La concepción del mundo que he descrito aquí puede considerarse como algo a lo que el hombre se ve conducido en primer lugar de un modo natural, cuando comienza a reflexionar sobre su relación con el mundo. Se encuentra entonces cogido en un sistema de pensamiento que se le disuelve según lo construye. Esta estructura es tal, que no basta la mera refutación teórica. Uno tiene que vivirla para que por la comprensión de la aberración a la que conduce, encuentre la solución. Debe estar presente en cualquier discusión sobre la relación del hombre con el mundo, no porque se quiera refutar a quienes uno considera que tienen una opinión errónea sobre dicha relación, sino porque hay que saber a qué confusión puede llevar toda reflexión seria sobre ella. Uno tiene que llegar a tal comprensión, que le capacite a uno mismo a refutar la primera reflexión. Los argumentos expuestos anteriormente parten de este punto de vista.
Quien desee formarse un concepto de la relación del hombre con el mundo, debe ser consciente de que él mismo establece al menos una parte de esta relación, por el hecho de que se hace representaciones de las cosas y de los sucesos del mundo. Debido a esto, aparta su vista de lo que existe fuera en el mundo, y la dirige hacia su mundo interior, a su vida de representaciones. Empieza a decirse: no puedo establecer relación con ningún objeto ni con ningún suceso, si no surge en mí una representación. Del reconocimiento de este hecho, hay sólo un paso para llegar a la opinión: sólo vivencio mis representaciones; el mundo exterior sólo lo conozco en cuanto que existe como representación en mí. Con esta opinión se abandona el punto de vista ingenuo, que el hombre adopta en cuanto a su relación con el mundo antes de toda reflexión. Desde ese punto de vista, él piensa que lo que tiene ante sí son cosas reales. La reflexión sobre sí mismo, sin embargo, le aparta de este punto de vista. Esta reflexión no le permite al hombre mirar la realidad, tal como hace la conciencia ingenua. Sólo le permite dirigir la mirada hacia sus representaciones; y éstas se interponen entre el propio Yo y un mundo al que el punto de vista ingenuo considera como real. El hombre ya no mira esa realidad a través de las representaciones interpuestas. Tiene que reconocer que es ciego ante esa realidad. De ahí nace el pensamiento de la “cosa en sí”, inalcanzable para el conocimiento.
Mientras nos ciñamos a considerar la relación con el mundo en la que parece entrar el hombre a través de su vida de representaciones, no podremos dejar esta forma de pensar. Por otra parte, tampoco podemos quedarnos en el punto de vista ingenuo, si no queremos cerrarnos artificialmente al impulso de conocer. El hecho de que existe esta necesidad de conocer la relación entre el hombre y el mundo, muestra que hay que abandonar el punto de vista ingenuo. Si este punto de vista nos ofreciese algo que pudiéramos reconocer como verdad, no sentiríamos esta necesidad.
Pero no se llega a nada que pueda considerarse como verdad, abandonando simplemente el punto de vista ingenuo, pues — sin advertirlo — se mantiene el modo de pensar que conlleva. Uno cae en ese error, si se dice: sólo vivencio mis representaciones, y mientras creo que estoy en contacto con la realidad; por lo tanto, he de suponer que solamente fuera de mi conciencia se hallan realidades verdaderas, “cosas en sí”, de las que directamente no sé nada, que me llegan de alguna manera, y me influyen de tal modo, que el mundo de las representaciones surge en mí. El que así piensa, añade al mundo que tiene ante sí, otro de pensamientos. Pero en relación a éste, tendría en realidad que volver a empezar su actividad mental desde el principio. Pues la desconocida “cosa en sí”, en relación con la propia naturaleza del hombre, se concibe de la misma manera que la ya conocida del punto de vista del realismo ingenuo.
Sólo se puede evitar la confusión a la que lleva la reflexión crítica sobre este punto de vista, si se advierte que dentro de todo lo que uno puede vivenciar en el propio interior, o percibir fuera en
el mundo, existe algo que no puede estar sujeto a la fatalidad de que entre el suceso y el hombre que lo observa, se interponga la representación. Y esto es el pensar. En cuanto al pensar, el hombre puede realmente mantener el punto de vista realista-ingenuo. Si no lo hace, únicamente será porque se da cuenta de que tiene que abandonar ese punto de vista por otro, pero sin notar que la comprensión así alcanzada no es adecuada al pensar. Cuando se da cuenta de esto, se le abre el acceso a la comprensión de que en el pensar y a través del pensar, hay que reconocer aquello para lo que parece estar ciego al tener que interponer las representaciones entre el mundo y sí mismo.
Al autor de este libro le ha reprochado alguien a quien tiene en gran estima, que lo expuesto sobre el pensar queda dentro del realismo ingenuo, como efectivamente sería si se considera idénticos el mundo real y el representado. Sin embargo, el autor cree haber demostrado en estas consideraciones, que la validez de este “realismo ingenuo” para el pensar resulta necesariamente de una observación libre de prejuicio sobre el mismo; y que en cuanto a lo que no es válido para el realismo ingenuo, la comprensión de la verdadera naturaleza del pensar puede superarlo.
1 Trascendental, en el sentido de esta concepción del mundo, se llama al conocimiento que cree ser consciente de que no se puede decir nada directamente sobre las cosas, sino que llega a conclusiones indirectas de lo subjetivo conocido a lo desconocido, más allá de lo subjetivo dado (lo trascendente). Según esta concepción la cosa en sí trasciende la esfera del mundo que podemos conocer de manera inmediata. Pero nuestro mundo puede establecer la relación trascendental con lo trascendente. La teoría de Hartmann se llama realismo, porque trasciende lo subjetivo, lo ideal, dirigiéndose a lo trascendente, lo real.