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FAULT GENERATION ATTACKS

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3.3 NON INVASIVE TECHNIQUES 1 GENERALITIES

3.3.6 FAULT GENERATION ATTACKS

Una de las cosas de que yo más admiré contemplando y notando las cosas de este reino fue pensar cómo y de qué manera se pudieron hacer caminos tan grandes y soberbios como por él vemos y qué fuerzas de hombres bastaron a lo poder hacer y con qué herramientas y estrumento pudieron allanar los montes y quebrantar las peñas para hacerlos tan anchos y buenos como están (Cieza 2005: 329).

15 Equivalente a 1.70 metros.

16 Esta celebridad llegó a la literatura de ficción. La novela del norteamericano Thorton Wilder, El puente de San Luis Rey (The Bridge of San Luis Rey, 1927), inicia con una tragedia ocurrida en el puente más importante en el camino de Lima a Cusco el año 1714, que se rompía cuando era cruzado por cinco personas. Un sacerdote franciscano, testigo del hecho, consideró que el accidente debía tener una explica- ción teológica, razón por la que se embarca en una investigación de la vida de las víctimas, un artificio literario para que el lector conozca el drama particular de cada uno de estos personajes. El puente termina siendo, en las palabras finales de la novela, una metáfora del amor que une al mundo de los vivos con el de quienes han partido y son recordados por aquellos. El autor se toma libertades con la geografía y la historia, incluyendo la mención a personajes realmente existentes como Micaela Villegas (llamada Camila por el autor) y su amante, el Virrey Manuel de Amat y Juniet, en el escenario de una Lima conservadora, frívola y decadente. La novela ha conocido hasta hoy tres adaptaciones cinematográficas, en 1929, 1944 y 2004.

“Puente del Apurímac”, ilustrado por L. Gibbon, en Un viaje por tierras incaicas. Crónica

de una expedición arqueológica (1863-1865), de George Squier. “A la izquierda de las

chozas, meciéndose a gran altura en una graciosa curva, entre los precipicios de ambos lados, con aspecto maravillosamente frágil y sutil, estaba el famoso puente del Apurímac”, comenta el explorador norteamericano.

El Qhapaq Ñan fue motivo de admiración por parte de los primeros españoles que utilizaron este sistema de comunicación. Pedro Pizarro, el hermano de Francisco Pizarro, y Miguel de Estete, fueron los primeros cronistas en registrar las calzadas, los puentes y la organización de los tambos y centros administrativos. Sin embargo, quien mejor los describió fue Pedro Cieza de León (1555), quien con su curiosidad y observación precisa detalla la tecnología de los puentes algunas décadas antes que Garcilaso de la Vega. También existen testimonios de Vaca de Castro (1543), Agustín de Zárate (1555), el toledano Pedro Sarmiento de Gamboa (1572) y Martín de Murúa (1590), mientras que en el siglo XVII el indí- gena Felipe Guamán Poma de Ayala (1615) y el jesuita Bernabé Cobo (1653) describieron el camino como un sistema con centros administrativos principales y tambos, información que ha sido esencial para su posterior reconstrucción histórica.

A partir de Cieza, todos los cronistas que describen los caminos y puentes hablan con frecuencia de su desgaste. Tal como lo expresaron los cronistas más de una vez, los españoles eran reticentes a cruzar los puen- tes colgantes por su gran altura y su frágil aspecto, pero luego descubrie- ron que no era usual caer de ellos por la solidez de su trama, incluso si los puentes necesitaban reparación (Sancho de la Hoz (1968 [1534]: 11-13). Estos puentes estaban hechos para condiciones distintas a las traídas por los españoles, como el transporte a lomo de animales cuyo peso ligero y finas patas no causaban gran daño en el piso. Este riesgo sí era claro con los animales de origen europeo como los caballos y el ganado con pezuñas córneas como vacunos, ovejas y cabras. Lo mismo se puede decir de los vehículos que podían transportar cargas o personas, por lo general demasiado voluminosos para el diseño original de estos puentes. La cal- zada del Qhapaq Ñan fue usada desde el inicio de la presencia española como camino de herradura para viajeros a caballo o acémila, siendo este uno de los factores que más ha contribuido a su deterioro.

