El 6 de octubre de 1945 entré al atardecer en mi ciudad residencial. Mi madre me había acompañado desde mi población natal. De los parientes que residían en Budapest estaba presente mi primo, el doctor Miklós Zrinyi, juez del Tribunal Supremo. Desde Zalaegerszeg llegó-una delegación de antiguos y fieles colaboradores a cuyo frente estaba el presidente de la Asociación de Industriales, István Horváth. Veszprém envió a los miembros capitulares y el canónigo catedralicio; Szombathely al rector del seminario, Gefin Gyula, con otras muchas amistades. A última hora de la tarde fui recibido en Esztergom por los miembros del capítulo cardenalicio, los rectores y funcionarios de la curia arzo- bispal, clero de la ciudad, benedictinos, franciscanos y miembros de numerosas órdenes femeninas. Budapest envió a los representantes de las organizaciones nacionales católicas, asociaciones e instituciones. Uno de los días siguientes compareció asimismo una delegación del gobierno provisional a cuyo frente estaba el ministro de Defensa, János Vórós.
El aspecto que ofrecía Esztergom a la sazón era acongojante. La basílica, que mira a la ciudad como una madre protectora y había ofrecido, efectivamente, protección a sus hijos durante el intenso fuego de cañón, había quedado parcialmente destruida. Mientras pronunciaba mi alocución de llegada,
se desencadenó, llegada desde los montes de la Alta Hungría, una tormenta y el agua penetró por los numerosos boquetes de las bóvedas. Pronuncié mis palabras en el amplio templo y en abierto desafío con las desatadas furias tormentosas. También el palacio episcopal, el museo diocesano, famoso en el mundo entero, el seminario, escuelas, conventos, casas parroquiales y diversas casas particulares mostraban las huellas de la guerra. Pero en una ciudad como aquélla, con su gran pasado, la vida proseguía entre las ruinas.
Nuestros antepasados calificaron a Esztergom de la perla del país. Calificativo apropiado. Su belleza natural, el lugar que ocupa en las estribaciones de los Cárpatos y sobre la cuenca danubiana, así como el papel representado por Esztergom en la historia milenaria de la nación, tanto en su aspecto religioso como nacional, la hacen digna de tal atributo. Ottokar Prohánska denominó a Esztergom llama de la Cristiandad y la Hungaridad. Allí nació San Esteban, rey de Hungría. Allí fue bautizado. Allí fue coronado, con la corona que le regaló el Papa Silvestre. Allí residía el principio de la formación de Hungría como Estado.
Esztergom había sido capital del país, ya bajo el padre de San Esteban, el príncipe Géza, que hizo construir el palacio real y junto al mismo, la basílica sagrada de tres naves en honor del santo obispo y mártir, Adalberto.
Esztergom fue capital de Hungría por espacio de dos siglos y medio. Allí residió todavía la corte de Bela IV, antes de que este rey, alertado por la experiencia del ataque tártaro, buscara un lugar más seguro para la capital y la trasladara a Buda. Obsequió entonces al arzobispo con su palacio episcopal. La residencia arzobispal que ahora tenía yo que ocupar, mostraba numerosas destrucciones causadas por la guerra. Esztergom había sido capital de la Hungría medieval y allí fue donde se redactaron las leyes. La ciudad había dado la pauta con su cultura, con su arquitectura y su arte. Era, a la sazón, punto central del comercio y la industria húngaros. Arquitectos científicos, escritores y artistas se asentaron en gran número en la ciudad, de la que hicieron su residencia. Pero Esztergom fue igualmente expresión de la concepción cristiano-medieval del Estado, en la que Sacerdocio e Imperio, Papa y Emperador, se daban la mano. La expresión húngara de este concepto eran el rey de Hungría y el arzobispo de Esztergom. El primado coronaba al rey con la corona que había ceñido San Esteban. Con aquel acto de la coronación, el rey pasaba a ser soberano de la nación. La santa corona era fuente de derecho y poder en el país. Toda la nación, tanto el rey coronado como su pueblo, estaban bajo la santa corona. Santa corona que unía rey y pueblo y que era origen simbólico de la soberanía nacional.
El derecho de coronación que tenía el arzobispo de Esztergom le daba la primacía entre los dignatarios del Estado y la Iglesia. Asumía los poderes del rey cuando éste se ausentaba del país y el soberano acudía a él en busca de consejo. Cuando el rey faltaba a la carta constitucional, el arzobispo de Esztergom estaba obligado a exhortarle y exigirle el mantenimiento de los preceptos constitucionales. La historia cuenta también que el cumplimiento de estos deberes reportó en oca- siones tremendas dificultades e incluso el cautiverio para los arzobispos dé Esztergom. En tal sentido cabe citar a los obispos medievales, Lukács Banfy, Job, Robert y Ladomér; a János Vitez, bajo el reinado de Matías; así como Gyórgy Lippay contra Leopoldo I. También tienen su lugar en la historia József Batthyay, que mantuvo su pugna contra José II y János Scitovsky contra Francisco José. Semejante actitud correspondía por entero a las esperanzas de la nación y era valorada por los católicos e igualmente por los miembros de otras confesiones como un deber natural del primado.
