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José de la Luz y Caballero se encargará de preparar a los cubanos para el logro de su independencia. La educación será el instrumento. Él tampoco es partidario de la violencia; quiere una Cuba que alcance su libertad por el camino del progreso. “No soñó nunca —dice uno de sus discípulos—, seguramente, en perturbar las conciencias, preparándolas para la acción inmediata y asoladora: ansió, por el contrario, iluminarlas en la verdad y serenarlas en la virtud, pero, al cabo, las perturbó, sin embargo” (Sanguily 1890: 16). Mediante su enseñanza “regó por todas partes gérmenes sublimes y fecundos de moralidad y de grandeza viril que habrían de desenvolverse en las almas y traer lógicamente un desacuerdo profundo entre la realidad y los principios y, luego, una aspiración a la armonía” (16).

¿Cuál fue la base de esta educación? La base lo fue la libertad de pensamiento en oposición a todo dogmatismo ideológico. Si se logra que los cubanos aprendan a pensar libremente también se logrará que aprendan a ser libres en el camino de lo político. De la independencia de pensamiento habría de derivarse la independencia política. Luz y Caballero enseñó a los cubanos a rechazar todo dogmatismo ideológico. Si se logra que los cubanos aprendan a pensar libremente también se logrará que aprendan a ser libres en el camino de lo político. De la independencia de pensamiento habría de derivarse la independencia política. Luz y Caballero enseñó a los cubanos a rechazar todo dogmatismo, y con esto les enseñó a desear la libertad política de su patria. Educaba hombres para la libertad, que habrían de reclamar plenamente en un futuro muy próximo. Uno de sus biógrafos y amigos dice de él: “Se ha sostenido con estupor de cuantos conocimos íntimamente al señor Luz, que éste educaba a sus alumnos en el odio a España, y que a él se debe la revolución actual de la isla de Cuba. Pero no hay tal — agrega—; el lema del maestro era: ‘Ni guerra ni conspiración de ningún género’. Él quería el progreso, y progreso en el más alto grado posible; pero quería que se consiguiese como se consigue en Inglaterra, sin sacudidas, sin violencias, sin trastorno, sin efusión de sangre?” (Rodríguez 1874).

Un español, don Marcelino Menéndez y Pelayo, se refiere a él como un enemigo de España, como un separatista y agitador. Dice de él: “Don José de la Luz y Caballero, hábil director de colegios, gran propagandista del filosofismo y separatismo entre la juventud de la grande Antilla, que le venera como a un Confucio”. Y a continuación: “Educó a los pechos de su doctrina una generación entera contra España, creó en el Colegio del Salvador un plantel de futuros laborantes y de campeones de la manigua” (Menéndez y Pelayo 1911). En efecto, de sus aulas habrían de salir los directores de la revolución cubana de independencia; pero sin que él les hubiese hablado nunca de guerra o violencia. Ésta tuvo que llegar cuando los cubanos, anhelosos de sus libertades, se dieron cuenta de que no había otro camino, cuando vieron que era imposible una revolución semejante a la de las colonias inglesas. Frente a España, pese a todas las experiencias aprendidas en las repúblicas hispanoamericanas que alcanzaron con anterioridad su independencia, no cabía otro camino que el que éstas habían tomado en su oportunidad.

Luz y Caballero quiso, antes que nada, independizar a los cubanos de los malos hábitos que le había impuesto la metrópoli. Por esto proponía “abrir nuevas carreras a la juventud de nuestra patria condenada a consagrarse exclusivamente al foro, a la medicina, o a la holganza; difundir los conocimientos químicos para perfeccionar la elaboración de nuestros frutos y aprovechar nuestras ventajas naturales; facilitar la adquisición de luces para toda empresa que descanse en las nociones de las ciencias físicas y matemáticas y contribuir al adelanto de las artes liberales y mecánicas” (Luz y Caballero 1838). La educación de la juventud cubana debía ser enfocada hacia la realidad propia de Cuba. “¿Cómo puedo yo saber lo que es deber —decía el maestro cubano— si ignoro lo que piden los casos y las cosas? ¿No es esta exigencia de las circunstancias en lo que se cifra el orden y concierto del mundo moral? ¡Qué! ¿Por ventura la humana naturaleza no tiene leyes como toda naturaleza? Luego la ley del deber, lejos de oponerse al principio de la mayor utilidad, encuentra en éste su más firme apoyo. La una es el precepto, el otro es la teoría” (Sanguily 1890: 59).

