DERIVA DE CONTINENTES
“Un día más, el sol se levantó en el horizonte para fecundar la nueva tierra. El rey los tenía como atributos, sentado en la gran piedra cúbica, protegido por el águila desde el espacio, apoyado por el león en la tierra; por sus venas corría la sangre roja del toro joven y en su mente terminaba un ciclo y renacía otro Para su trabajo le fueron encomendados el aire, la tierra, el fuego y el agua. Todo estaba preparado para una nueva transmutación.”
(ELEUZEL.)
En el capítulo primero de este libro contamos una historia inédita, una historia de género iniciático. En este nuevo apartado del libro volvemos a encontrar el relato perdido de la humanidad.
Eugenio Siragusa recibe telepáticamente las imágenes del fin de un ciclo geológico y humano en el planeta Tierra, un ciclo que ya había visto repetirse, un ciclo al que ya había asistido proféticamente.
El primer capítulo, constituido por un relato esotérico, se continúa aquí como un relato histórico.
Para algunos puede ser un relato de ciencia ficción. Ni afirmo ni niego. La ciencia ficción se queda muy corta a la hora de intentar describir hipotéticos cataclismos, hipotéticas luchas de culturas y generaciones, y en la mayoría de los casos resulta poco convincente.
Un iniciado como Julio Verne logró descubrir algunos misterios que con el paso del tiempo las ciencias positivas van ajustando a imágenes y acontecimientos reales.
No es nada extraño que otro iniciado de nuestro siglo nos traiga imágenes retrospectivas de la historia de nuestra humanidad, esta vez desprovistas de fantasía, ajustadas a los hechos que en su mente han sido cotejados como reales y verdaderos en un próximo pasado.
Ésta es una nueva historia inédita, dictada telepáticamente a Eugenio Siragusa.
En aquel remotísimo tiempo, toda la humanidad del planeta Lucifer (Tir en lenguaje sans) se sentía irremediablemente perdida. No quedaba ninguna esperanza de salvación, y era necesario huir lo más pronto posible.
Millares de naves espaciales estaban preparadas, y otras venían del planeta Marte y del planeta Saturno. El planeta Lucifer, condenado a una lenta y progresiva desintegración, estaba a punto de alcanzar su nivel crítico. Había que obrar prontísimo; el desastre final podía ocurrir en cualquier momento. La energía atómica que el hombre había desencadenado con tanta ligereza había creado una desintegración en cadena de algunos yacimientos de elementos
sensibles, existentes en dicho planeta. Ninguno podía detener el caos de una potente energía convertida en destrucción.
La Tierra se encontraba entonces en la órbita del actual planeta Venus, y este último en la órbita actual del planeta Mercurio. La cúpula terrestre se vio poblada de millares de transatlánticos espaciales, que hacían el trasvase de gente entre Lucifer y los planetas más próximos, es decir, la Tierra, Marte y Saturno. Estos eran los puntos más próximos donde podían encontrar salvación. No todos lograron ser salvados, y los que lo fueron no pudieron llevar consigo más que lo elemental para sobrevivir.
La Tierra, todavía en estado primitivo, poblada por enormes animales, no era del todo hospitalaria para el ser humano. De todos modos, resultaba remedio provisional en un momento tan desesperado, y se consideraba providencial su estado de evolución. Criaturas de ambos sexos y diferentes razas intentaron crear una sistematización en espera de acontecimientos, con miras a una supervivencia armónica. El tiempo de lo peor estaba próximo. Mientras millones de otras criaturas esperaban salvación, una visión apocalíptica tuvo lugar a los ojos aterrorizados de los que habían conseguido escapar: sobre el firmamento apareció un enorme resplandor en forma de cruz.
El cielo se había vuelto terso y aterrador. Una célula del universo había sido muerta y desintegrada por obra del hombre rebelde, por su desobediencia a las leyes del cosmos. Éste se encargó de cobrarse el precio de la culpa.
El caos que se produjo como consecuencia de la desintegración de dicho planeta fue enorme no sólo en la Tierra, sino en todo el sistema solar.
