Adquisición de cabal los. La adquisición de un buen caballo, tanto de tiro como de silla, no es cosa fácil, porque en virtud de numerosas circunstancias podemos emitir un juicio erróneo. El poseer muchos conocimientos hípicos, el ser un buen jinete, el saber cuidar los caballos propios y cuando se trate de militares los del cuerpo a que pertenezcan, no es suficiente para poseer la competencia especial necesaria para hacer una buena adquisición y menos todavía cuando se tengan que adquirir grandes cantidades de caballos y juzgarlos sumaria y precipitadamente, como ocurre en las compras que se realizan para el ejército.
El conocimiento perfecto de los caballos requiere mucha practica, mucha teoría y además un sentido especial, el cual permite que, por el aspecto del caballo, por algunos datos imprecisos, por elementos de examen que no se podrían definir, el comprador adivine casi instintivamente la aptitud y la índole del animal.
En una palabra, para comprar buenos caballos es necesario saber ver y, en una gran parte, adivinar.
Por consiguiente, todo aquel que no crea poseer muchos conocimientos hípicos procederá muy cuerdamente solicitando el concurso de un veterinario o de una persona práctica. Pero ni aun así podrá tener el convencimiento de haber hecho una buena compra. El veterinario, por muy experto que sea, no podrá hacer otra cosa que juzgar acerca de la buena o mala conformación de las diferentes partes del caballo, y de ningún modo podrá pronunciarse acerca de la conducta futura del mismo, de la energía que éste posee, ni respecto de la sangre que lleva en sus venas.
Será, por consiguiente, una injusticia culpar, como con frecuencia se hace, al veterinario o a la persona perita a quien nos hayamos confiado, si el animal no responde después a todas las condiciones que de él esperábamos.
A este propósito podemos recordar un proverbio, que aunque no muy respetuoso con las señoras, dice: APara tomar mujer y comprar caballo, cierra los ojos y encomiéndate a Dios@. Este proverbio comprueba lo que acabamos de decir respecto de la compra del caballo, o sea que es necesario adivinar en una buena parte.
A esto podemos añadir que así como nadie puede negar al comerciante el derecho que tiene a presentar su mercancía en el escaparate bajo el aspecto más favorable, tampoco se podrá protestar de que el ganadero procure poner bien a la vista las buenas cualidades de su caballo, enmascarando al mismo tiempo sus imperfecciones y defectos, que no tiene la obligación de señalar.
Corresponde al comprador saber apreciar el verdadero valor del animal, y por el examen de sus diversas partes y por sus movimientos formarse una idea de lo que se puede esperar del caballo que pretende comprar.
Respecto de tal particular, será conveniente que recuerde el comprador algunos proverbios que le aconsejan estar siempre en guardia: AEn cosas de caballos no te fíes de nadie@. O este otro: APara engañar a un hombre de bien quiero un caballo@.
Hombres hay correctísimos en todos sus negocios incapaces de causar voluntariamente a nadie el perjuicio de un céntimo, y cuando se trata de vender un caballo son bastante menos escrupulosos.
Se explica esto porque en tales asuntos interviene el amor propio, y nadie quiere que cuando el caballo se encuentra en sus manos pueda decírsele que lo han engañado, que no descubrió sus defectos, que no supo probarlo, en suma, que ha demostrado no ser práctico en la materia.
Existe por este motivo una gran propensión a ocultar la verdad, o por lo menos a disfrazarla, aunque se trate de un pariente próximo.
listo, y con frecuencia ocurre que se cierran contratos de tal índole que en cualquiera otro asunto que no fuese el de los caballos, serían intolerables.
El que sale burlado, no solamente no lo dice, sino que desearía que nadie lo supiese; el que engaña no lo tiene a cargo de conciencia.
Creemos que para poner en guardia al comprador contra las artes del vendedor es conveniente indicar brevemente los procedimientos adoptados para presentar el caballo de manera agradable, así como los métodos seguidos para ocultar algún defecto, y después expondremos las principales advertencias a que habrá de atenerse el comprador para examinar el caballo.
