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Introducción
La doctrina social de la Iglesia, desde la Rerum novarum (RN) de León XIII, de 1891, hasta la Caritas in veritate (CV) de Benedicto XVI, de 2009, ha promovido un modelo de empresa para la puesta en marcha de iniciativas económicas, que articula la libertad individual con la responsabilidad social y el respeto medioambiental. Así, la misión principal del empresario no consistiría en maximizar de cualquier manera el beneficio empresarial, sino en convertirse en un innovador que impulsara proyectos competitivos que, a su vez, beneficiasen al conjunto de la sociedad de un modo sostenible.
De manera expresa, en la encíclica Caritas in veritate se anima al empresario a ir más allá de la lógica del beneficio, sin por ello renunciar a él. Así también, se pone de manifiesto la importancia de la empresa como un valioso lugar de creatividad y de generación de puestos de trabajo, riqueza y nuevos productos y servicios. Adicionalmente, en la encíclica se señala que la gestión de la empresa debe responder no solamente al interés de sus propietarios, sino también al interés del conjunto de sujetos que se relacionan con ella (trabajadores, clientes o proveedores, entre otros) y al interés del entorno social en el que se inserta, teniendo en cuenta la sostenibilidad medioambiental de ese mismo entorno. Esta manera de entender la empresa sobrepasa los límites convencionales de la economía neoclásica y se inserta con fuerza en los debates actuales sobre el concepto, los objetivos y la forma de la dirección y gestión de empresas. La economía de comunión agrupa estos principios –incluyendo el de competitividad– de manera coherente, y los ordena bajo dos principios: 1/ el de unidad entre las personas –los principales agentes económicos–, y de estas con Dios, y 2/ el de amor (caritas), que se transforma en fraternidad.
En primer lugar, presentaremos la noción de economía de comunión. En segundo lugar, analizaremos la presencia de la empresa y de la economía de comunión en Caritas
in veritate. En tercer lugar, haremos un repaso de la presencia de la empresa y la
economía de comunión en documentos anteriores a esta encíclica. Finalmente, se discutirá la relevancia de esta problemática en nuestra sociedad.
Concepto de economía de comunión
La economía de comunión surgió en el movimiento de los focolares (focolari), creado por Chiara Lubich en la ciudad italiana de Trento, durante los bombardeos que sufrió esa ciudad en la Segunda Guerra Mundial. Los focolares mostraron desde un principio un comportamiento parecido al de las primeras comunidades cristianas:
«compartían con alegría cuanto poseían, con una forma de dar y de recibir en la que, incluso en los momentos difíciles, todos eran hermanos e iguales»1. Los focolares maduran su vocación buscando la santificación en la vida de familia, en el trabajo y en la sociedad, como laicos. Pronto, los miembros de esta comunidad empezaron a extenderse por otros países y continentes en torno a la idea de fraternidad y de unidad entre las personas que forman la comunidad, así como en torno a la idea de unidad entre la propia comunidad y Dios2.
El año 1991 fue clave para el movimiento. A nivel internacional, el muro de Berlín había caído dos años antes, y con él empezaron a desmoronarse los Estados comunistas de la Europa del Este. Juan Pablo II acababa de publicar su encíclica Centesimus annus (CA), de 1991, de un marcado carácter social. En ese mismo año, Clara Lubich, durante su visita a Brasil, conmovida por el contraste entre los rascacielos y las favelas en la ciudad de Sãn Pablo,urgió a la creación de nuevas empresas para generar trabajo y recursos y, mediante estas empresas, para contribuir a «sacar a los pobres de su condición y formar hombres nuevos»3.
La propuesta del movimiento focolar consiste en extender a la creación de empresas el sentimiento de unión y de fraternidad que existe en sus comunidades, invitando a las personas a generar nuevas ideas de negocio o a transformar empresas ya existentes. Es el comienzo de la denominada economía de comunión. Las empresas creadas o transformadas al calor de esta iniciativa compiten en el mercado con el resto de empresas, con la importante diferencia de que sus beneficios son destinados a tres finalidades concretas: 1/ un tercio es reinvertido en la propia empresa para asegurar su capitalización y competitividad; 2/ un segundo tercio es destinado a difundir la cultura de la economía de comunión (mediante congresos, conferencias, etc.), y 3/ el último tercio es destinado a socorrer a las personas en situación de necesidad, empezando por aquellas cercanas a las comunidades de focolares. En la actualidad, unas 800 empresas ubicadas en distintos países y continentes funcionan según estos principios, muchas de ellas agrupadas en parques industriales específicos4.
