Cuando Ninurta despertó, Tashmetu no estaba a su lado. Recordó la urgente y precipitada unión, se alegró pensando en días y noches más despaciosos, y sonrió. Luego bostezó y miró a su alrededor. Muchas cosas del cuarto le eran familiares: el viejo y pesado arcón de Keret, dos tapices que también en Ugarit habían decorado el dormitorio, pero también su propia mesa de madera negra tallada, la silla de tijera de suave cuero con incrustaciones de marfil, el estante con las tablillas de escribir, los rollos de papiro y otras cosas que le pertenecían, o que le habían pertenecido antes de que Tashmetu tomara posesión de la habitación.
Se vistió y fue a la cocina, consistente en un saledizo (vigas, ripias, adobes) y en una cueva que había detrás. Tashmetu se encontraba ya allí, vestida con un faldellín blanco y un echarpe sobre el pecho; hablaba con Ubariya, el obeso y calvo príncipe de todos los cocineros. Parecían estar tratando de cosas importantes y misteriosas... Ambos susurraban cuando Ninurta apareció; Tashmetu trató de espantarle con movimientos de la mano, y Ubariya alzó sonriendo el hacha con que solía partir la carne y los huesos. Ninurta negó toda intención de querer molestarles en los preparativos del gran envenenamiento, y pidió la gracia de un desayuno.
Ubariya echó en una jarra cerveza caliente de una marmita, y la sirvió en una bandeja con pan y carne fría. Ninurta hizo un guiño a Tashmetu, salió al aire libre y se sentó a una de las mesas.
Le dejaron comer en paz; o todos estaban demasiado ocupados, o todos se habían puesto de acuerdo. Sobre el borde occidental del valle describía círculos una de las águilas; las cabras pastaban en zigzag en la ladera que había debajo, que reventaba de matorrales, flores multicolores yjugosa hierba. En alguna parte se oía un martillo. Vio un par de esclavos que llevaban bloques de arcilla a los cantareros, y ovejas recién esquiladas que parecían mirar malhumoradas.
Después del desayuno miró un rato a los niños, que intentaban una y otra vez embalsar el arroyo; luego recorrió el valle, saludó a los que aún no había saludado o no había saludado con suficiente atención, acarició al león manso de Kir'girim y dejó que los herreros le contaran cómo fundían el hierro, cómo lo convertían en barras, las limaban, mezclaban las limaduras con la comida de los gansos, las retiraban del estiércol y las volvían a fundir y forjar. Algo en el estómago de los gansos hacía el hierro más limpio y más duro. Shakkan le enseñó una espada, una de las varias que allí tenían.
-Es incomparable... es decir, sólo es comparable con las otras que también proceden de la mierda de ganso.
Ninurta sopesó la espada, la sostuvo en el brazo extendido y tocó el filo con el pulgar. -Está muy afilada.
Shakkan gruñó algo.
-Me ofendes, muchacho -diJo-. El mango es provisional; esta hoja necesita un mango fino, exquisito. Pero... -Miró a su alrededor y señaló una muñeca de cuero relleno de paja-. El cuero flexible es difícil de cortar, la paja cede a la hoja. Intenta decapitar esa muñeca.
Ninurta siguió su indicación y dio un mandoble sin demasiada furia. La hoja, al cortar el cuero y la paja, se deslizó casi sin encontrar resistencia, como un cuchillo afilado por una carne muy cocida.
-Si pongo esto en un plato de la balanza, los príncipes troyanos y aqueos pondrán oro en el otro, y más del necesario para equilibrarla.
Shakkan enseñó sus dañados dientes.
-Si me lo preguntas, es una lástima que sea para los aqueos.
En realidad quería hablar con DJoser, pero luego comprobó que realmente no quería hablar con él... Cuando volvió de la herrería a las viviendas, Tashmetu le salió al encuentro; sonreía muy maliciosamente, y señaló hacia la cocina.
-Allí están preparando exquisiteces, príncipe de mi lecho... para ti y para mí, para su goce lento y conveniente tras una larga separación. -Más seria, añadió-: Vamos a lavarnos, querido... sin aceites ni pomadas que falseen el sabor.
