“La imagen de Bogotá no le pertenece a ella sino a sus habitantes, ya que es el modo como los ciudadanos la representamos en nuestros pensamientos, en los amores y en los odios, en la ternura y en la incomprensión, en la euforia de una mañana de sol o en la languidez de un atardecer dorado, en la violencia que brota inusitada o en la sonrisa desprevenida. La imagen identifica a la ciudad, no por como es, sino por cómo es vista.” (Pérgolis, 1998: 63) “El tiempo no se repone, ni se regresa a las oportunidades perdidas.” (De Certeau, 2007: 42) Ahora bien, sin olvidar la ciudad como el escenario que aquí nos concierne, de apertura nos contraponemos a lo que expresa Mathieu Kessler al declarar que “el ciudadano, sea cual sea la forma como se le considere, es ajeno al espacio geográfico en el que hace estancia sin habitarlo en el sentido preciso del término.” (Kessler, 2000: 40) Gracias a nuestro recorrido teórico, nosotros podemos afirmar que habitamos la urbe en cuanto nos apropiamos de sus espacios; en cuanto entablamos relaciones de significado con éstos y producimos un consecuente sentido.
No obstante, como hemos dejado en evidencia en páginas anteriores, la ciudad es un espacio planeado y racionalizado bajo los intereses de líderes políticos, urbanistas y arquitectos. Por ende, el espacio público termina siendo un territorio codificado a través de estrategias que estructuran su funcionamiento, y de ciertas normas y controles que buscan el desplazamiento ordinario de los ciudadanos, comportamientos esperados y una sucesiva convivencia sin sobresaltos ni anomalías.
Y es así como la ciudad deriva en lugar común y banal que de entrada se presenta como un sistema prefabricado, en la medida en que pone a disposición de todos los ciudadanos una única noción fija e inalterable de representarla, por lo tanto, de habitarla y hacerla propia. Dicha realidad hegemónica termina por someter mentalmente a los
sujetos que experimentan la urbe reduciendo el alcance de sus potencialidades, con el fin de que no proliferen “contaminaciones físicas, mentales o políticas que pudieran comprometerla.” (De Certeau, 2007:106)
Sin embargo, dicho plan está llevado al extremo, porque la ciudad no puede reducirse a una única unidad discursiva ni mucho menos práctica, debido a que los lugares que la conforman se pueden desplegar de diversas maneras. Esto se debe a que no podemos olvidar que las urbes albergan sociedades híbridas, contrastantes y diversas y por lo tanto, cada ciudadano –diferente uno del otro- se apropia del espacio público de acuerdo al sentido que le otorga, según lo que se ajuste a sus intereses, percepciones y condiciones de vida particulares.
Ahora bien, teniendo claro lo anterior se nos abre el espectro de la apropiación, cuando podemos expresar que no existe un proceder genérico de apropiación sino todo lo contrario, existe una heterogeneidad innumerable de formas de hacerlo. Acudiendo a Michel de Certeau encontramos que hay apropiación del espacio en cuanto éste es practicado y cada persona ejecuta sus prácticas (maneras de hacer) de múltiples modos.
Es decir, la ciudad cobra un sentido diferente para cada individuo a partir de las diversas posibilidades que éste posee para practicar los lugares y así, hay apropiaciones del espacio como individuos en la ciudad y cada quien construye su propia idea de lo que ésta significa y representa. De Certeau expresa al respecto:
“Si es cierto que por todos lados se extiende y se precisa la cuadrícula de la vigilancia, resulta tanto más urgente señalar cómo una sociedad entera no se reduce a ella; qué procedimientos populares juegan con los mecanismos de la disciplina y sólo se conforman para cambiarlos; en fin, qué manera de hacer forman la contrapartida, del lado de los consumidores, de los procedimientos mudos que organiza el orden sociopolítico.” (De Certeau, 2007:XLIV)
De esta manera, los ciudadanos tienen la capacidad de poner en duda los pretendidos modos de habitar la metrópoli, dilatar las fronteras del orden impuesto y así, poder desplegar una y mil prácticas a través de las cuales se apropian y reapropian del entorno en el que viven: un arte de manipular y gozar. (De Certeau, 2007:LIII) Cabe anotar que
muchas veces estas reapropiaciones se hacen de manera involuntaria cuyo sentido e importancia se pierden en la imperceptibilidad.
