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La idea de comunidad y la presentación de ésta última como mundo perdido constituyen uno de los temas recurrentes en la sociedad moderna. Los sociólogos del Siglo XIX hablaban de la uniformización, la atomización y la alienación de la sociedad, que privaban a gran número de personas de su vecindario, de su religión, de sus lazos de parentesco y de su comunidad. Marx, por ejemplo, se refirió a la ausencia de una comunidad legítima y a un sentido de soledad y extrañamiento respecto de la comunidad y su valor moral. El sociólogo Tönnies estableció una distinción entre las tradiciones comunitarias y la sociedad agigantada secular, individualista e industrial que se había desarrollado en la última parte del siglo XIX. La consecuencia de la Gesellschaft era un aumento del anonimato, del desplazamiento, de la desviación y del aislamiento del individuo.

En los últimos años la idea de comunidad se ha convertido de nuevo en un poderoso símbolo. Se ha dicho, por ejemplo, que la burocratización creciente de la vida norteamericana y la profesionalización de las esferas privada y pública han convertido la vida personal en solitaria, insegura y carente de finalidad. Las instituciones se contemplan como algo abstracto y contrario a los significados y valores que les atribuyen los individuos.

Una de las exposiciones más conocidas sobre el fin de la comunidad es la obra de Daniel Bell The cultural contradictions of capitalism (1976). En ella se afirma la existencia de una desconexión entre las estructuras cultural, social y tecno- económica del capitalismo. Los capitalistas del siglo XIX valoraban la autodisciplina, la gratificación aplazada y la moderación personal. La ética del trabajo se basaba en la racionalidad, en las soluciones de los problemas organizativos, en la eficiencia y en un equilibrio adecuado entre costes y beneficios. Pero la riqueza material traída por la estructura tecnoeconómica hizo nacer una

cultura diferente. La cultura burguesa emergente sacralizó los principios del cambio y de la novedad, así como los valores del “sentimiento” personal, la gratificación inmediata y la plena autorrealización. La experiencia personal dejó de configurarse mediante la tradición y de expresarse en los rituales. La singularidad de la experiencia se convirtió en el criterio de lo deseable.

Bell continúa señalando que esta desconexión de las estructuras social y cultural provoca una descomposición de las instituciones, la erosión de la tradición, la desaparición de la autoridad y la desintegración de las normas definitorias del bien común. La justificación estética es sustituida por la justificación instintiva; los nuevos usos y formas crean un mundo en el que los individuos viven para su autorrealización. El psicoanálisis, que originalmente se concebía como un medio de ayudar al individuo para que actuara moralmente en la sociedad, adquiere un carácter instrumental y psicologista y se orienta a la “liberación” de la persona de sus inhibiciones y represiones, a fin de facilitar la expresión de sus impulsos y sentimientos.

Bell piensa que los problemas de la cultura en el capitalismo moderno apuntan a la necesidad de encontrar un nuevo “cemento social”. Reafirma su compromiso con la fe liberal y plantea dos cuestiones fundamentales a las que ha de responder nuestra sociedad: “cómo encontrar finalidades comunes conservando al mismo tiempo los medios individuales para su consecución; y cómo definir las necesidades individuales (y de los grupos) y descubrir medios comunes para satisfacerlas” (pág. 279).

La psicologización de la cultura repercute en la concepción de la política imperante en la sociedad. Ya no interesan las fuerzas históricas que influyen en los roles. Las cuestiones sociales y culturales han quedado reducidas a lo puramente personal, y la política a la credibilidad de los personajes públicos y no de las acciones. Esta vinculación de la personalidad a la acción social conlleva la negación de la comunidad política y dificulta la autocrítica y el cambio.

El tema de la pérdida de la comunidad se encuentra también en el discurso educativo. Cagan (1978), por ejemplo, indica que, en Estados Unidos, la preocupación por el individuo ha alcanzado cotas espectaculares en los últimos años, hasta convertirse en un narcisismo. La primacía moral y política del individuo sobre el grupo es presentada por muchos como una conditio sine qua non de la sociedad democrática de este país. Los fragmentos que permanecían de los vínculos sociales, como la responsabilidad, la lealtad y la atención a los demás se han eliminado del contexto norteamericano. A la vista de todo ello se propone la educación colectiva como medio de desarrollar, por una parte, un sentido comunitario que favorezca formas más elevadas de razonamiento moral y, por otra, un conjunto de principios sobre la relación del individuo con la comunidad. Para Oliver (1976) el tema de la fraternidad y la comunidad constituye un punto focal para revitalizar la educación. En su opinión, la mayor parte de la actividad educativa se ha ocupado tecnológicamente de las actividades de coordinación. La división del trabajo en la enseñanza hace que los únicos criterios que se siguen sean los relacionados con la utilidad. El problema de la educación es reinstaurar un sentido comunitario en el seno de la sociedad.

En resumen, el tema de la comunidad perdida ha reaparecido en la crítica social y educativa contemporáneas. La atomización de la vida humana, la alienación y la despersonalización motivan una búsqueda renovada de formas de vida colectiva, de participación política y de orden moral. Aunque la fe en el Individuo y

en la sociedad liberal no han menguado, se buscan nuevos símbolos de reconciliación que puedan expresar esos ideales. Las ciencias simbólicas constituyen una fuente del restablecimiento de la creencia en la comunidad, en el carácter sagrado del individuo y en la capacidad de las personas para guiar su propio destino.

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