8. Summary and conclusions
8.3 Final considerations
¡Hermosa es tu alborada, oh dios Atón, Señor de la eternidad! ¡Eres resplandeciente, hermoso y fuerte!
Inmenso y profundo es tu amor: tus rayos reverberan en los ojos de todas tus criaturas; tu faz extiende la luz que alienta a nuestros corazones.
Has llenado las Dos Tierras con tu amor, oh hermoso Señor, que te has creado a ti mismo, tú que has creado la tierra entera y todo lo que hay sobre ella, los hombres, los animales, los árboles que crecen en el suelo.
Levántate para darles la vida, pues eres la madre y el padre de todas las criaturas. Los ojos se vuelven hacia ti cuando escalas el firmamento. Tus rayos iluminan la tierra toda; el corazón de todos se llena de entusiasmo cuando te ven, cuando te apareces como su Señor. Cuando te pones en el horizonte occidental del cielo, tus criaturas se duermen como los muertos; sus cerebros se oscurecen, su boca se cierra hasta que tu resplandor se renueva, por lo mañana, en el horizonte oriental del cielo.
¡Entonces, sus brazos imploran tu Ka, tu hermoso despertar a la vida, y se vuelve a nacer! Nos mandas tus rayos y toda la tierra se viste de gala: se canta, suenan músicas, se lanzan gritos de alegría en el patio del palacio del Obelisco, tu templo de Akutatón, la gran plaza que tanto te agrada y en donde se te ofrece el alimento en homenaje...
Tú eres Atón, tú eres eterno... Has creado el cielo lejano para elevarte y ver todas las cosas que has creado. Eres solo y, sin embargo, das la vida a millones de seres; sus bocas reciben de ti el soplo de la vida. Cuando reciben tus rayos, reviven todas las flores que crecen sobre el suelo y se abren a tu aparición. Se emborrachan con tu luz. Todos los animales se levantan de un salto; los pájaros que estaban en sus nidos despliegan sus alas, se abren para rogar a Atón, fuente de vida.
Al romper el alba y en el declinar rosado de la tarde, se oía cantar, acompañado con arpa, este himno ardiente de fe.
A nueva doctrina, nueva estética
Existe una gran diferencia entre el canto de gloria de Atón y los himnos más antiguos en honor de Osiris y otras divinidades. Estos .cantos son casi letanías, enumeraciones de nombres y apodos del dios y de sus, santuarios envueltos en una mezcolanza mitológica. Los antiguos himnos al dios Ra, que datan en parte del Imperio Antiguo, son de un nivel mucho más elevado. Claro está que el himno de Atón se relaciona con estos cantos que describen la alegría de todos los seres cuando el Sol asciende del horizonte y nos muestra a los babuinos sagrados saludar con las manos extendidas la salida del astro divino. En otro himno, Ra es comparado con un hermoso mancebo: "Cuando rompe el Sol, los hombres renacen y los dioses le saludan con gritos de alegría. Los babuinos les ruegan y todos los animales salvajes cantan sus alabanzas".
Cuando, a los ojos de los egipcios, Amón se identifica con el dios solar y se convierte en Amón-Ra, le entonaban himnos como éste:
...El que crea las plantas para alimentar el ganado y los árboles, frutales para los hombres,
el que proporciona alimentos a las peces de los ríos y a los pájaros del cielo,
el que en el huevo despierta al polluelo a la vida, el que protege a las gusanillos,
el que da al ratoncillo en su agujero todo lo necesario y el que hace vivir al pájaro en el árbol...
A pesar de la semejanza que presentan los himnos de Ra y de Atón, están separados por un profundo abismo. En los himnos, de Ra, la mitología desempeña todavía un papel importante; en el himno de Atón, por el contrario, se ha liberado ya de ella.
El himno de Atón se parece más a los salmos de David. Si los analizamos comparativamente, encontraremos un parecido sorprendente con el salmo 104.
Eknatón ganó discípulos para la nueva fe. En las tumbas de El-Amarna, unas inscripciones nos cuentan cómo el rey discutía problemas religiosos con sus amigos. "Desde la mañana comenzaba a instruirme", dicen algunos grandes del reino. Eknatón se rodeó de algunos amigos de origen campesino, y se decía de él que "a los humildes los convertía en príncipes". Eknatón concedía importancia, no al origen, sino al valor que mostraban para "la doctrina"; así es como las inscripciones funerarias de El-Amarna llamaban al nuevo dogma, y los funcionarios que obedecían "la doctrina" se veían recompensados con toda clase de favores.