El sol vibró fuertemente, dejando salir de la propia superficie una enorme masa incandescente, que debía asentarse después en una órbita próxima y que nosotros con el tiempo llamaríamos Mercurio.
La Tierra, Marte, Venus, Saturno y todos los restantes planetas del sistema solar recibieron enormes choques. Mientras tanto, gigantescos peñascos (trozos de materia sólida) del planeta destruido se desviaron en todas las direcciones del espacio sideral. Muchos de estos pequeños mundos encontraron asentamiento definitivo orbitando en torno al planeta Saturno.
La sacudida en todo el sistema solar fue desastrosa. El planeta Tierra recibió también el impacto de uno de los enormes bloques del planeta destruido. La consecuencia inmediata fue la desviación de su eje magnético, más otros efectos: las erupciones volcánicas, hundimientos y elevaciones de la corteza terrestre, invasión espantosa de las aguas, movimientos telúricos de vastas dimensiones.
Los seres que habían encontrado temporal salvación en la Tierra fueron diezmados y sus medios completamente destruidos y sepultados por las aguas y las tierras en movimiento.
Los supervivientes no resultaron ser muchos, y la lucha por la supervivencia fue desesperada. En sus mentes, el trastorno del inmanente sufrimiento psíquico provocó la anulación completa de anterior personalidad.
Los infelices seres que sobrevivieron a tanta desventura tenían delante de sí un pesadísimo bagaje de enormes sacrificios para poder prolongar el nuevo camino de su existencia.
Lentamente, y después de mucho tiempo, se fue remansando en sus mentes el recuerdo y las imágenes de tal catástrofe cósmica. El recuerdo de haber venido del cielo no les abandonó durante milenios, y lo fueron contando de generación en generación como una enorme tradición histórica que señaló su procedencia y origen.
El tiempo, los milenios, se fueron sucediendo, y de las historias contadas por los padres a sus hijos se tejieron fábulas, sueños y fantasías que cobraron fuerza en las posteridades. Las nuevas generaciones eran totalmente diferentes en cuerpo y espíritu a las que habían venido del espacio exterior.
El asentamiento del planeta no fue armónico, sino violento en muchos casos. El reajuste de los continentes aparecidos y los movimientos de las aguas marinas provocaron a lo largo de las diferentes épocas nuevos cataclismos circunscritos al propio planeta Tierra, que causaron nuevas heridas en la mente de los habitantes del mismo.
Tantos acontecimientos desgraciados atormentaron la gran alma humana, amodorrada en el vértice de un triste pasado. Muchas veces afloraba, sin embargo, en la mente de los más evolucionados el impetuoso deseo de comunicarse con el cosmos para pedir respuestas a las preguntas que surgían dentro de su interior como imágenes vivientes y significativas.
Pero la cruz luminosa aparecida en el firmamento permaneció para siempre esculpida en lo más profundo de su pensamiento y de su corazón. Fue un signo que nunca pudieron desmentir y que en tantas circunstancias aparecía como un signo de invitación al arrepentimiento y al temor.
Los sufrimientos psíquicos, la lucha diaria con los elementos de la naturaleza joven del planeta y la defensa de las ferocísimas y enormes bestias que lo poblaban, fue una labor que les obligó a emplear toda su energía en detrimento del pensamiento. Sin embargo, de los sueños sacaron útiles enseñanzas y de la naturaleza los primeros medios rudimentarios. Los conocimientos fueron siendo más numerosos y los medios de supervivencia y desarrollo estuvieron a su alcance cada vez con más facilidad.
El tiempo fue trabajando a su favor, y el dictamen misterioso del Gran Saber se les fue revelando lentamente. De este modo comenzaron a vivir en contacto con la naturaleza misteriosa de la Inteligencia universal. De nuevo llegó el gran despertar de sus conciencias, y el hombre no pudo frenar por más tiempo la llama de su saber atávico, que había sido sepultado en un primer tiempo.
Pasaron milenios y milenios en una continua escala evolutiva, que permitió la multiplicación de las diferentes razas y la aparición de otras nuevas como consecuencia de los cruces.