Artes del chalán. En multitud de tratados de hipología se enumeran todas las malicias que en los pasados tiempos se utilizaban por los negociantes y ganaderos poco escrupulosos para vender el ganado defectuoso. Algunas de dichas malicias son verdaderamente groseras y deshonestas; en la actualidad el arte de los negociantes en caballos es mas refinado, si se quiere, pero se limita a embellecer el caballo y a presentarlo de tal modo que el comprador quede en principio favorablemente impresionado. De aquí que se presente una mayor dificultad en el descubrimiento de sus artes, pero nunca se llegará al extremo de ruborizarse al verse engañado por la astucia y hasta por la inteligencia. Solamente los negociantes de ínfima categoría, los chalanes y los propietarios de mala fe, emplean todavía medios reprobables para ocultar algún defecto.
Existen en la actualidad ganaderos verdaderamente honrados, a los cuales puede uno confiarse con la convicción de que no ha de ser engañado por la mala fe de ellos. También es justo reconocer que cuando los ganaderos han tenido poco tiempo en sus caballerizas a los caballos, no han podido apreciar los defectos y las buenas cualidades de éstos, y no podrán ser acusados de mala fe por la venta de caballos defectuosos.
Las caballerizas del tratante son en general claras, cómodas, sanas y sobre todo elegantes; el suelo de los compartimientos es inclinado, lo cual sirve para mitigar los defectos del dorso, de la grupa, de la inserción de la cola y las imperfecciones de los aplomos, como las de los caballos zambos, remetidos de brazos o de piernas.
El suelo del corredor es más bajo por la parte posterior de los compartimentos, lo cual contribuye a que parezcan más altos los caballos, y esta diferencia de nivel se oculta hábilmente con el canal para el curso de las orinas y con los manojos de paja que durante el día suelen ponerse a lo largo del camino.
Por medio de cubiertas adecuadas, buena limpieza y ambiente cálido, logran los ganaderos que los caballos conserven el pelo lustroso en todas las estaciones del año; los caballos que lo tienen demasiado largo se esquilan; los flacos adquieren un grado de gordura adecuado por medio de un régimen dietético bien estudiado; con las duchas, frotamientos y fajas de lana desaparecen o disminuyen por lo menos de volumen los bultos de las extremidades, de manera que parezcan menos sospechosas.
Cuando se trata de sacar fuera de la cuadra un caballo para ser visitado, es previamente preparado para la presentación, arreglándole el tupé, la crin y la cola con una bruza humedecida y el pelo con un trozo de lana, limpiándole los ojos y las narices e introduciendo con cierto arte en el ano un trozo de jengibre, de antemano masticado, con el objeto de que el caballo adquiera una momentánea energía y en virtud de la cual arquee el cuello, rebaje los riñones y levante mucho la cola.
En general suelen hallarse enseñados a presentarse bien todos los caballos de los negociantes, y con la fusta se hace comprender a los caballos que lo necesitan que deben salir mostrando vivacidad y energía.
En los corrales donde se presentan los caballos al lado de una pared blanca, próxima a la salida de la cuadra, se halla preparado un sitio en pendiente, en el cual se deja el caballo, que presentará más baja la parte posterior de su cuerpo y con las extremidades tanto anteriores como
posteriores bien apareadas, teniendo las primeras en aplomo y muy echadas hacia atrás las segundas, y de este modo queda el caballo más alto por delante, y el dorso, los riñones y la grupa más horizontales, resultando los defectos de aplomo en gran parte disimulados.
Cuando el caballo sea presentado por un sirviente de baja estatura, el caballo parecerá más alto, y, por el contrario, más bajo cuando éste sea conducido por un criado más alto.
Si el animal tiene un cuello esbelto y la crin cuelga a la derecha, se presenta el caballo con el flanco de este mismo lado hacia la pared.
De ordinario, después de la presentación del caballo se hace marchar a éste al trote; el doméstico coge para ello las riendas muy cortas, por la brida, que puede tener alguna disposición especial de estructura para excitarlo, y acompaña al caballo haciendo que coincidan los movimientos de sus propias piernas con los de las extremidades anteriores del animal; lo maneja con arte a la vez que el ganadero u otra persona cualquiera lo anima por detrás haciendo restallar el látigo en el aire o golpeando con el mango el sombrero, agitando un pañuelo, etc.
Animado por la fusta y por los ruidos y manejado por el conductor, por muy poca sangre que tenga el caballo se moverá con vivacidad y arrogancia, levantará las patas y desarrollará y extenderá sus movimientos todo cuanto le permitan sus aptitudes.
Para que los movimientos del caballo en marcha resalten más, es costumbre, cuando se engancha a un vehículo, ponerle rodilleras blancas y de una longitud bastante grande. Por débil que sea el trote del animal, parecerá de esta manera que se levantan mucho sus extremidades anteriores.
