Si no es exacta ni justicable, desde una perspectiva histórica, la observación de que la psicología hegemónicamente se ha enfatizado en todo lo negativo de la condición huma- na, por lo cual se hizo necesaria y atrayente una nueva perspectiva que contravenga tan nefastas inclinaciones, y si tampoco encontramos mucho de novedad y originalidad en la propuesta de la resiliencia, habremos de reexionar sobre un tercer aspecto que quizá con- tribuya a explicar su marcada aceptación y popularidad: La resistencia humana a aceptar toda visión de sí que vaya en detrimento de su supuesta posición de dignidad y privilegio sobre los demás seres de la creación.
Relativamente, no hace tanto tiempo, al hombre de occidente aún le bastaba con creer en la voluntad divina como la única y primordial causa de su existencia y destino; no era necesaria ninguna otra clase de explicación racional. Pero una serie de eventos históricos, nalmente conuentes en el movimiento sociocultural conocido como Renacimiento, ter- minaría por resquebrajar la solidez milenaria de esta forma de pensamiento teleológico. De este periodo, son de destacar los razonamientos y procedimientos aplicados por el rena- centista Galileo en sus investigaciones físicas, los cuales serían el basamento del posterior racionalismo cientíco y su método.
Desde entonces, la pugna ciencia religión ha sido epopéyica. Al mismo Galileo casi le cuesta la vida intentar sostener las ideas copernicanas sobre la mecánica celeste. Salvar su vida le comportó al sabio italiano un tiempo de reclusión y demostrar su arrepentimiento retractándose públicamente de su herejía. Aunque algunos historiadores comentan que cuando se retiraba de la presencia de sus jueces susurró desaante: Eppur si muove (Drake, 1978; p. 357)38. Pero el celo en contra de las argumentaciones de Galileo, en el
38Sin embargo se mueve. Drake comenta que esta historia aparece por primera vez en una publicación
en inglés, autoría de un hombre de letras italiano, Giussepe Baretti, en Londres, en el año de 1757. Sin embargo, pone en tela de juicio su verosimilitud, creyendo que se trató de un intento dramático por realzar cierto signicado del episodio histórico en relación con la confrontación entre los ideales cientícos y las creencias religiosas.
fondo, poco o nada tenía que ver con una supuesta afrenta a la divinidad por contradecir su palabra; en realidad, aquello verdaderamente ofendido fue la vanidad humana, al vernos desplazados de nuestra posición de ser el justísimo centro de la creación.
Otro lío más moderno, concerniente a esta disputa, fue el publicitado alegato de los monos de Dayton. En 1925, un ciudadano electo por Tennessee (EEUU) a la cámara de representantes, en un intento por evitar la propagación de la inmoralidad incentivada por la ciencia que escandalosamente estaba infectando la mente de los jóvenes norteamericanos radicó un proyecto que proponía eliminar completamente de las aulas de instituciones escolares públicas, o nanciadas de algún modo con dineros estatales, la enseñanza de la teoría darwinista de la evolución. Parecía imposible, pero la iniciativa fue aprobada por el voto de la mayoría y prontamente se puso en marcha. Algunos indignados emprendieron inmediatamente una contrapartida legal y en afortunado detrimento de la salud mental y espiritual de la humanidad las nobles intenciones de tan altruista político sólo cuentan ahora, en la historia, como una anécdota más de los alcances de la vanidad y el fanatismo del hombre.
Las dos historias, traídas como ejemplo, no signican, empero, que tales conatos sean sólo cuentos del pasado. Aún, ahora, millones de personas en el mundo continúan empeñadas en tratar de sostener y difundir las enseñanzas contenidas en variedad de textos sagrados bajo igual premisa: la de un mundo en decadencia material, moral y espiritual debido al alejamiento de Dios propiciado mayormente por la ciencia.
