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Guido llegó sofocado, pálido, desencajado, al castillo de su padre. Bernardo en el salón, hojeaba las Epístolas de San Pablo. El contacto con lo divino le tonificaba, le daba esa doble visión de certeza y claridad que sin ello no hubiera podido lograr.

Volvió a repasar lo leído; «Vivid en paz los unos con los otros, alentad a los pusilánimes; sostened a los débiles... Procurad que ninguno vuelva mal por mal. Estad siempre alegres; rezad sin cesar; dad gracias en todo. No apaguéis el Espíritu... Que todo nuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo se conserve sin culpa para el momento de la parusía del Señor...» (25).

¡Qué páginas más hermosas! se repetía a si mismo Bernardo. Hay que darlas a conocer más y más para que reine la caridad entre todos los cristianos, hay que hacerlas comprender para que se puedan vivir.

En este coloquio íntimo se encontraba cuando llegó su hermano que apareció fulminante y ruidoso como un trueno.

—¡¡Bernardo, Bernardo, ven en seguida que Isabel se muere y quiere verte!!

—Pero hombre, ¿qué nuevas son esas?, contestó el aludido sin inmutarse. Tranquilízate, Guido, que Isabel no se muere.

—Sí, lleva unos días en cama, febril, desasosegada. Esta noche la pasó mal, muy mal... Desde que estuviste allí va de mal en peor; dice que tus palabras la hirieron, que tus razonamientos la inquietaron, que tus predicciones la asustaron...

—Has sido duro, Bernardo. Yo creo que los dos teníais razón en la discusión, sólo que la enfocabais desde diversos puntos. Isabel no estaba preparada para el sacrificio... Tú no te alterabas ante sus sollozos cuando creía que perdían fuerza sus argumentos, y esto le excitaba los nervios.

—Lo sé, Guido. ¿Cómo iba a tener tranquilidad para perderte? ¿Cómo iba a renunciar tan de pronto a su felicidad sin saber que existe otra mayor? ¿Cómo iba a ceder ante la sorpresa que le causó mi llegada?

—Vayamos pronto, Bernardo.

En el cielo sereno brillaba el sol. Los dos jinetes recorrían el camino solitario en las primeras horas de la mañana.

Alegraban el paisaje las pendientes bruscas y los valles suaves.

Los viajeros habían tomado el camino más corto. Los campos de mieses amarillentos, prometían una próspera cosecha.

Guido iba absorto; parecía que no veía ni oía nada; ni siquiera el gorjeo de los pájaros que saltaban de rama en rama. Para él pasaba desapercibido el armonioso trino del ruiseñor que se perdía en el azul infinito...

Bernardo, por el contrario iba viéndolo todo, percibiéndolo todo y disfrutando con tanta belleza natural. Su corazón cantaba como la naturaleza. Su espíritu se remontaba en aquella acción de gracias continua en que vivía.

Dialogaba en su interior con la Reina de sus pensamientos, y se sentía feliz desde que militaba entre sus vasallos.

Así llegaron a la residencia del joven matrimonio. La pequeña Adelina salió al encuentro de los viajeros.

—¿Cómo está mamá, hijita, preguntó Guido con ansiedad incontenida?

—Esperando vuestra llegada en la alcoba.

Bernardo cogió a la niña de la mano, prodigándole mil cariños. Entraron en el cuarto de Isabel.

—Aquí nos tienes, portadores de la paz, dijo Bernardo en tono jovial, alargando su mano para estrechar la de su cuñada que se le tendía.

—¡Ah, Bernardo!, creí que no llegabais. Me has obsesionado.

—Pasé muy mal estos días... No he podido olvidar tus frases, tus razonamientos, tus profecías...

Me anunciaste que yo misma daría a Guido el consentimiento para irse contigo, que una enfermedad me lo haría comprender todo, que había más felicidad en dar que en recibir... ¡¡Y todo se ha cumplido!!

—Te entrego a mi esposo para que lo lleves a Dios, para que hagas de él un caballero de Dios, para que satisfaga sus deseos de perfección evangélica.

—He oído en el fondo de mi corazón la voz misteriosa que llama a Guido a un amor más alto, más puro, más sublime que el que yo podía ofrecerle.

—Pero quiero ir más lejos todavía. Aquí, ante vosotros, y en presencia de ese Dios que nos ve, quiero también yo renunciar a mí, a lo que me es más querido: mis hijas, después de renunciar a Guido.

—De hoy en adelante, mi amor también será exclusivamente para el Dios de amor...

Guido estaba sin pestañear, le parecía ver visiones y oír lo que consideraba un imposible... ¿Estaría soñando?...