¿Qué pensar de la sinceridad de estas conversiones? Algo parece indicar una de las paredes de las tumbas, donde figura el propietario del lugar inclinado ante Eknatón ofreciéndole ricos presentes, tales como collares y aderezos de oro.
Discípulos de Eknatón, rogando al sol.
Un arte "comprometido"
Este mismo rey, reformador de la religión, también quiso liberar al arte de los lazos del pasado y de la tradición.
Durante el Imperio antiguo, el arte era francamente realista, como nos demuestra el Alcalde de pueblo y el Escriba sentado. En esta época, las estatuas eran consideradas como el refugio del muerto, para su ka. Debían ser, por consiguiente, tan parecidas como fuera posible: el ka no debía correr el riesgo de equivocarse. Más tarde se creyó en la fuerza mágica del nombre, más que en una representación de exactitud minuciosa;
así, pues, la estilización se impuso en el arte. Las obras del Imperio Nuevo no tuvieron necesidad de conseguir un parecido; el nombre del modelo era suficiente. Y he aquí una consecuencia interesante: llegó a ser posible robar una estatua y hacerla propia con sólo borrar el nombre original y sustituirlo por el del ladrón, lo que sucedió con frecuencia.
Las obras que adornan las tumbas y proporcionan descanso al alma de los difuntos, pueden considerarse como producciones de un arte comprometido (desde el punto de vista religioso). Eknatón alentó y protegió las tendencias artísticas más libres. Las excavaciones de El Amarna han puesto al descubierto algunos restos del palacio de Eknatón, y en las afueras de "la ciudad del horizonte" se descubrieron las ruinas de un pabellón de recreo rodeado de jardines con estanques artificiales que pertenecía al rey. En el mismo palacio se han conservado en buen estado algunos fragmentos del pavimento, con pinturas de extraordinario interés. Con una precisión que recuerda a los maestros japoneses, el artista reproduce los movimientos traviesos del ternerillo que retoza en el prado salpicado de flores rojas y el vuelo plateado de los pájaros; las propias plantas parecen vivas y las flores doblan su tallo con la gracia que les da su vitalidad.
En El-Amarna, en las tumbas de los cortesanos y altos dignatarios, también encontramos obras de un arte consumado. Todas glorifican al dios del Sol y a la familia real. Pero esto se produce de una manera completamente nueva. Antes, el soberano estaba representado como un semidiós y se le veía ofrecer sacrificios, matar a sus enemigos o sentado en su trono con inmutable majestad. Se diría que la sonrisa no podía adornar los labios regios, que parecían estar hechos sólo para dar órdenes. Las colosales estatuas de Egipto, en su inmutable serenidad, en la sobriedad imponente de sus actitudes, se ajustan a las líneas sencillas pero majestuosas de las obras arquitectónicas a que pertenecen. El arte egipcio tradicional posee su estilo y su valor propios.
El arte de El-Amarna ya está más cerca de nosotros. Así, vemos al faraón llevar las riendas de sus fogosos caballos, y con él, en el carro, a su mujer, la bellísima Nefertiti, y a su hijito. Al niño se le ha confiado el carcaj de su padre, y la reina manifiesta su alegría con un beso. Eknatón siempre está rodeado de su esposa y de sus hijos y ello nos permite echar una ojeada en la intimidad de su familia. El amor familiar y la adoración al Sol son el tema de estas obras de arte nuevo que rebosan sinceridad y delicadeza especiales.
Este nuevo realismo también se manifiesta en los retratos del rey. Los artistas le pintan como es, sin idealizarle. Nunca un rey egipcio fue pintado con tan inexorable exactitud. Algunas veces parece que en el dibujo se exageró la longitud del cuello y del mentón, y la silueta aparece un poco afeminada, pero el "hijo del dios Sol" se nos muestra siempre no como un semidiós idealizado y despersonalizado, sino como hombre. Aparece, pues, un arte nuevo bajo la influencia del fundador de una nueva religión. Este arte amarniano desencadenó las iras de los que seguían anclados en el estilo tradicional, hierático, inmutable.