Por tanto, la economía de comunión no solamente busca la competitividad en el mercado, sino que igualmente tiene en cuenta las necesidades de las personas en situación de pobreza5. También influye en la manera en que las empresas son gestionadas: por ejemplo, confían en suministradores y clientes, o bien no despiden automáticamente trabajadores para ajustar la cifra de beneficio, entre otras prácticas habituales en la economía de comunión. Es decir, frente a la lógica del beneficio se ofrece aquí la lógica de la fraternidad, permitiendo la personalización y la gratuidad (comunión) en las relaciones de mercado6. Se trata de colocar la cultura del dar y del amor en el centro de la actividad económica y de la empresa, todo ello dentro de la economía de mercado7.
La economía de comunión está muy relacionada con la espiritualidad de los focolares, que es mucho más que una ética empresarial o económica. Es una
espiritualidad que busca la santificación de las personas en la vida económica ordinaria, y no solo en la vida social ajena a lo profesional. Esta espiritualidad está basada en dos pilares fundamentales:
El primero de ellos es el mandamiento del amor: «Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12-13). En este mandamiento descubren los focolares el amor de Dios por cada persona, así como también la llamada a vivir ese amor en la relación con cada persona, tanto entre los miembros de la comunidad como en el resto de la sociedad. De esa manera empezaron a compartir sus miedos, preocupaciones, alegrías, posesiones, bienes materiales y espirituales8.
Y el segundo pilar es la unidad. A partir de la última oración de Jesús antes de morir («para que todos sean uno», Jn 17,21), el deseo de vivir en la unidad ha permanecido como uno de los pilares fundamentales del movimiento focolar. Unidad de cada persona con Dios, unidad entre las personas que forman la comunidad, y unidad de cada persona y del conjunto de la comunidad con el resto de la sociedad9.
De esta espiritualidad basada en el amor –caritas– y en la unidad surge con fuerza la idea de transformar las estructuras económicas y sociales del mundo, con una mentalidad abierta a la colaboración ecuménica. Podríamos decir que la economía de comunión no es sino la aplicación de esta espiritualidad a la economía de mercado10, un modo de hacer empresa en el que la gratuidad, la fraternidad, la caridad y la justicia estén presentes en organizaciones competitivas capaces de generar beneficio económico en un entorno de libre mercado.
Presencia de la empresa y la economía de comunión en Caritas in veritate
La visión que Benedicto XVI propone sobre el desarrollo económico en Caritas in
veritate es eminentemente positiva. Recoge la idea expresada previamente por Pablo VI,
quien había visto«en el desarrollo, humana y cristianamente entendido, el corazón del mensaje social cristiano» (CV 13). Este desarrollo, además, «debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (CV 18). Frente a concepciones meramente técnicas, científicas o amorales del desarrollo, propone que su mismo centro sea la caridad, la fraternidad entre las personas y los países (CV 20).
La encíclica reconoce que el proceso de globalización y los avances tecnológicos, junto con la desaparición de la política de bloques, han propiciado un aumento del crecimiento económico. Benedicto XVI señala que «la riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades» (CV 22). La encíclica señala que fruto de estas desigualdades coexisten estilos de vida consumistas y derrochadores junto con situaciones de miseria deshumanizadora, inseguridad alimentaria y dificultades en el acceso al agua (CV 27). Profundizando en la línea de la sostenibilidad social del desarrollo, la encíclica critica la reducción de los derechos de los trabajadores y la renuncia consciente a la distribución de la renta con el objetivo de incrementar la competitividad de un país a nivel internacional en el corto plazo (CV 32). La obsesión
por conseguir resultados económicos en el muy corto plazo exigiría una «nueva y más profunda reflexión sobre el sentido de la economía y sus fines», así como el progresivo deterioro medioambiental del planeta, también víctima de este cortoplacismo (CV 32).
La encíclica analiza, igualmente, el papel de la empresa y del mercado. En primer lugar, la encíclica reconoce en el mercado la «institución económica que permite el encuentro entre personas [...] que intercambian bienes y servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y deseos» (CV 35). Sin embargo, «la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a “injerencias” de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos, incluso de manera destructiva» (CV 34).
De hecho, el pensamiento económico convencional propone comportamientos maximizadores a los agentes económicos, tanto a las empresas como a los consumidores11. Las empresas que quieran sobrevivir en el mercado deberán maximizar el beneficio a corto plazo12. Con el paso del tiempo, este comportamiento egoísta basado en la maximización ha desembocado en «sistemas económicos, sociales y políticos que [...] no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían» (CV 34).
