde se integran, la teoría mertoniana de la anomia, la teoría de la asociación o contactos diferenciales de Sutherland y Cressey y, por último, la teoría de la subcultura de Cohen (Canteras, 1990).
En cuanto a la Teoría Mertoniana de la Anomia, es necesario señalar que Durkheim es el primero en utilizar el término de la anomia para referirse al delito como “ausencia de normas” aunque no llega a desarrollar una teoría elaborada, siendo Robert Merton, quien sistematiza esta teoría. Merton define la anomia como la discrepancia que existe entre las metas del éxito y de prestigio social y los medios legítimos a disposición de los individuos para alcanz ar esas metas, es decir, la anomia aparecerá cuando las metas de una cultura y la posibilidad de acceso de algunos grupos poblacionales a los medios necesarios para alcanzarlas se encuentran desligadas.
La necesidad de adaptación a esas metas se explica por el énfasis puesto en ellas por la cultura que, además, no propone metas alternativas que puedan ser satisfechas por las personas que se encuentren en situaciones de desventaja social. El propio Merton se marca como propósito fundamental descubrir cómo ci ertas estructuras sociales ejercen presión sobre determinados colectivos para que sigan una conducta inconformista, centrando su hipótesis en que la conducta anómala puede considerarse como un síntoma de disociación entre las aspiraciones culturalmente prescritas y los caminos para llegar a ellas (Virgolini, 2004).
Villavicencio (1997) destaca tres postulados sobre los que se sostiene la teoría de la anomia:
- Las causas de la delincuencia no provienen de factores bioantropológicos ni es una situación patológica de la estructura social.
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- Únicamente cuando se hayan sobrepasado ciertos límites, este fenómeno debe tomarse como algo negativo para el desarrollo de la estructura social si est á acompañado de un estado de desorganización en el que el sistema de reglas pierde valor.
La Teoría de la asociación o contactos diferenciales de Sutherland y Cressey (1924) se basa en que la conducta desviada se aprende y gran parte de los delitos se deben a la desorganización social. Siguiendo a García Pablos (1988), se resumen en nueve las ideas en las que se sustenta esta teoría:
1. La conducta criminal se aprende.
2. Se aprende en interacción con otros sujetos a través del proceso de comunicación.
3. La parte principal del proceso de aprendizaje se realiza en las relaciones más íntimas del delincuente.
4. Este aprendizaje incluye las técnicas de comisión del delito así como la orientación específica de móviles, impulsos, actitudes y racionalización de la conducta delictiva.
5. La dirección de los motivos se aprende a partir de las definiciones de los preceptos legales.
6. La persona llega a ser delincuente cuando las definiciones favorables a la violación de la ley superan a las desfavorables.
7. Las asociaciones diferenciales del individuo podrán ser distintas en función de la frecuencia, duración, prioridad e intensidad de las mismas.
8. El proceso de aprendizaje corresponde al de todos los mecanismos inherentes a cualquier proceso de aprendizaje.
9. Aunque el comportamiento delictivo se presente como una expresión de necesidades y valores, no puede explicarse como concreción de los mismos ya que también la conducta conforme a la ley responde a idénticas necesidades y valores.
La Teoría de las subculturas, por su parte, se centra en que la delincuencia es la solución de los jóvenes de clase social baja a una situación difícil en donde las oportunidades de mejora están cerradas. La subcultura es considerada como la cultura del grupo de clase social baja que presenta una serie de valores, normas y pautas contrapuestas a las de la sociedad general. Así, las características de la subcultura criminal serían (Solís, 1997):
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- Maldad frente al sistema de valores de la sociedad. - Variedad de conductas desviadas.
- Tendencia a la satisfacción inmediata de sus deseos.
- Formas de diversiones no provechosas según los valores dominantes.
Se dice que los medios ilegítimos no son igualmente accesibles para todos, destacando la importancia de la posición económica, el sexo, la raza, la edad o la personalidad para adquirir un rol conformista o no.