No todo el tiempo fue feliz. A causa de las convulsiones periódicas del planeta, que continuó en su fase de asentamiento y reajuste durante milenios, los habitantes tuvieron que sobrevivir a la destrucción y a la muerte colectivas de modo periódico.
El paso del tiempo y su evolución habían templado su espíritu, y se elevaron hasta la cima del saber. Lo que siempre preocupó a los sabios fue la reminiscencia de un pasado atávico, es decir, la reminiscencia de una terrible
fuerza de dominio y de guerra que poco a poco se había vuelto a formar en el alma de muchos. El instinto del pasado se revelaba, aunque fuese de modo confuso.
El hecho de que la guerra fermentase nuevamente en el corazón de la gente, así como la utilización de la energía y el poder para actos negativos, preocupó a la infalible Inteligencia del cosmos, al igual que a aquellos habitantes de otros planetas, que iniciaron la exploración de nuevos mundos. Sabían el destino que había cabido en suerte a los habitantes del planeta desaparecido en el sistema solar y que se habían refugiado en la Tierra.
Hace varios milenios conocieron nuestro estado psicológico y pusieron de su mano cuanto fue posible para hacernos evolucionar más rápidamente. Para ello dejaron sobre la Tierra maestros insignes de cultura universal. Muchos de ellos vivieron largo tiempo sobre nuestro planeta y sacrificaron su vida con una pasión pura, angélica y santa. Sus enseñanzas y conocimientos fueron de eficacísima ayuda para mejorar progresivamente el proceso evolutivo de la raza humana. Su saber era infinito y sus conocimientos exactos.
Incluso en aquel tiempo se hizo conocer al hombre quién era verdaderamente Dios. Las convulsiones de nuestro geoide no habían terminado aún, y nuevos desastres se añadieron a los que habían tenido lugar hacía largo tiempo. La raza humana debió recomenzar nuevamente, pero esta vez con la ayuda de quien lo sabía todo de nosotros, todo desde el principio hasta nuestro tiempo actual. Ellos sabían quiénes éramos y de dónde habíamos venido. Nada se escapaba a su conocimiento, y tampoco la progresiva y malvada formación de instintos agresivos y negativos en nosotros, instintos que desarrollaban siempre acciones funestas para la evolución posterior del planeta y sus habitantes. Nos ayudaron, nos aconsejaron, nos acompañaron, pero debieron mantenerse necesariamente ocultos, escondidos con todo su conocimiento, en aquel tiempo tan incomprensible como hoy. Muchos de ellos se sacrificaron por nuestro bienestar y otros muchos hicieron obras maravillosas e inconcebibles para la gente contemporánea.
Su presencia y acción es titulada así por Ezequiel: “La primera visión de los querubines”. Después llega incluso a describir sus medios de transporte y su modo de presentarse ante el hombre hasta el versículo 24 de su libro. Estaban con nosotros porque querían a toda costa obrar el bien entre nosotros, que permanecíamos en cautividad.
El hombre y la cruz se convirtieron en un símbolo que debía mantener alerta y sacudir para siempre el alma humana, que debía conducir al hombre a la inaceptable verdad de su pasado, que le debía llevar a pensar, a comprender con toda convicción, las consecuencias que tiene la desobediencia de las leyes del cosmos.
El gran perdón y la paz fueron ofrecidos misericordiosamente al hombre. Pero una vez más éste no quiso comprender ni aceptar un cambio radical en su vida absurda e inconcebible.
De modo que tuvo que someterse a un nuevo ciclo de sufrimientos y mutaciones hasta que llegase a interpretar su verdadera naturaleza. Éste es nuestro tiempo, de un gran progreso material y de una enorme regresión
espiritual. Estamos implicados en una infinita reminiscencia que marca las cosas más impensadas y las edifica con desconcertante prontitud: aviones, energía atómica, nuevos mecanismos y conocimientos en todos los campos.
Estamos nuevamente en manos de una reminiscencia incontenible y peligrosa: la energía atómica. Ello nos ha puesto alerta y ha sembrado la alarma entre nosotros. El monstruo de inaudita potencia y destructiva violencia ha tentado nuevamente a la especie humana, y amenaza con repetir la ya vieja historia de nuestro sistema solar. Parece como si la mente humana estuviese en manos de esta caótica energía, como si una irresponsabilidad inmutable intentase emplearla cual medio de muerte y destrucción.
