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(3) Expected Effects and Future Directions for the KLIS

Existía penuria de misioneros en las islas Sandwich, y Monseñor Maigret, vicario apostólico, los reclamaba a gritos.

En 1863, los Superiores de la Congregación decidieron enviarle importantes refuerzos. Se convino que seis religiosos y diez Hermanitas partirían para Hawai a fines de octubre. El Padre Pánfilo debía ser de los que partieran, pues él también sentía la vocación misionera, y por ello había abandonado en otros tiempos el pequeño seminario de Malinas para entrar en los Sagrados Corazones.

Desgraciadamente, estalló en Lovaina una epidemia de tifus, y Pánfilo, que se había prodigado en la cabecera de los enfermos, fue atacado a su vez. Ya estaba mejor. Pero cuanto más se acercaba la marcha de la tropa apostólica, más temía que no pudiera reunirse con ella. Llegó el momento en que, siguiendo el parecer del médico, el Padre Wenceslao, superior local, envió su obediencia a la casa madre. Nuestro convaleciente sufrió mucho con el hundimiento de su sueño, y en este día, una vez más, expresó a su hermano la decepción que aquello le causaba.

Tuvo éste una idea: “¿Y si yo solicitara la autorización para partir en lugar vuestro?” Con un gesto, el enfermo dio su aprobación. Sin preguntar más, y evitando, sobre todo, que su carta pasara por el Padre Wenceslao, que se hubiera opuesto, tomó Damián su pluma y escribió al Padre General.

Su carta se ha perdido, pero se conoce el contenido: puesto que la plaza de Pánfilo estaba ya tomada y pagada, la santa pobreza quería que se la utilizase; nada había de consolar mejor al enfermo y activar su curación como el saber que había sido reemplazado por su hermano; finalmente, el firmante poseía también una salud tan excelente y una vocación tan manifiesta, que no podía dudarse de la voluntad de Dios a tal respecto, ni dudar en dejarle partir. Lo cierto es que el Padre General no supo alegar nada y contestó sin tardar.

Dos días después, el Hermano Damián estaba sentado a la mesa, cuando el Padre Wenceslao arrojó ante él la respuesta de París, diciendo: “¡Tenéis la presunción de querer ir ya de misiones!” ¡Oh dicha! El General concedía la autorización pedida. Por una vez, Damián olvidó las reglas de la modestia conventual. Ante sus absortos compañeros, dejó allí su comida y, blandiendo la orden de obediencia, abandonó el refectorio, subió la escalera de cuatro en cuatro y corrió a anunciar la triunfal noticia a Pánfilo, que se hallaba en cama.

* * *

El Padre General le decía que se apresurara, pues iba a comenzar en París el retiro de los que partían. Sin acabar de almorzar, Damián partió para Tremeloo.

El golpe era rudo e imprevisto para los suyos. Se decían adiós para siempre. Este hijo afectuoso y jovial, el más pequeño, el preferido, no vol- verían a verle más sus padres en este mundo. No había de regresar para sentarse en la mesa familiar y no estaría allí para ayudarles a bien morir y cerrarles los ojos.

¿Qué palabras sobrenaturales y tiernas empleó él para suavizar su dolor y obtener su sumisión a la voluntad divina? Uno se imagina que sacó de su corazón y de su fe las palabras capaces de producir a estos perfectos cristianos el desgarramiento menos horrible.

Abrazó a sus dos hermanos y a sus dos cuñadas, estrechó por última vez entre sus brazos a su anciano padre, y, en cuanto a su madre, no tuvo el valor de separarse aún de ella. “Pero, mamá, si hemos de volvernos a ver pronto —dijo, esforzándose en bromear—; ¡volveremos a vernos mañana, si queréis!... Mañana por la mañana voy a Montaigu para decir “adiós” a Nuestra Señora. ¡Id allí! Aún no fuisteis a dar las gracias a la Virgen por haber curado a Pánfilo... Cuento con vos, ¡Vamos, no estéis triste! ¡Hasta mañana, mamá!” Y arrojando una última mirada a la amada casa que no volvería a ver más, partió rápidamente, con aire alegre, ahogando sus so- llozos.

