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3. Theory

3.5. Explanatory factor 2: Multilevel governance

valores ordinarios, suficientes para una religión puramente humana, sino en valores extraordinarios, excepcionales, sobrehumanos, divinos... Que los silogismos de Warburton sean probatorios, puede discutirse; pero que hayan influido, esto lo prueban abundamentemente las réplicas de Voltaire.

Muy distinto era Joseph Butler, que, nacido de un padre pres- biteriano, murió siendo obispo anglicano; y salido de la disidencia, acabó en el conformismo. No por ambición, pues era sencillo y frugal, sin fasto, sin aparatos; sin otro fin en su vida que la busca de la verdad y la práctica de las virtudes cristianas. La naturaleza, la razón, las aceptaba como puntos de partida; y puesto que, siguiendo a Locke, no se quería aceptar nada que rebasara la observación del alma humana, construyó su demostración sobre el empirismo. De ahí su oportunidad, su fuerza, y el inmenso éxito de su libro: The analogy of Religion, Natural and Revealed, to the Constitution and Course of Nature (1736). La analogía de la religión, natural y revelada, con el ser y el curso de la naturaleza.

Decía que el más alto grado de la verdad es seguramente la evidencia demostrativa; pero que en nuestra vida cotidiana no re- curríamos a ella y teníamos que contentarnos con la evidencia probable; la cual, por una serie de grados, iba de la ligera presunción a la más fuerte certeza moral. Se puede suponer que habrá niebla en Inglaterra tal día preciso del mes de enero; es más probable que la habrá durante un día cualquiera del mismo mes; es moralmente cierto que la habrá en el curso del invierno. El hombre que observa el flujo y el reflujo del mar y afirma que se reproducirá el mismo fenómeno, sólo emite una hipótesis; pero como el flujo y el reflujo se han producido durante días, semanas, meses, años, siglos, podemos decir con seguridad que se producirán mañana. Este razonamiento, que no valdría para una inteligencia perfecta, capaz de conocer el conjunto de las causas y de los efectos, vale al menos para nuestras inteligencias limitadas. De hecho, la analogía determina nuestro juicio y dirige nuestros actos, como prueba la experiencia.

Asegura igualmente la legitimidad de la religión natural. El paso de un estado conocido a un estado desconocido: esta es, reducida a su última expresión, la creencia en la inmortalidad del alma. Pero esta idea de paso, ¿no está de acuerdo con las operaciones de la naturaleza, tales como se producen ante nosotros? Lo mismo que crisálidas se convierten en mariposas, que unos seres reptantes se transforman en seres alados, que unos gusanos perforan su capullo, que los pajarillos rompen la cáscara del huevo para

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sufrir las transformaciones más asombrosas, de igual modo, y por analogía, es probable que después de nuestra muerte carnal entremos en una nueva vida. La religión nos hace temer penas que serán el castigo de los crímenes, esperar goces que serán la recompensa de las virtudes; ¡pues bien!: así como nuestra intemperancia, en un plazo dado, nos hace pasar de una salud floreciente a una salud miserable, y nuestra buena conducta acaba por proporcionarnos fuerza y valor, del mismo modo es probable, es moralmente seguro que nuestras ofensas al Creador se traducirán en penas, que nuestra observancia de la ley moral se traducirá en goces.

En cuanto a la religión revelada —que sólo difiere de la religión natural porque satisface una necesidad de precisión que hay en nosotros—, la piedra de toque en que tropiezan los incrédulos es la mediación de Cristo. La mediación, ¿no es también uno de los hechos que presiden nuestra vida y que aceptamos con gratitud? Todas las criaturas nacen por mediación de otras criaturas y son alimentadas, defendidas, protegidas por ellas; todas las satisfacciones nos son proporcionadas por otros. Luego la venida de un mediador entre Dios y el hombre, la venida de Cristo, que se ha encarnado para lavarnos de nuestra mancha, debe esperarse y creerse por analogía.