Los ingleses suelen adoptar otro procedimiento cuando quieren hacer resaltar los movimientos de un caballo que tiene buen trote, llevándolo a este paso guiado por un presentador hábil, el cual monta sobre un poni que marcha al galope.
Es singular el efecto que produce este método de presentación; el contraste entre el poni que galopa con todas sus fuerzas y que no alcanza la velocidad del caballo al trote pone más de relieve las aptitudes de éste, y así aparecen como buenos los caballos mediocres y como mediocres los malos.
Numerosos caballos existen, dice Goyau, que durante toda su vida no han estado buenos, bellos y lustrosos más que una sola vez: el día de su venta.
Indicaremos ahora brevemente los procedimientos empleados para disimular cualquier defecto.
Se suple la falta de tupé fijando uno postizo en la parte superior del bridón o de la cabezada. De la misma manera se oculta un ojo enfermo o defectuoso y al mismo tiempo se presenta el caballo por el lado del ojo sano.
Con una cola postiza, sostenida por una baticola cuando el caballo está ensillado o por una madeja de paja, se oculta un maslo desprovisto de crines.
Los pelos blancos de las sienes, del dorso de la nariz y de la cruz, se arrancan o se tiñen de un color adecuado.
A un caballo que lagrimea se le introduce una pajita entre el párpado y el globo ocular, o también se le practica una herida cerca del ojo para que pueda creerse que dicho lagrimeo proviene de una causa accidental o pasajera.
Las cicatrices sobre la nariz se tiñen de un color igual al que tiene el pelo del animal. Un cuello corto se esconde con la crin colocada por el lado que queda expuesto al comprador.
El defecto de ser bajo de la parte anterior, de tener la cruz poco pronunciada, desaparece, como ya se ha indicado, colocando el caballo con las extremidades anteriores sobre un piso fuertemente inclinado.
Un caballo demasiado bajo de atrás se presenta sobre un suelo horizontal o ligeramente inclinado hacia la parte anterior del animal.
Con una cubierta muy amplia y con anchas rayas en el sentido de la altura, se oculta el exceso de longitud; con una cubierta estrecha y con rayas finas en el sentido de la longitud, se enmascara el defecto de ser el caballo demasiado corto.
Si se hace ingerir al caballo perdigones de caza o una anguila viva, se suspenden las convulsiones del flanco, indicio del huélfago.
Las cicatrices de la rodilla o de otros puntos del cuerpo del animal se pintan con colores al óleo del mismo color que el de los pelos próximos, o se barnizan con un cierto arte y después se aplican pelos sobre el barniz o se tapan con espuma de la boca del propio caballo.
Las grietas y demás defectos se embadurnan con un mástique. Por la acción de la fusta y despertando una energía ficticia en el caballo, utilizando un suelo blando y elástico para que se mueva sobre él, se disimularán bastante las cojeras.
Un caballo que cojea en frío se hace pasear previamente para que la cojera haya desaparecido al presentarlo; cuando, por el contrario, cojea el animal en caliente, se baña antes de presentarlo o se le aplican cataplasmas y se le tiene un cierto tiempo en reposo.
Un caballo frío de espaldas, se monta y se hace marchar con velocidad para que entre en calor.
Un animal difícil, furioso, malo o peligroso se tranquiliza con narcóticos, y, al contrario, por medio del reposo y con substancias espirituosas se presta brío a un caballo apático y linfático. Entre otras astucias recordamos las siguientes: un caballo montado por el sirviente del vendedor, o por este mismo, demuestra una gran vivacidad y parece que el jinete procura por todos los medios contenerlo sin tocarle con la espuela; el mismo caballo montado al día siguiente por el comprador no se mueve, es torpe y se manifiesta insensible a toda clase de estímulos. Se explica esto porque en la silla y precisamente debajo de las rodillas del jinete del día anterior, una pequeña cantidad de clavos fijados en el acolchado, se clavaban al ejercer presión en el cuerpo del animal y lo exaltaban extraordinariamente.
Un vendedor elogiaba su caballo como dócil, vigoroso y sin vicios, y añadía: es todo cuanto se puede pedir de bueno, y no le falta mas que la lengua para hablar. El comprador del caballo estaba persuadido de las buenas condiciones del animal adquirido, hasta que observó a los pocos días que le faltaba un trozo de lengua; y cuando corrió a manifestar al vendedor su proceder desleal, éste le contestó: (pero si yo ya le dije que le faltaba la lengua...!
