Hoy, se quiere hacer desapararcer el “tabú” de una palabra proscrita en muchos casos por los medios de comunicación: ética. Una pala- bra miles de veces escrita y hablada por los Papas, y cientos de ellas recordada por nuestros obispos.
Ahora bien, parafraseando a nuestro monarca, no se conseguirá una “ética” mientras no se recupere el sujeto ético. Nuestra cultura, que aún sigue adjetivándose de la “postmodernidad”, vive de lo fragmentario, de lo Light, de lo que se consume y devora sin dejar huella. Y todo por- que ya no se cree en el futuro: “el futuro está aquí”. “Vive el momento presente, sálvese el que pueda... y el último que apague la luz”.
¿Cómo es posible, pues, hablar de ética sin una persona responsa- ble?
¿Y cómo se puede hablar de responsabilidades sin una escala y jerar- quía de valores? No voy a entrar en polémicas, pero sirvan al recordar cuatro valores elementales para comenzar a potenciar una ética: ámate a ti mismo; ama a los demás como a ti mismo; ama a Dios más que a los demás y que a ti mismo; ama la naturaleza para ti y para los demás. ¿Poca cosa pensarán algunos? Y sin embargo, tal vez sea el punto de partida básico para reconciliar dos mentalidades: los que propugnan una ética civil, y quienes, desde posturas fundamentalistas, no respetan ni siquiera una relativa secularidad. La ética de “máximos” y la de “mínimos” están condenadas a entenderse y convivir juntas, respetan- do sus diferentes niveles.
57. PACIENCIA
Se ha escrito que las virtudes menos atractivas para nuestra sensibi- lidad suelen ser las que sin embargo más necesitamos para seguir caminando. Entre ellas, la paciencia.
Virtud humilde, pequeña, muchas veces escondida. La vida real, que todos experimentamos, es vida de contrariedades continuas e inevita- bles dentro y fuera de nosotros.
No querer afrontar esta situación es condenarnos al suicidio lento; admitirla como inevitable, condenarnos al derrotismo. Caminar no es el esfuerzo titánico de saltar continuamente grandes obstáculos, o de no dar pasos hasta no desbrozar y limpiar el camino. Caminar es admitir, sí, que el camino no es llano; es afrontar con realismo lo inesperado tanto dentro de nosotros como fuera. El dominarnos, el seguir con- fiando en nosotros, el soportar a veces en silencio, otras en sonora paz, las situaciones, se llama paciencia. Paciencia que no es sinónimo de resignación, sino de espera activa.
Paciencia que en muchas ocasiones nos purifica de dobles intencio- nes, y nos hace experimentar quiénes somos en realidad. El paciente no es el simple o el inconsciente, sino el sabio que entiende la profundidad de la condición humana y sabe dónde y por qué debe mantenerse en su puesto.
Hay una corta oración que más de una vez ha aflorado en mis labios: “Señor, concédeme serenidad y paciencia para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor y fuerza para cambiar aquello que pueda; luz y sabiduría para reconocer la diferencia”.
58. CAMBIOS
Lo decimos cada año, cada día: es preciso cambiar. Necesito cambiar. No estoy contento ni satisfecho de mi, ni de las personas que viven a mi lado, ni de la actividad que desarrollo.
Veo el lado imperfecto, lo negativo, y lo quiero mejorar. Me quejo de ser como soy y de que los demás sean como son. Me molesta su modo de hablar, de comportarse, de relacionarse.
Busco mayor delicadeza, serenidad, comprensión, afecto, generosi- dad, solidaridad sin cálculos. Y siempre damos vueltas a los mismo: algo debe cambiar. El problema es, que con demasiada frecuencia condiciono mi propio cambio al cambio de los demás. “Si no fuera por”... “Si no hubiera sucedido”... “Si él no hubiera dicho”... Me recuer- da una vieja parábola: un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo lo tiene, pero le falta el martillo.