Primero la realidad, después las ideas. Antes del deber moral estaba la realidad, dentro de la cual había de ser válido este deber. Esta misma idea la sostenía también Luz y Caballero en otro lugar al sostener que el estudio de la física debía preceder al estudio de la lógica. “Empezar por la Física —decía— o en general por las Ciencias Naturales es empezar por el principio: el hombre naturalmente se siente arrebatado a la contemplación de los objetos externos por el sinnúmero de sensaciones con que ellas asaltan sus sentidos: así forzosamente ha de ser naturalista antes que ideólogo; primero ha de comenzar por lo de fuera que por lo de dentro: mejor dicho, no puede conocer su interior sino precisamente en virtud del conocimiento exterior” (Luz y Caballero 1878-1883). Partir de la naturaleza a la ideología es partir del mundo conocido al desconocido, de la realidad que nos es dada a la realidad que tenemos que alcanzar. Ésta es la razón, dice el maestro cubano, por la cual el método de las ciencias naturales ha sido llevado a las ciencias morales. “Han tratado —los ideólogos y psicólogos— aquéllas en ciencias de observación y, si es posible, de experiencia”. La lógica debería también tener esta base, la realidad. “¿Quién podrá negar la importancia de la lógica — decía— o mejor dicho de los estudios filosóficos? Pero no una lógica de puras reglas tomadas a crédito o sobre las palabras de un maestro, sino una lógica que se funde en el espíritu de observación. Primero es observar que deducir; primero es recibir impresiones que reflejarlas; primero es andar que explicar la marcha” (Luz y Caballero 1878-1883).

Tales ideas tenían que reflejarse en los discípulos de Luz y Caballero en un sentido positivo para la realidad cubana y negativo contra toda ideología o poder político ajeno a ella. Quien pedía a los jóvenes que sacudiesen todo yugo o autoridad ideológica estaba también pidiendo que se sacudiesen de toda clase de yugos o autoridades ajenas a su realidad, incluso los políticos. “Es necesario —decía— tener ya la razón sumamente fortificada para poder sacudir el yugo de la autoridad en cualquier forma que se presente. ¿Y qué forma más terrible para el endeble entendimiento de los discípulos que las palabras del maestro? A los maestros se debe respeto; pero no fe [...] Mi ánimo ha sido a un tiempo demoler la autoridad, y poner coto a la presunción” (Luz y Caballero 1878-1883). Demoler la autoridad, sacudir el yugo de la autoridad en cualquier forma que se presente: he aquí la fórmula de Luz y Caballero en su educación para la libertad de los cubanos. De la independencia mental se habría de pasar fácilmente a la independencia política.

La realidad cubana habría de ser la piedra de toque de cualquier filosofía o ideología que se quisiese arraigar en Cuba. Ésta era una realidad con derechos y destino propios; cualquier filosofía o ideología que contradijese o estorbase en alguna forma estos derechos y este destino debería ser desechada. Primero la realidad, luego las ideologías. Luz y Caballero sería fiel a esta máxima. No enseñaría a los jóvenes cubanos nada que fuese contrario a lo que su realidad necesitaba. Durante su estancia en Alemania conoce la filosofía idealista de Schelling, Fichte, Kant y Hegel; pero, a pesar de conocerlos, nunca habla de ellos a sus jóvenes discípulos. “Nadie mejor que yo —decía el maestro— podía a mansalva haber recogido mies abundante de Alemania, y aún haberme dado importancia con introducir en el país el idealismo de esa nación a quien idolatro; pero he considerado en conciencia [...] que podía más bien dañar que beneficiar a nuestro suelo” (Piñeyro 1903: 188). Sobre cualquier vanidad o diletantismo estaba la realidad cubana. Luz y Caballero no podía aceptar ninguna filosofía que en alguna forma justificase una autoridad ajena a la realidad de su patria, ningún conformismo con formas

ajenas a ella. No podía pensar con Hegel: “Si la realidad no se adapta a las ideas, peor para la realidad”; todo lo contrario, peor para las ideas si éstas no se adaptaban a la realidad.