• No results found

*read drafts critically and get feedback from others;

2.6.3 Factors that influence the implementation of the writing process

En el reino animal, donde se conservan los esquemas que sirvieron para la construcción de la complicada cosa humana y a donde siempre acude el alma popular, sentenciosa y simplista, para fundamentar su experiencia de la vida sobre bases que no sufran intermisión ni cambio; en el mundo animal inmediato al campesino venezolano el cachicamo hace la cueva y la lapa se apodera de ella, de donde viene el proverbio aplicable a todo caso en que

alguien emprenda o ejecute algo de cuyos beneficios otro se aproveche... Pero, sin embargo, doña Nico sabía que José Luis era incapaz de disputarle a Florentino cosa a que tuviese algún derecho, o a ella aspirase aún sin tenerlo, y así empleó aquella sentencia sin darle mayor importancia a la intuición que se la inspirase.

Suponía que entre Rosángela y Florentino mediase ya por lo menos un comienzo de inteligencia amorosa y deseaba que así fuese, a fin de que el hijo tarambana asentara la cabeza y se dejase de aquel continuo vagar aventurero, ya demasiado impropio de sus treinta años cumplidos, sin oficio ni beneficio.

Rosángela era toda una mujer. Hacendosa y empeñada en serle útil, cuando podría darse vida regalona, pues ella se miraba y se deseaba para complacerla y mimarla y tenerla como a las propias santas y vírgenes de su oratorio, quieta y en lo alto recibiendo el culto que se le tributase; fina y delicada, cual para que a su lado no medrasen asperezas y toda la casa estuviese llena de su dulce femineidad; valiente y segura de sí misma como pocas lo habrían sido en condiciones semejantes a las que la obligaron a exigirle a Florentino que dispusiese de ella y, finalmente, una mujer en quien la conformidad cristiana —doña Nico no concebía que hubiese otra forma de conformidad ni de virtud alguna— estaba asistida de una entereza y temple de carácter poco comunes, pues con ambas virtudes había aceptado, risueñamente, la vida bien poco apetecible que podía brindarle aquel hogar rústico y pobre, aun cuando aquel probable amor se lo hiciese placentero. Y una mujer así era, precisamente, lo que ella deseaba para su hijo Florentino.

Y no decía que también para José Luis, porqué éste nunca había demostrado ni inclinación al' matrimonio ni veleidades amorosas, punto en que era tan apático como ya lo habían sido varios de los Coronado, uno de ellos su tío Manuel, célibe empedernido y arquetipo de hombre, en todo y por todo, para el que fue su sobrino predilecto y de él aprendió que el buey solo bien se lame.

—No se preocupe, Vieja —le había dicho varias veces a la madre en quien adoraba y con quien compartía su ruda intimidad espiritual—. Lo que es por mí no habrá nuera que le dé quebraderos -de cabeza ni venga a echarla para un rincón de su casa, donde usted siempre será la reina en su trono, mientras yo viva.

De todo lo cual y de lo que, además ya habían hablado madre e hijo tocante a la última aventura de Florentino, concluyó doña Nico que si José Luis había compuesto una copla para bautizar a Rosángela con un nombre poético —de donde menos se espera salta la

liebre— era porque se trataba de un amor de Florentino, de un buen amor del hermano con quien siempre se había conducido como padre consentidor y en paternal amor le floreció el corazón

en unos versos que ya, ya quisiera Florentino haberlos compuesto, no porque le pareciesen malos los del hijo coplero, sino porque el positivismo prosaico del otro acre- ditaba la buena calidad de la ternura de donde se originaron aquéllos.

Y en apoyo de esta reflexión que refutaba lo intuitivo de donde se le ocurrió aquel proverbio tomado del mundo animal, vino una conversación que pronto oyó entre José Luis y Rosángela.

Estaba ésta en el corredor delantero de la casa, sola y pensativa ante la obscuridad de la sabana y él se le acercó, preguntándole:

¿Qué le pasa Centella? ¿Por qué está tan callada? ¿Es que todavía el hombre no le ha dicho nada?

—¿Qué hombre y qué tiene que decirme?

—¡Ah caramba! Ahora caigo en que yo soy bien tonto. Dicho y redicho debe de estar eso ya, ¿verdad, Centella? Que están comiendo chivo es lo que debe de estar sucediendo, para que usted venga a sentarse aquí tan sola y callada.

—Pues... Sigo en la luna, José Luis.

Déjese de entaparados conmigo, Centella.

Aquí doña Nico, que hacía labor junto a la lámpara de la sala, sonrió de la rusticidad metafórica del hijo mientras éste continuaba:

—Cuénteme lo que le suceda. Ábrame su corazón, como dicen, porque si es que realmente el hombre todavía no se ha atrevido a decirle nada —que no sería raro tampoco, pues el que gasta su pólvora en salvas siempre la echa de menos a la hora de los tiros de verdad—, yo le arreglo eso en seguida, para que usted no siga penando.

¡Por Dios, José Luis! ¡Cuidado como se le ocurre!

¡Ah! ¿Conque ya sabe a qué hombre y a qué dicho me refiero?

¡Claro que sí! Pero lo que no entiendo es en qué pueda fundarse usted para atribuirle a Florentino esas intenciones.

Voy a explicárselo. Me fundo en una copla, que hoy no más le escuché. Ibamos a mudar un ganado, él muy pensativo y yo callado observándolo, cuando de pronto, como si se hubiera olvidado de que no iba solo, se quedó contemplando la sabana y murmuró:

¡Ah malhaya quién pudiera con esta soga enlazar al viento, que se ha llevado lo mejor de mi cantar!