Benedicto XVI plantea un cambio en el objetivo de la actividad económica –la que llevan a cabo las empresas– para orientarla a la consecución del bien común (CV 36). De esta manera, «toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral» (CV 37). Existe, entonces, un espacio para la moralidad dentro de las decisiones que las empresas toman en el mercado. Las empresas pueden elegir entre mantener comportamientos egoístas-maximizadores, o bien pueden optar «libremente por ejercer su gestión movidas por principios distintos al del mero beneficio, sin renunciar por ello a producir valor económico» (CV 37).
Benedicto XVI propone a las empresas (y al resto de los agentes económicos que actúan en el mercado), que no solamente actúen con respeto a los principios tradicionales de la ética social, como la transparencia, la honestidad, la responsabilidad y el respeto a la legalidad, sino que también den cabida al principio de la gratuidad dentro de la actividad económica ordinaria (CV 36). Esta propuesta es contraria al funcionamiento del mercado según el pensamiento neoclásico, basado en el egoísmo individual (consumidor) u organizacional (empresa). Sin embargo, la propuesta entronca con una concepción económica donde la caridad (caritas) ocupa un lugar preferente, no solamente fuera o después de la actividad económica –por ejemplo, en la vida familiar y social–, sino desde el comienzo de esa actividad y durante todo el proceso económico. La búsqueda del desarrollo integral por medio del mercado debe seguir los dos principios básicos mencionados al comienzo de este apartado: la justicia y el bien común. Para ello es necesario apoyar la «apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizadas por ciertos márgenes de gratuidad» (CV 39). La encíclica plantea superar la idea de que la maximización del beneficio sea el único objetivo de la empresa. Al mismo tiempo, propone a la empresa que, sin renunciar a la competitividad y a la consecución del beneficio, esté abierta también a la consecución del bien común
mediante su actividad ordinaria. Es decir, el papel de la empresa no se reduciría únicamente a satisfacer a uno de solo de sus partícipes sociales (los accionistas,
shareholders), sino que debería tener en cuenta todos los partícipes sociales de la misma
(stakeholders), la comunidad donde desarrolla su actividad, y el servicio al bien común. Benedicto XVI cita expresamente la economía de comunión para poner de manifiesto cómo es posible «concebir la ganancia como un instrumento para alcanzar objetivos de humanización del mercado y de la sociedad» (CV 46). En concreto, el Papa se refiere a un tipo de agentes económicos con vocación de obtener beneficio económico constituidos por organizaciones que, no obstante,«suscriben pactos de ayuda a países atrasados; por fundaciones promovidas por empresas concretas; por grupos de empresas que tienen objetivos de utilidad social; por el amplio mundo de agentes de la llamada economía civil y de comunión» (CV 46).
Ya hemos descrito más arriba el modo en que las empresas que funcionan de acuerdo con la economía de comunión reparten su beneficio, atendiendo a las necesidades de recapitalización de la propia empresa –manteniendo así su competitividad presente y futura–, a las necesidades de las personas en situación de necesidad y a la diseminación de esta forma de trabajar dentro de la economía de mercado. Sin embargo, la economía de comunión no humaniza el mercado y la sociedad únicamente mediante el reparto del beneficio. Igualmente importante en esta tarea es la idea de reciprocidad, ya que es la que anima este reparto de la ganancia económica y, en general, la manera de gestionar la empresa que funciona dentro del esquema de la economía de comunión13. La reciprocidad difiere del altruismo o de una transacción de mercado. El comportamiento altruista observa al necesitado como una persona que carece de los medios para progresar por sus propios medios, por lo que podría generar dependencia en quien recibe la ayuda. Por otro lado, la transacción de mercado requiere de una equivalencia exacta entre el valor de los bienes o servicios intercambiados. En contraste, la reciprocidad requiere que tanto la persona que da como la que recibe contribuyan con algo a este intercambio, aunque sus contribuciones sean de un valor desigual. A la hora de ayudar a personas necesitadas, se establece una relación de reciprocidad entre estas personas y la empresa que opera en la economía de comunión de la siguiente manera: las personas contribuyen a la relación compartiendo sus necesidades, mientras que la empresa contribuye con parte de su beneficio, generándose una sensación de comunidad y de confianza recíprocas que elimina la posibilidad de actitudes paternalistas14. Las necesidades y la parte del beneficio compartidas tienen el mismo valor en esta relación15. En palabras de la Comisión Internacional de la Economía de Comunión: «hoy en día, la herramienta más importante para eliminar la exclusión y la pobreza en el mundo no es la redistribución, sino la creación de nueva riqueza que envuelva a las personas necesitadas en ese proceso de creación. De lo contrario, cualquier asistencia financiera podría terminar convirtiéndose en un mero asistencialismo o paternalismo, justo lo opuesto al espíritu y a la cultura de comunión»16.