Por providencia para todos, la malvada intención de unos pocos y el susto de muchos han traspasado el océano inmenso del espacio sideral para llegar al corazón y a la mente de los justos, de aquellos que conocen la ley del universo mejor que nosotros.
Ha llegado el momento en el cual es imposible no comprender que nuestra soledad en el gran espacio ha sido sólo aparente, que en realidad nunca hemos estado solos desde hace muchos siglos.
Muchos fenómenos deberían hacernos comprender más profundamente que estamos en un estado suficientemente idóneo para aceptar verdades universales de mayor importancia que las que la historia nos ha dado a conocer.
Hay que admitir que una gradual, aunque lenta, predisposición existe ya en millones de personas. Ello, gracias a la indiscutible, precisa y metódica obra de los Hermanos Mayores que, como en el pasado, hoy más que nunca se prodigan con perseverancia y voluntaria abnegación.
Hoy es mucho más fácil comprender el sentido real de aquellas palabras de Ezequiel:
“Al mirar a estos cuatro seres, me fijé que en el suelo había una rueda al lado de los cuatro. El aspecto de las ruedas, su estructura, resplandecía como el crisolito. Tenían las cuatro la misma forma y parecían dispuestas como si una estuviese en medio de la otra. Al rodar iban en las cuatro direcciones, sin volverse en su movimiento. Su circunferencia era de gran altura y las llantas de las cuatro estaban cuajadas de ojos todo alrededor.”
(EZEQUIEL, I, 15-16.)
La descripción del profeta Ezequiel hoy es totalmente comprensible. Las naves venidas por el norte con sus tripulantes, en el contexto de nuestra cultura pierden su misterio y se convierten en una descripción de un hecho real. Sólo hoy estamos definitivamente preparados para comprender este y otros relatos de la Biblia, que reflejen “su” intención en el desarrollo de la humanidad.
Desde los tiempos en que Ezequiel hacía esta descripción de los extraterrestres y sus naves hasta hoy han pasado más de 3.000 años. En nuestro tiempo la visión de Ezequiel se repite constantemente, y la gente se pregunta: ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son?
Muchos habitantes de nuestro planeta están convencidos de la existencia de los extraterrestres. Muchos otros han visto personalmente aterrizar y cruzar el espacio a enormes velocidades pequeñas y grandes naves. Algunos incluso han podido ver a los tripulantes de dichas naves y han descrito sus trajes espaciales, su aspecto físico.
Muchos son los querubines, serafines y tronos que nos guardan, que escrutan atentamente nuestros propósitos, preparándonos para aceptar verdades más profundas que en los siglos pasados han permanecido como ideas confusas en nuestra conciencia.
Hoy, en nuestro mundo, la gran bestia de la cabeza de fuego se ha despertado amenazadora, implacable, airada, decidida a destruir y devorar todo sin piedad.
Todavía hoy silba velozmente sobre la faz del gran espacio sideral la imagen de un gran peligro. La intervención de los Hermanos Mayores se ha hecho indispensable y necesaria. El punto crítico ha marcado nuestro tiempo, y se necesita prevenir absoluta e inmediatamente el porvenir.
Ellos están de nuevo sobre la Tierra. Sabemos que es cierto. ¿Quiénes son? ¿De dónde han venido? ¿Por qué han venido? Quien tenga oídos, escuche; quien tenga ojos, vea.
No repitáis de nuevo la infantil pregunta: Si están, ¿por qué no se dejan ver en medio de las plazas públicas?
Ellos nos conocen desde remotos tiempos, y lo saben absolutamente todo de nosotros. Toda publicidad sería para ellos inútil y perjudicaría el programa de acción que están llevando a cabo sobre la Tierra. Saben lo que deben hacer, y en el momento oportuno toda la humanidad tendrá las pruebas. Los escarnecidos, aquellos que vieron y sintieron antes que los otros, serán los primeros en comprender la mayor verdad del universo. Éste será su más justo premio, porque en verdad los últimos serán los primeros.