Entonces, aunque en muchos sentidos la resiliencia aparezca como una innovadora lucha en favor de restituirle al hombre lo que siglos de una mirada reduccionista y fragmentadora le han arrebatado, y los ánimos se alborocen por ello, no es la primera vez que voces de protesta se levantan ante el aparente rebajamiento de la dignidad humana por parte de la ciencia. Se trata de aquella vieja pregunta compañera nuestra: ¾qué somos?, urgida de respuestas; pero persistente en no aceptar cualquier revelación concerniente a nuestra verdadera situación en el universo. El mismo Freud (1917) lo mencionaba al comentar sobre la naturaleza de la polémica ocasionada por el psicoanálisis en occidente:
En el curso de los tiempos, la humanidad ha debido soportar de parte de la ciencia dos graves afrentas a su ingenuo amor propio. La primera, cuando se enteró de que nuestra Tierra no era el centro del universo, sino una ínma par- tícula dentro de un sistema cósmico apenas imaginable en su grandeza. Para nosotros, esa afrenta se asocia al nombre de Copérnico, aunque ya la ciencia
alejandrina había proclamado algo semejante. La segunda, cuando la investi- gación biológica redujo a la nada el supuesto privilegio que se había conferido al hombre en la Creación, demostrando que provenía del reino animal y poseía una inderogable naturaleza animal. (. . . ) Una tercera y más sensible afrenta, empero, está destinada a experimentar hoy la manía humana de grandeza por obra de la investigación psicológica; esta pretende demostrarle al yo que ni siquiera es el amo en su propia casa, sino que depende de unas mezquinas noticias sobre lo que ocurre inconscientemente en su alma.
Aunque manía de grandeza, en cierto sentido, quizás sea una dura calicación para nuestra pertinaz negación a aceptar determinados hechos humanos; probablemente se trate más de temor y desconcierto que de vanidad. El problema es que todo nuevo saber, de lo propiamente humano, implica una profunda modicación del objeto de estudio, siendo éste a la vez el mismo investigador (Zuleta, 2003b). En otras palabras, cuando alguien estudia con seriedad algo como el psicoanálisis o el marxismo, no puede ponerse entre paréntesis y esperar no ser tocado en lo más profundo de sus raíces ideológicas. Por tal motivo, Zuleta estimaba un despropósito el intentar estudiar la obra de Sigmund Freud o Marx y tratar de seguir siendo un buen católico. Se hace clara, pues, la pugna entre la necesidad de llenar esos vacíos de conocimiento sobre nosotros mismos y el deseo de mantenernos ignorantes ante la sospecha de encontrar desagradables respuestas. La tesis del etno-psicoanalista Tobie Nathan probablemente ayude a arrojar más luz sobre este asunto. Pero antes de continuar, no dejaré pasar esta oportunidad para resaltar un hecho curioso: pese a las advertencias del mismo Freud acerca de la precaria posición en la que su teoría deja al hombre, una gran facción de los defensores de la resiliencia insiste en encontrar para ésta sustento en el psicoanálisis.
Prosiguiendo, Nathan (1994) sostiene que toda cultura solvente cumple las funciones de evitar el pavor y la perplejidad, al suministrar un conjunto suciente de prácticas y creen- cias como para constituir un marco explicativo satisfactorio en aporte de coherencia y signicado al quehacer humano. De cumplirse con efectividad estos cometidos, se evitaría el surgimiento de preguntas existenciales dolorosas y desconcertantes. Así devienen, en profusa variedad, todo tipo de representaciones culturales entre ellas, dotes y atributos hasta ahora insospechados en el ser humano teniendo por objetivo mantener un nivel aceptable de tranquilidad, alta la moral y viva la esperanza de las personas. Pero el caso es que, infortunadamente, no toda cultura desempeña a cabalidad sus ocios, con consecuen- cias no tan agradables para sus miembros. Ya antes Freud (1927) había señalado lo mismo,
al armar que la principal función de la cultura es protegernos de la naturaleza. Pero a pesar de creerse doblegados los elementos naturales por obra del ingenio del hombre, de vez en cuando las fuerzas del universo se desencadenan implacables contra nuestro orgullo, recordándonos tristemente esa condición de ser seres frágiles, desvalidos y mortales. Enterados de esta manera del no tan alegre panorama de la vida al que cotidianamente nos vemos abocados, ¾quién no desearía un destino sublime de su parte?, ¾a quién no le gustaría poseer mayores dotes, mejores cualidades y tener más alternativas de las que tiene? Es preferible, pues, la idea de un hombre aguerrido, victorioso, pletórico de recursos y posibilidades en otras palabras, resiliente a la condición rebajada en la que nos sitúa muchas veces el discurso de la ciencia.