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LOS FEMINISMOS LATINOCARIBEñOS CONSTRUYENDO ESPACIOS TRANSNACIONALES: LA CONFERENCIA DE BEIJING

Y LOS ENCUENTROS FEMINISTAS1

Los contenidos de la acción transnacional de los movimientos socia- les trascienden los contenidos y los contextos en los que transcurren las dinámicas nacionales, pero están en estrecha relación con ellos,

influenciándose mutuamente, potenciando o desarticulando dinámicas,

trasladando estrategias, reinventando otras, ampliando o estrechando

los espacios de actuación. Hay una «...relación mutuamente constitutiva

entre lo nacional y lo internacional (lo que) sugiere que las transforma- ciones en uno deberían llevar a las transformaciones del otro» (Good- man, 1998).

introduCCiÓn

Los feminismos latinoamericanos desplegaron, desde sus inicios, una rica dinámica regional-internacional, cuyos contenidos, alcances y contradic- ciones reflejan la complejización de sus búsquedas, sus prácticas y las tensiones o nudos que los acompañaron a lo largo de más de dos décadas de existencia. Expresan también el impacto en el movimiento de los cam- bios económicos y políticos, expresados en el cambio en el paradigma de desarrollo, el paso de un capitalismo industrial a uno globalizado y en la información (Waterman, 1998) y sus efectos en lo económico y en lo político cultural.

Los feminismos latinoamericanos se desarrollaron de múltiples formas a través de un sinnúmero de organizaciones, colectivos y de redes de ac- ción, temáticas y de identidad. Desde los inicios se impulsó también una 1 Artículo elaborado en el 2000, inédito.

dinámica transnacional, a través de redes formales e informales, generan- do articulaciones novedosas y significativas. La expresión más masiva y movimientista en el nivel regional fueron los encuentros feministas, cada dos años, primero, y luego cada tres, desde 1981. En ellos se expresaron los avances feministas, las estrategias compartidas, los conflictos en pers- pectivas y visiones, potenciando estrategias y discursos, y a través de ellos se desarrolló una variada, rica e intensa articulación entre lo nacional y lo transnacional.

En la década de los ochenta, en contextos de gobiernos dictatoriales o autoritarios, de democracias que no pretendían serlo, los despliegues feministas no interactuaron con lo público estatal ni en lo nacional, ni en lo global, que aún no se había instalado en el horizonte referencial de la sociedad. Los feminismos se reorientaron a recrear prácticas colectivas, a desplegar nuevas categorías de análisis, nuevas visibilidades e incluso nuevos lenguajes que los feminismos, en los niveles nacionales, estaban perfilando para nombrar lo hasta entonces sin nombre: sexualidad, vio- lencia doméstica, asedio sexual, violación en el matrimonio, feminiza- ción de la pobreza, etc. Estos son algunos de los nuevos significantes que el feminismo colocó en el centro de los debates democráticos. Una dimensión simbólica y lúdico cultural acompañó las acciones del movi- miento, creando fechas y recuperando líderes, historias y símbolos que trascendían países y se asumían como latinocaribeños.

Las dinámicas feministas en lo regional-internacional variaron dra- máticamente de la década de los ochenta a la de los noventa. Los nuevos y complejos escenarios en democracia incidieron de muchas formas en el desarrollo de los feminismos y en sus estrategias de transformación. Los feminismos diversificados y heterogéneos ya no eran en singular, no solo por su expansión sino también por las diferencias en estrategias y postu- ras y en las formas de enfrentar los nuevos malestares que comenzaron a evidenciarse dentro de lo clásicamente considerado como feminismo en la década anterior. Las sucesivas conferencias mundiales que marcaron los noventa abrieron lentamente un nuevo espacio de actuación y de dis- puta a nivel ahora global, contribuyendo a perfilar las nuevas miradas, las nuevas estrategias y las nuevas disputas feministas en la región.

