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STUDY 4: CRITICAL PERIODS ASSOCIATED WITH CALLOUS UNEMOTIONAL TRAITS IN A LONGITUDINAL SAMPLE

4. Exploratory interactions between maternal and child-level variables

“La primera página que leí de Shakespeare me hizo suyo para toda la vida, y cuando acabé la primera obra, me quedé como un ciego de nacimiento a quien una mano milagrosa le hubiese devuelto la vista en un instante”. Esto declaró

el joven Wolfang Goethe en una olvidada conferencia que dictó prematuramente hacia el año 1771. Desde esa inicial admiración de los veintidós años, nunca, hasta los últimos momentos de su vida, dejó de expresarse en se- mejantes términos; comprensiblemente amaba a Shakes- peare más que a su perro.

El libro de Johann Peter Eckermann “Conversacio- nes con Goethe” (Editorial Océano) recoge muchas de las opiniones del autor de “Fausto” acerca de aquel enig- mático vecino de Stratford de quien Víctor Hugo dijo que se trataba de un dios con el solo defecto de haber sido mortal. En esos textos se nota que Goethe —cuyo romance con el teatro fue intenso, pero también mal co- rrespondido— ve en Shakespeare un ideal de artista que íntimamente sabe que nunca podrá alcanzar.

Siempre que me cruzo con estas páginas me conmue- vo. Me maravilla, me admira la humildad serena con que el escritor alemán se quita el sombrero ante las obras del inglés; es una actitud que de un modo más o menos vi- sible denota la frustración de alguien que nunca consi- guió dotar a la escena de ese fuego y de ese fluir que son propios de la inmediatez de la vida. Para bien y también para mal, el teatro de Goethe se halla mediado por las tesis filosóficas que están en su base, y por lo tanto su ex- presividad en ocasiones aparece cercenada y por momen- tos emerge con una artificialidad que no es propia del instrumento lírico que tan deliciosamente suena en sus poemas y en la mayoría de sus prosas. En todas sus piezas dramáticas —aun en ese monumento metafísico que es “Fausto”— hay una cierta y mal controlada pesantez de espíritu y no pocos expedientes que apelmazan la formu- lación escénica; y, casi sin excepción, cuando con mucho empeño se consigue sortear esas objeciones, todavía se echa de menos la energía y la inocencia del furor que traba cercano contacto con las zonas más entrañables de la gran dramaticidad que, pese a estar insinuada, jamás consigue alcanzar culminaciones dignas de arrebato o de iluminación.

Quizá el dramaturgo Goethe pagó muy caro tributo a las exigencias del marchito clasicismo de su tiempo, y, en consecuencia, tampoco supo adaptarse con como- didad a las transformaciones que él mismo propuso y proclamó en las noches locas del Sturm und Drang y de las consiguientes rupturas que vinieron de la mano de los románticos plenos. Sus contemporáneos Hugo y Schiller empezaron después y en ese campo supieron llegar más lejos; a Goethe le costó desembarazarse de esa suerte de

imperativo categórico de su época que obligaba a todos los autores (el caso de la narrativa de Samuel Johnson es quizás el más elocuente; en menor medida podemos aludir también al ejemplo del discreto y exitoso drama- turgo Voltaire) a tomar a los personajes no como cria- turas contradictorias y decididamente humanas sujetas a conflictos, sino como complejas esquematizaciones de conceptos en situación de debate. Hugo y Schiller, quienes nunca ocultaron sus afanes filosóficos, puestos a escribir teatro tuvieron la precaución de morigerar esas inquietudes categoriales y se entregaron con más placer que razón, con más gozo que moral, a la aventura de meterse en los resquicios más hondos de la vida. Goethe también quiso eso; tenía con qué hacerlo, pero no llegó a tanto. Su genio lo gastó, con felicidad, en todo lo que no fuera el teatro.