Voz persuasiva, que agradó a los creyentes porque les hacía oír que no eran unos retrasados, y que podían pretender, también ellos, al nombre siempre deseado de modernos. Voz que sorprendió a los crédulos, en el sentido de que encontraban algunos de sus propios acentos. Reciocinio que sigue el método dado como el único bueno, la observación y la experiencia, Joseph Butler, obispo de Derham, tuvo la satisfacción de haber dado al público una especie de seguridad filosófica; la hipoteca tomada sobre la venta parecía tan fuerte, que el deísmo debía tenerse por vencido.

Se entrevé aquí, como una novedad que no se ha inscrito aún en la historia, y para hablar el lenguaje de la época, un cristianismo «ilustrado»: todo un movimiento europeo, un movimiento cristiano, que tiende a despojar a la religión de las estratificaciones que se habían formado alrededor de ella, a ofrecer una creencia tan liberal en su doctrina que nadie podría acusarla ya de oscu- rantismo; tan pura en su moral, que nadie podría ya negar su eficacia práctica. No un compromiso, sino la firme seguridad de que los mismos valores que durante dieciocho siglos habían fundado la civilización, valían aún y valdrían siempre.

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zo, se empezaría por recordar a los pensadores que comprendieron que el aristotelismo pertenecía a otra edad, aceptaron a Descartes cuando la generación precedente lo había desterrado, y le pidieron argumentos a favor de la espiritualidad del alma; pensadores y cristianos que frecuentaron y admiraron a Locke, negándose a seguirlo en su agnosticismo, pero explotando las riquezas psicológicas que había descubierto. Se citaría a los científicos, y del mayor mérito, el P. Boscovitch en Ragusa, Haller y Bonnet en Suiza, Euler en Alemania, que mostraron que el método experimental, le jos de llevar a la incredulidad, robustecía la idea de una finalidad. Se invocaría a los moralistas que recordaron al Príncipe que su poder, sólo se fundaba en un deber más riguroso, y que exigieron de él mucho más que lo que los filósofos le pidieron nunca: así el sabio, el piadoso Muratori, que no estaba tan sumergido en la erudición como para no mirar la vida, que alguna vez sintió la tentación de la duda, y que se refugió en su credo; los gobernantes sólo deben tener en cuenta el bien del Estado, seguir en todas las cosas la ley divina que prohíbe cometer el mal y ordena contribuir, al bien de todos, incluso al bien de los enemigos: haced a los demás hombres lo que querríais que hiciesen por vosotros. Pues el mejor remedio de los sufrimientos sociales, sin tantos tratados ideológicos, seguía siendo la caridad; y la norma única proclamada por los deístas, amaos los unos a los otros, no era suya, venía de Cristo. Se sacaría de la oscuridad la figura de los sacerdotes y los obispos que predicaron a sus ovejas la tolerancia, que denunciaron la superstición. Se contarían los santos que vio nacer el siglo XVIII.

No se olvidaría el esfuerzo de las Congregaciones. ¿Tomaremos el ejemplo de un jesuíta, profesor durante casi cuarenta años en el Colegio Luis el Grande, colaborador de las Memorias de Trévoux? Leyéndolo nos enteraremos de que el señor Locke es el primero de estos tiempos que ha intentado desenmarañar las operaciones del espíritu humano, y que no se ha dejado llevar a sistemas sin realidad; su filosofía parece ser en este punto, comparada con la de Descartes y Malebranche, lo que es la historia comparada con una novela. La filosofía razonable del P. Buffíer era la del sentido común, bastante fecunda para haber sido reanudada y desarrollada después, en Inglaterra, por Thomas Reid. Sus ideas sobre la vida social no eran ni medrosas ni retrógradas: la igualdad de naturaleza era un principio que no había que perder nunca de vista; eran las funciones las que eran desiguales, las de los súbditos y las de los príncipes, no los hombres. En todo, el P. Buffier sólo se proponía «seguir la claridad menos sospechosa de la inteligencia humana».