Bernardo respondió pausadamente:

—Isabel, con grande gozo de mi alma, veo que no haces resistencia a la gracia que te concede Aquel que se ha dignado fijarse en nosotros sin tener en cuenta nuestra ruindad, nuestra pequeñez, nuestras múltiples miserias.

—Elévate sobre todo cuanto te rodea, mira hacia arriba siempre, aun cuando esté el cielo nublado, y piensa que a través de esas nubes, volverá a asomar el sol claro y radiante, volverá un nuevo amanecer con frescura y vida, volverá un nuevo día que será el definitivo en la balanza de las renuncias y de los sacrificios, para comenzar el de las recompensas...

—«Mezquinos, efímeros, terrestres son los bienes que renuncias; grandísimos, eternos, celestiales los que deseas alcanzar» (26).

Isabel se transforma, se sobrenaturaliza, se supera a los ojos de Guido y de Bernardo.

Pronto se siente otra. Le parece haber recobrado la salud del cuerpo y la paz del alma.

En animados entretenimientos pasan el resto del día. Isabel, ágil y risueña, espiritual y dueña de la situación, los obsequia, los atiende, los agasaja, como si todo el pasado hubiera sido un sueño pesado y gris...

Guido fue desde entonces otro de los compañeros inseparables de Bernardo (27).

26 Epístola 114, 2.

* * *

La conquista de Gerardo para el Cister, revistió caracteres de lo extraordinario.

Con sumo disgusto se iba enterando de lo que pasaba en su familia, desde Grancey, en donde combatía al servicio del Duque de Borgoña.

Muchas veces estuvo para abandonar su puesto y venir a Fontaine a ver por sí mismo cuanto sucedía en el castillo. Pero ¿cómo su padre, tan sensato, tan enérgico, tan militar, permitía todo aquello?

¿Qué era lo que llamaba Bernardo una más alta caballerosidad?

La falta de experiencia y los pocos años, pudieron llenar la mente de Bernardo de fantasías, de quimeras, de cosas irrealizables, porque ¿cómo iba Bernardo a entrar en un lugar de penitencia en el cual se contaba que los monjes practicaban un sin fin de cosas raras, que era gente huraña, que no hablaban, que trabajaban en la tierra como labradores?... Risa le daba el pensar que su hermano se hubiese dejado alucinar así.

Pero ¿también Bartolomé?... ¿Y Andrés?... ¡Vamos, armado caballero en la primera juventud, con tantos éxitos ya en su diario, con la buena acogida que había tenido entre las damas de la Corte!...

Mas la sorpresa se agrandó cuando supo que también Guido había caído en la red. ¡Todavía no daba crédito a la noticia! No, no podía ser que abandonase a su mujer y a sus hijas. Tendría que verlo para cerciorarse de que no le informaron mal... Porque lo de tío Galdry, bien podía ser una chaladura de viejo..., tal vez estaba cansado de la guerra..., o seria una broma que quería gastar a su familia y más bien se iría a pasar una temporada de viaje al extranjero...

Con estos y parecidos pensamientos, pasaba Gerardo muchas horas del día, y a veces, también de la noche, porque era frecuente que las pesadillas le atormentasen desde que le parecía que en su familia había entrado alguna enfermedad contagiosa...

Gerardo sentía verdaderamente la excitación guerrera de la época. Borgoña era una provincia feudataria, gobernada por los Duques herederos de Hugo de Capeto, uno de los cuales casara a su hija Constanza en el año 1078 con Alfonso VI rey de Castilla y León; o sea que, doña Constanza, hija del Duque Roberto de Borgoña, era nieta del famoso Capeto, por lo cual hubo muchas relaciones entre los dos países y la influencia del Cid Campeador era también un poderoso atractivo para los caballeros de entonces, y un estímulo que sostenía el espíritu bélico de la Borgoña.

A principios del siglo XII estaba muy alterado el ambiente de Europa.

Los normandos, dueños de Inglaterra y Sicilia eran un cebo para el rey de Francia y los feudatarios que vivían en ansias de dilatar sus tierras y su poderío. Además, las desavenencias del emperador de Alemania con el Papado a causa de las investiduras, dio lugar a que se dividiesen los países católicos, con la consiguiente amenaza para la paz.

Además la guerra santa predicada por Pedro el Ermitaño desde 1095 era un aliciente que hacía hervir la sangre de los nobles de Occidente para ir en socorro de Palestina con la ilusión de rescatar los Santos Lugares.

Los ejércitos franceses pronto se cubrieron de gloria en Oriente y este heroísmo de los antepasados también pesaba sobre la juventud que quería seguir la lucha hasta ver la derrota completa de la media luna. El recuerdo de Godofredo de Bouillón que en el año 1099 se apoderara de Jerusalén era un fuerte estímulo...