La dignidad, los derechos y las obligaciones del primado subsistieron inalterables cuando tras la primera guerra mundial y mediante la ley de 1920, se introdujo en el nuevo texto constitucional húngaro la figura del Regente, que ejercía la representación del rey ausente.
Mi predecesor, el famoso jurisconsulto, cardenal Séredi, asumió en 1942 esta responsabilidad en el curso de un mensaje radiofónico, al decir entre otras cosas:
«En la persona del príncipe primado de Hungría se aunan, por circunstancia feliz, la más alta dignidad de la Iglesia católica y del Derecho público húngaro, unión que simboliza el reino cristiano húngaro».
Esta posición singular y privilegiada tenía su origen en el hecho histórico de que mediante nuestro santo rey San Esteban, el primado fuera nombrado — con el asentimiento de la Santa Sede — arzobispo de la entonces capital Esztergom y metropolitano de todas las diócesis húngaras. Muy pronto, el Pontífice romano vincularía a la dignidad de primado el cargo de legado pontificio, de tal
manera que su jurisdicción eclesiástica abarcaría todo el país... Por disposición del rey San Esteban, el príncipe primado es por consiguiente la primera autoridad legal después del rey o bien tras el jefe del Estado...
Esta dignidad doble del príncipe primado, representaba para él una continua, difícil y fiel labor, de tal manera que tenía que vivir y trabajar para la Iglesia católica húngara y para la Patria húngara.
El Parlamento provisional que celebró sus sesiones en 1945, en De-brecen, no trató de la posición constitucional del primado, por lo que no sólo el pueblo sino también el gobierno provisional reconocieron con ello que el derecho del primado según la Constitución era todavía válido. Cuando respondí en tal sentido al telegrama de felicitación del presidente del Consejo de ministros del gobierno provisional y en mi propio telegrama aludí a la posición constitucional del primado húngaro, quise así subrayarlo al gobierno, al Parlamento provisional, los partidos, la prensa y la opinión pública. Mi telegrama decía:
«Muy agradecido por su cálida felicitación. El primer dignatario del país está siempre al servicio de su patria».
En el sermón pronunciado a raíz de la entronización en mi sede, puse de relieve lo que la nación, entendida como un todo, podía esperar de mí en 1945: «Estoy dispuesto a cumplir con mi deber».
Considero necesario este breve resumen histórico para que el lector pueda comprender mejor el sermón pronunciado a raíz de mi entronización:
«Queridos fieles:
»Soy por gracia de Dios vuestro nuevo pastor. Mis pensamientos van hacia Roma, cabeza de nuestra Iglesia Universal, van hacia el Papa reinante en la alegría y el dolor, Su Santidad Pío XII. Postrada a sus pies está nuestra fiel luchadora y tenaz alma húngara. La Humanidad, entre ruinas, mira hoy a lo alto, a la roca de Pedro, con arrepentimiento y confianza. Las verdades eternas allá pregonadas pueden sanar a la Humanidad, mortalmente herida en su camino de Jericó. Es consolador saberlo: hay un Poder en este mundo sobre el que no tienen mando y dominio las puertas del infierno (Mat. 16, 18).
«También me lleva el pensamiento al sepulcro de mi antecesor, el arzobispo Serédi. A lo largo de su vida nos mostró el camino recto, impartió los sacramentos, y dedicó su vida a los humanos, ofreciéndonos el sólido celo de la fe. Pero la ceguera y ofuscación de unos cuantos dirigentes y la resistencia a la paralizante violencia de sus seguidores impidieron a muchos seguir sus advertencias. Fue la voz del que clamaba en el desierto (Juan, 1, 23). Y cuando los malos frutos maduraron, se hundió él mismo en la ruina.
«Extiendo sobre él la bandera de todos los verdaderos luchadores de Cristo, así como la bandera de nuestra nación. Era un verdadero hombre de Dios, un hombre que fue tanto de la Patria como de la Iglesia.
»Desde los eternos riscos y desde tumbas recientes acudo a vosotros, mis fieles,, para traeros el mensaje de Pascua del eterno Sumo Sacerdote: «La paz sea con vosotros».