Pero el principal enemigo del Qhapaq Ñan fue la desaparición del sistema político que había impulsado su construcción y aseguraba su mantenimiento. Descabezada y deslegitimada la administración inca, las sociedades nativas se alinearon en pro o en contra de los españoles. Los recién llegados intentaron reponer el orden colocando un gobierno títere en el Cusco, que pronto se rebeló y protagonizó un levantamiento contra la Corona española. Los puentes fueron los que más sufrieron por esta

serie de guerras internas, siendo muchos de ellos derribados para impe- dir el paso de enemigos de uno u otro bando. Pedro de la Gasca, enviado por la Corona en calidad de Pacificador del Perú para acabar con la Rebe- lión de los Encomenderos, recorrió el territorio andino desde el norte hacia la región cusqueña, centro del levantamiento. Luego de constatar la importancia de los puentes para el logro de su empresa y previendo que los rebeldes podrían destruirlos para detener su avance, ordenó la recolección de materiales para el reemplazo de los puentes que estuvieran en peligro de ser destruidos (Regal 1972: 81). Con ello se inició la recupe- ración y el uso parcial del antiguo sistema de comunicación por un nuevo sistema y bajo una nueva lógica.

Tras el costoso proceso de pacificación, con una población nativa diezmada y arrinconada por el nuevo orden político, se instaló rápida- mente una administración de signo muy distinto a la del Tawantinsuyu. Dado que el objetivo de la Corona era la recaudación masiva de recursos y su canalización a centros de acopio para ser enviados a España, el flujo económico adquirió un carácter marcadamente “transversal”, esto es, de conexión entre la sierra y la costa, a diferencia de la administración inca, cuya columna vertebral estaba longitudinalmente establecida a lo largo del Tawantinsuyu (Bar Esquivel 2013: 34). Largos tramos del camino se convirtieron en vías de un flujo económico que favoreció el transporte de contingentes humanos, ganado y recursos primarios, abandonando la mayor parte de los antiguos tambos y algunos de los centros administra- tivos más importantes.

La administración colonial reconoció la importancia de los puen- tes, razón por la que mantuvo y alentó su reconstrucción en los puntos más estratégicos. Sin embargo, el mismo sistema de explotación por ella impuesto impedía a la población disponer de un tiempo para la reparación de estas estructuras, provocando que se produzca un rápido deterioro de los materiales y causando con ello numerosos accidentes y pérdida de vidas. La lógica del nuevo sistema creó así una situación contradictoria, pues la exigencia de enriquecimiento constante pugnó siempre con las necesidades del mantenimiento de los puentes (Camala 2005). Vaca de Castro describe de modo muy directo las penalidades de la población indígena bajo el régimen colonial temprano, a la cual se le exigía una carga continua de tributación:

Los indios y naturales de esta provincia reciben gran trabajo y daño en andar mucha parte del año ocupados en hacer las puentes del camino real, los cuales como son de criznejas y los que pasan por ellas son muchos y las mercaderías, ganados y bastimentos que vienen a esta ciudad y pasan para adelante pacan todas las dichas puentes y las rompen y desbaratan cada día y como los indios comarcanos han de acudir por fuerza a hacerles, reciben gran agravio y pierden de hacer sus sementeras por ser tan continuo el trabajo y dado caso que antiguamente los dichos indios hacían las dichas puentes y lo han tenido de costumbre hasta ahora, no padecían antes tanto trabajo como al presente porque no pasaban recuas ni ganados ni en tanta cantidad gentes y mercaderías como ahora (Vaca de Castro, citado en Camala 2005).

Aun cuando la renovación periódica de los puentes era la norma y toda- vía existían los herederos del antiguo conocimiento, los procedimientos para el mantenimiento de los puentes no generaron el interés de la admi- nistración colonial. Los saberes nativos (por ejemplo, la elaboración y la lectura de quipus), eran detentados por miembros de una población que en esos momentos vivía sometida a una economía basada en la extracción de recursos y la elaboración de manufacturas a gran escala, lo que hizo difícil la transmisión de los conocimientos originarios. Los principios de esta herencia cultural eran, además, muy distintos de los occidentales y las concepciones sobre el mundo de las cuales derivaba este conocimiento fueron, con la difusión de la doctrina cristiana, motivo de prohibición y persecución. La experiencia de miles de años, entonces, se habría refugiado en los especialistas locales, detentadores de los saberes, prácticas y tradi- ciones rituales que tuvieron que mantener en la clandestinidad. Esta situa- ción no cambió en lo fundamental en los años que sucedieron a la Colonia.

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