La especialización de las redes, la priorización de las estrategias institucionales y la tendencia a la fragmentación y a la «cultura del yo» marcaron los primeros años de la década. Las conferencias mundiales, especialmente la de Beijing, abrieron un nuevo espacio de articulación en pos de una disputa democrática. Se inició así una rica práctica internacio-

nalista, diferente a la anterior; los feminismos latinoamericanos se vieron enfrentados, ya no solo a la construcción del espacio feminista regional, sino a la construcción y disputa en el espacio global. Si en los ochenta las dinámicas feministas regionales-internacionales se habían desarrollado desde la vertiente de la sociedad civil regional-nacional, en los noventa las dinámicas regionales-globales tuvieron dos vertientes en acción, la de las sociedades civiles, regionales, cuya expresión más clara hasta ese en- tonces eran los encuentros feministas latinocaribeños, y la de los espacios oficiales transnacionales. En Beijing ambas vertientes, en múltiples mo- vimientos, pugnaban entre ellas, se aliaron, se confrontaron, se exigieron, al mismo tiempo que desarrollaron sus propias dinámicas.

Las feministas que llegaron a Beijing lo hicieron con la experiencia en «clave» sociedad civil y con las ganancias acumulativas que los femi- nismos habían logrado en las conferencias previas, especialmente en la de Derechos Humanos y en la de Población. A estas conferencias habían asistido organizadamente las redes temáticas. A Beijing se incorporaron todas las redes, ONG, movimientos identitarios, culturales y muchas otras expresiones feministas. Llegaron, sin embargo, con poca experiencia de cabildeo con los gobiernos y con menos experiencia de cabildeo en lo global. De allí la riqueza de aprendizaje que significó Beijing.

De las múltiples interacciones en lo regional-global me interesa ana- lizar dos dinámicas: la de los encuentros feministas y las de la IV Con- ferencia de la Mujer y del Foro de las ONG y movimientos en Beijing. En la primera analizaré la creciente complejización de temas, conflictos, presencias y actoras con que los feminismos van poblando el espacio re- gional, a partir de sus experiencias, urgencias y retos nacionales. En una época de «transición» feminista hacia nuevas formas de existencia y de expresión, los encuentros revelan también las búsquedas, ambivalencias, frustraciones, experiencias encontradas y la complejización de las tensio- nes que trae esa transición en un momento en el que todo lo demás suele aparecer también incierto y ambivalente. En la segunda, además de la for- ma en que fue disputado el espacio regional-global por los feminismos, me interesa analizar también su interpelación con las dinámicas regiona- les feministas. La interpelación entre ambas experiencias es fascinante, porque se trata, en muchas formas, de las mismas actoras.

Este artículo está escrito en primera persona porque en estos espacios, los encuentros feministas y Beijing, me es muy difícil separar lo político de lo político personal, en la medida en que he sido figura activa y visible en ellos.

losenCuentrosfeministas

Los encuentros feministas condensan la historia de los feminismos la- tinoamericanos en su perspectiva regional-global, la que se nutre de las experiencias nacionales, potenciándolas. Contienen las búsquedas femi- nistas en los diferentes momentos de su desarrollo, la complejización y expansión de sus estrategias y los nudos2 que va dejando su accionar. También condensan las dinámicas de inclusión-exclusión de los feminis- mos y la forma como han ido modificándose, a medida que las presencias feministas se diversificaban.

La propuesta de los encuentros surge en los inicios del despliegue femi- nista. Casi sin contacto entre nosotras, en los diferentes países comenzaron a surgir grupos con propuestas y búsquedas similares. Comenzar a darnos cuenta de que no éramos unas cuantas en cada país, sino muchas más en muchos más países nos dio enorme seguridad en la causa recién asumida y urgió la necesidad de un intercambio más directo entre nosotras. Perca- tarnos de que vivíamos las mismas dificultades, que intuíamos las mismas pistas y alternativas y que compartíamos la misma inseguridad nos llenó de entusiasmo y facilitó nuestra decisión de encontrarnos periódicamente3.