Ninurta la cogió por los hombros. -¿Qué estás preparando? Ella lanzó un beso al aire.
-Déjate sorprender.
Se bañó en la playa de la gruta, junto a los barcos sacados a tierra con los aparatos de Tsanghar; luego fue a la piscina de dos niveles que el pequeño arroyo alimentaba. Dos esclavos le ayudaron a limpiarse, le frotaron y almohazaron sin ponerle aceites ni ungüentos aromáticos. De vez en cuando pasaban otros habitantes de la isla, haciendo burlonas observaciones que patentizaban su envidia. Cuando hubo acabado, los esclavos le secaron y le envolvieron en un largo y suave paño. Uno de los dos desapareció, reapareció de inmediato y dijo:
-La señora está lista.
-Está bien. -Ninurta sonrió-. Os doy las gracias.
Se dirigió a la vivienda que había sido la suya y que ahora habitaba Tashmetu. La animaba, pensó; y seguía sin saber lo que le esperaba... sólo, que sin duda sería lo bastante exquisito como para borrar el recuerdo de la prisión, la fuga y los desiertos.
Los objetos más grandes habían sido sacados de la habitación para hacer sitio a un nuevo suelo: una gran manta de suave piel, que al parecer descansaba sobre cojines o montones de otras mantas, porque estaba a casi dos palmos del suelo propiamente dicho. Cuando Ninurta la pisó no ofreció resistencia, sino que cedió un poco, como la carne firme bajo las manos que la buscan.
Tashmetu estaba de pie ante mil bandejas y escudillas de madera. También ella estaba envuelta en un largo paño; sostenía en una mano dos cintas de color claro.
-¿Qué clase de hechicería es ésta, amor mío?
La sonrisa de Tashmetu se ensanchó cuando los dos esclavos que habían bañado a Ninurta aparecieron con paños claros y los tensaron sobre las ventanas y la puerta.
-Para que tengamos luz si queremos ver sin ser molestados. -Señaló con la izquierda a las claras cortinas; el paño que cubría la puerta se deslizó hasta el suelo con un susurro, una vez que los esclavos salieron-. Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?
-A ti. ¿Qué más necesito? -Oh, mucho más. Mira.
Ninurta se arrodilló entre las bandejas y escudillas. Vio pescado seco en forma de bastón, atún cocido en una salsa que olía a sésamo y hierba de dragón; atún asado con puerro en adobo; calamares, cortados en anillos y tostados; mejillones, ostras y cangrejos en distintos líquidos, con las conchas abiertas. Cordero asado con verdura y puré rojo de arándanos. Pollo asado. Codornices sobre un lecho de col en salmuera, rodeadas de uvas. Pichones y carne de ternera y puré de lentejas y melón, higos, dátiles; odres de vino y odres de agua. Yescudillas con otras cosas que ya no alcanzó a ver por separado, porque Tashmetu le alcanzó una copa en la que flotaban pequeños trocitos de algo que parecía descolorida carne, hierbas y ralladuras de plantas en un caldo denso y dulce.
-Bebe. Kir'girim y Kal-Upshashu lo han preparado. Vino y especias; y sobre todo trocitos de setas y ralladuras de bulbos. Hierbas. Aceite de sésamo. Eso y más.
Ninurta cogió la copa. Se sentía indefenso e ignorante, pero también expectante y tenso ante algo incomparable.
-¿Para qué el bebedizo?
-Volaremos, Ninurta, y nos amaremos sin cansarnos, y comeremos y beberemos todas estas delicias sin llenarnos ni sentir pesadez.
-¿He de beberlo todo, o lo compartiremos?
-Lo compartiremos. Tú primero. Y no mastiques los trocitos de setas, sólo trágalos. Ninurta bebió. A pesar de todos los aditivos suavizantes, el caldo sabía como los excrementos de un viejo demonio enfermo. Alargó a Tashmetu la copa y se estremeció. Ella la vació, la dejó a un lado y señaló las dos cintas de tela.