Cloward y Ohlin defienden que el hecho de adquirir un papel conformista o desviado no es algo fácil de conseguir sino que depende de una gran variedad de factores; de este modo, los recursos que están fuera de la ley no son accesibles de igual forma para todos (Curran y Renzetti, 1994). Así, la integración de la mujer en la esfera pública traerá consigo consecuentemente un aumento de su tasa criminal.
Figueira McDonough (1989) realiza una reformulación de esta teoría desde una perspectiva psicosocial, explicando que la integración de la mujer en la esfera pública implicará un incremento del nivel de sus aspiraciones, lo que será análogo a sus tasas de criminalidad ya que si una persona tiene altas aspiraciones pero no oportunidades para alcanzarlas será más propensa a la comisión de un delito. De este modo, las clases peor dotadas serán más proclives a delinquir (Serrano Tárraga y Vázquez González, 2006). Asimismo, este autor añade un nuevo aspecto a tener en cuenta, el grado de resistencia, por el cual, cada sujeto de forma individual, decide si se opone a mantener un comportamiento delictivo y defiende que este será un factor clave a la hora de tomar la decisión de cometer un delito.
Por otra parte, Adler (1975) explica el incremento de los delitos cometidos por las mujeres sosteniendo la tesis de la masculinidad, y afirma que ha surgido una mujer más dura, liberada, capaz de cometer crímenes violentos, que no son propios de su comportamiento (Del Olmo, 1998). Cuando las tasas de arrestos femeninos en los Estados Unidos ascendieron a valores que se empezaban a considerar alarmantes, Adler atribuyó los cambios en las tasas de arrestos de las mujeres a la tensión vivida por éstas en su lucha por la igualdad social y económica. Adler sostiene que de la misma forma que las mujeres demandan igualdad de oportunidades que los hombres en el campo del comportamiento ajustado al derecho, un similar número de mujeres está forjando su camino dentro del mundo delictivo. Otros autores, como Balkan y Berger, apoyan sus teorías llegando a la conclusión de que existe una clara convergencia entre 1960 y 1975
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en las tasas de criminalidad de mujeres y hombres en cuanto a crímenes violentos de asesinato, homicidio sin premeditación o asalto agravado (Lorenzo Moledo, 1997).
También podemos señalar como defensores de estas teorías a Jensen y Rojec (1980), Austin (1981) o Gibbons y Krohn (1981). Austin (1993) realiza un estudio sobre la tendencia de la criminalidad femenina en dos grupos: entre 1965 y 1975 y entre 1975 y 1986, y se reafirma en sus conclusiones relativas a la convergencia de la tasa de criminalidad masculina y femenina. Además, señala que los análisis que rechazan esta convergencia contienen serios errores metodológicos.
Investigadores como McCord y Otten (1983) rechazan esa conexión entre el Movimiento de Liberación de la Mujer y la tasa de criminalidad. Tras realizar un estudio con alumnas de enseñanza secundaria y universitaria, concluyen que las que mantenían posturas profeministas no presentaban mayor propensión a tener actitudes agresivas que aquellas que se caracterizaban por tener ideas más tradicionales.
Autores como Simon (1975), Hoffman-Bustamante (1973), Weis (1982) o Smart (1979), entre otros, rechazan también la relación causal entre emancipación y conducta criminal. Así, Smart (1979) acepta un cierto incremento de la criminalidad femenina con respecto al varón pero no lo atribuye a esa relación sino que lo explicaría por medio de la percepción que los organismos de control tienen de la mujer y el incremento de sus oportunidades legítimas.
Por su parte, Canteras (1990) se basa en cuatro pilares para rechazar esta relación:
- Aunque la emancipación aumenta, la tasa relativa de criminalidad femenina, desciende.
- Desde el comienzo del Movimiento de Liberación de la Mujer, esa tasa de criminalidad relativa también ha descendido considerablemente.
- Entre 1975 y 1985, fechas en las que se han analizado estos datos, la tendencia es, también, descendiente.
- Teniendo en cuenta la coincidencia entre los períodos de crisis y el aumento de criminalidad por parte de las mujeres, se puede insinuar la incorporación de la mujer a la comisión de delitos en momentos económicos complicados.
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