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5.2 The Implementation Process of SEFLAME-CM under A Transdisciplinary based

5.2.2 Field Data from Actors and Secondary Data

El Cristianismo, como movimiento espiritual, se sistematiza, organiza y desarrolla hasta convertirse en institución. Tras casi trescientos años de vivencia clandestina, en el siglo IV, el Emperador Constantino lo implanta como “religión oficial” del Imperio, y desde entonces funciona como Iglesia. Nunca conoció la uniformidad, pues en su seno subsistieron corrientes ligadas a la diversidad del pensamiento greco romano. En el siglo XI se produce el primer fraccionamiento serio, cuando Roma se separa definitiva, orgánica y doctrinalmente de los patriarcados históricos. A comienzos del siglo XVI surgen otros planteamientos teológicos con los reformadores Martín Lutero, Juan Calvino y Tomás Cranmer, lo que llevó a una ruptura subsecuente. Desde entonces el Cristianismo existe claramente definido en tres ramas auténticas: Ortodoxia, Romanismo, y Protestantismo.

Entre los siglos XV y XVI, esas ramas se trasladan al continente americano. La Iglesia Católica se afinca en lugares conquistados por España y Portugal (América del Sur, Caribe, México y Centroamérica). La Iglesia Protestante se asienta en los Estados Unidos, Canadá y sectores del Caribe. La Ortodoxia tiene

asiento físico únicamente en el territorio de Alaska, pues era parte integral del Imperio Ruso, hasta el siglo XIX. En el siglo XVIII el protestantismo norteamericano da lugar a múltiples opciones evangélicas, mientras el catolicismo retuvo su unidad estructural. Antes de la llegada de los europeos “cristianos”, la población aborigen de lo que hoy es Ecuador tuvo sus propias religiones desde tiempos inmemoriales, relacionadas con la naturaleza y el ciclo agrícola. En la Amazonía, sus teologías dicen relación con los ríos y el agua. Durante el Incario, estas religiones subsistieron, aunque se asimiló el culto de los vencedores. En los poblados norandinos se balancea el culto al Inti, con el culto a la Quilla.

El sui géneris Cristianismo de los conquistadores ibéricos se forjó en el enfrentamiento contra “moros y judíos”. Surgió así en España, a partir del siglo XV, un Cristianismo discriminador y excluyente que, comenzando como intolerancia gradual contra los semitas, devino en feroz persecución contra los conversos, hasta culminar en una abierta persecución racial. Esta era justificada y consagrada por los “Estatutos de Limpieza de Sangre”.

En nuestro continente el mestizaje impidió la separación racial y religiosa. Más bien se operó el sincretismo religioso manifiesto en devociones y cultos a estatuas, monigotes y santones, bajo el calificativo de “religiosidad popular”. Buena parte de las antiguas divinidades adquirieron nombres e imágenes de santos. El culto a la Quilla se camufló con advocaciones a Santa María Virgen; y en el ritual del Corpus Christi subyace el Inti Raymi, en todo su esplendor.

Durante la Colonia, la unión entre la fe cristiana y el Imperio Español fue indiscutible, y de mutuo beneficio. La Conquista se había justificado para extender la fe cristiana como el único medio para la salvación de la persona. La Iglesia imperial defendía y legitimaba el poder colonial. Las ofensas contra la religión eran crímenes de orden penal y civil. Pese a todas las precauciones, en Guamote, Provincia del Chimborazo, la Inquisición registra el primer linchamiento contra un protestante, el 29-jun-1565, por cuanto el sistema jurídico imperante perseguía a delincuentes, revoltosos y disidentes del oficialismo teológico con igual fervor. Al mismo tiempo, se imponía y defendía por todos los medios la única religión “verdadera”.

A principios del siglo XIX llegaron al Ecuador, los primeros predicadores no católicos, provenientes de Inglaterra y los Estados Unidos. Los unos como militares, los otros como colportores. Originarios de naciones donde ya imperaba la libertad de cultos, veían en América Latina, la posibilidad de extender sus beneficios democráticos. Su tarea fue difícil, porque enfrentaban no sólo al clero sino también a la autoridad civil: predicar y profesar otra “religión” era un crimen contra la majestad del Rey y contra la naturaleza del Estado. La independencia política ecuatoriana, a partir de 1820 trajo como consecuencia la distribución masiva de las Santas Escrituras --sin comentarios-- y la organización de las sociedades bíblicas. Dos escuelas elementales (una anglicana y otra metodista) funcionaron en Guayaquil hasta finales de siglo.

Hacia 1895, la Revolución Alfarista expone al Estado la opción del laicismo, con la determinación de implantar una clara separación entre Estado e Iglesia. Utilizando los dictámenes del Patronato, el Estado retuvo control sobre las instituciones católicas que funcionaban en su territorio, sin calificarla como religión oficial. La Ley de Cultos de 1904 implantó serias dificultades a la práctica del romanismo, prohibió la apertura de conventos y noviciados y expulsó por decenas a frailes extranjeros revoltosos. Empero --en un proceso viciado, pendular y retrógrado-- en 1937 se firma un Modus Vivendi entre la República y el Estado Vaticano. En él se hace una jugosa compensación económica al catolicismo criollo, mientras se le restauran antiguos privilegios.

Las tímidas misiones protestantes de principios de siglo permitieron auxiliar al Estado en el establecimiento del sistema laico de educación pública. Con creciente influencia, el ingreso masivo del protestantismo al Ecuador, se experimentó, sobre todo, en los años sesenta del siglo XX. Algunas de esas nuevas comunidades llegaron como misiones agresivas directamente de los EE.UU., por desgracia canonizando el american way of life En medio del fervor socialista y pre-revolucionario de esos años, y con la prédica creciente de una teología liberacionista y cuestionadora en lugar del catolicismo tradicional, amplios sectores políticos y religiosos progresistas miraron al incipiente protestantismo como una mal disimulada penetración reaccionaria del imperialismo norteamericano. Cuando las iglesias protestantes históricas hacen causa común con la aspiración de cambio revolucionario exigido por los creyentes en América

Latina, y cuando sus pastores y obispos son calumniados, perseguidos, expulsados, encarcelados, torturados, desaparecidos o fusilados, se supera la inicial desconfianza, y las iglesias minoritarias experimentan un crecimiento explosivo e irreversible. Como una aparente señal de madurez, en los años ochenta, el Ecuador abrió sus puertas a una avalancha de religiones completamente ajenas al Cristianismo, especialmente procedentes del oriente medio y extremo.

Gracias a estos cambios estructurales, todas las constituciones políticas del siglo XX han desechado en Ecuador la vigencia de religión oficial alguna. En diverso grado han ratificado la libertad de cultos. Debido a la controversia suscitada entre quienes afirman que la Ley de

Cultos imperante en la República es la de 1904 o la de 1937, desde enero del 2000 existe un Reglamento que rige para la práctica de la libertad religiosa en la República del Ecuador.

CAPITULO III