El vecino tiene uno. Decide pedírselo. “¿Y si no quiere prestármelo?” Ahora recuerdo que ayer no me saludó al cruzarse conmigo. ¿Será que es un raro... o que le han dicho algo de mí? Yo, desde luego si un veci- no me pediría el martillo, se lo daría... Pero hay tipos que te amargan la vida... Les pides un favor y luego tienes que estar a su servicio”.
Después de este monólogo, nuestro hombre sale preocupado a la casa de su vecino. Toca el timbre. Se abre la puerta, y antes de que el vecino tenga ocasión de decir algo, nuestro protagonista le grita furio- so: “!Quédese ud. con su martillo!”. Cambiemos nosotros nuestras acti- tudes. Es el primer y más decisivo paso para que los demás cambien también.
59. FELICIDAD
Cuando pronuncio, entre amigos y no tan amigos, la palabra felici- dad percibo a mi alrededor un tono de escepticismo teñido de hipo- cresía. Se da por hecho que la felicidad no es posible.
Tengo que decir que disiento. Con un matiz: yo tampoco creo en la felicidad, pero sí en los hombres y mujeres felices.
Las claves: lo primero, la unificación interior, es decir, cabeza, cora- zón y manos unidos. Que lo que piense la cabeza, lo sienta el corazón, y lo hagan las manos. Que lo que sienta el corazón lo hagan las manos y lo piense la cabeza. Que nuestras acciones sean sentidas con el cora- zón y pensadas con la cabeza.
Fruto de la unificación interior viene el vivir el momento presente con intensidad: sin ser esclavos ni del pasado ni del futuro. Y, fruto de vivir el momento presente, el experimentar una continua armonía, ale- gría, bienestar y actitud de agradecimiento.
El psiquiatra Peter Fraile nos ha recordado que la clave de la felici- dad es la fusión y no la fisión, y que tenemos que llegar a convencernos de que lo positivo tiene tanta fuerza como lo negativo en nuestra vida. Hemos sido educados para la sospecha y la negatividad. Como si la tragedia y el fracaso fuesen más reales que lo positivo y lo armónico. La visión creyente de la vida siempre ha afirmado que el bien sustenta el mal.
Que las sombras sólo puede existir porque existe la luz. Pero al final la transparencia empapará todo. No tengamos miedo a creer en la feli- cidad, desde la vida de cada día. Aquí y ahora.
60. DESIERTO
Cerca de Murcia se encuentra La Cresta del Gallo. En el valle de dicho monte, se ofrece la posibilidad de vivir unos días de desierto. todo, desde la pobreza y la sencillez.
Unas humildes estancias, en parte excavadas en la misma roca, sin agua corriente, sin luz. En un clima de silencio. En el desierto, lo pri- mero que afloran, son los propios miedos y los ruidos que llevamos dentro. Quien es capaz de reconocerlos, unificarlos e integrarlos, poco a poco se va descentrando hasta anclarse en El, el Señor del silencio, de la sinceridad y de la pobreza. Es el realismo de vivir el momento pre- sente. Sin más añadidos.
San Francisco de Asís, con su permanente alabanza, San Juan de La Cruz y Santa Teresa, con sus ansias en amores divinos inflamados, y Carlos de Foucauld, con su adoración permanente del hermano Jesús, llegan a hacerte redescubrir que lo más necesario en la vida, para cami- nar en autenticidad y ligeros de equipaje, es tener ojos de búho, el cora- zón de niño, las manos de madre, y los pies de peregrino.
En el desierto no hay más remedio que ser tú mismo. De nada valen tus poderes, tus saberes, tus acciones. El desierto es espejo y terapia. Como otros muchos han experimentado sólo hay un secreto: a solas con
el solo Dios, hecho hombre, tierra de nuestra tierra, carne de nuestra
carne, y a la vez siempre más allá. Fe, amor y esperanza fundidos. Es como una analogía para un nuevo renacer.