Los ochenta: la conquista de la autonomía y los asaltos de la diversidad En 1981 se realizó el I Encuentro Feminista Latinoamericano y del Cari- be en Bogotá, el que indudablemente marcó un hito irrepetible e insupe- rable. Fue:

«...la posibilidad de una primera vez, una primera apertura al mundo desde el feminismo latinoamericano... tiene la magia de los comienzos y en ese sentido, es también único, irrepetible... Bogotá marcó el tiempo de la recuperación del espacio para las mujeres, de un espacio muy es- pecial... marca el momento de un desordenado asalto al orden; el tiem-

2 Los nudos, según Julieta Kirkwood, aluden a la forma de crecimiento –ni suave ni armónica– del movimiento. A ellos podemos acercarnos apresuradamente, tratando de eliminarlos con un

tajo de espada, como hizo Alejandro Magno con el nudo gordiano, para de esa forma eliminar la búsqueda o la discusión; podemos también intentar desenredarlos, separar sus hilos, buscando

sus inicios, seguir sus entrelazamientos y sus reacomodos, a través de los nudos feministas, termina Julieta, vamos conformando la política feminista.

3 La iniciativa vino de las venezolanas que luego la pasaron a las colombianas. También en la Conferencia Mundial de Copenhague, en 1980, las feministas latinoamericanas allí presentes se re-conocieron y abonaron en la idea de los encuentros.

po de trabajo se hace canto y fiesta, la razón es desacralizada y puesta

en su lugar; se la vislumbra empobrecida y se la enriquece... Bogotá es la primera experimentación vivida de ese gigantesco estar juntas las mujeres. Fue la primera vez en que se reventaron las expectativas»

(Kirkwood, 1986).

Bogotá tuvo, en medio de ese descubrimiento y esa explosión de expectativas, al menos dos rasgos característicos: por un lado, el reco- nocimiento amplio, generoso, de hermandad, la explosión del afecto, la autoafirmación del saber y del espacio de las mujeres; por otro lado y, con relación a la recién descubierta hermandad, una afirmación colectiva del bien y del mal, una idea de la revolución total y ahora (Kirkwood, 1986), una impaciencia por marcar el espacio feminista, por evitar la influen- cia de los poderes de fuera que impidieran desarrollar nuestros rasgos, nuestras propuestas4, nuestra verdad. Esta necesidad de reconocernos en lo mismo y marcar nuestro territorio se alimentaba de la también recién descubierta autonomía del movimiento. Asumida esta básicamente con relación a los partidos políticos como una forma de evitar su control, en ese momento era definida como la defensa, no solo del discurso, sino también del espacio propio.

Por ello esa autonomía que aparecía como afirmación vital para el desarrollo del movimiento contenía, sin embargo, elementos defensivos y excluyentes difíciles de disolver en esa primera etapa. La discusión entre las feministas y las políticas cobró, en ese momento, la forma de la defensa o la negación de la doble militancia5, fue el nudo que expresaba

visiones encontradas y polarizadas. Las que sostenían que el feminismo era en sí mismo un proyecto revolucionario que apuntaba a la transforma- ción de todas las relaciones de opresión y, por lo tanto, que ni capitalismo ni socialismo por sí mismos podían eliminar la opresión de las mujeres y que consecuentemente sus demandas específicas debían articularse en un movimiento afuera e independiente de los partidos políticos existentes. Y las que insistían en que el feminismo no era un proyecto revolucionario, que sus objetivos no podían ser separados de los de la clase obrera y que

4 Los temas de discusión del I Encuentro giraron alrededor de la autonomía, la doble militancia;

sexualidad y vida cotidiana; mujer y trabajo; comunicación y cultura.

