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Por los tiempos de Alejandro tenían ya los griegos mucha experiencia de establecerse entre otros pueblos, entre «bárbaros», e inclusive, en algunas zonas, tales como Caria, en Asia Menor, o Crimea, se habían habituado a los matrimonios mixtos y a la fusión cultural. Sin embargo, el fenómeno helenístico fue de otro orden y a una escala más amplia.

Durante cincuenta años, los ejércitos de los macedonios y los griegos reunidos consumieron sus vidas peleando en regiones lejanas. Después se fueron estableciendo en las zonas conquistadas, donde, junto con más emigrantes que llegaban de Grecia, formaron una nueva clase rectora, dueña de las riquezas y del poder, mientras los indígenas quedaron relegados, constituyendo la parte de la población dedicada al trabajo. Claro está que no todos los recién venidos, ni mucho menos, llegaban a enriquecerse y a poder disfrutar del ocio. Surgió también una numerosa clase media de soldados colonizadores, que cultivaban los terrenos repartidos entre ellos por el rey en pago a sus servicios y transmitían a sus descendientes su condición y pertenencias.

Alejandro y sus sucesores fundaron por doquier ciudades según el modelo de las griegas (o rehicieron algunas ya existentes). Varias, como Alejandría, Antioquía y Seleucia, la ribereña del Tigris —pues hubo otras Seleucias— llegaron a ser grandes metrópolis, que superaron en tamaño y prosperidad a la misma Atenas clásica. (Las tres citadas alcanzaron y quizá sobrepasaron la cifra del medio millón de habitantes; únicamente fueron vencidas en esto por Roma y Cartago.)

Transplantáronse los elementos característicos de la polis griega: el Ágora y los templos, los gimnasios y los pórticos (estoas), las asambleas, los consejos, las magistraturas. Y, naturalmente, los inmigrantes y sus descendientes hablaban el griego, un dialecto que era modificación del ático y que vino a hacerse uniforme en la mayoría de los países del mundo helenístico (la lengua koine, común, conocida hoy más de ordinario por el nombre de «griego del Nuevo Testamento»). Los elementos ilustrados de entre las gentes sometidas y sus antiguos gobernantes adoptaron con rapidez la lengua griega y gran parte de la cultura helénica. Los nativos pertenecientes a las clases inferiores se aferraron con tenacidad a sus propios idiomas y escrituras —por ejemplo, al egipcio, o al arameo, la lengua original de los Evangelios—, y éste fue el signo más obvio de

hasta qué punto era fundamental la brecha abierta en la población de cada país por el helenismo.

En cuanto al gobierno, tenía el griego por idioma oficial, y en él se emitían muchas de las formalidades legales. Sin embargo, la realidad, decididamente, no era griega: nada había en el acervo de las experiencias griegas que permitiese constituir estados ni siquiera del tamaño del reino de Pérgamo, cuyo territorio

tuvo unos 180.000 km2 cuando llegó a ser más grande (mientras que el Ática no

pasaba de los 2.500), para no mencionar el imperio de los seléucidas que se acercó a veces a los cuatro millones de kilómetros cuadrados.

No estaba al alcance de los gobernantes el trasladar las prácticas políticas y administrativas de las poleis griegas y ampliarlas, como hubiesen deseado, a la nueva escala. Y tampoco las tiranías proporcionaban un modelo adecuado, aparte de que todas las escuelas del pensamiento griego veían en los tiranos a los conculca-dores y negadores de la existencia de una política genuinamente helénica.

Los reyes helenísticos fueron muy desde los comienzos monarcas absolutos, en el sentido más literal de estos términos; gobernaban personal y dinásticamente, eran la única fuente de la ley, libres para tratar con quien fuese, desde el más bajo hasta el más alto, según su arbitraria decisión, prerrogativas que ejercitaron con bastante frecuencia.

Ni que decir tiene que había mucha burocracia: era éste el único cauce para ventilar los asuntos del Estado, y acabó por abarcarlo todo. No obstante, la soberanía era ejercida tan personalmente por el monarca que el «país» en que éste gobernaba no tenía nombre. Tolomeo, Seleuco y sus sucesores fueron reyes, pero no lo fueron «de» algo que se llamara Egipto, Babilonia o Persia; y esto no sólo en principio, sino tampoco en el lenguaje oficial, tanto en el de sus edictos de fronteras adentro como en el de los tratados u otros documentos internacionales. Egipto era un vocablo que designaba unos límites geográficos, mientras que el territorio Tolemaico era mucho más extenso, y al de los seléucidas le faltaba hasta un núcleo definido equivalente.