-Nos vendaremos los ojos el uno al otro en cuanto empiece a hacer efecto. -Su voz era como el más delicado terciopelo, erizado con el dorso de un cuchillo de plata-. Para gozar del sabor de todo... para gozarlo mejor. Y sólo cuando ya no podamos soportarlo nos quitaremos las cintas.
-¿Y hasta que empiece a hacer efecto?
-Mirar. Tocar. Hablar. O callar. -Se liberó del paño que la cubría y lo tiró lejos, hacia la puerta.
También el asirio se liberó del paño; empezaba a agobiarle. Sacudió la cabeza, que pareció perder su forma y empezar a temblar. Tashmetu le cogió de las manos.
Su mirada subió de los erectos pezones a los ojos, que le absorbían, le succionaban, reducían a cenizas el tiempo de la separación, en el que hurgaba la sombra de dragón de su memoria y ya no mordía ni rasgaba.
Ninurta quería sus labios y cubrirse con carne de cangrejo y salsa y vino para saturarla, y comer pechuga de pichón y aceitunas de la puerta de Ishtar, descubrir los pechos de Tashmetu bajo los puerros y el cordero. Era extraño cómo se fundían los colores, cómo los ojos en los que quería nadar descomponían la luz. Las palabras que formaba se convertían en pasta de sonido y volvían a hacerse abruptamente transparentes. Ninúrta no dejaba de reír y dijo que ella debía sentarse en la miel y darse la vuelta y... entonces el puño de un monstruo aferró su estómago, Cuando Ninurta (¿se llamaba él así?) jadeó en busca de aire, el puño desapareció y dejó atrás algo que podía ser una alfombra de ardientes capullos. El calor se expandió, alcanzó las puntas de los dedos y erizó cada pelo de su cuerpo.
Tashmetu se arrodilló ante él, lo arrastró hasta el suave y ondulante suelo de piel, que era el ala de un pájaro divino. Él le puso la venda y se la ató, luego Tashmetu hizo lo mismo con él, y él no vio nada más, pero tampoco era necesario ver, cuando se volaba y se veía el mundo abajo, hecho de agua amarilla y verde nieve y hombres de siete piernas y cuellos como grullas. Pero sobre todo no necesitaba ver para sentir cómo Tashmetu le tocaba para que pudiera alzarse más y entre las estrellas su cuerpo desnudo y la boca que ocultaba relámpagos húmedos; luego se marcó, de forma que no pudo mantenerse de rodillas y...
-Ay. -Algo duro, una escudilla, resbaló debajo de su cadera, y algo caliente le salpicó la piel.
-La madera no se rompe -dijo Tashmetu. ¿Era su voz? ¿Ese retumbar y aspirar? ¿Dónde?-. Por eso no hay nada que sea de barro. -La oyó a la derecha, y extendió la mano. Pelo, plumón de Ishtar. Otras escudillas o bandejas crujieron; de pronto le llegó la alegre risa de Tashmetu, llevada por un batir de alas, desde uno de los rincones superiores de la habitación, ¿o desde su espalda?-. Bueno -murmuró, zureó, exhaló ella, y él supo que se refería a la salsa vertida sobre su cadera.
Tiempo como puré de mijo. Peras contra esto y aquello y contra la sed. Exquisito, lamer una mus de lentejas en el ombligo de la amada. La codorniz, rellena de hierbas picadas, o embutidos envueltos en hojas de parra entre los pechos. Golosear la carne de cangrejo en la rabadilla; oír que el bastón no es (ni sabe a) pescado, porque no sabe a pescado; hojas de alcachofa y cominos, y anillos de calamar sacados con la boca de entre los dedos de los pies, cerezas en cualquier sitio, y sorber las ostras, y el vino del odre a reventar mezclado con miel, ¡oh los dátiles!, y elogiar a los cocineros, que no han puesto abrasadoras especias, y cacarear y batir las alas; en algún momento se soltaron los nudos de la venda, pero ya estaba oscuro, salvo la luz oscilante del candil de aceite del escritorio. A cuatro patas, gruñendo como un cochinillo, Ninurta reptó hacia la luz, se puso en pie vacilante y sostuvo la lámpara en alto.
