Parecerá algo extraño que al hablar de historiografía no hayamos entrado a discutir o refutar conceptos que en la segunda mitad del siglo XIX tuvieron cierta preminencia, por ejemplo — para citar sólo algunos— “ambiente”, “influencias”, “razas” e ideas similares, y que apenas los hayamos mencionado de pasada. La razón es que, habiéndose excluido el concepto de “causa” del pensamiento filosófico e histórico, y habiéndonos apartado de toda forma de naturalismo, la refutación de los conceptos particulares derivados de él iba implícita, y la demostración podía darse por admitida.
Tomemos, por ejemplo, el concepto de “ambiente”, que en aquel tiempo gozó de tal preminencia, no sólo por la hipótesis literaria de Taine, que lo vio modelar, potente e
imperioso, junto con el de “raza”, la historia en todas sus partes, ya política, social, artística o filosófica.
Éste es un concepto definidamente naturalista y determinista, y, como tal, no conserva para nosotros utilidad ninguna, y en este punto debemos adoptar una postura más radical que Hegel, que le atribuía máxima eficacia en la vida de los animales y mínima en la de la humanidad. “El animal —decía— vive en simpatía con lo que le rodea; de ello dependen tanto su carácter específico como sus desarrollos particulares, en muchos animales por entero y más o menos todos ellos. En el hombre, esos vínculos de dependencia disminuyen en importancia cuanto es él más culto, y así tanto más fundamento espiritual y liberal tienen sus creaciones de vida. La historia de la humanidad no depende de revoluciones de los sistemas solares ni las vicisitudes del individuo de la posición de los planetas.”[3]
Lo cierto es que el medio siempre tiene su realidad y ejerce su poder sobre los hombres y sobre los animales, pero sólo en la misma forma que todo el pasado, toda la historia anterior, ejerce su poder, y, por lo tanto, sólo en relación con la nueva actividad y con la nueva vida creada, en unidad inquebrantable, y fuera de esa relación es irreal, fantástico, abstracción impotente a la que es erróneo atribuir poder alguno que determine vida y acción.
Si esta crítica parece hoy bastante obvia, más difícil es reconocer las infiltraciones de conceptos naturalistas en la historia y poner en guardia contra ellos. Volviendo al ejemplo que escogimos, “ambiente”, encontramos que el dicho repetido a menudo de que un filósofo de genio recoge y resuelve el problema confiado a él por la sociedad de su tiempo, en el cual tantos otros habían trabajado previamente, lo reduce a esta idea de “ambiente”, a menos que no sea verdaderamente más que una manera figurada de hablar. Y lo mismo ocurre con la idea de que un poeta de genio interpreta en su canto el sentimiento de aquella sociedad o de muchos espíritus afines que intentaron darle forma poética. “La sociedad”, en este caso, representa al ambiente, y se supone que el filósofo o el poeta trabajan como su portavoz escogido. Ahora bien, el canto del poeta coincide totalmente con la pasión individual que mueve al poeta, y su forma es siempre nueva, como su contenido; de modo semejante el problema y la solución del filósofo coinciden en una unidad real. Es posible discurrir acerca de la necesidad satisfecha por aquel canto o por aquella teoría como de algo existente ya de manera muy difusa, pero si miramos de cerca el aspecto de la que se afirma como necesidad común y general, la vemos desaparecer y trocarse en la realidad de los problemas y soluciones que no eran exactamente esta teoría y en expresiones que tampoco eran este nuevo canto en particular o en la realidad de los acontecimientos, actos y pasiones que eran ya algo en sí mismos y no otro u otras cosas que se suponía llevadas a forma completa o final.
Y entonces comprobamos que aquellas ubicuas apariencias de problemas que se ofrecían al pensamiento, que, finalmente, con ayuda de nuestro filósofo, reciben una respuesta; de toscos proyectos o materiales que se ofrecían a la imaginación, que, finalmente, perfecciona los primeros y acepta y elabora los otros; de tentativas imperfectas para hacer lo que más adelante llega a perfección, se deben todos y cada uno a la acción del pensamiento nuevo que da a los problemas y soluciones dispersos su propio lugar en un sistema, y que sólo por esto parece como si ellos mismos hubieran precedido al nuevo pensamiento, engendrándolo. De modo semejante, el nuevo poema, levantándose por encima de otras expresiones y poemas anteriores, los hace resonar en sí produciendo la ilusión de que ya existía en ellos como
aspiración; y el nuevo hecho recoge en sí los acontecimientos pasados, preparando los del futuro.
Así nos disociamos también nosotros de esa concepción histórica que un ingenioso escritor inglés llamó “la cadena de los bomberos”: los bomberos, puestos en fila, hacen pasar rápidamente de mano en mano el cubo de agua que arrojan a las llamas para apagar el fuego; las manos son muchas y el cubo es uno, pero está de continuo cerca, para cumplir el cometido que se le asignó. Contra semejante doctrina, aplicada al arte y a la poesía, protestó León Tolstoi, y nos puso en guardia contra las supuestas series genealógicas, como la de Balzac- Flaubert-Zola, recordando que todo genio vuelve a empezar desde el principio y es hijo de sí mismo tan sólo.[4] En oposición a semejante consideración en historia de la filosofía, se levantan hoy insistentes protestas: “En ningún caso —leo en una reciente monografía sobre Hegel— la historia de la filosofía se ha visto tan maltratada en sus relaciones de dependencia psicológica e histórica, como en la pretendida línea descendente Kant-Fichte-Schelling-Hegel. En ningún caso la relativa originalidad y el desarrollo de la personalidad independiente se han visto más sacrificados a un esquema de construcción lógica al parecer sencillo y luminoso”.[5] Los problemas de Fichte no son los de Kant, ni los problemas de Schelling son los de Fichte, y así sucesivamente, y si el último parece brotar del anterior, es porque el último, más rico de pensamiento, contiene al anterior.
Asimismo, el referirse al concepto naturalista de ambiente en su fijeza y abstracción es el todo de cierta teoría falsa sobre el arte y la poesía. Esta teoría se empeña en deducir las obras de arte del neoclásico, del barroco, del romanticismo, etc., es decir, de los medios y tradiciones que no tienen existencia real en el arte más que en obras particulares o en entendimientos particulares. En éstos el ambiente no es ya meramente el medio mismo, sino la mente o la obra individual, poético si ésta es poética, prosaico si es prosaica, y fuera de él existen sólo como otras obras de arte u otros determinados actos de conocimiento, de práctica, de moralidad, de costumbre o de lo que fueren.