partícipes sociales –stakeholders–, el principio de reciprocidad se aplica sencillamente siguiendo la regla de tratar a los demás como la empresa misma querría que los demás trataran a la empresa. En la práctica, esto significa que las empresas que siguen la economía de comunión, cuando interactúan con otros partícipes sociales, se ponen en el lugar de cada uno de esos partícipes con el objetivo final de establecer una relación estable en el largo plazo, basada en la confianza mutua. En muchos casos, esto significará dejar de maximizar el beneficio a corto plazo, así como sustituir el comportamiento oportunista de corto plazo por una perspectiva de largo plazo que contemple beneficios mutuos para la empresa y para cada partícipe social, ya sean estos clientes, trabajadores, suministradores o incluso competidores17.
De este modo, podemos concluir que la idea de «concebir la ganancia como un instrumento para alcanzar objetivos de humanización del mercado y de la sociedad» (CV 46), mediante la cual Caritas in veritate alude explícitamente a la economía de comunión, no se refiere únicamente a la dimensión de compartir un tercio del beneficio con las personas necesitadas, sino que principalmente hace referencia al hecho de involucrar en la creación de riqueza a personas desfavorecidas, bien poniendo en marcha iniciativas empresariales nuevas, bien sumándose a proyectos empresariales comenzados por otros. Y esta creación de riqueza o de valor se haría en condiciones de libre mercado, compitiendo con otras empresas, buscando una relación de largo plazo basada en la confianza con el resto de los partícipes sociales y contribuyendo a la consecución del bien común de la sociedad. De esta manera, la consecución del beneficio se convertiría en un medio para sacar de la exclusión y la pobreza a las personas desfavorecidas, contribuyendo al bien común.
Presencia de la economía de comunión en documentos anteriores
Como ya hemos indicado, la economía de comunión nació dentro del movimiento focolar a comienzos de los años 90, en un contexto social marcado por grandes diferencias en el reparto de la renta y por la aparición de grupos sociales excluidos de las ventajas del desarrollo económico. Se trata, por tanto, de una iniciativa que cuenta con apenas veinte años de proceso, y que ha sido recogida por primera vez en una encíclica, la Caritas in veritate, de Benedicto XVI.
Sin embargo, esta encíclica entronca con la tradición de la doctrina social de la Iglesia, cuyo origen encontramos en la encíclica Rerum novarum (RN), de León XIII (1891). Como veremos a continuación, Caritas in veritate y la propia economía de comunión no nacen ex-novo, sino que ambas están enraizadas en el pensamiento social cristiano desarrollado con anterioridad. Ya en la encíclica Rerum novarum, la sostenibilidad social y política del sistema económico adquieren la máxima importancia. En este texto de León XIII se abordan asuntos como la pobreza de las masas, la búsqueda de una solución a «la miseria y estrecheces que presionan de manera tan injusta a la mayoría de la clase trabajadora», y «los derechos relativos y los deberes mutuos de los ricos y los pobres» (RN 1, 4 y 12). Estas materias serán consideradas
cuarenta años más tarde en la encíclica de Pío XI, Quadragesimo anno (QA), de 1931. Algunos años más tarde, la encíclica Pacem in terris (PT), de Juan XXIII (1963), se centrará en el tema de la paz. La paz es contemplada como una nueva dimensión de la sostenibilidad de cualquier sistema político, económico y social. En esta encíclica, el papa Juan XXIII afirma que cada ser humano «tiene el derecho a la vida, a la integridad corporal, y a los medios necesarios para un correcto desarrollo de la vida» (PT 11). La encíclica continúa con una enumeración de esos medios: «comida, vestido, cobijo, descanso, cuidado médico y, finalmente, los servicios sociales necesarios» (PT 11-14). El acento está puesto en la dimensión social del proceso de desarrollo económico.
El concepto de desarrollo, incluyendo las dimensiones económica y social, fue de nuevo tomado en consideración cuatro años más tarde en la encíclica Populorum
progressio (Pablo VI, 1967). A su vez, el papa Juan Pablo II consideró la cuestión social
de una manera explícita en al menos tres encíclicas: Laborem exercens, de 1981,
Sollicitudo rei socialis, de 1987, y Centesimus annus (CA), de 1991. Muchas de las