Pasó su última noche cerca del lecho de Pánfilo, y, hacia las once, se hundió en la noche, camino de Montaigu.

* * *

Montaigu, cerca de Diest, oh uno de loa lugares más altos del país flamenco, donde, desde hace siglos, van las multitudes a implorar a la

Madre de Dios. Se veneraba primeramente su imagen en una encina. A partir de 1627, una hermosa y amplia iglesia del renacimiento abriga la an- tigua imagen milagrosa, que rutila entre cirios gigantescos, las muletas abandonadas y los millares de exvotos de los peregrinos reconocidos. Allí iba a arrodillarse con frecuencia San Juan Berchmans cuando era joven. Cada año, los estudiantes de Picpus marchaban en peregrinación al lugar. No había entonces ni tren ni tranvía. Emprendían la marcha hacia las doce de la noche y cubrían a pie las seis leguas de camino, y al alba se llegaba al santuario para oír la misa y comulgar.

Aquella noche el Hermano Damián hizo solo su viaje. Al amanecer estaba a los pies de Nuestra Señora, esperando a su madre. Pronto llego la valiente sexagenaria, acompañada de María, su nuera. Uno junto al otro, como en los días de antaño, la madre y el hijo se arrodillaron ante la Señora de grave y gracioso rostro. No hay duda que ella rogaba por él, y él, a su lado, por ella. La madre suplicaba a la Reina de los Apóstoles que velara por su querido hijo que el llamamiento de Dios arrancaba a su ternura. El hijo confiaba en manos de aquella a quien se llama Consuelo de los afligidos, a su anciana madre, rota de dolor.

María, la nuera, ha contado más tarde;

“Cuando acabamos nuestras devociones, hubo que ponerse otra vez en camino. Salimos de la iglesia. Su madre y yo fuimos delante; él mar- chaba detrás y se volvía sin cesar.

”—No te des mucha prisa, ¡hijo mío! decía la madre.

”—¡Ay de mí!, es la última vez que contemplo el amado santuario. Dejad que me llene los ojos de él. Lo que he pedido a la Virgen es poder trabajar doce años en las misiones.

”Vi que tenía su pañuelo en la mano y se servía de él para enjugar sus lágrimas. Se oyó después un ruido de chatarra sobre el empedrado. Llegaba la diligencia de Lovaina. Viendo que un eclesiástico se volvía, el postillón pensó que quería subir y detuvo sus caballos.

”—¡Ea, adiós, entonces! ¡Digámonos adiós!— dijo la madre.

”Nos abrazó Damián, montó en el coche, y mientras los caballos partían al trote nos hizo con la mano una última seña. Después todo había desaparecido.

”Nuestros corazones estaban oprimidos por la pena, pues la separación había sido muy brusca. Se serenaron poco a poco en el camino de vuelta, a medida que avanzábamos en el rezo del rosario. Sólo pensábamos en pedir a María por el apóstol querido que se nos iba. ¡Cuán

lejos estábamos entonces de prever lo que había de sucederle después en Molokai!...”

* * *

Al día siguiente el Hermano Damián estaba en París participando de los ejercicios de un retiro de tres días que el Padre General predicó a los misioneros.

Antes de embarcarse, envió a Tremeloo una carta, donde aún se percibe su inexperiencia y rudeza, ¿Era útil acaso, en un momento tal, sermonear y evocar a los ojos de los suyos ese “mar” tempestuoso dispuesto a tragarle” en el que iba a lanzarse? Más tarde, cuando las lecciones de la vida le hayan instruido, cuando haya visto sufrir mucho y haya sufrido, mostrará más naturalidad y benignidad. Decía, entre otras cosas: “Henos, pues, mis queridos padres, a punto de abandonar todo cuanto hay de más querido en este mundo, para lanzarnos a un mar tempestuoso dispuesto a tragarnos... El sacrificio es grande, pero es la voz de Dios la que nos llama para realizarlo. Jesucristo está desde el primer momento con sus misioneros; Él es quien dirige nuestros pasos, el que nos preserva de todo peligro, el que manda calmarse a los vientos, huir a los animales feroces, y a los enemigos espirituales: el demonio, el mundo y la carne, que nos dejen en paz. Ya se hace sentir su gracia, puesto que en vísperas de un viaje tan peligroso, no solamente no tenemos miedo, sino que estamos con una alegría inconcebible. Hasta el punto de que, a fuerza de decir cosas graciosas, estamos cansados de reír.”