Desde el punto de vista histórico, las raíces de aquel sistema hay que ir a buscarlas en los regímenes monárquicos establecidos desde muy antiguo en el Oriente Próximo, regímenes que los conquistadores, macedonios adoptaron automáticamente. Ésta era la realidad que saltaba a la vista (excepción del caso

de los Antigónidas), y por más que se añadiesen como elemento innovador ciudades fundadas según el modelo griego, su vida difería necesariamente en lo cualitativo de la que había tenido lugar durante los períodos anteriores de la historia griega. La ciudad helenística no era una organización política, sino un centro administrativo. Proporcionaba a la comunidad de sus habitantes varios servicios, referentes, por ejemplo, a la provisión de agua y alimentos, o tocantes a la religión y a la educación; era también responsable de la exacción de tributos, la administración de justicia y otras tareas que le eran asignadas por el rey. Los formalismos y, en cierto grado, la ideología fueron aún más allá; todo individuo era súbdito del rey, pero en las ciudades, para lo relativo a los negocios locales, era altamente apreciado el estado de ciudadanía, como si aún perdurasen los antiguos tiempos. Por significativos que fuesen, social y psicológicamente, los cargos honrosos, carecían, no obstante, de fuerza política; ninguna ciudad era autónoma, ni podía tomar la menor iniciativa en los decisivos campos de la legislación y las finanzas; las decisiones de los jueces debían doblegarse ante el derecho a apelar a la jurisdicción regia; los negocios extranjeros estaban enteramente en manos del monarca.

No es de maravillar que el auténtico foco de la vida ciudadana griega pasase a ser el gimnasio; dejadas de lado la asamblea y la sala del consejo, el gimnasio tendía a convertirse en el más atrayente núcleo de la vida cívica oficial. Era de lo más apropiado que la mayoría de las nuevas fundaciones tomasen un nombre derivado del de un rey o una reina: Alejandría, Antioquía, Seleucia, Laodicea, Berenice, son denominaciones que se repitieron una y muchas veces.

Sólo en la Grecia continental y en las islas del Egeo (más especialmente en Rodas) hubo una lucha con algunas consecuencias por mantener la vida política tradicional en Grecia. Allí donde la dinastía de los Antigónidas logró hacerse por completo con las riendas, prevaleció el patrón helenístico, pues los Antigónidas se hicieron (o trataron de hacerse) tan absolutistas como sus rivales de Oriente. Empero, su situación era muy distinta: en el interior, donde tenían sus bases, siguieron siendo reyes macedonios que gobernaban a los macedonios, sin libertad para asumir una autoridad absoluta, al estilo de la del Oriente Próximo; y en sus territorios de la Grecia conquistada no existían capas inferiores de población no griega. A menudo su control era débil, y en ocasiones se quebrantaba por completo en una u otra zona, de suerte que, hasta que cayó por

último bajo el poder romano, o sea, hasta mediados del siglo II a. J. C, cabe decir que la polis tuvo una continuidad en la antigua Grecia helenística, aunque precaria y muy modificada.

La institución que coronaba toda la estructura de la monarquía helenística era el culto al gobernante. Alejandro dio el paso primero y capital en este sentido y sus sucesores le imitaron, aunque hubieron de transcurrir como dos generaciones para que tal práctica llegara a ser constante y casi universal. La divinidad del monarca reinante (y con frecuencia también la de su consorte) era un rasgo propio de una mentalidad antiquísima, sobre todo en Egipto. Así, donde era éste un elemento tradicional de la monarquía los indígenas encontraban natural, y hasta necesario desde su punto de vista, aceptar al conquistador como a un dios y rendirle el debido homenaje. Pero semejante idea les era enteramente extraña a los persas, por ejemplo, entre los pueblos conquistados, y lo más seguro que también a los macedonios y a los griegos, pese a algunas excepciones aberrantes; por lo cual resulta sorprendente la facilidad y rapidez con que se alinearon todos para el nuevo culto. Esto sucedió, en efecto, hasta en la antigua Grecia, donde la situación predominante era muy singular: los Antigónidas no recibían culto en la misma Macedonia, mientras que tenían templos dedicados a sus personas en muchas ciudades griegas, como ocurría igualmente con otros gobernantes helenísticos, y en el caso de ellos, por lo común, a cambio de algún beneficio.

Tal vez no haya en la historia griega cosa alguna más engañosa que la psicología del culto al emperador. Refiéresenos que Demóstenes se mofó abiertamente cuando, en 324, ordenó Alejandro a los griegos que le reconocieran como a hijo de Zeus. Sin duda, el número de escépticos, tanto en aquella generación como en las siguientes, fue muy grande. Los reyes mismos, aunque exigían que se les diese culto, nunca hablaban, escribían ni decretaban como dioses, ni siquiera como hijos de dioses. La oposición activa a su culto fue extremadamente rara; cuando ocurrió tenía siempre inconfundibles matices políticos y era considerada como culpa política, como amenaza al régimen, no como herejía o blasfemia. Sin embargo, reducir aquella institución a mera política, aun como amaño para atraerse a las multitudes, sería erróneo (como lo hubiese sido juzgar así al oráculo de Delfos respecto a otra época). Millones de seres humanos participaban en las ceremonias, se gastaban enormes sumas en

edificios, estatuas y dedicaciones, y había innumerables vínculos visibles que ligaban a aquel «congruente» culto...

