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FACTORS CAUSING THE RISE OF COUNTERFEIT AND INCREASE OF

La política es el arte del bien común. Al mismo tiempo, es considerada una ciencia, pues su desarrollo obedece a procesos de observación, análisis, contraste, comprobación, que requieren de métodos de estudio, investigación, aplicación y evaluación.

Política, ciencia y ciudadanía por la conservación de la Reserva Forestal Thomas van der Hammen

El bien común, según la politóloga Elinor Ostrom, es “el conjunto de condiciones sociales que permiten y favorecen en los seres humanos el desarrollo integral de todos y cada uno de los miembros de la comunidad” (Ecopolitica, 2013).

Es así como, desde otra perspectiva:

[…] el bien común dinamiza el desenvolvimiento de un orden social justo, que armoniza los aspectos individuales y sociales de la vida humana. Es responsabilidad de todos definirlo y construirlo. El bien común, es un bien genuino y es auténticamente común. Que sea bien quiere decir que da satisfacción a las necesidades (La máxima felicidad social: El bien común (I), 2007).

A este concepto corresponden la salud y la educación públicas, los servicios domiciliarios, la seguridad, las telecomunicaciones, el saneamiento básico, la movilidad, y por supuesto el ambiente, o como se ha planteado desde la visión institucional, los recursos naturales. La responsabilidad sobre su administración, define la disponibilidad, el acceso y el goce de las generaciones venideras, lo que se conoce como desarrollo sostenible, que lejos de ser un concepto moderno, se remonta a las antiguas civilizaciones indígenas, lo que llamaron los

pueblos andinos el Sumak Kawsay o Buen Vivir, esa vida en armonía

consigo mismo, con los demás seres humanos y con la naturaleza, que dispone como regla fundamental tomar solo lo necesario con vocación de perdurar.

Así las cosas, la política define la vida de las personas, de las presentes y de las que no han nacido, de la naturaleza. De allí proviene el concepto de la biopolítica, que tiene mucha pertinencia para el tema abordado. El quehacer político no se restringe a los expertos de la ciencia política, es una tarea inherente a los seres humanos, como señaló Aristóteles. En efecto, los seres humanos nos diferenciamos de los animales por tener la capacidad de reflexionar sobre lo público, sobre aquello que nos afecta a todos(as), sobre lo colectivo.

El filósofo Fernando Savater, en su famoso libro Política para Amador, escrito para su hijo adolescente, aportaba una definición de la política apropiada a los contextos democráticos, entendida como el conjunto de las razones para obedecer o para sublevarse (Savater, 1992, p. 14).

En las dos últimas décadas, resultado de la grave afectación ambiental a nivel planetario, y la adopción de tratados internacionales, los países han comprendido la importancia de adoptar políticas públicas proclives a la protección, conservación y cuidado de la naturaleza; en ello, la sociedad civil, los movimientos sociales, los ambientalistas y las comunidades étnicas han jugado un papel protagónico.

A nivel nacional, Colombia cuenta hoy con una mayor conciencia ambiental que hace 30 años, los hijos(as) de la Constitución de 1991, jóvenes de 26 años en promedio, han sido formados en un contexto diferente al de sus padres o abuelos, una cultura incipiente, pero prometedora, marcada por nuevos valores democráticos, participativos, incluyentes, respetuosos de la naturaleza y de las personas, que irrumpe en los escenarios académicos, sociales, institucionales, empresariales, mediáticos y políticos con una nueva mentalidad que tiene mucho más claro su papel y la amenaza que representa para la supervivencia de la especie humana no cuidar el ambiente.

Este nuevo escenario resitúa la política en espacios cotidianos y cercanos a la ciudadanía como las redes sociales, el aula universitaria, el salón de clases, la Junta de Acción Comunal, el encuentro ciudadano, el concierto, el parche, entre tantos otros.

Es por ello que los debates alrededor del presente y futuro de la Reserva Thomas van der Hammen ya no tienen lugar solo en el Concejo de Bogotá o la Alcaldía Mayor, sino sobre todo en los taxis, en los buses de Transmilenio, en los paraderos del SITP, en las universidades, en

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las organizaciones sociales y ambientalistas, en la vida cotidiana de los(las) habitantes de Bogotá, Chía, Cota, y en general de los colombianos(as), que sienten con razón que lo que se decida sobre la Reserva tiene que ver con ellos, con el futuro de sus hijos y nietos. Y es allí donde vale la pena retomar otra de las finalidades esenciales

del Estado, que es la de facilitar la participación de todos en las decisiones

que los afectan y en la vida económica, política, administrativa y cultural de la Nación; recalcada más adelante en el capítulo de los derechos colectivos y del ambiente, a renglón seguido de la disposición sobre que “Todas las personas tienen derecho a gozar de un ambiente sano” […] “la ley garantizará la participación de la comunidad en las decisiones que puedan afectarlo” (Art. 79, C.P.).