Tashmetu, sin venda, en medio de carne, salsa y frutas, todos los colores de este mundo y algunos del inframundo, exquisitos colores jamás saturados y sedientos aromas y el placer de volar y derramarse y saborear la sonrisa. Ninurta apagó la lámpara y flotó hacia las rodillas de Tashmetu.
Durante algunos días le dolió; como si hubieran destripado su alma, frotado su ka con ásperos cepillos y vuelto a meter todo sin tener en cuenta que las distintas partes tenían que buscar sus lugares familiares entre una constante ulceración. Él no había contado con el retorno de Ninurta, y con que si el asirio venía, no habría disputa. Lo había aceptado, pero cuando Ninurta llegó y la babilonia le dio el cuchillo, todas las suposiciones se vinieron abajo y sólo le quedó el miedo. No a un combate: Djoser había tenido que salvar ya su pellejo en suficientes ocasiones. Miedo a destruir algo muy valioso. Sólo después comprendió que eso tan valioso no era una vida o el delirio de Tashmetu, llama que devora sin consumir, sino la amistad.
Pero aún quedaba otra cosa, una insuficiencia; nadie, ni siquiera él, había esperado ni un instante a que hubiera una elección y Tashmetu pudiera titubear. Él conocía demasiado bien al asirio, y sabía que Ninurta no recurriría a las armas ni reclamaría derecho alguno..., derecho en el que cualquier otro hubiera insistido. Cualquier otro excepto Ninurta, que no quería disponer sobre las personas. En caso necesario, también él traficaba con esclavos, a los que trataba mejor que los demás..., hombres que ya eran esclavos, y a los que después vendía o liberaba, según el caso.
Hasta ese momento los trataba como a mercancías valiosas. Luego, Djoser se dijo que quizá Ninurta no reclamaba derechos (fueran los que fueren) porque a nadie se le ocurriría
negárselos. Porque la mera idea de que Tashmetu pudiera decidirse por Djoser en vez de por Ninurta era infinitamente ridícula.
Cambió con esfuerzo el rumbo de sus pensamientos, pensó en negocios en vez de en sentimientos. Buenos negocios que Ninurta había hecho cuando renunciaba aparentemente a un buen negocio. Ocasiones en que deudores se habían ofrecido como esclavos al asirio; en dos de ellas había renunciado a todo pago, en las demás (campesinos tras una mala cosecha, artesanos después de un terremoto u otras devastaciónes) había prestado plata y acordado reembolsos parciales a lo largo de años. Probablemente a Ninurta no se le ocurriría imponer algo a una mujer. O a un hombre.
Cuanto más cavilaba, tanto mejor comprendía, y tanto más fuerte se hacía la sensación de insuficiencia, hasta que (al tercer día después del retorno del asirio, cuando su ka ya no dolía tanto) se dijo, medio en broma, que en todas las guerras de los hombres, del amor y del comercio, algunos habían nacido para caudillos y otros sencillamente tenían que estar allí para que los caudillos tuvieran a quién mandar.
Al segundo día, tras la breve conversación con Ninurta, Djoser empezó a prestar más atención a las personas que a sus palabras en las deliberaciones de los propietarios. Ninurta había ido a visitarle, le había hablado de la fuga y de las montañas y, para concluir, le había dicho: «Y en lo que se refiere a las cosas aquí, amigo mío, quiero darte las gracias. Tashmetu tenía que darme por muerto, tú la has ayudado y le has dado calor. Sólo espero que no sufras». Djoser negó que hubiera sufrido; por las noches, en el consejo, observaba a los otros, que antes habían sido transformados. Como si se hubiera levantado un velo que hasta entonces ocultaba algunas cualidades desagradables. Con Ninurta, el velo había vuelto a caer. Tarhunza, un monstruo de mujer que eructaba y bramaba, de repente hablaba a un volumen soportable y comía sin salpicar toda la mesa. Leucipe, un poco melancólica por la amenaza contra su ciudad natal, dejó de sentirse agredida por cualquier observación y de producir venenosos discursos. Cosas que durante el invierno habían conducido a la disputa una y otra vez se trataban ahora sin esfuerzo: quién iría a qué objetivos con qué mercancías, cómo se calcularían las pérdidas y ganancias del año anterior.
