JACQUES TOURNEUR, La noche del demonio (T.O. Night of the Demon, 1957). Guión de Charles E. Bennett y Hal E. Chester. Columbia Pictures y Sabre Films. Blanco y negro. 95 mins.
Personalidad típicamente inglesa, Montague Rhodes James (1862-1936), tuvo una ilustre carrera académica desarrollada entre la Universidad de Cambridge y el elitista colegio de Eton. Hoy es recordado, sin embargo, principalmente como el autor que más ayudó a consolidar el cuento de fantasmas o, más genéricamente, el cuento gótico en la primera mitad del siglo XX.
James, lector voraz de libros antiguos desde su niñez, fue él mismo alumno de las instituciones en las que trabajaría como adulto. En 1905 llegó a ser el preboste (o administrador principal) del King’s College de Cambridge, donde se había especializado en la investigación de los textos apócrifos de la Biblia y de manuscritos medievales ilustrados, y en 1918 pasó a ocupar un puesto similar en Eton. Autor cultísimo, prolífico, sociable, viajero y también soltero empedernido James llevó una vida puramente académica coloreada por los relatos góticos por los que hoy es conocido. Éstos fueron fruto en muchos casos de la tradición navideña de origen victoriano, según la cual no hay Nochebuena completa sin que
64 los reunidos cuenten historias de miedo al calor de la chimenea. James, escéptico respecto a lo sobrenatural, parece haberse interesado en los fantasmas a partir de una figura del clásico espectáculo inglés de marionetas Punch and Judy que le impresionó de niño. Su toque especial como autor gótico consiste en partir de la realidad más creíble para ir envolviendo a espectadores y lectores poco a poco en su reverso pesadillesco, ejerciendo un total control sobre su material narrativo.
No se sabe con certeza de dónde deriva la tradición inglesa de la historia de fantasmas que James practicó pero sí es cierto que su consolidación como género atractivo para todo tipo de escritor se debe al Cuento de Navidad de Charles Dickens (1843). Muchos ilustres victorianos se sumaron a la moda de narrar historias góticas pero fue sin duda el otro gran James–Henry–el que le dio el giro más impactante con su terrorífica novela corta Otra
vuelta de tuerca (1898). M.R. James, sucesor en tono y materia del autor irlandés Joseph
Sheridan Le Fanu (1814-73), cuyos textos editó, pertenece cronológicamente a un período de extraordinario florecimiento del cuento gótico que llega hasta los años 30 del s. XX. Fue entonces cuando, pese al fervor de escritores y lectores por el lado oscuro, académicos y críticos coincidieron en defender la absurda idea, derivada de una mala digestión del Modernismo, de que la Literatura ‘seria’ excluye lo fantástico, condenando así al cuento de terror al ostracismo. Prueba de la debilidad de ese punto de vista es que entre las filas de autores góticos de la primera mitad del siglo XX se encuentran nombres como los de los refinados escritores Karen Blixen, Elizabeth Bowen, E.M. Forster, Evelyn Waugh, Edith Wharton (incluso William Faulkner) junto a literatos de menor peso pero gran atractivo como Lord Dunsany, Lafcadio Hearn, William Hope Hodgson, H.P. Lovecraft, Arthur Machen o George Oliver Onions.
James publicó sus aproximadamente cuarenta relatos inicialmente en revistas de la Universidad de Cambridge. Los volúmenes que los recogen son Historias de fantasmas de un
anticuario (1904), en el que destacan el soberbio relato “Oh, silba y acudiré, muchacho mío”
y “El tesoro del Abad Thomas”, Más historias de fantasmas de un anticuario (1911), que incluye “El arte de echar las runas”, A Thin Ghost and Others (1919), A Warning to the
Curious (1925), y Wailing Well (1928). La primera edición de las historias completas es de
1931 pero no fue hasta los años 80 cuando se reconoció en su plenitud el talento de James, al tiempo que el estudio de la literatura gótica se asentaba en la universidad anglófona.
Como es de esperar, los relatos de James han sido el origen de adaptaciones televisivas navideñas como las realizadas para las series de la BBC Ghost Stories for
Christmas (1971-5) y, de la misma cadena, Classic Ghost Stories (1986 y 2000). Otras series,
en este caso sin vínculos navideños, como Spine Chillers (1980) y Mystery and Imagination (ITV, 1966 y 1968) se fijaron también en James, además de algunas películas para televisión como las dos dirigidas para la BBC por el insigne Tony Richardson en 1954, o la de 1968 de Jonathan Miller. James ha resultado ser mucho menos atractivo para el cine, ya que sólo dos largometrajes se basan en su obra: La chiesa (o La iglesia,1989), adaptación indirecta de “El tesoro del Abad Thomas” dirigida por Michele Soavi y escrita por el controvertido director Dario Argento, y La noche del demonio (1957) de Jacques Tourneur.
