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4.3 Nonlinear Phase Modulating Meta-devices

4.3.2 Experimental Demonstration

Según D. Walton (1996), disponer de criterios para distinguir entre explicaciones y justificaciones es vital para la Teoría de la Argumentación porque “es fácil cometer el

error de asumir que cierto pasaje contiene un argumento cuando, de hecho, no lo contiene, sino que contiene una explicación (…) esta clase de error puede ser importante cuando de lo que se trata es de evaluar el ‘argumento’. Podría ser un mal argumento pero una buena explicación” (1996: 42).

Siguiendo el modelo nomológico-deductivo tradicional de la explicación, las explicaciones y las justificaciones se han considerado a menudo como el anverso y el reverso de un mismo juicio: así, si A es la causa de B, podríamos decir que una explicación como “B porque A” y una justificación como “A, luego B” son ambas correctas. Sin embargo, esta caracterización presuponía que la verdadera causa de un efecto es una condición necesaria y suficiente para éste.

Tal como L. Wright (2002) ha mostrado, hay muchos casos en los que la simetría entre explicación y justificación no funciona. Wright ofrece diferentes ejemplos: Si A es “periódicos amarillentos se están acumulando en la entrada de mis vecinos”, y B “mis vecinos están de vacaciones”, una justificación “A, luego B” podría ser adecuada, mientras que una explicación “B porque A” no lo sería.

Desde una perspectiva pragmática, la distinción entre explicación y justificación, también se ha representado como el resultado de dos actividades conversas la una de la otra. Según esta concepción, en la justificación la verdad de lo que se está justificando está en cuestión, mientras que en una explicación, la verdad de lo que estamos explicando no está en cuestión, sino dada como un hecho. Pero vamos a mostrar ahora que esta distinción también es problemática. Wright considera que:

The contrast between reasoning and explaining is the contrast between ascertaining whether C is true (reasoning) and ascertaining why C is true (explaining). L. Wright (2002: 36)

En este sentido, justificar una afirmación o creencia sería también explicar por qué estamos autorizados a decir o creer que es verdadera. Así pues, cualquier justificación puede también interpretarse como una explicación de nuestras credenciales para creer o afirmar.

Considérese el siguiente caso: un cocinero experto le dice a un aprendiz “deberías mantener el pastel en el horno un poco más, no está en su punto todavía”. En principio, este ejemplo parece problemático para la definición de Wright. Pero Wright dice que este tipo de ejemplos en los que C es normativo, la distinción propuesta entre justificación y explicación no se aplica porque “cuando C tiene esta forma, explicar por qué C es verdadero es lo mismo que dar una razón para creer que C es verdadero” (2002: 37). De ese modo, en su opinión, el ejemplo que proponemos sería tanto una explicación como una justificación: por un lado, sería la explicación de por qué el pastel debería dejarse en el horno un poco más; y por otro lado, sería una justificación de la afirmación de que el pastel debe dejarse en el horno un poco más. Sin embargo, es posible explicitar condiciones que permitan distinguir cuándo este acto de habla cuenta como una justificación, y cuándo es una explicación.

Evidentemente, para habérnoslas con este ejemplo no podemos simplemente apelar al criterio según el cual, en la justificación, la verdad de lo que se justifica están en cuestión, mientras que en la explicación la verdad de lo que se explica no está en cuestión sino dada como un dato: en principio, el aprendiz puede estar formándose la creencia de que debe dejar el pastel en el horno un poco más, justo a la misma vez que se forma la creencia de que no está en su punto todavía.

Sin embargo, parece claro que si el aprendiz es capaz de entender la actuación del hablante como una justificación, tendrá que dar por supuesto que el pastel no está en su punto todavía, mientras que si lo que hace es interpretarla como una explicación, lo que haría sería juzgar directamente, y como un todo, que el pastel debería estar en el horno un poco más para estar en su punto.

Como veíamos más arriba, al explicar C, el hablante se limitaría a hacer una afirmación sobre cierto hecho como un todo, es decir, avanzaría la hipótesis que conecta al explanans C con su explanandum. Tal explicación será adecuada en tanto en cuanto la afirmación que la constituye sea en sí misma plausible, verdadera o aceptable. De ese modo, lo que hacemos al explicar es explicar hechos. Por el contrario, al justificar que C, el hablante tiene que poner en relación la verdad de su afirmación con una condición, a saber, la razón que alega, la cual, se supone, se cumpliría de hecho. Una justificación es correcta en el caso de que el hablante cumpla con esas condiciones, las cuales involucran no sólo que la condición a la que vincula la corrección de su afirmación sea verdadera, sino también la propia configuración de esta condición como una condición

para que su afirmación sea correcta. Es decir, lo que hacemos al justificar es justificar

afirmaciones o creencias. Como veremos en el Capítulo IV, las razones en la argumentación son actos de habla de segundo orden, y es apelando a este tipo de actos que podemos distinguir entre el acto de habla de afirmar que C y el acto de habla de

establecer que C. La justificación, al contrario que la explicación, se compone de este tipo de actos de habla de segundo orden. En ese sentido, mientras que la explicación sería un tipo de afirmación, la justificación sería un medio para establecer que cierta afirmación es correcta.

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