—¿Qué dice usted a eso, Centella? ¿No está claro que con esa copla el hombre se lamentaba de que no se le hubiese ocurrido una buena para bautizarla a usted?

—Lo que está claro, pero usted no lo quiere ver, es que Florentino está echando de menos su vida de cantador errante. Que ya quiere irse otra vez.

—No se lo niego; pero esas ganas de darse llano las interpreto de otro modo. Es que está como el mostrenco, sacudiéndose la tereca que le quieren poner.

¿Y la tereca soy yo? —replicó Rosángela, soltando la risa.

A tiempo que doña Nico, allá desde donde los oía y para sí misma:

"¡Válgame Dios! ¡Qué maneras tiene este hijo mío!" E interviniendo en el diálogo:

Llámela montura lujosa, hijo, ya que lo quiere decir en llanero, y agregue que es paso fino el que le van a enseñar al mostrenco.

Con lo cual y el azoramiento de José Luis, pudo Rosángela disimular el suyo riendo largo rato.

* * *

Pero que Florentino ya padeciera nostalgias andariegas, aun acabado de llegar de un viaje largo y en buena compañía, no tenía nada de extraño; lo singular fue que se hubiesen deslizado también en el alma sedentaria y nada imaginativa de José Luis, hasta el punto que se le escapasen estas palabras :

—¿Qué te harás tú, Centella, cuando yo no esté aquí?

Centella, esta vez, era una vaca mohina que tenía una mancha blanca en la frente, algo semejante a las lenguas de fuego que en una de las estampas piadosas veneradas en el oratorio de doña Nico representaban la divina centella del Paráclito bajando sobre las cabezas de los Apóstoles afligidos. Una vaca vieja y achacosa que ya no daba leche, horra y desmerecedora del nombre de Terciopelo que le había puesto José Luis, cuando ternera bonita y retozona, a causa de su pelambre suave y luciente, ahora raído, áspero y sin brillo. Un manso animal amigo que al atardecer venía de la sabana, mugiendo dulcemente, a comer sal en la mano de José Luis, quien entretanto le hablaba como a ser comprensivo.

Caía la tarde, había cesado de llover, era dulce el aire en la luz tierna y el horizonte de la sabana se recortaba limpio y nítido sobre celajes de un colorido ingenuo. En las charcas ya las ranas ensayaban su concierto nocturno y por el cielo de plata una bandada de garzas tendía su vuelo sereno.

Terciopelo lamía la sal en la mano de José Luis sentado, allá, solo, en una de las varas transversales de la puerta de la corraleja. Y todo sucedió como la caída del fruto maduro que se desprende de la rama quieta: la mirada a la mancha del testuz, el recuerdo de la estampa, el claro nombre recién encendido...

Pero, ¿era que alguna vez hubiera pensado en que un día pudiese no estar allí mientras viviera? ... Cuarenta años como un camino árido, traían a este momento sentimental, nunca previsto.

Una vida dedicada a un trabajo tesonero y absorbente cuya inutilidad ahora se le revelaba de pronto, de la mañana a la noche sobre el caballo, compartiendo con los peones la ruda faena, privándose de todo género de placeres, ahorrando el dinero para luego invertirlo en el ensanchamiento de la propiedad y todo para que el coronel Buitrago se la codiciase, y a fin de ponerse en ella le declarase guerra que quién sabe cómo terminaría. ¿De qué valdríale haber trabajado tanto, sin más horizonte? ¿Quién iría a disfrutar del producto de sus afanes y privaciones, una vez muertos la madre y él, que ya no era joven? ...

¿Florentino? ... Sí, y bien empleado estaba. No se arrepentía de haberse echado encima toda la carga mientras el hermano vagaba y holgaba; pero mejor estaría, ya que a Florentino con su propia parte le bastaba y le sobraba, si también algo más suyo que de él solo pudiese esperarlo todo, fuese mañana a disfrutar de lo que él adquirió, pegado siempre a la faena, no holgando nunca.

—¡Un hijo! ... Un viaje...

Pero ¿qué relación —se preguntaba— podían tener estas dos ideas para que su pensamiento no hiciese sino pasar y repasar de la una a la otra? ...

¿De qué te ha valido, Terciopelo, haber tenido tantos hijos? Tú los pariste, yo los vendí como bienes míos, con su producto compré más tierras para que El Aposento fuera la finca más grande y bonita de por todo esto; pero esas tierras aquí se quedarán y en quién sabe qué manos... Tú estás vieja y no tienes ya más gusto que el que te proporciona esta sal en mi mano, que otra no te la dará... ¡Terciopelo!... ¡Centella! ... ¿Acaso no estarías tan vieja y tan fea como estás si cuando eras ternera bonita se me hubiera ocurrido ponerte Centella en vez de Terciopelo? ¿Verdad que sí? ... ¡La vida es cruel, Terciopelo! Nos volvemos viejos... Se nos pasa el tiempo... Lame tu sal, mi pobre vieja, que me diste tus hijos para que mañana de nada me hayan servido...

La vaca mugía y lamía y ya la tarde se iba convirtiendo en noche sobre la sabana inmensa, donde estaban quietos los caminos de loá viajes largos sin rumbo ni objeto...

—¿Cómo es que dice aquella copla de Florentino? ... ¡Ah malhaya un trotecito que no terminara nunca...

VI