Subchapter I. FREIGHT ELEVATORS GENERAL REQUIREMENTS
FIBER ROPE TOWS
El presente apartado es una reflexión lúdica. Si bien toda tesis debería jugar con sus herramientas teórico-críticas para arrojar una visión nueva a un problema específico, la aclaración —en este caso— se debe a que el objeto de estudio que pretendo abordar es nuestra actualidad. Por ello la distancia crítica del observador no puede ser otra más que la del participante en un juego de cartas en el que el jugador sólo conoce cierto número de cosas y lo demás lo intuye. La incertidumbre, por supuesto, es un factor esencial y más cuando la pregunta a responder es ¿hacia dónde va el arte, la literatura incluida por supuesto, en la era digital?
El simple planteamiento de esta pregunta lleva implícita una discusión inacabada: la de si nos encontramos en la modernidad, en la postmodernidad o en una cosa completamente diferente. Cuestionar a la modernidad, dice Lyotard, es la principal cualidad postmoderna, es lo que genera la transformación, ese espíritu prerrevolucionario (postmodernidad 25). Sin embargo la respuesta que arroja la propia postmodernidad a la pregunta ¿hacia adonde va el arte?, no es una respuesta del todo satisfactoria pues responde a través de un principio de incertidumbre: no lo podemos saber. No lo podemos saber pues depende de los múltiples discursos, de las múltiples formas, acciones, diseños y desarrollos que cada artista genera en su propio hacer. Así, podemos dar por entendido que el arte en la era digital es primordialmente contingente, dinámico y múltiple, pues no se rige por reglas preestablecidas; por lo contrario se halla en una etapa de relajamiento, en el que el juego es esencial. Sin embargo entrar a la discusión previamente planteada sobre la modernidad puede darnos una visión más general de esta pregunta sin aparente respuesta.
Octavio Paz, en el ocaso de su vida, advertía que el término "postmoderno" era equívoco, aunque en aquel fin de siglo se pensara que la modernidad como época experimentaba una radical mutación: "Si es así" —decía Paz— "este periodo no puede llamarse ni definirse simplemente como postmoderno. No es nada más lo que está después de la modernidad: es algo distinto de ella. Algo que posee ya rasgos propios, aunque en formación (Casa 493)". Hoy, a 22 años de aquel pronunciamiento, el término se ha difuminado entre nuevos conceptos tales como era postindustrial, globalización, Tercera Revolución Industrial, Modernidad líquida, Revolución Informática, Transmodernidad, etc. Por supuesto no pretendo agotar aquí cada uno de estos términos, su validez, ni mucho menos la discusión en torno a ellos. Pero lo que me queda claro es que desde el establecimiento de la modernidad en nuestro horizonte histórico, con el capitalismo como modelo económico dominante, 23 es difícil que logremos salir de ella.
Néstor García Canclini, en su libro Culturas Híbridas nos habla de los cuatro movimientos que, en resumen, definen a la modernidad, estos son: un proyecto emancipador, un proyecto expansivo, un proyecto democratizador y un proyecto renovador (43). Estos cuatro aspectos se hallan presentes y vigentes en nuestra era digital, por lo que podemos afirmar que el hombre digital es moderno como lo fue en su tiempo el hombre romántico. La modernidad, signo inagotable de nuestro tiempo, se ha convertido en ese eje
23 Para Bolívar Echeverría el cambio del valor real de los recursos por el de su plusvalía es lo que marca el
comienzo de lo que ahora conocemos como modernidad:
El fundamento de la modernidad parece encontrarse en la consolidación indetenible -primero lenta, en la Edad Media, después acelerada, a partir del siglo XVI, e incluso explosiva de la Revolución Industrial hasta nuestros días-, de un cambio tecnológico que afecta a la raíz misma de las múltiples "civilizaciones materiales" del ser humano a todo lo ancho del planeta. La escala de la operatividad instrumental del trabajo humano, tanto del medio de producción como de la propia fuerza de trabajo, ha dado un "salto cualitativo"; ha experimentado una ampliación que ha hecho pasar a la actividad humana a un orden de medida superior y, de esta manera, a un horizonte de posibilidades de dar y recibir formas desconocido durante milenios de historia (Echeverría 145).
transversal que desde la invención de América pasa por cada episteme y ethos24 histórico de nuestras sociedades.