Sigue a continuación un sermoncillo bastante redundante:

“¡Adiós, queridos padres; adiós! Llevad siempre una vida muy cristiana, guardaos de manchar vuestra alma con cualquier falta voluntaria, caminad por la vía estrecha, que es todo cuanto os pido como último favor...

”¡Adiós! No nos volveremos a abrazar más aquí en el mundo, pero nuestro mutuo y tierno cariño será siempre lo que nos una... Una vez más, ¡adiós! ¡Que el cielo bendiga vuestros últimos días! ¡y que la Virgen os dé una muerte santa!...”

El mar “tempestuoso y agitado de que hablaba, le fue esta vez propicio, pero ya veremos que “el mundo y el demonio”, sobre los que estaba seguro entonces, no le ahorraron trabajos después, y aun le persiguieron ferozmente hasta la tumba.

* * *

El jueves 29 de octubre, a las nueve de la mañana, la caravana picpuciana tomó el tren en la estación del Este para trasladarse a Bremen, donde habría de embarcar. Estaba compuesta por un sacerdote: el Padre Chrétien, tres clérigos, dos legos y diez religiosas.

Antes de partir, el Padre Damián se había hecho retratar con un gran crucifijo en la mano, en la postura del San Francisco Javier de la cortina de Lovaina. Mandó este retrato apostólico a sus padres, con las consideraciones y exhortaciones ya dichas.

El 2 de noviembre, tomaron pasaje los misioneros en el R. W. Wood, hermoso velero de tres palos, que lucía el pabellón hawaiano.

Además de los diez y seis hombres de la tripulación, iban a bordo el capitán Geerken, su mujer y su primo. Todos eran alemanes y protestantes. Desde el primer día, el capitán invitó a su mesa a los picpucianos, estableciéndose excelentes relaciones entre marineros y religiosos. Era la primera vez que Damián se encontraba con herejes. Se asombrará al no encontrarlos situados en el capítulo “de la verdadera religión” y no se vio forzado a convertirlos rápidamente. Sus esfuerzos no tuvieron éxito alguno, y no hay duda que comenzó a comprender que los argumentos de sus manuales no iban a serle siempre de gran eficacia para la conquista de las almas.

Hoy se va de París a Honolulú en cinco o en quince días, según se tome el avión o el barco. Entonces se necesitaban cuatro o cinco meses, y a veces más, según el estado del mar o la dirección de los vientos. Salvo lo imprevisto, el viaje se haría sin escalas. Desde el puerto alemán, el R. W.

Wood alcanzaría el mar del Norte, después el Atlántico, que surcaría de

Noroeste a Sudoeste, doblaría el Cabo de Hornos en la punta de la América del Sur y subiría en seguida por el Pacífico hasta Hawai.

El capitán declaró a sus pasajeros que cada año, desde hacía ocho, realizaba el mismo trayecto, sin incidencia alguna, o por lo menos sin naufragio. Segura la comunidad, pensó en organizarse religiosamente para la travesía. Se alojaron en estrechas cabinas de literas superpuestas, y se dejaron dos piezas convenientes, una para los religiosos y otra para las Hermanas, para utilizarlas en las prácticas del día. Se estableció un horario minucioso, que preveía la misa, la oración, el estudio, el trabajo manual y los recreos. De derecho, la autoridad recaía en el Padre Chrétien, a quien había que pedir los permisos. Pero no se había contado con el mareo, al

que pagó su tributo, y en mayor medida que los demás, el Padre Superior; nunca un reglamento conventual sufrió mayores desgarrones.