VI. La apologética 85 ¿Tomaremos el ejemplo de un benedictino? Es difícil no tener debilidad por el P. Feijoo, tan franco, tan robusto: se llama a sí mismo ciudadano libre de la república de las letras, y el nombre está bien puesto. Un tema favorito de los filósofos, en la primera parte del siglo, era el retraso de España en el camino de las luces. Pues el hombre que, desde su celda, la incitó al progreso fue precisamente Feijóo. No le faltaba el espíritu crítico, e incluso lo ejercía acerca de todo. Se dice que la décima ola es siempre la más fuerte. Veámoslo: no es verdad, es un prejuicio vulgar. Se dice que el heliotropo hace girar siempre su flor hacia el sol: es falso. Se dice que es peligroso tomar un alimento poco después de haber tomado chocolate; otro «se dice» que no resiste la prueba. Rechacemos los «se dice», no creamos más que los hechos bien probados. Enciclopédico, Feijoo era teólogo, historiador, hombre de letras, hombre de ciencia; admiraba a Bacon y a Newton, que representaban para él la verdad experimental; Descartes le parecía un genio temerario, pero un genio, y rompía una lanza en favor suyo si llegaba la ocasión. Reformador, no temía escribir contra los nobles que no justifican su privilegio, contra la lentitud de la justicia, contra la tortura. Patriota, no tenía nada más querido en el mundo que su país. Cosmopolita, era partidario de las más amplias comunicaciones entre los pueblos, de la abolición del espíritu de partido, de la paz universal. Y por ser todo esto era profundamente cristiano. Estimaba que se envilecía la religión con la creencia en los falsos milagros, con las prácticas pueriles, con el modo que se tenía de ligarla al pasado: no son los dogmas sagrados los que frenan el pensamiento y ahogan la ciencia, son esas autoridades usur- padas; y, por tanto, combatía el falso aristotelismo que había paralizado el pensamiento español y que, en pleno siglo XVIII, quería todavía mantenerlo embotado. Durante siglos y siglos, los que se llamaban filósofos se habían quemado las pestañas ante los textos de Aristóteles: ¡qué aberración! ¡Cuánto mejor hubieran hecho en estudiar la naturaleza! El que no emplea otro método que el de las discusiones escolásticas hace el juego del innoble Caco, que atrae astutamente a Hércules a su caverna, para hacer inútiles sus armas cegándolo con el humo que vomita. Por su parte, él no caería en esta trampa; limpiaría el catolicismo de las mercancías de contrabando que se habían introducido en el templo, Feijoo se sentía perfectamente cómodo a la vez en la tradición y en la novedad.

Integrar la novedad en la tradición; limpiar la enseñanza de las antiguallas de la escuela; los espíritus hacia la observación de los hechos; preconizar el culto de Bacon, de Newton; librar a los portugueses de su narcisismo; habituarlos a la crítica, al juicio per-

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sonal; despertarlos, excitarlos a recuperar su puesto en la vida intelectual de Europa: esto fue una gran tarea: fue la del autor del Verdadeiro Método de Estudar (1746-1747). El P. Luis Antonio Verney, franciscano, y sus sucesores fueron frailes también, oratorianos.

Si se quisiera hacer resaltar la figura más representativa tal vez de este catolicismo ilustrado, habría que escoger un sacerdote, Antonio Genovesi. Lo merece por la firmeza de su posición inicial, que es ésta: los pensadores que atacan la religión cristiana la conocen mal, y por tanto la deforman: para refutarlos es menester que se presente un hombre que la conozca en su interior, que la practique firmemente y que extraiga su espíritu. Desde entonces se pone a la tarea. A todos los que han tomado partido contra la religión revelada, los ha frecuentado, los cita si es necesario, sus páginas están llenas de su recuerdo; a todos los apologistas los ha leído igualmente; todos los problemas que la época se ha complacido en plantear y repetir, los ha estudiado por su cuenta, francamente: el origen de las ideas, la ley natural, el racionalismo y el empirismo, el optimismo. Defiende la doctrina cristiana mediante el conocimiento profundo que tiene de sus enemigos y de ella misma; la defiende también por medio de su acción.