Sin embargo, con el paso del umbral que marcó el siglo XXI, esa gestación de una
nueva era nacida tras el doloroso parto que significó la caída de las Torres Gemelas y con ella la aparición de opinión pública global,25 podemos advertir que existe algo distinto en nuestra configuración epistémica. El hombre de hoy, parece evidente, no piensa igual que el de 1968 y éste a su vez es seguro que veía el mundo de modo harto distinto del de 1789 o al de 1521. ¿Cómo podemos afirmar entonces que nos hallamos en la misma modernidad? Si no podemos decir que la hemos superado ya, es porque ésta permite pocas escapatorias; así, paradójicamente, la modernidad —cúmulo de contradicciones— al buscar constantemente el establecimiento del hic et nunc se supedita al instante, sólo el presente inmediato se ajusta a su propio concepto, Octavio Paz comentaba:
Desde su nacimiento, la modernidad es una pasión crítica y así es una doble negación, como crítica y como pasión, tanto de las geometrías clásicas como de los laberintos barrocos. Pasión vertiginosa, pues culmina en la negación de sí misma: la modernidad es una suerte de autodestrucción creadora. [...] Lo que distingue a nuestra modernidad de las otras épocas no es la celebración de lo nuevo y sorprendente, aunque también eso cuente, sino el ser una
ruptura: crítica del pasado inmediato, interrupción de la continuidad. (Casa 335).
Hablar pues de modernidad implica un riesgo: el de la clausura de su propio concepto; hablar de postmodernidad diríamos, siguiendo a Eagleton, raya en la ilusión. Nombrar "modernidad" a una época histórica es una suerte de locura, locura sí, pero nacida en el seno de una genialidad: la de condenar a los tres tiempos (tomando el futuro como centro, es decir el progreso) a la necesidad de lo momentáneo, a la búsqueda constante del consumo de la inmediatez.
24 Concebido como ese conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la
identidad de una comunidad.
25 El concepto de opinión púbica lo abordaré más adelante de forma amplia en el subcapítulo sobre la
Nuestra era digital pertenece y es atravesada por la modernidad. Pero para poder responder a la pregunta de ¿hacia a dónde va el arte? es necesario que miremos de otra forma el problema de la modernidad, pues como lo escribió Octavio Paz, la modernidad niega el tiempo cíclico (Casa 356), lo supedita a la continuidad, al avance en línea recta, a esperar siempre lo siguiente. A través de Néstor García Canclini podríamos rescatar el concepto postmodernidad pues para él, lo postmoderno no es sólo lo que remplaza a la modernidad sino "un modo de problematizar las articulaciones que la modernidad estableció con las tradiciones que intentó excluir o superar” (Culturas 23).
Quien, desde mi punto de vista, resume de mejor manera el término postmoderno es Terry Eagleton en su libro La ilusión de la postmodernidad, donde comenta que la postmodernidad es un tipo de pensamiento que desconfía de las nociones de: verdad, razón, identidad, objetividad, progreso universal y emancipación de la modernidad, y contra estos grandes relatos considera el mundo como contingente, diverso, inestable, inexplicado, un conjunto de culturas desunidas que en su conjunto crean un grado de escepticismo sobre la verdad, la historia y lo dado por la naturaleza (11). A partir de este punto debe entenderse, entonces, que la postmodernidad no es ya el nombre que designa a una época histórica, sino una crítica profunda a los postulados de la propia modernidad, al paso indetenible del progreso en línea recta. La postmodernidad abre el espectro de mundos posibles y de tiempos posibles, incluyendo lo que Bolívar Echeverría considera como historicidad cíclica (Modernidad 20), en donde existe la posibilidad de varios occidentes.
Es quizá este mismo estilo de pensamiento el que permite abordar a Bolívar Echeverría el término ethos histórico del que nos dice: "Se trata de un comportamiento social estructural al que podemos tal vez llamar "ethos histórico", por cuanto en él se repite una y otra vez a lo largo del tiempo la misma intención que guía la constitución de las
distintas formas de lo humano” (Modernidad 162). Lo que pretendo decir hasta aquí es que la postmodernidad posibilita la explicación de nuestra sociedad a través de un concepto "cíclico" del tiempo que hasta ahora había sido negado por la modernidad, un tiempo en el que las cosas vuelven aunque no en una versión pura sino en esa especie de "mismidad" de la que nos habla Echeverría, que es inestable, dinámica y plural.
En Los hijos de Limo Octavio Paz nos brinda un ejemplo de este tipo de pensamiento al afirmar que lo que él pretende es "mostrar que un mismo principio inspiró a los románticos alemanes e ingleses, a los simbolistas franceses y a la vanguardia cosmopolita de la primera mitad del siglo XX (Casa 337)." Esta hipótesis considera esa especie de "retombe"26 o vuelta a caer en lo "mismo" que sólo es posibilitada por esa concepción del tiempo cíclico. Es a partir de este supuesto que se puede comenzar a plantear una apuesta, una hipótesis que permita trazar el panorama del arte en nuestro tiempo. Pero antes de aventurarnos a hacer alguna formulación hablemos primero de nuestra era, para que podamos comenzar a trazar paralelismos.