5 La doble militancia es una tensión más propia de los países latinoamericanos, donde el nivel de

politización de la sociedad es bastante alto. Alude básicamente a la participación simultánea y

militante en espacios diferenciados y que son vistos además como excluyentes; en este caso los

no podía estar separado del partido, sino buscar su autonomía orgánica en su interior (Álvarez et al., 1992). Esta polarización acompañó, con dife- rentes intensidades y con diferentes actoras, los siguientes encuentros de la década de los ochenta.

El II Encuentro Feminista, organizado en Lima en 1983, marcó el mo- mento de la estructuración, de las preguntas y respuestas y, por lo tanto, el momento del despliegue de los nudos:

«…hay en Lima exigencias de respuestas y planteo de nuevas preguntas complejizadas. Se exige una teoría, una política feminista, estrategias. Exasperación de saberlo todo, exasperación de que no se nos responda todo. Dolor de cabeza.» (Kirkwood, 1986; pág. 215).

A diferencia del de Bogotá, el de Lima fue un encuentro estructurado alrededor de un eje de reflexión teórico político: el patriarcado. Se inten- taba teorizar el feminismo y el entendimiento de las causas específicas de la subordinación de las mujeres en América Latina. Era el momento en el que muchos de los feminismos nacionales habían roto con las categorías clasistas y vivían la imperiosa necesidad de demostrar la capacidad de análisis del feminismo con relación a las mujeres y a la sociedad, de anun- ciar de alguna forma el estatus teórico del movimiento. El patriarcado fue analizado en 20 talleres simultáneos, estructurados previamente y a cargo de feministas latinoamericanas y caribeñas que habían avanzado teórica- mente en ese momento, lo que permitió, por primera vez, una discusión de gran riqueza. Pero al mismo tiempo reveló la concepción de ese enton- ces: la segmentación de la realidad de las mujeres en temas específicos que solo cobraban sentido a la luz de la categoría patriarcado.

No fue una decisión celebrada por todas; algunas feministas, espe- cialmente las que habían asistido a Bogotá, reclamaban «menos teoría y más convivencia». Sin embargo, este encuentro «representa un avance en los debates políticos centrales que fueron formulados y articulados en Bogotá» y evidenció la necesidad de establecer un entendimiento teórico acerca del patriarcado en América Latina, logrando moverse del nudo de la doble militancia y de un feminismo «sin apellidos», hacia el análisis de los partidos como estructuras patriarcales, moviéndose del «análisis de estrategias al análisis de estructura» (Álvarez et al., 1992).

Pero los nudos del primer encuentro no desaparecieron. La confron- tación entre las feministas y las mujeres de partido –muchas de ellas reclamándose feministas– se dio hacia el final del encuentro, en la última

plenaria. El nudo fundamental seguía girando alrededor de si era la clase o el género la explicación última de la subordinación de las mujeres. Ex- periencia dura, difícil, con intolerancias y desconciertos, también a flor de piel6. Pero el II Encuentro trajo importantes presencias, hasta ese mo- mento desdibujadas: el «mini taller» sobre lesbianismo se convirtió en el «maxi taller» del encuentro, visibilizando por primera vez abiertamente la presencia y aporte de las lesbianas en la construcción del feminismo. Un taller de racismo, de poca concurrencia, comenzaba a presagiar los retos y tensiones que traería la diversidad en el feminismo, tema que se explayaría más explícita y conflictivamente en el siguiente encuentro feminista.

El III Encuentro Feminista fue en Bertioga, Brasil, en 19857. Brasil

era el país pionero en cuanto al desarrollo del feminismo en la región. Asistieron cerca de 1,000 mujeres. La dinámica del III Encuentro se plan- teó también alternativa al anterior. En él se vivió la «des-estructuración», la resistencia contra las formas estructuradas de organización, asumiendo la subjetividad de las mujeres como un elemento fundamental, así como la necesidad de impulsar la participación igualitaria de todas, generando el espacio y el clima para lograr que:

«...cada mujer participaría igualmente, a partir de sí misma, sin jerar- quías de ningún tipo, ni que le fuese atribuida a una situación diferen- ciada por sus años de militancia feminista o política partidaria o porque fuese especialista eminente» (Documento del III Encuentro, 1985).

Prometía ser un encuentro laxo, flexible y creativo, y lo fue de muchas maneras, pero hubo tensiones fuertes. Porque aquí el nudo feministas y militantes partidarias tomó otro rumbo, fundiéndose en la tensión de las diferencias que producen mayor desigualdad entre las mujeres: la de raza 6 Intolerancia y desconcierto profundo porque muchas militantes de partidos no dejaron espacio para la conciliación. No sentíamos en ese momento que esa presencia auguraba una pluralidad

constructiva, sino más bien paralizante, que quería destruir lo que con tanto esfuerzo estábamos construyendo. La intolerancia de algunas feministas también estuvo presente, no solo frente a las de partido, sino también frente al mismo encuentro, por demasiado teórico, demasiado estructurado, demasiado rígido, demasiado diferente al de Bogotá. Como integrante del Comité Organizador del II Encuentro mi desconcierto personal y organizativo fue tan grande que solo me pude reconciliar con la riqueza de este encuentro después de dos meses, cuando Julieta

Kirkwood, respondiendo a mis angustias, me ofreció ese extraordinario artículo: «Los nudos de la sabiduría feminista», algunas de cuyas citas acompañan este escrito.

7 Julieta Kirkwood murió poco antes del Encuentro de Brasil. Su análisis sobre los nudos del movimiento a partir de los encuentros solo pudo llegar hasta el de Lima.

y la de clase, a partir de un incidente que no tuvo resolución: el primer día del encuentro un ómnibus con alrededor de 100 mujeres de las favelas llegó al lugar de reunión, las que exigían ingresar y ser participantes. Para las organizadoras era evidente que esta acción había sido impulsada por los partidos políticos y, por lo tanto, decidieron simplemente no aceptar el ingreso. El aspecto desafortunado del incidente, sin embargo, como lo expresan Álvarez et al. (1992), fue que las discusiones se centraran en el aceptar o no a las mujeres y en delimitar las responsabilidades de los partidos, antes que en analizar el significado y el peso que las diferencias raciales, étnicas y de clase tenían, en este caso, para un movimiento como el feminista.

En estos tres encuentros se expresaron ya algunas de las característi- cas que el feminismo latinoamericano iba acumulando en sus búsquedas. Cada uno complementó las carencias del anterior, no siempre recono- ciendo la continuidad, sino marcando la distancia y presentándose como alternativo. Al afecto cara a cara, a la afirmación de lo colectivo, a la hermandad que expresó Bogotá, le siguió la estructuración del espacio y la búsqueda de un eje teórico explicativo de la realidad de las mujeres en Lima y se continuó en Bertioga con el rechazo a las formas estructu- radas e individualizadas, la afirmación de la igualdad entre las mujeres y una cierta incomodidad por la diferencia. Cada uno de ellos expresó las búsquedas y las ambivalencias de las dinámicas feministas, cada uno de ellos dejó avances, nuevas redes, nuevas formas de articulación, nuevas iniciativas y nuevas mujeres feministas. Dejó también nudos irresueltos que comenzaron a expresarse en un cuerpo teórico y postura simbólica para interpretar el mundo y el movimiento, en los que convivían la bús- queda de verdades absolutas junto con las búsquedas de cómo seguir el hilo conductor del crecimiento del movimiento, que comenzaba ya a ser complejo y plural. Así, si bien una parte del movimiento y una parte in- terna de cada una de nosotras intuitivamente querían andar por el camino de la complejidad y la diversidad, cuestionando verdades absolutas, otra parte del movimiento y de cada una de nosotras quería renunciar a esta complejidad, aferrándose a los espacios propios sin contaminación.

El IV Encuentro Feminista, en Taxco, México, representa un hito en los encuentros de la década. Llegaron 1,500 mujeres de diferentes paí- ses, procedencias sociales y colores, expresando la creciente diversidad

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