Todo esto era demasiado como para que se tratase de mera propaganda política. Nuestra incapacidad en cuanto a penetrar el sentido verdadero de tal institución nos obliga a renunciar aquí a ulteriores delimitaciones.

Ni siquiera la Atenas de la Ilustración se cuidó de extremarlas. Cuando murió Sófocles fue transformado por un grupo de adoradores de Asclepio en Dexión, el Receptor, y se le dedicó una capillita. Aquello era un culto en sentido estricto, y de nada sirve objetar que mientras vivió Sófocles a ningún ateniense se le habría ocurrido tomarle por otra cosa que por un mortal, aun cuando semejante observación sea cierta sin duda.

En el mundo helenístico, con su población tan heterogénea y sus embrollados antecedentes históricos, eran ilimitadas las posibilidades de entremezclar lo humano y lo divino, lo sagrado y lo profano, de anular las distancias entre ambos planos. Dentro de una amplísima gama de variedades y matices, el culto a los go- bernantes se convirtió, de hecho, en una parte integrante del politeísmo helenístico tal como lo vivían todos los sectores de la población.

Las religiones politeístas son de suyo tolerantes y muy adaptables; se incorporan las divinidades nuevas, dan a las antiguas nuevos atributos y combinan de este modo lo antañón con lo reciente. La religión griega, a lo largo de toda su historia, ofrece ejemplos del aprovechamiento de estas posibilidades, como lo es, por citar uno, el notable caso de identificación de Zeus con Amón, el dios solar de los egipcios. Pero, en la época helenística, el proceso de fusión (o sincretismo) alcanzó inusitadas proporciones, reflejo de la nueva sociedad entremezclada. El culto al gobernante fue una manifestación. Otra muestra muy significativa, el culto a Isis, con su trinitarismo. Otra más, la parcial helenización de la religión israelí. Y todas estas religiones «nuevas» fueron universales; es decir, no arraigadas en un país determinado, en una comarca, en un distrito, sino, si habían logrado éxito, difundidas por todas las regiones del mundo helenístico y luego también por el romano.

La religión helenística se caracterizaba además por sus concepciones del otro mundo. El griego helenístico reconocía aún al antiguo Panteón olímpico y aún participaba, al menos por representantes, en los cultos públicos de su ciudad. Siguió igualmente demandando asistencia sobrenatural en sus quehaceres

cotidianos, y es significativo que en su época adquiriese especial relevancia no sólo la diosa Tykhe (la Suerte, la Fortuna) sino también la astrología, ancestral arte babilonio que los griegos de épocas pasadas habían ignorado pese a su gran interés por la astronomía. Pero la vida genuinamente religiosa fue siendo cada vez más la propia de las religiones mistéricas, con su insistencia en la purifi- cación, la iniciación, la comunión y, de un modo u otro, en la redención. Lo religioso era algo mucho más personal que hasta allí lo había venido siendo. Como la polis había dejado de ser una comunidad que todo lo abarcaba, no servía ya de centro en torno al cual girase la vida espiritual del hombre. Ahora cada uno tenía que ganarse la salvación por su propio esfuerzo y ayudado por la divinidad, en una comunicación directa con ella.

La evolución de la filosofía siguió parecido curso. Los filósofos inducían al hombre a examinar su interior y a volver las espaldas al mundo de la materia. En la medida en que la ética clásica se había basado en la vida comunitaria de las ciudades-estado, vino a quedar falta de sentido para las monarquías absolutas helenísticas. Los filósofos clásicos creían en la desigualdad de los hombres y en una acción política fundamentada en tal premisa. El estoicismo, la filosofía que prevaleció durante la época helenística, comenzaba proclamando la hermandad de todos los hombres, sometidos por igual a una misma ley divina; pero, en un sentido negativo o pasivo, la sabiduría y la virtud requerían la indiferencia con respecto a los dolores y placeres materiales, a la riqueza o la pobreza, la esclavitud o el disfrute de derechos cívicos. Así pues, la filosofía y la religión helenísticas tenían un ámbito de confluencia, aunque la primera era racionalista y fríamente intelectual en sus argumentos, y la segunda emotiva a menudo or- giástica, hecha a celebrar ritos en vez de a dar razones. Cada una, en su propio plano, proporcionaba consuelos y esperanzas en medio de un mundo donde las perspectivas materiales eran pobres y la política no estaba ya sujeta al análisis de la razón, y donde, por tanto, la ética tenía que divorciarse de la sociedad y más aún de la política al uso.

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