Si se me permitiera utilizar una metáfora para explicar la configuración de nuestro tiempo, elegiría la figura del caleidoscopio para acercarme a su definición. En la era digital conviven a la par, como si se hallasen dentro de un cilindro de cartón, distintos elementos que no necesariamente pertenecen a nuestro horizonte histórico: la dissimulazione27 del
Barroco, por ejemplo, heredada en el mismo hábito del criollo del "se obedece pero no se cumple", se halla muy presente todavía en el pensamiento del mexicano. Otro ejemplo sería
26 Del francés: caída.
27 La dissimulazione según Villari aconseja hacer concesiones en el plano bajo y evidente como maniobra de
ocultamiento de la conquista en el plano superior e invisible; como instrumento para poner en práctica una política de oposición efectiva dentro de un espacio político dominado por la dictadura y la represión (Echeverría 183).
la exaltación discursiva de lo nacional y lo heroico expresada desde el romanticismo en los distintos discursos político-sociales de nuestra cotidianeidad cívica —García Canclini menciona el Grito de Independencia que celebramos cada 15 de septiembre como ejemplo de esto—; o ese espíritu revolucionario, creativo-destructivo, que impulsa los movimientos sociales propios y ajenos como el recién llegado y despedido #YoSoy132 y su antecedente mayúsculo en las revoluciones de Egipto y el Medio Oriente, mismos que se inscriben en una larguísima tradición de la revolución y los movimientos de izquierda; o la relajación del arte y las categorías sociales zombis (que están muertas y al mismo tiempo vivas: tales como la familia, la religión y el Estado) descritas por Ulrich Beck, propias de nuestro tiempo (Bauman Modernidad 12). Todo este conjunto de pensamientos y conocimientos perviven contemporáneamente con sus distintas fuerzas constitutivas dándole forma a nuestra época, y sin embargo, no se hallan perfectamente delimitadas como signos unívocos de nuestro tiempo, sino más bien, como pequeñas figuras traslúcidas que según se acomoden, se hallan más o menos claras conformando el todo de nuestro ethos cultural, un
todo relativo, puesto que depende del punto de vista del observador, por una parte, y de la fijación de un momento dado, de la manifestación del fenómeno social que deseamos estudiar antes de que el propio ritmo vertiginoso de nuestra era dé un nuevo giro a la imagen que arroja el conjunto de esas distintas configuraciones. Lo que cierra nuestro tubo de cartón, que sirve también de espejo, es la tradición: único elemento siempre visible de fondo que nos conecta con nuestro pasado y que a través del rito y de la fiesta nos habla de nosotros mismos.
Si me he logrado explicar bien, entenderemos que nuestra época está caracterizada por esa mezcla de valores, estructuras de pensamiento, formas de vida, etc., que hemos venido arrastrando en buena medida desde el Medievo, la antigua Grecia y quizá más allá.
Jean François Lyotard, hablando de nuestra cultura contemporánea, dice que "el eclectisimo es el grado cero de la cultura general contemporánea" (postmodernidad 18). Ese grado cero de la cultura se asemeja mucho a lo que García Canclini trabaja en Culturas híbridas, y a lo que el propio Cornejo Polar, en un breve ensayo titulado "Para una teoría literaria latinoamericana" asume como una de las condiciones rectoras de nuestras literaturas contemporáneas, ya que no se puede hablar de una sola literatura latinoamericana, sino más bien de una "condición múltiple, plural, híbrida, heterogénea o transcultural de los distintos discursos y de los varios sistemas literarios que se producen en nuestra América (Teoría
10)". La pregunta que planteé al principio es ¿hacia dónde va el arte y la literatura en nuestra era digital?, y este eclecticismo, esta hibridez es nuestro punto de partida.
Hibridez, relajamiento, contingencia, incertidumbre y democratización de sus medios de producción son los ejes que trazan el camino por donde transita nuestro arte actual; pero si he hablado de "retombe" y tiempo cíclico es porque también encuentro cierta similitud con algunos procesos que han seguido las actuales civilizaciones occidentales globalizadas en la conformación de su ethos cultural con las civilizaciones coloniales tras la invención de América.
Walter D. Mignolo en su libro La idea de América Latina, sitúa a nuestra región como el primer reordenamiento del mundo moderno. A los procesos que implicaron la transculturación28 de los pueblos originarios de América por los colonizadores europeos, Mignolo los enmarca en un concepto nombrado como Pachakuti del cual nos dice:
Uno de los significados de pacha, es similar al de "madre tierra", sin embargo también puede
querer decir "mundo" [...] La palabra kuti se refiere a un cambio brusco y repentino en el
orden establecido, un giro como los que ocurren cuando se pierde el control de un vehículo y da vueltas varias veces sobre sí mismo hasta que se detiene con las ruedas hacia arriba. Ese es
el tipo de proceso que los pueblos americanos han experimentado y siguen experimentando hoy en día como consecuencia de la conquista española y la reorganización de la vida y el
tejido social y que se denominan con la palabra pachakuti (Idea 76).