A su joven amigo Eckermann le confiesa el anciano Goethe que siente una pasión sin reservas por la creación de Shakespeare, y que reconoce que los horizontes que aquel horadó jamás podrán ser recorridos por la palabra humana. Según el registro correspondiente a la Navi- dad de 1825 —esa mañana Eckermann fue a visitar a su maestro y amigo y compartieron una entretenida y desordenada charla— Goethe estaba muy impresionado por el tamaño de la profundidad de Shakespeare.

Cuenta nuestro paciente autor: “me mostró Goethe

una magnífica obra inglesa en que estaba representado todo Shakespeare en grabados de cobre. En cada página había seis grabados pequeños de uno de los dramas, con algunos versos debajo, de manera que se tenía a la vista la idea principal y las situaciones de cada obra”. Explica que Goethe, con

esas figuras una y otra vez tratando de comunicarle hasta qué punto se sentía sobrecogido por la evocación de esas piezas. Y cuando ya sobrepuesto de la intensa emoción pudo hablar, le dijo: “viendo estos pequeños grabados, uno

se asombra. Sólo así se comprende lo infinitamente grande y rico que es Shakespeare. No hay ningún tema de la vida humana que no haya tratado y desarrollado. ¡Y todo con igual soltura y libertad! No puede hablarse de Shakespeare; cuanto se diga es insuficiente. En mi Wilhelm Meister he dicho algo de él; pero eso no significa mucho. No es un autor teatral; nunca pensó en la escena, que era demasiado estre- cha para su enorme espíritu; hasta el mundo entero visible le resultaba estrecho”.

Aclamaciones a Shakespeare ha habido muchas, desde el temprano poema de su colega Ben Jonson. Está el mag- nífico prólogo del Doctor Johnson a sus obras completas y las buenas palabras de Schlegel; está la excelente biogra- fía intelectual de Víctor Hugo; hay páginas encendidas de Oscar Wilde, controversiales de James Jayce (en el célebre capítulo noveno de “Ulises”), muy informadas de Frank Harris, meditadas de T.S. Eliot y hasta divertidas y certe- ras de George Bernard Shaw, que escribió una exquisita comedia a propósito del enigma de los sonetos. Todos es- tos son aportes reveladores o interesantes o simplemen- te encomiosos, y en tanto tales, no dejan de suscitar un cierto contagio en nosotros, sus lectores. Pero la honesta declaración de Goethe sobrepasa todas las apologías que se han escrito o se están por escribir, y ello por una muy sencilla y clara razón: provienen de alguien que tuvo e hizo los méritos suficientes como para disputarle la silla entre los grandes del mundo.

Presumo que el demonio de Fausto, queriendo saber- lo todo, debe haber mordido para nada, sin encontrar nada vivo entre sus dientes, el alma decorosa de Goethe. Y si uno va en dirección de los detalles de su genio, en rigor no cuesta entenderlo y no cuesta disculparlo; tam- poco cuesta aceptar su abatida frustración. Goethe fue un coloso para abarcar el mundo y para pensarlo, pero (el drama es que nunca lo ignoró) no tuvo fuego, no tuvo rencores que expiar o memorias que esconder. Por eso toda su obra dramática, magistral en los museos, es apenas un breviario ante los gigantes nervudos que logró concebir Shakespeare.

El amable Goethe fue tan políticamente cordial y co- rrecto, tan adecuado a la normativa del fatal siglo que lo prohijó, que acabó perdiéndose entre los pliegues de fascinantes especulaciones intelectuales; Shakespeare, en cambio, intuyó o padeció desde el propio vientre a la bestia que todos llevamos dentro. Para pintar el tenebro- so espectáculo no tuvo otra mediación que su desengaño y su palabra alada. Goethe lo admiró, lo admiró mucho por ello e igualmente, sin querer equiparársele, meditó finamente sobre el poder; pero fue Shakespeare quien le hizo visible al mundo qué es el poder, de qué se trata esa manzana podrida y deliciosa, esa sensual villanía acerca de la que sosegadamente Goethe estuvo pensando de vez en cuando en algunos insensibles hiatos de su templa- da existencia, pero cuyo gusto real jamás probó y jamás consiguió limpiamente comunicar.