Part C: Appendixes
Appendix 2: Expertise of the Audit Panel Members
El retrato de Rembrandt del padre del hijo pródigo me ayuda a comprender que ya no necesito echar mano de mi condición de hijo para mantenerme a distancia. Habiendo vivido mi condición de hijo en plenitud, ha llegado la hora de acabar con todas las barreras y descubrir que lo que realmente deseo es convertirme en el anciano que veo ante mí. No puedo ser siempre un niño. No puedo seguir poniendo a mi padre como excusa en mi vida. Tengo que atreverme a extender las manos en un gesto de alabanza y recibir a mis hijos con compasión, sin tener en cuenta los pensamientos o sentimientos que tengan hacia mí. Ahora necesito descubrir lo que realmente significa ser un Padre misericordioso porque éste es el fin último de mi vida espiritual, como queda expresado en la parábola y en el cuadro de Rembrandt.
Primero, debo tener en cuenta el contexto en que Jesús contó la historia del Lucas escribe: (Lc 15,1-2) Pusieron su legitimidad de maestro en cuestión, criticando su proximidad con los pecadores. Como respuesta, Jesús les cuenta las parábolas de la oveja perdida, la moneda extraviada y el hijo pródigo.
Jesús deja claro que el Dios del que habla, es un Dios de misericordia que da la bienvenida y acoge encantado a los pecadores arrepentidos. Así pues, tratar y comer con gente de mala reputación no contradice sus enseñanzas sobre Dios, sino que, al contrario, hace que sus enseñanzas puedan vivirse en la vida diaria. Si Dios perdona a los pecadores, entonces aquéllos que tienen fe deberán hacer lo mismo. Si Dios acoge a los pecadores en casa, entonces aquéllos que confían en Dios también deberán hacerlo. Si Dios es misericordioso, los que aman a Dios deberán ser
misericordiosos. El Dios que Jesús anuncia y en cuyo nombre actúa, es el Dios de la misericordia, el Dios que se ofrece como ejemplo y modelo de comportamiento humano.
Pero hay más. Convertirse en el Padre celestial no es sólo un aspecto importante de las enseñanzas de Jesús; es el núcleo mismo de su mensaje. La radicalidad de las palabras de Jesús y la aparente imposibilidad de sus exigencias son obvias cuando son escuchadas como parte de una llamada general a convertirse y a ser verdaderos hijos e hijas de Dios.
En la medida en que sigamos perteneciendo a este mundo, seguiremos siendo víctimas de sus métodos competitivos y esperaremos ser recompensados por todo el bien que hacemos. Pero cuando pertenecemos a Dios, que nos ama sin condiciones, podemos vivir como Él. La gran conversión a la que nos llama Jesús consiste en pasar de pertenecer al mundo a pertenecer a Dios.
Cuando, poco antes de morir, Jesús reza a su Padre por sus discípulos, dice: (Jn 17,16-21) Una vez que estemos en la casa de Dios como hijos e hijas suyos, podremos ser como Él, amar como Él, ser buenos como Él, preocuparnos por los demás como Él. Jesús deja esto muy claro cuando explica que: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacéis el bien a quien os lo hace a vosotros, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quien esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente. Vosotros amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperar nada a cambio; así vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo. Porque él es bueno para los ingratos y malos. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso.» (Lc 6,32-36)
Éste es el núcleo del mensaje del Evangelio. La forma a la que estamos llamados a amar los seres humanos, es la forma como Dios ama. Estamos llamados a amar al prójimo con el mismo amor generoso que vemos en el retrato que hace Rembrandt del padre. La misericordia con la que se nos ama no está basada en la competitividad. En esta misericordia no puede haber competiciones. Si
vamos a ser recibidos no sólo por Dios sino como Dios, tenemos que llegar a ser como el Padre celestial y contemplar el mundo con sus ojos.
