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gozan de los mismos derechos derivados de la naturaleza y confirmados por la constitución británica así com o también por la mencionada cédula real; y, por lo tanto, reclutar y mantener un ejército permanente sin el consen­ timiento dado en persona o por intermedio de representantes de su libre y propia elección, sería una violación de sus derechos naturales, constitucio­ nales y estatutarios; y el empleo de ese ejército para imponer leyes dictadas sin el consentimiento de los ciudadanos, personalmente o a través de sus re­ presentantes, sería un agravio.10

Pero las tropas llegaron, cuatro regimientos en total: con­ cretamente, un ejército regular, como aquél que había aventado la libertad en Dinamarca, según era notorio, o en cualquier otro lugar del mundo. En realidad, las tropas regulares británicas habían sido introducidas en las colonias y se habían establecido allí, al final de la Guerra de los Siete A ños; ya esto de por sí había sido inquietante, aunque se adujo que las tropas hacían falta para salvaguardar la seguridad de los territorios reciente­ mente adquiridos, y que de ninguna manera serían destacadas regularmente en pueblos populosos y pacíficos.19 20 No podía ar­ gumentarse esta justificación con respecto a las tropas enviadas a Boston en 1768. No bastaba ninguna explicación sencilla e in­ genua. El verdadero motivo resultaba demasiado evidente para todos, con que sólo tuvieran ojos para ver. Se había cumplido una de las etapas clásicas en el proceso de supresión de las consti­ tuciones libres.

Para los que eran más sensibles a las corrientes ideológicas del momento, el peligro apenas podía ser más grave. “ ¡Tener un ejército permanente!” , escribía Andrew Eliot desde Boston a Thomas Hollis, en septiembre de 1768, “ ¡Santo D ios! ¿Puede su- cederle algo peor a un pueblo que ha saboreado las dulzuras de la libertad? Las cosas han entrado en una crisis desdichada; la armonía que soba existir entre Gran Bretaña y sus colonias no ha de volver jamás; toda confianza se ha perdido; y apenas se derramen unas gotas de sangre, todo afecto habrá terminado.” Se hallaba convencido, escribía, de que si el gobierno inglés “ no hubiese tenido sus manos totalmente ocupadas en su propio te­ rritorio, habría aplastadora las colonias” . De tal modo, las úl­ timas acciones emprendidas por Inglaterra sólo contribuían a “ precipitar esa independencia que en la actualidad los más fer­ vientes de nosotros imploramos” . “ Temo por la nación” , concluía, y sus temores eran compartidos no solamente por todos los bos- tonianos con vocación de libertad, sino también, gracias a la in­

19 Sixteenth Report of the Boston Record Commissioners, p. 263.

20 Gipson, British Empire, X , 200-201, 323-329, 408; cf. Bemhard Knol- lenberg. Origin of the American Revolution, 1759-1766 (Nueva York, 1960), pp. 87-96.

LA REVOLUCIÓN NORTEAMERICANA 115

citación del “ Journal o f the Times” — informativo cotidiano de Boston “ bajo autoridad militar” , que de hecho circulaba por todo el ámbito de las colonias— , por los norteamericanos de todas partes con inquietudes políticas e ideológicas. El tiempo no aplacó estas ansiedades; tan sólo las complicó. El temor y el odio se agudizaron con el desprecio. “ Nuestro pueblo comienza a despreciar las fuerzas militares” , observaba Eliot al año de haber llegado las tropas por primera vez; evita fríamente a los soldados y conduce a sus oficiales incorrectos ante la justicia, lo cual, agregaba ásperamente, continúa todavía “ pese a todos sus esfuerzos” . Pero “ las cosas no pueden mantenerse en el estado en que se hallan actualmente; se aproximan con paso acelerado a una crisis. Sólo Dios sabe cuáles serán las consecuencias” . 21

Y una vez más era dable percibir en el desarrollo de los acontecimientos en Inglaterra una sensible corroboración de los temores de los norteamericanos, así como indicios que reforzaban la creencia de que los sucesos de las colonias no eran sino una parte de un todo más amplio. El 10 de mayo de 1768, una mul­ titud reunida en St. George’s Fields (Londres) en apoyo de Wil- kes, que había sido arrestado, fue tiroteada por el regimiento de Guardias de Infantería llamado por los nerviosos magistra­ dos. Hubo varias muertes, la más dramática de las cuales fue la de un joven, identificado por error como uno de los cabe­

cillas de la sedición, que había sido perseguido y fusilado por orden del comandante. La proyección política que dieron a este episodio los partidarios de Wilkes y otros grupos antigubernamen­ tales de Londres — los cuales afirmaban que se trataba de una

“ masacre” organizada deliberadamente— tuvo amplio eco en las colonias, sobre todo cuando el enjuiciamiento de los soldados culpables, según los procedimientos comunes previstos por la ley, aparentemente había sido denegado por el gobierno. ¿Podía considerarse simple coincidencia el hecho de que en febrero de 1770 un niño de once años de edad fuese también muerto a tiros en un tumulto en Boston por un sospechoso informante de

21 Eliot a Hollis, Boston, 27 de septiembre, 1768; 10 de" julio, 7 de septiembre, 1769, en M H S Cois., 4'1 ser., IV, 428, 442, 444. El “ Journal of the Times” fue una serie de artículos periodísticos publicados entre el 13 de octubre de 1768 y el 30 de noviembre de 1769. Las notas, que in­ formaban día a día detenidamente de los agravios cometidos por los mili­ tares en Boston, parecen haber sido escritas en Boston, pero se enviaban a Nueva Y ork para ser publicadas semanalmente en el New York Journal, y a Pennsylvania, donde las reeditaba el Pennsylvania Chronicle. Luego de estas dos publicaciones iniciales eran reimpresas nuevamente en el Boston Evening Post, y reproducidas, luego, en general, en las publicaciones nor­ teamericanas e inglesas. Esta serie ha sido coleccionada por Oliver M. Dickerson bajo el título Boston under Military Rule, 1768-1769.

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