Para que empareje mejor un caballo que tiene una estrella en la frente con otro que carece de ella, se pinta una artificial a este último con un color adecuado.
A un caballo con las cuencas orbitarias hundidas, se insufla aire en las mismas.
Las orejas demasiado largas se cortan en el borde superior, para que sean más pequeñas; si cuelgan o están muy separadas, se atan con un hilo de seda, se arranca un trozo de piel en la base de las mismas o se ponen derechas atándolas al tupé.
Se excoria la piel de los tumores viejos, para hacer creer que proviene la hinchazón de excoriaciones recientes producidas al ser restregado el caballo.
Para que el animal parezca más elevado, se le ponen herraduras gruesas con los ramplones muy altos.
En ciertos casos el comprador advierte algún defecto del caballo, y entonces el vendedor procura distraerlo, llamando su atención sobre otro defecto menos importante.
Con cierta frecuencia se observan leves heridas recientes en una pata, semejantes a las que pueden ser producidas por un golpe o coz, hechas con arte para poder atribuir a ellas una cojera antigua.
Con una herradura reciente en la cual se ha puesto un clavo demasiado alto, se intenta hacer creer que depende de dicho clavo una cojera.
Cuando se quiere que un caballo aparezca de más de un año de edad, se le arrancan los incisivos medianos o los laterales de leche. Se reconoce este fraude por las encías inflamadas,
contusas, doloridas, pero más especialmente todavía por la falta del diente de substitución en el alvéolo, el cual, cuando es natural la caída, aparece inmediatamente.
Además, si, por ejemplo, se han extraído los medianos con el objeto de que un caballo que tiene tres años aparezca de tres y medio a cuatro, se verán las palas todavía muy cortas, y también se verán muy cortos los medianos permanentes si se arrancaron los extremos de leche para que represente de cuatro y medio a cinco años un potro que no tiene todavía más que cuatro años de edad.
Con el objeto de que los caballos viejos representen menos edad, se recortan los dientes demasiado largos y se dibuja con un hierro candente la neguilla. Este fraude se reconoce por la falta de regularidad en los bordes de la cavidad, por no hallarse ésta ni la neguilla bordeadas por el esmalte, sino por un borde amarillento producido por el hierro candente, por la forma del diente, que no corresponde a la edad que quiere representar la marca y por el hecho de no coincidir los incisivos en la boca cerrada.
En tales casos oponen resistencia a que se les abra la boca, que con frecuencia tienen llena de espuma producida por el jabón o por otra substancia que se les suele introducir en ella.
Omitiremos ya el hablar de ciertas astucias, o mejor fraudes más groseros, como, p. ej., el de taponarles las orejas a estos animales con estopa y pez cuando son espantadizos, para que dejen de oír ruidos; la de llenar con mástique, cera u otra substancia análoga las grietas y empolvarlas un poco, con lo cual se obtendrá de un modo perfecto el efecto deseado, y otras muchas más vulgares que los negociantes que se estiman en algo jamás adoptan.
En las ferias especialmente es donde los chalanes demuestran su gran habilidad, y de aquí que en ellas sea donde con mayor facilidad se corra el riesgo de ser engañados. Muchos de aquéllos fueron palafreneros antes que negociantes, y han podido adquirir una gran habilidad en el arte de enmascarar los defectos. De aquí la mayor necesidad de ser más cautos en las compras realizadas en las ferias.
Examen del caballo dentro y fuera de la cuadra. El comprador que desee adquirir un caballo procederá a examinar el animal cuando se encuentre todavía dentro de la cuadra. En esta observación podrá recoger indicios muy útiles, puesto que en las cuadras de los negociantes los caballos se hallan sobresaltados en sus puestos respectivos por ruidos y por fustazos, de tal modo, que con sólo abrir la puerta ya se ponen excitados dichos animales.
De la manera como el caballo gobierne sus cuatro piernas se podrá deducir si tiene enfermos sus remos. Si se observa que escribe con uno de los remos anteriores, se sospechará de una enfermedad local que la extremidad desviada padece y que por este motivo procura el caballo substraerla al peso del cuerpo. Se dice que un caballo escribe, cuando en la cuadra se halla con una de las patas anteriores dirigida hasta casi debajo del pesebre.
Del mismo modo, cuando se apoya con más frecuencia sobre una de las posteriores y al procurar con suavidad que se mueva vuelve a apoyarse sobre la misma pata, puede sospecharse