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Son escasos los estudios analíticos referidos a los com­ portamientos sexuales violentos en un medio carcelario y, de manera más general, en un contexto judicial. Ello hace doblemente interesante la lectura de dos capítulos centra­ dos en un enfoque psicodinámico de los agresores sexuales, contenidos en el libro de J. Aubut y colaboradores [6]: prime­ ro, porque trabajan sobre una muestra importante de suje­ tos vistos a lo largo de una vasta práctica, e igualmente por­ que toman como referencias, junto con algunos franceses, a autores norteamericanos y canadienses. Además del abor­ daje psicoanalítico de la patología en cuestión, las teorías y prácticas cognitivo-conductistas ocupan, es de sospechar, un amplio espacio.

En uno de los capítulos a que aludimos, J. Aubut señala la tendencia de los psicoanalistas «posfreudianos» a tomar en cuenta, en lo que se refiere a la organización de la perver­ sión, la violencia antes que el placer. Además de citar a J. McDougall y a J. Chasseguet-Smirgel, subraya el esfuerzo de varios analistas norteamericanos por despejar ciertas constelaciones dinámicas que dan cuenta de los comporta­ mientos perversos: R. J. Stoller, E. Schorsch et al., Van Gij- seghem...

Monique Tardif, en un capítulo consagrado a la psicote­ rapia individual de base psicoanalítica de los agresores se­ xuales, efectúa una revisión bibliográfica más completa correspondiente a los autores norteamericanos, refiriéndo­ se también ampliamente a J. McDougall y a J. Chasseguet- Smirgel, y a algunos otros autores franceses. No se advier­ ten nociones verdaderamente nuevas en relación con lo que conocemos, salvo que los norteamericanos se comprome­ tieron más decididamente que en Francia en tratar perso­ nas sometidas a una decisión de la justicia. El resultado de esta revisión son algunos señalamientos fácilmente imagi­

nables que tocan a los problemas de la contratransferencia, de los vínculos con un trabajo de equipo, de la necesidad de clarificar los objetivos. En realidad, el capítulo se refiere a la perversión en general; no hay indicaciones que permitan identificar una diferencia de organización psíquica entre la patología que puede hallarse en el medio carcelario o que al menos ha estado sometida a una decisión judicial, y la que se observa en el consultorio en aquellos sujetos que han de­ cidido seguir un tratamiento.

Ahora bien, hemos visto de qué modo la patología de nuestros sujetos se desprendía gradualmente del conjunto genérico representado por la perversión sexual. Ahora sabe­ mos que hay dos tipos de perversión, que por mi parte lla­ maré de primero y de segundo grado. Este último se carac­ teriza por una capacidad de toma de distancia apta para brindar la posibilidad de construir un libreto defensivo ya relativamente elaborado, aunque repetitivo, cuya puesta en acto se efectúa con cierta flexibilidad en función de las ur­ gencias o expectativas posibles dependientes del estado in­ terior; la perversión de primer grado guarda contacto con la realidad externa, pero corresponde a una vertiente más im­ pulsiva en la que se testimonia una mayor pobreza de capa­ cidad elaborativa, aunque actúe igualmente en el marco de un libreto. En términos más concisos, yo diría que en un ca­

so el sujeto tiene la posibilidad de montar un libreto y de ver­ se en él, aun cuando esto suceda en un nivel inconsciente, mientras que en el otro está completamente capturado en el montaje, reducido a ser sólo instrumento de una escena que transcurre en otro lugar. Por ahora, dejaré en suspenso este en otro lugar.

Nosología

Me parece prudente hacer ahora un balance en cuanto al lugar nosográfico de la patología estudiada, a fin de propo­ ner bases claramente enunciadas para los desarrollos ulte­ riores de nuestra reflexión. Se trata, en efecto, del grupo de agresores sexuales a cuyo respecto la índole penal de sus actos no constituye por sí sola un criterio desde la perspec­ tiva de una investigación clínica. Defino a continuación

los dos niveles de perversión que comencé a estudiar en la pág. 102.

— La perversión sexual que puede hallarse en la clínica en diversas ocasiones instala un modo de defensa vinculado a la angustia de castración o a la angustia de pérdida de ob­ jeto. Está construida según modalidades ya elaboradas y su

elemento más representativo es el libreto lúdico.

Entre los casos penales integrarían esta categoría los comportamientos pedofílicos dirigidos a niños grandes, cier­ tos atentados al pudor limitados en su exceso agresivo y te­ ñidos de una tonalidad sádica, ciertos comportamientos de exhibicionismo connotados por estos mismos rasgos.

— La patología que describo bajo el nombre de «perver­ sión de primer grado» se caracteriza por un manifiesto pre­ dominio de la violencia destructiva sobre el placer erótico. Se trata en realidad de una perversidad sexual, que debe distinguirse de la perversidad narcisista, aunque no se oponga a ella (P.-C. Racamier) [806], de la perversión afecti­ va (Ch. David) [31] o de la perversidad llamada caracterial. El término perversidad es introducido aquí en un sentido psicodinámico, en clara ruptura con el concepto de «perver­ so instintivo» de Dupré de comienzos de siglo.1

Los sujetos de este grupo y que presentan manifestacio­ nes de perversidad sexual, se inscribirían en un libreto de comportamiento del que serían un engranaje, más que un elemento de representación.

La compulsividad presidiría las dos formas de perver­ sión y perversidad, estableciendo una nota específica que sellaría su diferencia con otros modos de funcionamiento mental que también desembocaron, en circunstancias di­ versas, en una agresión sexual. Esto no impide, ni mucho menos, tener en cuenta, con miras a una evaluación global, la existencia de elementos fóbicos o paranoicos, o cuales­ quiera otros, junto a manifestaciones de índole perversa, de perversión o de perversidad. Como ya hemos dicho, estas manifestaciones no podrían definir por entero a un sujeto de una vez para siempre.

1 Se leerá con interés, en este aspecto, el artículo de concepción histórica