“El arte de echar las runas” fue objeto de una adaptación televisiva dirigida por Alan Cooke y escrita por Evelyn Frazer para la ya mencionada serie británica Mystery and
Imagination. Según parece esta versión es fiel al original de James a diferencia de la película
de Tourneur, que conserva del cuento en que se inspira el nombre del villano Karswell, el motivo de la tira de papel que contiene la maldición mortal escrita en runas y poco más. Los guionistas Charles Bennett y Hal E. Chester le dieron a la historia de James una pareja protagonista que tiene un cierto aire a lo Mulder y Scully, sólo que con los papeles invertidos: el psicólogo americano John Holden (Dana Andrews) no cree en lo sobrenatural mientras que su circunstancial pareja británica, la maestra de escuela y también licenciada en psicología Joana Harrington (Peggy Cummins), sí cree. Ella, sobrina de la primera víctima de Karswell (en esta versión líder de un culto satánico) y él, estrella invitada de una comisión científica dedicada a desacreditarlo, unen fuerzas en una investigación que parece en gran medida un Expediente X. Esto es así no sólo porque la inteligencia de Joana, sus impecables trajes y sus altos tacones recuerdan mucho a los de Scully sino también porque la estructura
65 narrativa de la película, con su impactante escena inicial y su alternancia entre la duda y la prueba, se acerca mucho a la habitual en la serie de Chris Carter (1993-2002, más secuelas).
Es más que posible que Carter conociera la obra del maestro Jacques Tourneur (1904- 1977), director francés afincado en los Estados Unidos que alcanzó la fama con Yo anduve
con un zombi (1934, según novela de Inez Wallace) y con la magistral La mujer pantera
(1942, escrita por DeWitt Bodeen). Tourneur era bien conocido por su tratamiento sutil del terror en la pantalla, estrategia de la que La noche del demonio hace gala excepto por el error cometido al mostrar en todo su risible esplendor al demonio del título en dos escenas cruciales de la película. Durante muchos años se dijo que el estudio le impuso a Tourneur la obligación de espantar al público con la visión de esta pesadillesca criatura pero hoy se duda de que esto fuera así. Pese al problema de si la película gana o pierde con estas imágenes, La
noche del demonio funciona bien, apoyándose sobre todo en el sólido trabajo del actor Niall
McGinnis como el cínico Karswell y en el de secundarios como Athene Seyler, que interpreta a su cándida madre.
Aunque la película es formalmente de nacionalidad británica y toda la acción transcurre en suelo inglés, el protagonismo del personaje del actor estadounidense Dana Andrews, que resulta un tanto inverosímil como psicólogo de renombre, indica que busca congraciarse con el público americano. Tal vez ésa sea la justificación para dejar de lado casi todo el material narrativo que la historia original ofrece y reemplazarlo con otra trama al tiempo similar y distinta. El acobardado Dunning, el hombre perseguido por Karswell en el cuento de James, es un tópico solterón y académico amateur inglés, un tipo que se refugia en su exclusivo club al sentirse acosado y casi se desmaya cuando consigue librarse de la maldición que pesa sobre él. Holden, en cambio, es un racional científico profesional, atractivo y cosmopolita que, como valiente americano, no se deja intimidar ni por las absurdas supersticiones de sus colegas británicos ni por las amenazas de Karswell. La formal amistad masculina surgida entre Dunning y el pragmático hermano del difunto Harrington es sustituida en la película por el constante flirteo entre Holden y su bonita (y no menos pragmática) amiga inglesa, a la que, por supuesto, conquista. Dunning sufre lo indecible sabiendo que le aguarda el terror más absoluto pero el escéptico Holden no llega a sentir verdadero miedo. Tras librarse de la tremenda muerte que Karswell había preparado para él simplemente concluye que “Hay cosas que es mejor no saber”, toda una declaración de (malos) principios para un científico.
A quienes no conozcan el relato de James, La noche del demonio les puede parecer más que satisfactoria como película de terror. Quienes sí lo conozcan echarán de menos la intensidad de algunas de sus espeluznantes escenas, tales como el espectáculo que Karswell da a los niños del pueblo (sustituido por simple magia en la película) o la noche en vela que Dunning pasa en su casa (ausente de la cinta), y se preguntarán por qué la tensa escena en el tren se ha diluido tanto. Hay que entender que el cine de los años 50 no podía reflejar en toda su crudeza los horrores que James describe pero sí podría haber transmitido la misma sensación de pesadilla del cuento. Si no lo hace es porque invita al espectador a identificarse con el escéptico en lugar de con el creyente mientras que James no deja en absoluto margen alguno para la duda, una vez superada la resistencia inicial de sus personajes. Como lectores, en suma, simpatizamos con el sufrimiento del perseguido Dunning de un modo que el incrédulo Holden no puede ni llegar a entender. Y en eso radica el éxito perenne de James.
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