Por suerte, Djoser no tenía mucho tiempo para cavilar. Su nuevo barco aún no estaba listo, según le habían comunicado Tsanghar y el asirio. En algún momento, Tsanghar le llevó aparte y le dijo:
-¿Sabes cómo ha llamado a tu barco? Pistilo de Djoser. ¿Qué te parece?
A veces se preguntaba si Ninurta... pero luego decidía pensar en los asuntos pendientes. El asirio quería ir con Tashmetu en su barco y había puesto el Yalussu a su disposición; Minyas, que nunca había estado en Ugarit, partiría hacia allí con plata, compraría vino y aceite en la alargada isla de Keftí, navegaría hasta el país de losjuncos y las pirámides, cambiaría oro y viajaría haciendo escala en los puertos cananeos, sin revelar ser uno de los de Yalussu. Tarhunza dijo que quería atizar un poco más el odio a su estirpe, que la había rechazado por su fealdad, haciendo negocios con los odiosos hititas en perjuicio de aquéllos; iría a Ura pasando por Alashia y regresaría de puerto en puerto, a lo largo de la costa. Zaqarbal afirmó que el último viaje había sido tan aburrido que quería hurgar un poco en lo desconocido, primero a través de Kefti en el país de Micenas, luego de allí a los salvajes campos al oeste del país de los romet, donde Tolmides había pasado cómodamente el invierno o había desaparecido. Leucipe iría a Troya, donde también querían ir Tashmetu y Ninurta, y desde allí recorrería la costa norte hasta llegar al país de los aqueos. DJoser decidió viajar en sentido inverso y visitar Troya en el otoño.
Luego todo fue muy deprisa, cuando los vientos de primavera se hicieron más fuertes. Cargar, amarrar, despedidas, la habitual disputa amistosa con quienes se quedaban en la isla, y algunos acuerdos: eljuramento por todos los dioses de que nadie vería los maravillosos aparatos elevadores de Tsanghar, con los que todos los barcos iban equipados. Las ruedas cuádruples estaban ocultas en revestimientos de madera abiertos por arriba y por abajo para las cuerdas, y todos prometieron no permitir verlas a ningún extraño. Cuando Djoser fue el primero en salir de la gruta con el Yalussu, Ninurta le despidió haciéndole señas con una de las nuevas espadas.
-Te doy las gracias por la libertad, la comida, la bebida, el techo y el alegre trabajo -dijo Adapa; algo temblaba en torno a sus ojos-. ¿Por qué ahora quieres quitármelo todo y obligarme a un sofocante viaje por mar?
El rome Sokaris estaba en la ventana del ventilado y luminoso cuarto, cuyo mobiliario consistía tan sólo en mesas, taburetes de tres patas y estanterías. El señor de las listas agitaba
los delgados dedos de sus pies; luego metió el índice derecho en el enorme aro que adornaba su oreja derecha, y llenó de entristecidas arrugas lo que para un hombre de su edad (tenía cuarenta y seis años) era un rostro increíblemente liso.
-No querrás privarnos de este hombre sabio -dijo con su voz suave y profunda-. Acrecienta el bienestar de todos vosotros y nuestro tiempo libre.
Ninurta intentó acordarse de su última visita a la cámara de los contables. Hacía mucho tiempo; aun así, tuvo la vaga sensación de que algo había cambiado. ¿Menos tablillas en los estantes? ¿Menos rollos de papiro? ¿Menos confusión?
-Ilumíname, hijo del país de losjuncos -dijo-. ¿Qué puede aportar un gordo babilonio, con una media calva bajo la que no puede haber mucho cerebro, al éxito de la empresa?