»Me dirijo ahora una pregunta a mí mismo y pregunto, como antes San Bernabé en el umbral del convento: «¿Para qué has venido aquí?» Mi respuesta es esta:
«Correspondiendo a una tradición histórica — por supuesto, algunas veces interrumpida — vengo como septagésimo noveno pastor de Vesz-prém, la ciudad de los reyes. En el lugar primero de esta línea está situado un mártir. Le siguió el arzobispo Robert, que combinó la jefatura política del país con la organización de la Iglesia. Siguió Ferenc Forgach, que fue rector y mentor de la renovación católica. Veo con los ojos del espíritu a Gyórgy Szechenyi, de noventa y tres años, entronizado aquí primado, arzobispo que hizo la obra maestra de la beneficencia. Veo también al conde Imre Esterházy que con sorprendente habilidad política mantuvo la validez de la Pragmática Sanción gracias a lo cual el pueblo disfrutó de tranquilidad y paz política por espacio de 200 años. Elevo también la mirada con respeto al arzobispo József Kopacs, que hizo posible nuestra salvación nacional entre las ruinas del pasado y a quien hoy podríamos rogar por el bienestar de nuestra patria.
»EL príncipe primado del país ocupa el puesto de sus antecesores. Si la inteligencia y el buen juicio del pueblo trata de tender ahora un puente sobre el abismo de los tiempos pasados, no podía faltar tampoco el pontífex, que significa textualmente el constructor de puentes, vuestro arzobispo, que es la
primera dignidad del país por unos derechos que datan de 900 años.
»Aunque estuvieran reunidas en su persona la sabiduría y la fuerza de todos los obispos de Veszprém — que no es tal el caso — sería poco en este año de 1945 y ante los abismos que se abren ante nosotros. Una Hungría sangrante por todas las heridas aparece derrotada y sumida en la mayor desdicha moral, social y económica de su historia. Nuestro salmo es por ello un «De profundis», nuestra oración un «Miserere», nuestro profeta el quejumbroso Jeremías, y nuestro universo, el de la Apocalipsis. Nos encontramos ante el torrente babilónico y tenemos que aprender a entonar canciones extrañas en nuestra arpa rota.
»La mayor desgracia no fue la guerra. A otra mayor se refieren los informes de los médicos, según los cuales y por efecto de las malas condiciones alimenticias, más de la mitad de los casos de disentería en los ancianos y los niños tienen un desenlace fatal y se ha doblado el número de los tuberculosos, al tiempo que quintuplicado las dolencias venéreas. Pero mientras suenan los lamentos de la flauta, se escuchan los trémolos del violín gitano. Con una desaprensiva sensualidad se ha ini- ciado una nueva y para nosotros enteramente extraña captación de la juventud. Es una juventud triste la que en semejante trance convoca al baile y al desenfreno. Posiblemente su sangre sea húngara, así como su lengua y su apellido, pero se abren océanos entre la Hungría desventurada y esa Hungría que grita de júbilo. Entre la sangre y las lágrimas, entre la miseria y las ruinas, se regocijan aquellos que no saben lo que se hacen.
»Tan sólo una fortalecida atención a las almas es susceptible de resolver semejantes rupturas en los diques morales de contención. Allá donde las leyes naturales aparecen poco firmes y seguras en los corazones, sólo hay un medio para contrarrestar el caos moral: una vida espiritual mucho más profunda. Por mi parte, soy pastor de almas desde hace más de un cuarto de siglo. Quiero ser un buen pastor, que en caso necesario dé su vida por su rebaño, por su Iglesia y por su patria.
«Queridos fieles... Seamos ahora un pueblo de oración. Si aprendemos a rezar bien de nuevo, encontraremos en nosotros mismos un inagotable manantial de fortaleza.
»Con la ayuda de Dios Padre y de María Madre, quiero ser del mejor grado la conciencia de nuestro pueblo, quiero llamar a las puertas de vuestras almas y proclamar que nuestro pueblo — en contraposición con las doctrinas erróneas que se extienden por doquier— ha encontrado de nuevo las salvadoras tradiciones, unas tradiciones que le despertarán a una nueva vida.
«Cuando O'Connel sintió próximo su fin, emprendió el camino de la Ciudad Eterna. Pero sólo consiguió llegar a Genova. Allá escribió en su testamento: «Cuando haya muerto, llevad mi corazón a Roma, pero mi cuerpo a la querida tierra patria». Roma y mi patria son también para mí las estrellas que me orientan. Me sentiría dichoso si todos acertáramos a vivir con esas mismas indicaciones de nuestro camino, si la patria húngara se renovara así y un cambio moral nos llevara hasta la orilla feliz de la vida eterna. Amén».