5.3 ILP Based Routing Algorithms
5.3.3 Extension for Incremental Scheduling
Entre los factores personales que explican las variaciones en el afrontamiento se han señalado características sociodemográficas como la edad, el género y el nivel 88
socioeconómico (Pelechano et al., 1994; Augusto y Martínez, 1998; De Miguel y García, 2000). Mientras que el papel de la edad no ha quedado aclarado en las di- ferentes investigaciones y el nivel socioeconómico no parece relevante, las diferen- cias encontradas en función del género apuntan hacia una mayor eficacia, selecti- vidad y flexibilidad de las mujeres ante los cambios (Frankenhaeuser, 1982; Hyyp- pá, 1987), junto a una mayor utilización de la evitación, del afrontamiento centrado en la emoción y del apoyo social (Carver et al., 1989; Endler y Parker, 1990), frente a los hombres que utilizan más eficazmente el afrontamiento centra- do en el problema (Hovanitz y Koroza, 1989). Pero es necesario obtener más datos para poder sacar conclusiones al respecto.
En el área de la salud, Pelechano et al. (1994) y De Miguel y García (2000) ofrecen evidencia de las diferencias del afrontamiento entre los géneros. Mientras que los hombres tienen actitudes y acciones realistas hacia la enfermedad, centradas en la búsqueda de información, de tratamiento y de apoyo, las mujeres presentan una mayor utilización de estrategias de tipo emocional y de corte social. Sin embargo, hace falta obtener más datos para llegar a conclusiones definitivas en esta materia, considerando la influencia de las variables culturales y de personalidad.
Otros factores personales cuya importancia ha sido sugerida en la utilización de las estrategias de afrontamiento son la inteligencia, el nivel cultural, el sistema de valo- res (Krohne y Rogner, 1982; Aldwin y Revenson, 1987; Carver et al., 1989; Augus- to y Martínez, 1998), la religiosidad (Feifel, Strak y Nagy, 1987a, 1987b), el nivel de ansiedad inicial (Menaghan, 1982) y la presencia de psicopatología previa (Aldwin y Revenson, 1987; Hovanitz et al., 1989).
Sin embargo, las variables psicológicas son las que han tenido mayor protagonismo en los intentos por explicar las diferencias individuales de afrontamiento. Son muchos los constructos que se han señalado en el área de la salud para entender dichas dife- rencias, como por ejemplo la inflexibilidad (Wheaton, 1983), la eficacia personal (Bandura, 1977), el dominio (Pearlin y Schooler, 1978), la autoestima (Pearlin y Scho- oler, 1978; Carver et al., 1989), el patrón de conducta tipo A (Matthews, 1982; Vin- gerhoets y Flohr, 1984), la fortaleza (Carver et al., 1989), el patrón de conducta opti- mista (Parkes, 1984; McCrae y Costa, 1986; Scheier, Weintraub y Carver, 1986; Long y Sangster, 1993) y la ansiedad rasgo (Carver et al., 1989; Egloff y Hock, 1997), así como el sentido de coherencia (Antonovsky, 1979), la vulnerabilidad al estrés (Buen- día y Mira, 1993), la deseabilidad social (McCrae y Costa, 1986; Egloff y Hock, 1997), la inhibición y la afectividad negativa (Watson y Clark, 1984), la hostilidad (Friedman, 1992; Siegman y Smith, 1994) y la represión (Friedman y VandenBos, 1992), variables que pueden jugar un papel relevante en las reacciones al estrés.
Especial relevancia se ha concedido al locus como variable que explica las dife- rencias de afrontamiento y cuya importancia para la adaptación a la LM ya señala- mos en el capítulo anterior.
En este sentido, el locus ha sido un concepto central en muchas teorías psicoló- gicas sobre la adaptación a los sucesos vitales mayores (Jannoff-Bulman y Frieze, 1983; Taylor, 1983) y sobre el afrontamiento del estrés, especialmente en el cam- po de la salud (Miller, 1979; Parkes, 1984; McCrae y Costa, 1986; Carver et al., 1989; Pelechano, 1992, 1999). Thompson y Spacapan (1991) recalcan su papel favorecedor de la salud, derivado de su relación con el afrontamiento, el bienes- tar emocional, la competencia, la eficacia y la modificación de conducta. Varios son los argumentos que avalan la importancia del locus para el afrontamiento del estrés en el área de la salud y que sugieren la relevancia de su estudio en el en- torno rehabilitador. Por un lado, como ha puesto de relieve el estudio de Thompson et al., (1993) sobre cáncer, el control percibido tiene gran importancia en situaciones de bajo control y los esfuerzos de la persona por conseguirlo y poder ejercerlo. Según estos autores, en general, es más importante para el bienestar de la persona ser capaz de tener control sobre los pequeños sucesos y situaciones a las que se enfrenta día a día y las reacciones emocionales que ello le provoca, que la sensación de controlar o no la ocurrencia de la enfermedad. El estudio de Thompson et al. (1993) describe un amplio número de conductas utilizadas por pacientes oncológicos para mantener las expectativas de control, que incluyen desde el ejercicio físico hasta cambios en la die- ta, así como la búsqueda de información. Dichas muestras de conducta a menudo for- man parte de las estrategias de lo que solemos denominar afrontamiento activo. En esta línea, Pelechano, Capafóns y Sosa (1991) han encontrado relación entre el locus interno y estrategias como la búsqueda de información, el optimismo y la huida hacia delante, lo que ellos denominan factores racionales de afrontamiento positivos. Por otro lado, el locus tiene importantes implicaciones prácticas para la motivación, la adherencia al tratamiento y el manejo de la incertidumbre durante el proceso de rehabilitación, al tiempo que pone de relieve la importancia del papel de los profe- sionales para promover y reforzar la búsqueda de control en el entorno rehabilitador (Ferington, 1986; Yoshida, 1996). En esta línea se puede interpretar el incremento en el locus interno observado por Albrecht y Higgins (1977) durante la rehabilitación y los logros obtenidos por los programas que favorecen la percepción de control en personas con LM, descritos por Craig et al. (1998).
En general, las variables psicológicas a las que más se ha recurrido para explicar las diferencias individuales de afrontamiento han sido las variables de personalidad. Sin embargo, a pesar de que se hace continua referencia a ellas para explicar las diferencias individuales en la forma de reaccionar al estrés y de afrontarlo (Dero- gatis et al., 1979; McCrae, 1982; Silver, Wortman y Klos, 1982; Aldwin y Revenson, 1987; Feifel et al., 1987a; Ben Porath y Tellegen, 1990), las variables de personali- dad no han sido investigadas de forma sistemática.
De hecho, los intentos por explicar la relación entre las variables de personalidad y el afrontamiento han sido muy diversos. Junto a la hipótesis de que las preferencias 90
por determinados patrones de afrontamiento se derivan de los rasgos de personalidad (McCrae, 1982), algunos autores afirman que rasgos tradicionales de personalidad, como represión versus sensibilización, no son buenos predictores del afrontamiento (Cohen y Lazarus, 1973; Folkman y Lazarus, 1980; Carver et al. 1989). Por su parte Watson, David y Suls (1999) defienden que las estrategias de afrontamiento frecuen- temente estudiadas reflejan tendencias disposicionales más básicas y más amplias de la persona, mientras que Bolger (1990) y Bolger y Zuckerman (1995) defienden la te- sis complementaria de que las estrategias de afrontamiento median los efectos de al- gunas características de personalidad sobre el malestar y la insatisfacción. De estas disposiciones, el neuroticismo y la extraversión, las más estudiadas en las investiga- ciones del afrontamiento, parecen ser elementos clave que influyen en las estrategias que utiliza la persona y el en grado de malestar experimentado (Parkes, 1984; Costa y McCrae, 1985a, 1987; McCrae y Costa, 1986; Bolger, 1990; Pelechano, 1992, 1999; Bolger y Zuckerman, 1995; Snyder, 1999).
La presencia de neuroticismo parece explicar algunas de las diferencias encontradas tanto en la reacción al estrés como en las conductas para manejarlo. Así, hay inves- tigaciones que muestran la relación de N con la tendencia a evaluar el entorno de forma negativa, a interpretar los sucesos como amenazantes y a sobrerreaccionar ante estresores menores (Watson y Clark, 1984; Watson y Pennebaker, 1989; Costa y Mc- Crae, 1990; Watson, Clark y Harkness, 1994). El neuroticismo parece estar asociado también con una mayor depresión, ansiedad, quejas somáticas frecuentes y afectivi- dad negativa (Watson y Clark, 1984), y tiene un papel activo en la verbalización de los sucesos estresantes (Pelechano et al., 1994). Por todo ello, algunos autores consi- deran a N como predictor de la ocurrencia de sucesos estresantes (Headey y Wea- ring, 1989; Ormel y Wohlfarth, 1991; Breslau, Davis y Andreski, 1995).
Aunque no se ha investigado de forma sistemática la relación entre el afrontamien- to y el neuroticismo, existen algunos datos que pueden contribuir a aclarar la na- turaleza de dicha relación. Así, el neuroticismo se ha asociado con la utilización de afrontamiento pasivo y centrado en la emoción (Endler y Parker, 1990; Costa, Som- merfield y McCrae, 1996), con una mayor utilización de estrategias de pensamien- to desiderativo, de autoculpa, de escape/evitación y un menor uso de afrontamien- to centrado en el problema, de la revaloración positiva y de la búsqueda de apoyo (Bolger, 1990; McCrae y Costa, 1990; Hooker, Fraizer y Monahan, 1994). En el área de la salud, Pelechano (1992, 1999) ha encontrado relación entre N y la inculpa- ción familiar actual en enfermos crónicos, así como rechazo de consolación o im- pacto general de la enfermedad con autoinculpación (Pelechano et al., 1994), en el momento de conocer el diagnóstico.
Junto al neuroticismo, la extraversión es la variable de personalidad que mayor atención ha recibido en las investigaciones sobre el afrontamiento. Existe evidencia que muestra la relación de la extraversión con el afrontamiento activo y centrado en el problema, con la utilización de estrategias como la revaloración positiva y la
búsqueda de apoyo social, y un menor uso de estrategias centradas en la emoción (Amirkhan, Risinger y Swickert, 1995).
Los autores que han examinado la relación de los cinco grandes con el afronta- miento han encontrado que el neuroticismo y la apertura a la experiencia son fac- tores predictores del mismo (Vickers, Kolar y Hervig, 1989; Watson y Hubbard 1996; Watson, David y Suls, 1999). Este último factor se relaciona con estrategias de afrontamiento activo y centrado en el problema.
Todas estas investigaciones llevan implícito el reconocimiento de la importante re- lación existente entre las variables de personalidad y el afrontamiento, pero ningu- na consigue desarrollar un modelo explicativo satisfactorio y no alcanzan a integrar el afrontamiento en una teoría general de la personalidad. Como señalábamos an- teriormente, en opinión de Pelechano (1992) y Snyder (1999), el acercamiento en- tre personalidad y estrés no ha sido suficientemente explorado, por lo que hacen falta investigaciones sistemáticas de la relación entre las variables de personalidad y el afrontamiento para esclarecer la naturaleza de su interacción. La investigación que aquí planteamos aplica instrumentos de evaluación que permiten recoger da- tos para avanzar en el esclarecimiento de dicha relación.
Así mismo, estos planteamientos deben ir acompañados de la introducción de una metodología diferencial y de la superación de las limitaciones presentes en las inves- tigaciones actuales sobre el afrontamiento. En opinión de Pelechano (1992), los es- fuerzos realizados hasta ahora han sido insatisfactorios porque se han aplicado prin- cipalmente sobre acontecimientos estresantes rememorados, sobre muestras de estu- diantes universitarios, con insuficiencias metodológicas graves y afán generalizador, siguiendo los procedimientos de elaboración de los rasgos de los años cincuenta, con criterios de valoración escasos y apoyados más en la praxis clínica y en estudios de casos que en estudios experimentales controlados y sin estudios longitudinales. En resumen, un análisis completo del afrontamiento de la LM requiere tanto la in- clusión de las variables de personalidad como las del entorno para comprender mejor los procesos que determinan la utilización de unas estrategias u otras. Desde ese planteamiento, los instrumentos que hemos aplicado permiten estudiar el afron- tamiento y su relación con variables psicológicas como la extraversión y el neuro- ticismo, el locus, la depresión y la ansiedad de ejecución, junto con las variables sociodemográficas y los aspectos médicos relacionados con la LM. De ahí el inte- rés de los datos obtenidos y que posteriormente comentaremos.