Como lo dice Mignolo, en América latina ese proceso creó una herida colonial, abierta y sangrante aún en nuestro tiempo debido a la devastación social, cultural, y religiosa que experimentaron los pueblos originarios de América; Europa, en cambio, no había experimentado un proceso similar al pachakuti a lo largo de su historia (el descubrimiento o la invención de América, según O´Gorman, fue una consecuencia más del proyecto expansivo de la modernidad Europea). Si bien es cierto que desde la fundación los estados nacionales e incluso mucho tiempo atrás con las invasiones romanas y bárbaras, las Cruzadas y las propias guerras entre reinos o feudos, la expulsión de los moros y judíos, etc., los países europeos sufrieron procesos de transculturación, éstos nada se comparan con el proceso de invasión, devastación, sometimiento, colonización, evangelización, criollización y mestizaje que experimentaron los pueblos originarios de América. En ese sentido puede decirse que nuestro continente fue el primer gran laboratorio de modernización como lo asegura García Canclini y también, por consiguiente, el primero en ser postmoderno. América nació postmoderna y el arte que produjo también. Si se comprende bien esto podría explicarse por qué Jean François Lyotard define a la obra postmoderna como origen de la modernidad y no el fin de ella: "Una obra no puede convertirse en moderna si, en principio, no es ya postmoderna. El posmodernismo así entendido no es el fin del modernismo sino su estado naciente, y este estado es constante" (Lyotard postmodernidad 23).
La postmodernidad como término aparece en el mapa europeo mucho tiempo después, precisamente por un proceso similar al pachakuti americano: la Primera y la
Segunda Guerra Mundial. Tras este periodo grande de devastación las naciones se restauraron, se reconfiguraron; pero al igual que había ocurrido siglos atrás con nuestras sociedades americanas, lo hicieron dejando en su alma una herida abierta. El colonialismo en el siglo XX, como sabemos, no llegó esta vez con oleadas de gente en pos de los
territorios conquistados; la ganancia: si es que al final hubo alguna, fue la de imponer un modelo económico, de pensamiento y de consumo hegemónico. Los procesos de transculturación fueron rápidamente puestos en marcha por compañías televisoras, radiodifusoras y cinematográficas que mediaban la actitud crítica y en buena medida la pasividad de los espectadores. Pronto el mundo se pobló de trasnacionales como McDonald´s, General Electric, Ford, Monsanto, etc.; el arte y la cultura se vendió al capital, y las últimas oleadas de actitud crítica reflejadas por los movimientos comprendidos entre 1968 y 1985 y en libros como La rebelión en la granja y 1984 de Orwell, Fahrenheit 451
de Bradbury o un Mundo Feliz de Huxley pronto se disiparon en ese mar de pasividad, desinterés y crisis de representatividad que experimentamos las sociedades occidentales de la segunda mitad del siglo XX.
Tal como lo sospechaba Tocqueville, liberar a la gente puede volverla indiferente. El
individuo es el enemigo número uno del ciudadano, sugería De Tocqueville. El "ciudadano" es una persona inclinada a procurar su propio bienestar a través del bienestar de su ciudad - mientras que el individuo tiende a la pasividad, el escepticismo y la desconfianza hacia la causa común, el "bien común", la "sociedad buena" o la "sociedad justa" (Bauman
Modernidad 41).
El arte también cayó en ese desinterés, en ese qué más da que Lyotard nombra como "relajamiento" (postmodernidad 18). Los procesos de neocolonización, transculturación y por tanto de hibridez siguen vigentes y actuando con gran fuerza hasta nuestros días. Internet, salvo en territorios como China o Cuba que han ofrecido cierta resistencia, ha propiciado oleadas de información socializadora que viaja kilómetros hasta lugares impensables. Las naciones occidentales enfrentamos día a día esa pugna entre el modelo homogeneizador de
la modernidad y la resistencia que ofrece nuestra tradición. El resultado depende en gran medida de cómo cada país, entidad o grupo social, se adapta a los procesos de transculturación y cómo se amolda a esos procesos de "vulnerabilidad ", "rigidez " y "plasticidad cultural" de los que nos habla Ángel Rama en su libro Transculturación narrativa en América Latina (31).
Como podrá advertirse, la hipótesis que sostengo es que tras estos procesos convulsivos que significaron el pachakuti en la América colonial y las Guerras Mundiales, se instauró un comportamiento social estructural similar aunque múltiple y dinámico: un
ethos barroco.
Si hablo de multiplicidad y dinamismo es porque debe entenderse qué procesos sociales similares pueden generar resultados culturales diversos; así, aunque como afirma Paz el romanticismo, el simbolismo y las vanguardias estén inspiradas bajo un mismo