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Chapter 2 – Pre-processing and Feature Extraction

2.3 Feature Extraction

a) Con el pecado (amarla). Conversión supone rechazo del pecado, no sólo en cuanto acto aislado sino también en cuanto actitud global y programática para la vida. Rescatar el pecado de la dimensión anecdótica, circunstancial y cuantificable (aunque esto no se ignore) es la primera exigencia para una recta comprensión del mismo.

En el NT, especialmente en el Evangelio de s. Juan, resulta clara la dialéctica entre pecado (actitud) y pecados (actos); entre pecado (potencia configurante) y pecados (concreciones históricas). Jesús, participando de esa dialéctica, opta preferentemente contra el pecado actitud y fuerza configurante (Jn 1, 29; 16, 8).

La atomización moralizante de la vida, reflejada en una moral casuista, es el alto precio pagado, que de rechazo, directa o indirectamente, ha contribuido a una interpretación y vivencia reductiva del sacramento de la penitencia.

b) Con la autosuficiencia (anomía). Si quiere percibirse lo esencial de la conversión, hay que tener presentes las palabras de Jesús cuando insiste en la necesidad de cambio: "hacerse como niños", es decir, renunciar a la autosalvación para percibir y recibir la gracia de la salvación (Ef 2, 5).

La auténtica conversión se da cuando el hombre se descentra, para ser centrado por Dios; cuando no quiere operar su salvación por sus propias fuerzas, sino que deja de mirar a sí mismo y confía

audazmente en Dios y de él espera todo bien. El reconocimiento por parte del hombre de su

incapacidad salvífica supone la posibilidad de recibir la salvación de Dios como gracia. Con esto no se está postulando ni defendiendo una delegación de responsabilidades, una alienación en la exterioridad (Dios es "más íntimo a mí mismo que yo mismo" afirma san Agustín), sino una descentralización

egoísta que descubra (revele) al hombre su dimensión relacional.

c) Con la injusticia (adikía). El convertido ha de redimensionar todo el sistema de relaciones personales con Dios, con los otros (personas y cosas) y consigo mismo, para rescatarlo de infiltraciones y

tergiversaciones egoístas.

Una exigencia fundamental de la conversión es la práctica de la justicia, entendida como, "caminar en la presencia del Señor" con todas las implicaciones de esa opción.

Justicia es una categoría central en la Biblia. Es atributo de Dios, y en cuanto tal significa

primordialmente salvación. Y es vocación del hombre, consistiendo en su justa relación con la creación y particularmente dentro de ella con el hombre y con el Creador. Es un término de relación

interhumana (Is 16-17 Lc 6, 36-38) intercreatural (Is 11, 5-9 = Rom 8, 18-26) y del hombre con Dios (Is 1, 11-20 Mt 7, 21-23). Convertirse, en este sentido, significa "volverse" con una nueva actitud a Dios, al hombre y al mundo.

d) Con la mentira (psgysma). La mentira, como actitud existencial contra la Verdad, es uno de los principales obstáculos de la conversión y, consecuentemente, una de las rupturas impuestas a todo aquel que busca la luz (Jn 3, 20).

La conversión aporta una nueva filiación. El diablo es padre de la mentira" (Jn 8, 44 mientras que el convertido está llamado a ser "hijo de la luz" Jn 12, 36; y Tes 5, 5) y, en consecuencia, a vivir como tal (Ef 5, 8).

La conversión es liberación, pues para ser libres nos liberó Cristo, y sólo la Verdad hace libres (Jn 8,32). Apertura

La conversión no se comprende sólo ni principalmente desde las rupturas que impone; la "buena noticia" de Jesús no es una resta, una sustración a la vida del hombre ("No he venido a abolir, sino a dar plenitud" Mt 5, 17). No es una cadena interminable de "no es", sino un SI (II Co 1, 19), fundamental y global a Dios Padre. SI que reviste la modalidad de un retorno. Con una peculiaridad: el camino no lo recorre en su totalidad el hombre solo; también Dios se ha puesto en camino para facilitar y posibilitar el reencuentro. Más aún, Dios nos precede en ese camino (Lc 15, 20).

La conversión a Dios, escribe Juan Pablo II, consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno (cf 1 Co 13,4) a medida del Creador y Padre... La conversión a Dios es siempre fruto del "reencuentro" de este Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no sólo como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo "ven" así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a él" (Dives in misericordia, n.° 13).

Los términos bíblicos que objetivan la realidad de la conversión arrojan cierta luz sobre su modalidad shub (volver) y metanoein (pensar-más allá).

Con el verbo shub se designa el retorno de la cautividad a la tierra patria, a la casa del Padre; el camino existencial del hombre no sólo ha de corregir en unos grados su orientación, ha de girar completamente para recuperar la libertad. Con metanoein (transmentatio) se quiere indicar que el hombre no sólo tiene que enriquecer su pensamiento con algunos elementos nuevos sino que tiene que trascenderse a sí mismo, para "llegar a conocer cuál es la anchura y la longitud, la altura y la

profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento" (Ef 3, 18-19). No se trata sólo de adquirir una nueva mentalidad, sino de tener la mentalidad de Cristo (1 Co 2, 16). Y esta reorientación sólo es posible con la gracia de Dios (2Co 5, 18), ofrecida de manera multiforme en Jesucristo, Camino para posibilitar nuestros pasos y Verdad para iluminar nuestros pensamientos. La conversión, pues, supone un "éxodo", una "salida" de esas servidumbres fundamentales (pecado, autosuficiencia, injusticia y mentira) y una "entrada" en espacios explorados sólo por el amor de Dios y explorables sólo desde ese amor.

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