DIARIO DE VIAJE

Las principales peripecias del viaje nos son conocidas por el “Diario” del Padre Chrétien y algunas cartas de Damián. Hélas aquí resumidas cronológicamente:

2 de noviembre de 1863

Embarque. Apenas un vapor ha remolcado al velero fuera del puerto, cuando se levanta un fuerte viento, obligándole a detenerse. A la borrasca sucede la bonanza y, con ella, la imposibilidad para el navío de abandonar la rada. Sujeto a sus anclas queda durante siete días, en los cuales la comunidad puede observar su reglamento conventual.

9 de noviembre

El velero de tres palos pierde de vista las costas y singla hacia el Mar del Norte. “Experimentábamos —escribe el Padre Damián— un malestar horrible. Nuestros estómagos sentían extraños dolores. El diminuto Padre Chrétien devolvía todo cuanto comía; no cesaba de vomitar y de hipar como si fuera a romperse su pecho. Le duró esto más de un mes, igual que al Hermano Aymard.”

12 de noviembre

“Hacia el mediodía nos acercamos al Canal de la Mancha... Un viento violento nos empuja durante algunas horas frente a Dover. Si hubiera continuado, en menos de tres días se hubiera alcanzado el Atlántico. Desgraciadamente, hasta fines de noviembre, tuvimos casi siempre vientos contrarios. El barco voltejeaba, avanzando en realidad unos diez kilómetros por día. Nos vimos privados de la Santa Misa durante todo un mes.”

Sin embargo, menos sujeto que los otros al mareo, Damián había asumido todas las cargas vacantes por la defección de los enfermos. Según las horas, era sacristán, ecónomo, enfermero; sin dejar por ello de proseguir sus estudios teológicos, que, como se sabe, no había terminado.

A menudo, también, echaba una mano a los marineros, que preferían su ayuda material a su apologética.

Como sacristán, inventó un sistema que para los temporales fuertes aseguraba la estabilidad del cáliz durante la misa, y con las cajas de betún consiguió fabricar unas hostias bastante aceptables.

Como ecónomo, encuentra que las Hermanas picpucianas podrían ser útiles. Su guardarropa deja mucho que desear, dado lo precipitado de su partida. La de ciertos compañeros ganaría mucho también con ser revisada. Las entrega a las religiosas, que se ponen a trabajar en ellas. Sotanas, camisas, medias, pañuelos, pasaron por sus manos diligentes, y al final de la travesía los equipos de los picpucianos estaban en buen estado.

Mano sobre mano, los religiosos devolvían en cuidados espirituales los servicios materiales que habían recibido. El 27 de noviembre se celebró la renovación de los votos. Las Hermanas quisieron prepararse para ellos mediante un retiro de tres días. El Padre Chrétien consintió en indicarles el programa, pero esto no fue suficiente para la avidez de las retiradas, que reclamaron de él varias instrucciones cotidianas. Presa siempre del mareo, el valeroso misionero se las dio hipando.

En semejantes circunstancias era cuando nuestro enfermero revelaba su ingenio. El Padre Chrétien cayó en un estado tal de agotamiento, que llegó a alarmarles. En particular, sus ojos rehuían cualquier servicio: “Creedme—dijo Damián—, eso es culpa de los humores. Hay que hacer que salgan. Padre mío, ¡tomad un poco de tabaco, y él provocará el despejo necesario y os aclarará la vista!”

Obedeció el enfermo, obró el remedio, salieron los humores y el Padre pudo volver a leer su breviario.

1.º de diciembre

“A partir de este momento —escribe Damián— las cosas cambian por entero, y los vientos alisios llevan al navio a toda velocidad.”

22 de diciembre

Alcanzamos el Ecuador, y el acontecimiento se celebra con los tradicionales ritos. Los religiosos han pagado su tributo a los marineros para escapar de las bromas. Evitan así el que les hundan en un tonel y los lancen por encima de la cuerda simbólica; asisten, pues, como simples es- pectadores al bautismo de la línea.