Gerardo se crió y educó en esta época belicosa y pronto fue absorbido por ella. Por eso vio colmados sus deseos siguiendo la carrera de las armas, acompañando a su padre y hermano mayor en las huestes del Duque de Borgoña, pariente de Tescelín.

Era de carácter alegre, valiente y de atractiva presencia, querido por sus compañeros y respetado de sus inferiores en grado extremo. Para todos tenia acentos de amistad, de fraternidad, de sano optimismo.

* * *

El tiempo iba pasando y Gerardo seguía reprochando de mal entendido celo la conducta de su hermano Bernardo, deseando enfrentarse con él para pedirle una explicación de todo aquello.

Y he aquí que, cuando menos lo esperaba, se presentó Bernardo en Grancey.

Mucho habló Bernardo a la inteligencia y al corazón de su hermano, pero Gerardo, insensible, recriminaba su proceder con obstinación.

Ni argumentos, ni razones, ni comprensión del ideal religioso lograban tener cabida en el juicio y en la voluntad de Gerardo.

Bernardo como despedida, lleno de amor de Dios y caridad fraterna, puso su mano sobre el costado izquierdo de Gerardo y, como fuera de si le dijo estas proféticas palabras:

—«Sé muy bien que únicamente la adversidad abrirá tu corazón; pues bien, día llegará, y pronto, que el sitio que en este momento toco será

abierto por golpe de lanza, y la herida dará entrada en tu alma a las palabras que hoy rechazas» (28).

Gerardo sentía que aquellas palabras le llegaban dentro, muy adentro, parecía que le desgarraban el cuerpo como filo de cortante acero... Mas, temiendo aparecer débil, se sobrepuso, disimulando la emoción que le causaban y, con frialdad un tanto afectada, despidió a su hermano. Pocos días pasaron desde la entrevista de los dos hermanos.

El cerco puesto al castillo de Grancey se estrechaba más cada vez; las escaramuzas nocturnas se multiplicaban; Gerardo hacía alarde de su valor desafiando el peligro.

Una noche, apacible y serena, parecía que la fatiga había rendido aquellos cuerpos cansados de la lucha.

Gerardo reposaba al aire libre, contemplando aquel cielo tan lleno de lucecitas brillantes... ¡cuántos misterios encierra esa bóveda azul!, pensaba.

¿Se había quedado dormido?

De pronto... ¡ay!, ¿qué había pasado?

Gerardo llevó instintivamente la mano al costado izquierdo. ¡¡Estaba herido!!

Un bote de lanza se le había clavado justamente en el sitio señalado por Bernardo...

¡Quiso huir!... Mas la sangre salía a borbotones y quedó tendido en pleno campo de batalla, siendo hecho prisionero.

La excitación le dominaba. Se veía perdido, creía que la muerte pronto cortaría su vida... ¡necesitaba a Bernardo, reconciliarse con él, tenerlo a su lado!..

Hubo un emisario que llevó rápidamente la noticia a Bernardo, pero éste se limitó a contestarle:

—«Tu herida no te conduce a la muerte, sino a la vida» (29).

* * *

Las proféticas palabras de Bernardo siguieron cumpliéndose.

En el corazón de Gerardo, la semilla recibida comenzaba a fructificar. Pensaba mucho, mucho, en la última entrevista tenida con Bernardo. Ya no

miraba como ridícula y sin juicio la decisión de sus hermanos, comprendía la inestabilidad de las cosas del mundo, y deseaba librarse de su influencia malsana.

Lo sobrenatural continuó activando aquella transformación de Gerardo, ya que, a los pocos días se vio milagrosamente libre de la prisión.

Una tarde encontró abiertas las puertas de la fortaleza. ¿Dónde estaban los centinelas?, ¿y toda la guardia que custodiaba la prisión? Salió precipitadamente y los vio a cierta distancia, al parecer, muy entretenidos... ¿se atrevería a acercarse?... Pero, ¿no le estaba sucediendo algo milagroso?... Por fin se decidió, pasó al lado de ellos y nadie le dio el «alto», nadie le retuvo, nadie parecía percatarse de su huida, ¿es que era invisible?...

Gerardo apuró el paso cuanto pudo hasta refugiarse en una Iglesia que encontró al paso... ¡por fin respiró tranquilo!... acogiéndose al «derecho de asilo», nadie podría prenderle; ¿era todo aquello realidad?

Confuso, comenzó a rezar... Desde lo más hondo del alma daba gracias a aquel Dios de quien quiso huir y tan amorosamente le atraía...

¡¡Gracias, Señor!!

Pidió perdón de sus flaquezas, de sus desvíos, de su tardanza en entregarse a El y, con generosidad, le ofreció su corazón lleno de ardor juvenil...

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