que lleva a cabo una hazaña ingenua y torpe, porque no sabe todavía manejar el instrumen- to que tiene en las manos. Descubren los hombres de esa época, los pitagóricos y Parméni- des, la razón; y quedan maravillados ante el poder del pensamiento; quedan maravillados de cómo el pensamiento, por sí solo, tiene virtudes iluminativas extraordinarias; de cómo el pensamiento, por sí solo, puede penetrar en la esencia de las cosas. La aritmética de los pitagóricos, la geometría incipiente en aquellos tiempos, todo esto, hizo pensar a aquellos hombres que con la razón van a poder descifrar inmediatamente el misterio del universo y de la realidad. Y entonces Parménides hace de la razón una aplicación exhaustiva, la lleva hasta los últimos extremos, hasta los últimos límites; y esa exageración en la aplicación de la razón es, probablemente, la que tiene que soportar la culpa de que el sistema de Parméni- des aparezca en su conjunto como un simple formulismo metafísico. En efecto, el principio racional de que Parménides hace uso es el principio de identidad. Ese principio según el cual algo no puede ser y no ser al mismo tiempo; ese principio de identidad es, empero, realmente un principio formal. No tiene contenido. Si lo queremos llenar, tenemos que llenarlo con palabras como "'algo", "esto" "aquello"; con palabras como "una cosa no puede ser igual a otra" o "no puede ser desigual a sí misma". Esas palabras vagas –algo, aquello, esto, una cosa– les muestran a ustedes perfectamente que el principio es una forma que
carece de un contenido objetivo propio; que es una hebra de donde otras intuiciones procedentes de otros lados, pueden enhebrarse coherentemente; pero que si no hay otras intuiciones más que la propia intuición de ese principio, entonces este principio constituye un simple molde, dentro del cual no se vierte realidad ninguna.
Esto lo vemos clarísimamente si reflexionamos un instante en la impresión que nos producen argumentaciones como las de Zenón, de Elea cuando ataca el movimiento. Recuerden ustedes la argumentación sutil de Zenón de Elea para demostrar que Aquiles no puede nunca alcanzar a la tortuga. ¿Qué impresión les produjo a ustedes aquel argumento? Les produjo la impresión de que aquello no convence; de que aquello está bien, de que es difícil refutarlo, de que quizá no puede encontrarse otro argumento que oponerle victoriosa- mente; pero, que, sin embargo, no convence mucho. Y en verdad que tienen ustedes razón. Tanta razón tienen en no conceder más que admiración pero no crédito a esos argumentos, tan verdad es eso, que los sofistas y los escépticos siglos después adoptan a Zenón de Elea como uno de sus grandes maestros. Pero, ¿qué es lo que falla en esta argumentación de Zenón de Elea? ¿En dónde está la causa de esa desazón que su argumentación produce en nosotros? Es muy sencillo: la causa está en que Zenón de Elea hace un uso objetivo y real de un principio que no es más que formal; y como hace de ese principio un uso objetivo y real, siendo así que el principio es puramente formal, no podemos
EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN 73 rebatirlo fácilmente con principios de razón, de argumentación. Pero en cambio la realidad misma resulta contraria a lo que dice Zenón. ¿Y en qué consiste este choque entre la reali- dad y el principio formal? Recuerden ustedes el argumento de Zenón. Zenón parte del prin- cipio de que el espacio es infinitamente divisible. Pero pensemos un momento: el espacio es infinitamente divisible en la posibilidad; puede ser infinitamente dividido en el pensa- miento; puede serio como mero posible, como mera forma; pero el sofisma, por decirlo así, de Zenón de Elea, consiste en que ese espacio –que en potencia puede ser infinitamente dividido– es realmente y ahora mismo dividido. De modo que el sofisma de Zenón consiste en confundir las condiciones meramente formales y lógicas de la posibilidad con las condiciones reales, materiales, existenciales del ser mismo:
Dice Zenón que Aquiles no alcanza a la tortuga porque la distancia entre él y la tortuga es un trozo que se puede dividir infinitamente. Sí. Pero ese "se puede dividir infinitamente" tiene dos sentidos: un sentido de mera posibilidad formal matemática, y otro sentido de posibilidad real, existencial. Y el tránsito suave, el tránsito oculto entre uno y otro sentido, es el que hace que la argumentación sorprenda pero no convenza. Este es el vicio fundamental de todo el eleatismo. Todo el eleatismo no es más que una metafísica de la pura forma, sin contenido.
Platón, El ser y la unidad.
El que advierte bien los méritos extraordinarios de Parménides y al mismo tiempo el punto flaco, fue Platón. Saben ustedes que Platón y Aristóteles representan las dos cumbres del pensamiento griego. Platón debe una enorme parte de su filosofía a Parménides. Debe también otra parte de su filosofía a Sócrates. Pero advierte muy bien el punto en que la filosofía de Parménides flaqueaba. Entre los pocos libros de que dispongo, he podido encontrar un pasaje de El sofista, diálogo de Platón, en que dice textualmente que "Parmé- nides confunde aquello que es, con la unidad de lo que ello es". Voy a explicar a ustedes lo
que quiere decir Platón.
Dice que Parménides confunde aquello que es, o sea la existencia de algo, con la unidad de lo que ello es, o sea con la unidad de las propiedades de eso que existe. Confunde, pues, según Platón, el existir con lo que yo llamo el consistir. Confunde la existencia con la esencia. Confunde lo que más tarde va a llamar Aristóteles la "substancia", con lo que la substancia tiene, o sea con lo que la substancia es, con su esencia. Una esencia no por eso, no por ser esencia, ha de existir ya.
Este error que Platón revela y descubre en la filosofía de Parménides es, en efecto, funda- mental. Consiste en confundir las condiciones formales del pensamiento con las condicio- nes reales del ser. Así, Platón se encuentra perfectamente armado para desenvolver con una amplitud magnífica algunos de los postulados contenidos en la filosofía de Parménides, y algunos otros que toma de su trato personal con Sócrates. Voy primero a intentar fijar muy brevemente qué es lo que Platón debe a Parménides y qué es lo que debe a Sócrates.
74 LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA