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E. Transversal issues

1. External dimension

Extendidas las trayectorias de Foucault y Heidegger en cuanto al tema de la subjetividad, el sujeto como categoría epistemológica y la racionalidad, podemos ahora inferir varias conclusiones que nos permitirán aclarar, para el desarrollo del trabajo, tanto el punto de partida como la propia noción de subjetividad. A través de esta tríada, subjetividad-sujeto-racionalidad, ponen ambos en movimiento toda su crítica a la Modernidad y forman, entre ellas, una constelación de relaciones de afectación recíproca. Además, queremos aprovechar para diferenciar entre las nociones de subjetividad, la de sujeto como categoría y la de identidad, ya que serán estas tres figuras las que, a partir de ahora, tomarán mayor protagonismo para el trabajo, dejando el tema de la crítica a la Modernidad como secundario y dándole más importancia a encajar estas nociones en nuestro propio presente.

Descartada la noción de sujeto epistemológico como una construcción falible y característica del desarrollo de la Modernidad, construcción propia de toda una episteme

para Foucault, y sustentada en un olvido para Heidegger, lo que, para el primero de ellos finalmente persiste es poder hablar de subjetividades. Entiende éste por subjetividad aquel espacio, similar a la episteme, a través del cual se articula un sujeto, un individuo, y es fiel reflejo de una determinada época. Esta subjetividad, conformada por lenguaje, relaciones de poder, sociabilidad, etc., puede ser objeto de estudio en la medida en que diferentes ámbitos de conocimiento, como la sociología, la historia o la

psicología, lo han hecho posible85. Siguiendo a Foucault, conceptualizamos la

subjetividad, por tanto, como un espacio, un espacio virtual. El hecho de hacerlo así evita malentendidos. El primero de ellos, quizás el más importante, es el de impedir relacionar la subjetividad con algo intrínseco, natural, el de identificar la subjetividad como esencialidad humana. Seguidamente, porque concebirlo como un espacio hace más fácil el poder caracterizarlo como un terreno trazado y arado por relaciones, relaciones de poder. Finalmente, porque a través de este espacio podemos diferenciar dos tipos de terrenos que, en definitiva, están interconectados, el terreno de lo propio y el terreno de la relación con el otro o el entorno, el terreno de lo común. La subjetividad individual, primeramente, y, en segundo término, la social, siendo ésta última la que, también como un espacio virtual, aglutina la red de significantes que conforman las estructuras de lo económico, histórico, lingüístico o cultural. Señalar la importancia de un espacio compartido, difuso, móvil y en permanente construcción, tanto para lo individual como para lo social, es desenfocar la luz que alumbra y da protagonismo únicamente al sujeto autónomo. También es cambiar la dirección de aquellas estrategias que han optado por valorizar aspectos de lo humano (libertad, razón, deseo, etc.) pero que, no obstante, mantienen la estrategia moderna de remitirse a un sujeto con peso óntico, político o ético, más débil pero presente. Hablamos, por tanto, cuando nos referimos a subjetividad, del espacio que hace posible la existencia de un sujeto físico o social, un espacio dúctil, maleable y lábil conformado a su vez por infinitud de tensores, de diferentes orígenes, y modulados, también, por la propia experiencia del sujeto o de lo social. Un campo de relaciones que juegan y se conforman en un individuo o grupo social concreto y en un tiempo y lugar determinados, siendo, a su vez, condición de posibilidad de ese mismo sujeto o sociedad.

                                                                                                               

Puntualizando para la subjetividad individual, es también espacio por ser el campo en el que tensionan individuo y sociedad, entendida ésta como el conjunto de instituciones que afectan, socializando y conformando, al propio individuo (familia, escuela, estado, etc.) y que lo convierten en sujeto competente. Subjetividad, por ello, no es sinónimo de conciencia ni, tampoco, de sí mismo. La conciencia y el sí mismo son aparatos psíquicos que aparecen gracias a la propia subjetividad y, por tanto, más allá, gracias al proceso de construcción social y relacional que permite dicho campo. La conciencia es, por ello, la imagen obligadamente incompleta que el sujeto puede tener de sí mismo y es ésta la que le permite, de nuevo gracias a la subjetividad y a la sociabilidad, poder, a través de la noción de sí mismo, tenerse como referente. Finalmente, como decíamos, la subjetividad, al ser el campo a través del cual el individuo se conforma, queda alejada del conocimiento absoluto por parte del propio individuo y, a mayor escala, queda también libre de ser objeto total de cualquier conocimiento, puesto que escapa de él, no sólo por su complejidad, sino por ser el campo que lo hace posible.

Los postulados que estamos exponiendo no son baladí, ya que confrontan directamente con la noción de sujeto moderno, autónomo e individual, y, por otro lado, obligan a debatir los límites entre lo social y lo individual. De nuevo, la noción de espacio nos parece crucial. Poder concebir la subjetividad como el espacio que hace posible la emergencia de lo individual, dotándolo de contenido gracias a lo social86, nos permite

cuestionar la figura de la identidad y la del sujeto moderno, ya que dejan de tener la naturalidad que hasta la fecha parecían ostentar con total evidencia. Dicho en otras palabras, la noción de sujeto, tal y como la entendemos, está ligada a los elementos que pone en juego lo social y son éstos los que configuran el espacio de la subjetividad individual a través del proceso de socialización. Por ello, el individuo es la concreción de                                                                                                                

86 Englobamos con social, como hemos dicho anteriormente, todo el conjunto de elementos y

estructuras que lo posibilitan y a la vez lo configuran: el lenguaje, lo económico, lo histórico y lo social.

lo social en una forma parcial, y manifiesta, en su microcosmos, los mismos elementos y la misma disposición que lo social a nivel macro. El individuo como ente psíquico es una ficción en la medida que nada de lo que dice ser atributo suyo le corresponde. Es una derivada del proceso de socialización que lo hace posible y, no obstante, como resultado y emergente de este proceso, juega un papel en la co-creación de este espacio que se genera a través de lo social. Este terreno de lo subjetivo acaba dibujando lo que propiamente mentamos como identidad87 y procede ésta, por ello, de múltiples ámbitos

que encuadra, a través de la trasmisión, pero especialmente a través de la deglución, asunción o interiorización, el conjunto de valores, herencias, tradiciones, cosmovisiones y consecuentes formas de actuar. Funciona como una constelación. Estos trazos trasmitidos no poseen la misma tonalidad, sino que vienen coloreados, atenuados o subrayados por el contexto que juntos compartimos, reforzamos o pulimos.

Por último, queremos ir un poco más lejos y concebir el proceso de identidad y la misma noción de identidad también como fruto del propio desarrollo de lo social, por poner algunos ejemplos: de la división y especialidad en el trabajo o de la aparición de lo privado. El desarrollo de la propia sociedad ha validado la emergencia de la identidad como un proceso de especialidad y privatización de este espacio colectivo, de este magma de lo social. En la emergencia de la subjetividad individual o de la figura de la identidad se produce el mismo proceso, en paralelo, que ha sufrido la economía, la sociedad o la filosofía: la preferencia por lo privado, la especialidad o la división del trabajo, el olvido del devenir, la primacía de lo estático o la priorización de la seguridad. El individuo, claro reflejo de lo social que lo conforma, prioriza el ser estático por                                                                                                                

87Toda acción moral implica una relación con la realidad en la que se lleva a cabo y cuya relación con el código al que se refiere, pero también implica una determinada relación con uno mismo, ésta no es simplemente

“conciencia de sí” sino “constitución de sí” como “sujeto moral” en la que el individuo circunscribe la parte de sí mismo que constituye el objeto de esta práctica moral, define su posición en relación con el precepto que sigue, se fija un determinado modo de ser que valdrá como cumplimiento moral de sí mismo y para ello activa sobre sí mismo, se controla, se perfecciona, se transforma. FOUCAULT, M., Historia de la sexualidad vol. III, Ed. S. XXI, Madrid, 2006, p. 28.

delante del devenir, en un proceso de parcelación de cierto espacio. Este espacio delimitado, frente al espacio global de la subjetividad, es lo que denominamos identidad, y la forma como tendemos a concebirlo, también reflejo de lo social, es de una manera estática. Lo que somos, quienes somos, es un conjunto de definiciones, estrategias y atributos que tienen validez, de manera general, para un largo periodo de vida. Concebirnos así, de esta forma y, como veremos, a través de un contenido marcado por el narcisismo, permite mantener, en el fondo, un sistema mercantilista y a nosotros enajenados.

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