Chapter 6 Picture Analysis
6.3 Experiments Picture Analysis using OpenCV
A medida que subía pegado a la pared me sentía ascender una colina en donde el aire se ha hecho irrespirablemente verde. En el tercer piso veía el larguísimo corredor con manchas de luz en la baldosa que caían desde los vidrios de las puertas de clase, como si los profesores muertos volvieran a pasearse en la penumbra con sus irónicos lentes gruesos. El aire negro conservaba todavía la inquietud de los alumnos que hacía poco habían bajado al patio.
-Esto está más solo que un baño.
Pedraza estaba sentado en el último tramo de las escaleras. A sus espaldas había delgadas cruces azules en la vieja puerta de la terraza. La puerta permanecía cerrada todo el año, y a través suyo se sentía el amplio espacio y el aire apelotonado.
-En el baño uno se ve las rodillas y los brazos como si fueran de otro...
Yo me sentaba en su mismo escalón, pasajeramente frío, apoyado en el zócalo, sin querer falta ni sobrar en la conversación. Pedraza me enseñaba una pequeña botella blanca, traslúcida. Del bolsillo de mi camisa sacaba también mi propia botellita, amarillo quemado como una miel.
-Es ron de la misma botella. Otra vez más y se dan cuenta.
-En mi casa las meten en el bar y nadie vuelve a acordarse.
Isaza llegaba al momento. Subíamos hasta los últimos escalones y nos apretujábamos junto a la puerta. Un lobo de viento había en la terraza. Estábamos solos como un frío abrigo en un alto perchero, saboreando orgullosos las diminutas botellas de propaganda que desde hacía un mes llenábamos a escondidas. Era un sabor amargo y fuerte, extraño al olor de la tiza, al húmedo vapor de los corredores, al sabor de los trozados espartillos...
En la botella de Isaza brillaba el verde de una menta que había robado en casa de su tía. La saboreaba lentamente como un jarabe, untando la punta de la lengua. Pedraza en cambio hacía fuerza para que nos los tomáramos de un trago.
-Vamos a ver el tablero moviéndose, y la letra del hermano Suárez, tan pulida, torcida como la de una muchacha del servicio...
Todo aullábamos de risa por lo bajo. Hipábamos como el viejo carro de libros en la biblioteca. En el ojo de Isaza crecía un rosado orzuelo con la punta amarilla. Hablaba con su párpado inerte.
-Mi mamá fue a buscar a mi tío a una pensión en Guayaquil. No estaba ni siquiera en la cama; tendido en el suelo sobre unos periódicos, privado como si llevara días sin dormir. Sobre una mesita había una botella de alcohol con gaseosa... Mi tío se volaba de la casa desde muchacho. A los meses volvía flaquísimo. Bebía por las noches y en la puerta se echaba a llorar. Hacía como un gato quejándose, hasta que mi abuelo se ofuscaba y lo entraba a empujones. El gritaba que no era una persona, ni un gato siquiera, y que sufría un hambre que no se le quitaba...
Las historias del tío Carlos se esfumaban en el aire espantado. Nos echábamos un trago para que la letra del hermano Suárez temblara.
Al día siguiente Isaza y yo teníamos las manos vacías. Subíamos las escaleras doblando lentamente las piernas como si por dentro el vientos nos abatiera un caprichoso arbusto. Abajo corría el agua tonta del recreo. Pedraza estaba de pie en el corredor, esperándonos.
-¿Dónde estaban? ¡Ya iba a empezar a hablar con las canecas!...
El corredor se ahondaba quince o más puertas de clase, cubierto del aire ahumado en el tristísimo incendio.
-La botella de ron se está acabando... -dije, disculpándome.
-Yo estoy enfermo del estómago – dijo Isaza, convencido. Hacía líneas grasosas con el zapato en la baldosa.
Pedraza jugaba con su botella transparente, pero aún no nos atrevíamos a subir el último tramo. El ojo loco de la botella era débil para movernos.
-Podemos tomar todos de la mía... De todas formas es mucho para mí.
-Mi primo dejó el colegio, trabaja con camiones y todas las noches pasa por la casa tambaleándose.
-...De pronto no podemos parar... -agregué, tartamudeando.
Pedraza permanecía callado, como si en un instante se hubiese dormido. Sin decir nada subió rápidamente unos escalones, se inclinó sobre la baranda y puso boca abajo la botellita hacia el vacío. El líquido transparente se torció como una cinta. El viento no quería dejarla tocar el primer piso. La tapó de nuevo y se la guardó cuidadosamente en el bolsillo del pantalón.
Los baldosines de los zócalos herían de lo fríos. En el corredor a veces teníamos los hombros blanco de luz, y en seguida estábamos envueltos en un negro polvillo. Pedraza iba cojeando adrede para que el
golpe del zapato rebotara. Como el susurro de un caracol, la puerta de la capilla estaba abierta. Dentro todo estaba dormido, menos los ojos enrojecidos y saltones de las veladoras. Isaza se había detenido a mirar. Parecía pensar algo que se le olvidaba en seguida. De pronto se trazó una bendición maquinal. Estaba asustado, como yo. Pedraza silbaba por lo bajo.
-“ ¡Vámonos, maricas!” – dijo.