2.º de diciembre

La vigilia de Navidad se ha solemnizado con las vísperas de la Fiesta, que religiosos y religiosas salmodian en dos coros.

25 de diciembre

Misa de medianoche, encuadrada de maitines y laudes. A las siete se celebran las otras dos misas. Durante el día se cantan villancicos, pero las Hermanas, intimidadas por la vecindad de los marineros protestantes, no se atreven a alzar la voz.

“Llegamos al primer día del año con sol... La tripulación capturó en estos lugares soberbios albatros, que fueron disecados, tiburones como los que se ven en la enseña de Jef van Rivieren, delfines y marsoplas, que llegan a pesar hasta trescientas libras.

“Cinco días seguidos de buen tiempo, y después dos semanas de malo.”

19 de enero

El navío va por los parajes peligrosos del Cabo de Hornos. Pasa por los mismos lugares por donde, veinte años antes, naufragó la María-

Josefa, arrastrando a la muerte veinticinco misioneros de Picpus (8 Padres,

7 Hermanos y 10 Hermanas) que Monseñor Rouchouze conducía a Hawai. Los que van a ocupar su puesto recitan por ellos el Oficio de Difuntos y dos rosarios,

21 de enero

Estrecho de La Mare. Todo el mundo esta asombrado de la calma

que reina en el Cabo de Hornos. Algunos se atreven a decir que estos pa- rajes no merecen su funesta reputación. Y verdad es que dos días de buen tiempo nos hubieran conducido al Océano Pacífico, fuera de peligro. Pero, a partir del día siguiente, se levantó un viento terrible y nos arrastra doscientas leguas hacia el Sur. Durante diez interminables días nuestro barco fue juguete de las furiosas olas. Hubimos de sufrir un verdadero purgatorio.”

2 de febrero

“El día de la Purificación, al final de una novena, la Virgen nos ha socorrido. Tornó el viento y sopló con violencia en la dirección opuesta, lanzándonos a toda velocidad hacia las islas Sandwich. Nos quedan aún 110 grados (11.000 kilómetros) que cubrir.”

6 de febrero

“En este día aguantamos una espantosa tempestad. El navio fue proyectado al aire, en medio de la noche, por una ola terrible, que, a pesar

de ello, nos hizo avanzar por buena dirección. Previsor, el capitán había mandado arriar las velas, sin lo cual los mástiles se hubieran roto. Soplaba el viento con una violencia tal, que nos llevaba a razón de quince kilómetros por hora; y eso, a través de montañas de agua de una altura ho- rrorosa. El velero bailaba como una barca de pescadores. Las olas se rompían sobre el costado derecho con el ruido de una bala que explotara. Entonces se inclinaba el barco enteramente a la izquierda, para izarse y caer de nuevo en el abismo de la derecha. Este espantoso balanceo duró todo el día. Había que agarrarse y sujetarse para no ser arrojado al mar.

“Después de este terrible día, no hubo ya más que buen tiempo. Cuanto más avanzábamos hacia el Norte, más se entibiaba la temperatura. Los buenos vientos alisios nos acompañaron hasta Honolulú, con un cielo casi siempre sereno y con noches deliciosas.”

6 de marzo

Durante las cinco últimas semanas, el velero se ha portado bien. Marchando a una media de doce kilómetros por hora, ha pasado sucesiva- mente a la altura de la Patagonia, la Argentina, Bolivia y Perú. Atravesó de nuevo el Ecuador, y todo marcha de más en mejor. Pronto habrán de ser rebasadas las lejanas costas de Panamá, Costa Rica y Guatemala.

El tiempo es hermoso, los corazones se animan con la esperanza de la próxima llegada y los pasajeros olvidan las horas angustiosas que han transcurrido. “He hecho alegremente el viaje, y nunca me he reído tanto como en el mar”, escribe la Hermana María-Estanislada. El “Diario” del Padre Chrétien atestigua también que todo ha ido bien: “La alegría es lo que ha dominado —dice—. ¡Cuántas veces nos hemos reído de todo

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