Había sido peripatético en su juventud, buen disputador en pro y en contra. Ordenado en 1736, había llegado a Nápoles el año siguiente; era la época en que monseñor Galiani emprendía la reforma de los estudios: él en el partido de los reformadores. Fue cartesiano; después conoció el pensamiento de Locke y en parte lo aceptó. Profesor de metafísica, luego de ética en la Universidad, publicó, a partir de 1743, unos Elementa Methaphysicae que hicieron. época; ya no dejó de emplear el medio más seguro entre los que influyen sobre la vida: llegar al alma de los jóvenes. A sus alumnos les repite que no hay que jurar por las palabras de los maestros; que la creencia debe proceder de un examen racional; que no se la debe confundir con la beatería, que no hace más que ahogar la llama interior; que el catolicismo no teme enfrentarse con la filosofía moderna, ya para refutarla cuando se equivoca o para sacar partido de ella cuando está de acuerdo con la sabiduría. Todo se repite, pero de un modo más vivo, en materia de política, pues Genovesi contribuye a un desplazamiento de interés que es capital para Nápoles y para Europa: se trata menos de legitimar la razón de Estado, de remontarse a los orígenes teocráticos del gobierno civil, de consolidar la estructura del poder establecido, que de afirmar el derecho de los súbditos, de pedir las reformas que han de asegurar su felicidad. En la tierra napolitana, en que el feudalis-

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mo pesaba fuertemente, se produce una especie de acuerdo entre el príncipe y los súbditos contra el poder intermedio que es hostil a los intereses de uno y otros; Genovesi es uno de los que favorecen enérgicamente ese acuerdo. Por sus opiniones fue molestado, denunciado a Roma; no obtuvo la cátedra de teología que había deseado, pero no salió de la ortodoxia. No era un asceta; estaba bien de carnes y bebía con agrado el buen vino de Salerno. Pero en espíritu permaneció profundamente cristiano, y de todas las virtudes cristianas fue fiel a la más pura, a la caridad. Tenía costumbre de decir: «Yo adoro el Evangelio, cuya sustancia es amor. jQué dulce es esa palabra, amor! ¡Y qué feliz sería nuestra vida, sí ella sola reinase! »

Habría ocasión, por último, de seguir las transferencias del pensamiento cristiano, lo mismo que el pensamiento filosófico se traslada de nación en nación. Una de las más curiosas es la acción de las Scuole pie, de los escolapios de Italia sobre diversos Estados de Europa, ya se ejerza directamente, ya pase por los extranjeros que van a terminar o recomenzar sus estudios en Roma. Su influencia innovadora se extiende sobre Hungría, Alemania del Sur, Austria y sus posesiones, Polonia. Cuando ésta, a mediados del siglo, se moderniza,, a su vez y siente la necesidad de renovar los programas de sus escuelas, un escolapio, el P. Konarski, prescribe el estudio de Bacon, de Gassendi, de Descartes, de Malebranche, de Locke, de Genovesi, con el espíritu más liberal Sapere aude: esta era, ya lo hemos visto, la divisa de los innovadores, que querían hacer de la indagación de la verdad la ley única de su vida; pues bien, el rey Estanislao Augusto manda acuñar con la efigie de Konarski una medalla que dice en el exergo: Sapere auso.

Reunamos con el pensamiento a los obreros de la viña; imaginemos aquel ajetreo de hábitos negros, de hábitos blancos, de hábitos de sayal; recordemos, por su parte, a los clergymen y los obispos anglicanos; y a los pastores y a los profesores luteranos; y a los pastores de Francia; y a los laicos también; no olvidemos el sueño, siempre reanudado, de una conciliación entre católicos y reformados, de una unión de las Iglesias, que reuniría a los discípulos de Cristo, y podremos figurarnos, vista la vivacidad del ataque, el ardor de la defensa.

Capítulo VII

LOS PROGRESOS DE LA INCREDULIDAD. EL