• No results found

Para localizar algo o encontrarse con alguien es necesario precisar las tres dimensiones espaciales (piso de un edificio o altura en una calle determinada de una ciudad). Einstein añadió la dimensión temporal. Precisamente el tiempo es esencial en los espacios

siderales. ¿Cómo medir las distancias entre las estrellas si no es por medio de la recorrida por la luz a 300.000 km/s en años?

Si se mira el cielo en una noche estrellada, puede sentirse el hechizo de tres impresiones. a) La primera está al alcance de cualquiera. La experimentó el filósofo tal vez más

influyente en el pensamiento, sobre todo filosófico, de la modernidad, Kant: «Dos cosas —escribió— me llenan de creciente admiración y sobrecogimiento, cuanto con más frecuencia y dedicación reflexiono sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».

b) Los cuerpos luminosos con luz propia o refleja no se mueven. Tiene razón Peter Pan: «Las estrellas son hermosas, pero no pueden tomar parte en nada. Lo único que pueden hacer las estrellas es mirar y mirar». Están fijas, como clavadas en un fondo firme y oscuro. La palabra «firmamento», derivada de la latina firmamentum, alude a su

envuelve.

c) La impresión de que los astros (estrellas, planetas) se hallan exactamente en el lugar donde son vistas mientras los contemplamos. Durante milenios se creyó así. No obstante, Ptolomeo (85-165 d.C.) descubrió que la refracción de la luz en las capas de la atmósfera hace que las estrellas se vean desde la Tierra en un lugar superior al de su posición real. Por eso es posible ver una estrella cuando ya se ha ocultado por debajo de la línea del horizonte.

Prescindo de la primera impresión que es meramente subjetiva. Las otras dos parecen objetivas. Pero son también subjetivas, pues no reflejan la realidad. Todo se mueve sin cesar: las galaxias con sus estrellas y demás componentes, las estrellas dentro de las galaxias, etc. El universo entero está expandiéndose. Las estrellas se mueven a

velocidades vertiginosas, varias decenas e incluso cientos de kilómetros por segundo. Pero es tal la distancia de las estrellas respecto de la Tierra que se tiene la impresión de su inmutabilidad. Un caso concreto: la estrella Barnard se mueve a unos 90 km/s, unos 2.800 millones de kilómetros por año. Pero dista de la Tierra unos 56 billones de

kilómetros. Consiguientemente su ubicación aparente o tal como se ve por el telescopio, se desplaza en un año solo en un ángulo de 0,0029º, un cambio imperceptible.

Einstein predijo que los rayos de la luz están sometidos a la gravedad. Por ello, se curvan si pasan junto a un cuerpo de gran atracción gravitatoria. Es lo que le ocurre a la luz de muchas estrellas al pasar cerca del Sol. De ahí que, desde la Tierra, las estrellas parezcan hallarse en un lugar distinto del que realmente ocupan en ese instante. La observación de un eclipse en 1919 permitió comprobar la curvatura de la luz, predicha por Einstein. En los eclipses solares, la Luna bloquea la luz solar, cuya luminosidad impedía ver la

trayectoria de la luz de las estrellas al pasar cerca del Sol.

Además se mueven en planos muy distanciados. Nada es como parece ser ni nada está donde es visto. En una noche estrellada vemos el firmamento tal como fue hace miles y millones de años, no tal como es ahora mientras lo observamos. Vemos las estrellas donde estaban cuando salió de ellas la luz que llega hasta la Tierra en el instante de ser vistas por nosotros, o sea, a miles de millones de kilómetros. Piénsese en las que distan de la Tierra 10, 13 o más miles de millones años luz. La estrella más conocida de la Osa Menor, la Polar, 46 veces mayor que el Sol, estrella orientadora en el hemisferio norte, dista de la Tierra 432 años luz, o sea, lo que la luz recorre en 432 años. Por tanto, si la miramos esta noche, la veremos donde estaba hace 432 años y veremos la luz emitida por ella hace 432 años. Si se extinguiera ahora, la luz de la estrella Polar seguiría viéndose durante 432 años. En cambio, la Osa Mayor y su cúmulo de estrellas, que aparentemente está cerca de la Osa Menor, dista del sistema solar once millones años luz y se desplaza a la velocidad de 15.000 km/s. De las estrellas que forman la figura de la constelación Orión, distan de la Tierra 243 años luz Bellatrix (en el hombro occidental), 427 Berelgueuse (hombro oriental), entre 800 y 900 años luz las estrellas que configuran

su cinturón. El cuerpo celeste más próximo de la Tierra es su satélite, la Luna que dista 385.000 km. Aun así, y gracias a la velocidad de las naves espaciales, los astronautas de las misiones Apolo tardaron tres días en llegar. No se dirigieron hacia el lugar donde se hallaba la luna en el instante de su partida, sino donde iba a estar 72 horas más tarde. La galaxia Andrómeda dista de la Tierra poco más de dos millones de años luz. Luego, si la vemos hoy, veremos la luz que salía de ella aproximadamente cuando empezaron a mirar al cielo los primeros bípedos racionales, los primeros hombres. El telescopio nos permite ver cuásares (quasi-stellar radio sources) sumamente luminosos (diez mil veces más que toda la Vía Láctea), pero distantes unos doce mil millones de años luz. En el supuesto de que existan ahora, si los viéramos esta noche, no los veríamos donde y como están

ahora, sino donde y como estaban hace 12.000 millones de años. Nadie, historiador o no, puede ver ahora Palestina tal como estaba en tiempo de Jesucristo, ni la Roma

incendiada de Nerón, ni a los misioneros españoles evangelizando a los indígenas en tiempo de Hernán Cortés. En cambio, no solo podemos ver, sino que necesariamente vemos las estrellas tal como lucían hace millones de años, nunca tal como lo hacen ahora.