Sin embargo, al atrevernos a comparar la gran urbe con un laboratorio, el resultado es un lugar de experimentación que asiduamente ofrece diversas oportunidades y posibilidades para hacerlo propio, sólo que es un trabajo que surge desde el individuo, quién en cierta medida debe comprometer su cuerpo, sus pensamientos y sus sentidos con el fin de detectar y asumir dichas oportunidades. Renato Ortiz lo expresa de la siguiente manera: “La ciudad se presenta así como un laberinto, espacio lleno de sorpresas; no obstante, sólo el mirar perspicaz capta lo que subyace tras su manifestación epidérmica. Se observa lo inesperado, lo no común.” (Ortiz, 2000: 115)
Ahora bien, en concreto, estás prácticas de reapropiación se pueden definir como lo manifiesta Michel de Certeau, como tácticas de usuario. Una táctica, en primera instancia, usa, manipula y vira las normas del poder regulador y entonces, propone acciones que tienen su inventividad propia; “toma al vuelo las posibilidades que ofrece el instante. (...) Caza furtivamente. Crea sorpresas. Le resulta posible estar allí donde no se le espera. Es astuta.” (De Certeau, 2007:43). En definitiva, una táctica necesita constantemente jugar con los acontecimientos para hacer de ellos ocasiones.
Ocasión: 1. f. Oportunidad que se ofrece para ejecutar o conseguir algo.
Es decir, las tácticas requieren de un sujeto que experimente el espacio público de la manera más consciente posible, con el propósito de aumentar la potencialidad de sus prácticas en la medida en que está atento a las oportunidades que se presentan en instantes determinados. Con las tácticas, “una ciudad trashumante, o metafórica, se insinúa así en el texto vivo de la ciudad planificada y legible.” (De Certeau, 2007:105). Cabe incluir cómo en el libro La ciudad de los viajeros se explica la diferencia entre las estrategias impuestas por los planificadores de ciudad y las tácticas ejercidas por los habitantes de la misma:
“Quizá más que deestrategias se trata de tácticas, porque estos diálogos sugieren no tanto la búsqueda de soluciones para que todos viajen mejor sino la invención constante de pequeños arreglos personales y transacciones sólo pendientes del sentido inmediato. Una estrategia implicaría situar la propia conducta en la búsqueda de mayor
racionalidad en la vida urbana, que hiciera posible una mejor gestión de dificultades semejantes. Las tácticas, en cambio, como anota Michel de Certeau, son operaciones multiformes y fragmentarias que no buscan producir cambios estructurales.” (García Canclini, Castellanos y Mantecón, 1996:94)
Es pertinente anotar que aunque estas prácticas no producen cambios para toda una sociedad o grupo urbano determinado (ya que no es la idea en ningún momento en la medida en que es una ocupación personal), son procedimientos que llevan en sí mismos una lógica dada por el sentido que le imprime el sujeto y también una finalidad que no permite que deriven en meras acciones intrascendentes.
¿Cantidad de tácticas? Miles; tantas como lugares y ciudadanos. Y así, a través de su empleo, se empiezan a abrir las puertas de las posibilidades. Entre muchísimas otras encontramos que es viable re-significar lugares, re-interpretar situaciones cotidianas y producir nuevas interacciones o vivencias. De la misma manera, es posible generar extrañezas en lo que se cree conocer, explorar contextos y recomponerlos alterando las reglas de su funcionamiento; inventar atajos, desviaciones o improvisaciones al andar.
Otra opción es darle cabida al juego, porque éste “abre una brecha en la continuidad real de un mundo establecido, y esa brecha desemboca en el vasto campo de las combinaciones posibles o, en todo caso, distintas de la configuración sugerida por el orden común (Duvignaud, 1980)14”. Asimismo, se pueden inventar acciones que embellezcan actos rutinarios, e ingeniarse acontecimientos susceptibles de ser retenidos en la memoria, como ponerle nombres propios a los lugares y crear relatos en torno a éstos.
Finalmente, una excelente táctica es amigarse de la imprevisibilidad, porque como dice De Certeau, “eliminar lo imprevisto o expulsarlo del cálculo como un accidente ilegítimo y destructor de racionalidad, es impedir la posibilidad de una práctica viva y mítica de la ciudad. Sería no dejar a sus habitantes más que los pedazos de una programación hecha por el poder del otro y alterada por el acontecimiento.” (De Certeau, 2007:223) En fin, acrecentar la comprensión de sí mismo, los otros ciudadanos y por supuesto los lugares habitados.
14 Citado en Silva, 2003:176