De qué forma la decisión sobre la Reserva Thomas van der Hammen afecta a la comunidad es una pregunta que gravita en el escenario de discusión, pero que a la fecha no se ha precisado, y que requiere de miradas prospectivistas, de la creación de escenarios de futuro, pero sobre todo, de la acción en el presente para modificar los cursos de acción que se ciernen sobre la Reserva. Ya en el 2013, se realizó un primer ejercicio prospectivo para el diseño del Plan de Manejo Ambiental de la Reserva Forestal Regional Productora del Norte de Bogotá, D.C., “Thomas van der Hammen”, que bien vale la pena retomar. En efecto, la calidad del aire de la ciudad de Bogotá es una de las peores del país y del mundo. A la luz de los parámetros internacionales dados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la media anual de material particulado inferior a 10 micras (PM10) –uno de los agentes contaminantes que se mide para determinar la calidad del aire– no debe superar los 20 microgramos

por metro cúbico (ug/m3). No obstante, el PM10 en la capital fue de

52 ug/m3 (promedio) durante el 2014, de 44 ug/m3 en el transcurso

del 2015, y de 45 ug/m3 al 2016, según datos de la Secretaría Distrital

El gráfico que se presenta a continuación ilustra la concentración de material particulado inferior a 10 micras, en el periodo comprendido entre 2008 y 2016, donde se constata que dobla en promedio el indicador permitido por la OMS.

Figura 1. Concentración de material particulado inferior a 10 micras en Bo- gotá de 2008 al 2016. Observatorio Ambiental de Bogotá.

Hacia el mes de agosto del 2017, la Personería Distrital realizó un operativo en el norte de la ciudad y concluyó que los articulados de Transmilenio son chimeneas móviles. Si bien la normatividad colombiana permite hasta 50 microgramos de partículas por metro cúbico anual, hay zonas de la ciudad como el suroccidente, en las que los niveles de concentración están alrededor de 70 u 80 microgramos (Revista Semana, 2017, 2 de agosto).

Para Óscar Guerrero, investigador del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) encargado de monitorear y analizar la calidad del aire en el país, las zonas con el mejor aire de Bogotá están ubicadas al oriente, en las cercanías de los cerros, lo que ratifica la importancia estratégica que ocupa el

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cuidado de los ecosistemas de la ciudad para la salud del ambiente y de los seres humanos: humedales, ríos, quebradas, bosques, cerros, parques, zonas verdes, entre otras.

La llamada estructura ecológica principal de la ciudad, que soporta la pervivencia de los más de 8 millones de habitantes y el desarrollo de sus actividades cotidianas, económicas y productivas, y que para el caso de la Reserva Thomas van der Hammen está conformada por los siguientes ecosistemas: los humedales La Conejera, Torca, Guaymaral, Los Búhos, y El Conejito; el bosque Las Mercedes, el bosque Las Lechuzas, las Malezas de Suba, parte de los Cerros Orientales, el cerro La Conejera, el cerro Majui, y la quebrada La Salitrosa, principal afluente del humedal La Conejera.

Este sistema ambiental presta, sin duda, significativos servicios ecosistémicos a una ciudad que presenta graves perfiles epidemiológicos marcados por infecciones respiratorias agudas, conocidas por la sigla IRA (por ejemplo, resfríos constantes y rinitis), que afectan de forma especial a los niños y niñas, como también enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y cáncer de pulmón, entre otros.

La ciudad, en su afán desmesurado de crecimiento, resultado de oleadas de desplazamiento forzado, a razón de la carencia de oferta institucional y desarrollo económico de las regiones, de la violencia histórica, tanto la liberal - conservadora como la confrontacional fuerza pública, subversión y paramilitarismo, y aquella del despojo agenciada por terratenientes, latifundistas, ganaderos, petroleros y mineros, se proyecta al 2020, es decir, en tan solo 3 años, con una población adicional de al menos 300.000 habitantes (DANE, SDP, 2017).

Y en la Sabana de Bogotá ocurre un fenómeno similar. Mientras hace una década (entre 2005 y 2015) la población del país creció 12%, para el caso de los 11 municipios que integran la provincia de Cundinamarca llamada Sabana Centro, ese incremento de habitantes

ha sido del doble (25%). Allí viven 486.700 personas. Eso dice mucho de la fuerte dinámica de una región vecina de Bogotá, que concentra

el 30% del Producto Interno Bruto (PIB) del departamento (El

Espectador, 2016, 30 de noviembre).

El futuro de la Reserva Thomas van der Hammen a corto, mediano y largo plazo impactará sobre la calidad del aire y la salud humana y ambiental de los(as) habitantes de la ciudad y los municipios circunvecinos. La ubicación de la Reserva entre las localidades de Suba (1.162.000 habitantes al 2015) y Usaquén (449.621 habitantes al 2016), y los municipios de Chía (132.691 al 2017) y Cota (24.916 al 2015), asciende a una cifra de casi 1.800.000 habitantes, un importante porcentaje de niños, niñas y jóvenes que tienen derecho a la vida, a la salud, al ambiente sano, al espacio público, al saneamiento ambiental, al patrimonio histórico y natural de la nación.

Hoy por hoy, el único espacio de contención de la expansión urbana desordenada sobre el norte de la ciudad, lo constituye la Reserva, así como la única fuente de oxígeno para sus habitantes, de allí la importancia de no dilatar más su protección y cuidado, y avanzar de una vez por todas hacia la plena conectividad de los ecosistemas que la integran.

Competencias compartidas y el desafío de la