La persona de Jesús es más importante que el contexto de la paráola y que la parábola en sí. Jesús es el verdadero Hijo del Padre. Es nuestro modelo a seguir para llegar a ser como el Padre. En Él habita la plenitud de Dios. Todo el conocimiento de Dios reside en Él; toda la gloria de Dios permanece en Él; todo el poder de Dios le pertenece. Su unidad con el Padre es tan íntima y tan completa que ver a Jesús es ver al Padre. , le dice Felipe. Jesús le responde: (Jn 14,9)
Jesús nos enseña en qué consiste la verdadera condición de hijo. Es el hijo menor sin ser rebelde. Es el hijo mayor sin ser rencoroso. Es obediente al Padre en todo, pero no es su esclavo. Escucha todo lo que le dice el Padre, pero esto no le convierte en su criado. Hace todo lo que le dice el Padre que haga, pero es completamente libre. Lo da todo y lo recibe todo. Dice abiertamente: «Yo os aseguro que el Hijo no puede hacer nada de por su cuenta; él hace únicamente lo que ve hacer al Padre: lo que hace el Padre, eso hace también el Hijo. Pues el Padre ama al Hijo y le manifiesta todas sus obras; y le manifestará todavía cosas mayores, de modo que vosotros mismos quedaréis
maravillados. Porque, así como el Padre resucita a los muertos, dándoles la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. El Padre no juzga a nadie, sino que le ha dado al Hijo todo el poder de jugar. Y quiere que todos den al Hijo el mismo honor que dan al Padre.» (Jn 5,19-23)
Esta es la condición divina de hijo, la condición a la que estoy llamado. El misterio de la redención consiste en que el Hijo de Dios se hizo carne para que todos los hijos perdidos pudieran llegar a ser hijos e hijas como lo es Jesús. Desde esta perspectiva, la historia del hijo pródigo adquiere una nueva dimensión. Jesús, el Amado del Padre, abandona la casa de su Padre para acabar con los pecados de los hijos caprichosos y devolverlos a casa. Pero hasta su marcha, permanece cerca del Padre, le obedece y ofrece curación a sus hermanos y hermanas resentidos. Así, por mí, Jesús se convierte en el hijo menor y en el hijo mayor para enseñarme cómo convertirme en el Padre. A través de Él, puedo volver a ser un verdadero hijo otra vez y, como verdadero hijo, puedo llegar a ser misericordioso como lo es nuestro Padre celestial.
A medida que pasan los años, voy viendo lo difícil, desafiante y a la vez satisfactorio que es crecer hacia esta paternidad espiritual. El cuadro de Rembrandt excluye cualquier idea que pudiera hacer pensar que esto tenga algo que ver con el poder, la influencia o el control. Una vez tuve la ilusión de que un día todos mis jefes se irían y yo podría al fin mandar. Pero ésta es la dinámica del mundo, donde el poder es lo más importante. Y resulta fácil comprobar que aquéllos que durante toda su vida han intentado deshacerse de sus jefes, cuando por fin logren ocupar su puesto no serán muy diferentes a como fueron sus predecesores. La paternidad espiritual no tiene nada que ver con el poder o el control. Es una paternidad de misericordia. Y para comprenderlo en profundidad, tengo que seguir mirando cómo abraza el padre a su hijo. Continuamente me encuentro luchando para conseguir poder a pesar de mis mejores intenciones. Cuando doy algún consejo, quiero saber si se ha seguido; cuando ofrezco mi ayuda, quiero que me den las gracias; cuando presto dinero, quiero que se utilice a mi manera; cuando hago algo bien, quiero que se me recuerde. Puede que no me hagan una estatua, o una placa conmemorativa, pero vivo preocupado porque no me olviden, por permanecer en el pensamiento y en los actos de los demás.
Sin embargo, el padre del hijo pródigo no vive preocupado por sí mismo. Su vida, llena de tantos sufrimientos, le ha hecho un hombre que no siente ningún deseo de controlar. Sus hijos son su única preocupación; quiere darse a ellos completamente, y por ellos renuncia a todo lo demás. ¿Soy yo capaz de dar sin pedir nada a cambio, amar sin poner condiciones a mi amor? Cuando considero mi necesidad de que se me reconozca y de que se me aprecie, me doy cuenta de que tengo que librar una dura batalla. Pero también estoy convencido de que cada vez que consigo vencer esta necesidad y actúo libremente, puedo confiar en que mi vida puede dar los frutos del Espíritu de Dios.
¿Hay algún camino para llegar a la paternidad espiritual? ¿o estoy condenado a seguir tan atrapado en mi necesidad de encontrar un lugar en el mundo que acabaré utilizando una y otra vez la
autoridad del poder en vez de la autoridad de la misericordia? ¿Acaso el sentido de la competencia me ha invadido hasta el punto que veré a mis propios hijos como a rivales? Si realmente Jesús me llama para ser misericordioso como su Padre celestial es misericordioso, y si Jesús se ofrece a sí mismo como el camino para llevar una vida misericordiosa, entonces yo no puedo seguir actuando como si la competencia fuera la última palabra. Tengo que confiar en que soy capaz de convertirme en el padre que estoy llamado a ser.