Eknatón dedicaba toda su atención a los valores religiosos y estéticos. Es difícil averiguar el carácter político que informaba su celo reformador. Con todo, sabemos que Eknatón entabló una lucha fanática contra los antiguos dioses locales, como Osiris y Hator, y, sobre todo, contra Amón. Como consecuencia, los poderosos sacerdotes de Amón se convirtieron en los mayores enemigos de Eknatón. Y cuando los enemigos del exterior invadieron los estados vasallos de Egipto, las tentativas de reforma del "rey herético" tuvieron que virar en redondo.
Eknatón en su carro.
La amenaza del Imperio hitita
En efecto, la religión y el arte habían impulsado a Eknatón a descuidar sus deberes en política extranjera, postura tanto más peligrosa cuanto que en Asia Menor se estaba formando un imperio poderoso, el de los hititas, singular pueblo que representa una de las más grandes incógnitas etnográficas de la Historia. En efecto, los hititas no eran semitas ni indoeuropeos, sino que formaban probablemente un pueblo mestizo cuyo lenguaje parece emparentado con los indoeuropeos. Recién se ha llegado a descifrar su lengua, aunque de manera rudimentaria, gracias al descubrimiento en 1906-1907 de gran número de inscripciones sobre tablillas de arcilla en la capital del imperio hitita, la actual Boghazkoy, en Turquía, en un paisaje maravilloso de montañas casi infranqueables. En Boghazkoy se han encontrado los archivos del imperio hitita, y por suerte estos documentos fueron escritos en caracteres cuneiformes babilónicos. Sin esta feliz coyuntura, nunca se habría conocido su significado, pues la verdadera escritura de los hititas, una especie de jeroglíficos, todavía resiste a cuantas tentativas se han hecho para descifrarla.
Los hititas eran guerreros temibles, sobre todo por sus carros de combate, que causaban cuantiosas pérdidas a los enemigos. Desde el siglo XX antes de Cristo, estos artefactos habían extendido el terror en Babilonia. Egipto jamás se enfrentó con adversarios tan terribles.
Los hititas poseían el ejército más poderoso de Asia y disponían de armas de hierro cuando los egipcios estaban todavía en la Edad del Bronce. Pues bien, mientras los hititas conquistaban los territorios del faraón, en Siria del Norte, los hebreos salían del desierto de Sinaí para invadir el Canaán.
Los jefes sirios fieles al faraón no recibieron de éste la ayuda que requería el momento. Los archivos de El-Amarna nos ofrecen emocionantes testimonios de sus
angustias. Uno de los vasallos, a quien el enemigo había tomado todas las ciudades, menos dos, y le asediaba una de ellas, escribe al faraón: "Mirad, estoy aquí, en Gubla, como un pájaro cogido en el lazo. Los campos de mis campesinos son como una mujer que no tiene marido: son estériles y. están abandonados. ¡Escucha también, señor, la súplica de tu servidor y envíame pronto ayuda! Si no, tendré que abandonar la ciudad y huir".
El príncipe que reinaba en Jerusalén mandó esta angustiosa llamada: "¡Sabed, oh, rey, que todos los países se desmoronan y que el enemigo se acerca! ¡Quered, oh, rey, defender vuestro país! Las regiones de Gazri, Ascalón y Lakis se han sometido a los hebreos y les han ofrecido alimento, aceite y todo aquello de que tenían necesidad. ¡Enviad, oh, rey, tropas contra los pueblos que se conducen de forma tan escandalosa hacia el rey, mi señor!"
Crepúsculo de un idealismo
En la capital de Egipto, los templos resonaban con las alabanzas dirigidas al nuevo dios del imperio mundial, pero este imperio mundial ya no existía. Los tributos de Asia no llegaban y la posición económica del faraón se debilitaba. Como no podía colmar de regalos a sus adictos, la abnegación hacia el faraón se enfrió. Sus enemigos del interior también le hicieron frente. Y no sólo los sacerdotes de Tebas se opusieron al faraón, sino que cuando dio la orden de desechar a todos los dioses, lo mismo que a Amón, casi todo el pueblo egipcio le consideró un hereje.
En su inmensa mayoría, el pueblo no se atrevía a separarse de sus antiguos dioses, sobre todo de Osiris, el dios protector de los hombres en el sombrío reino de los muertos. La doctrina de Atón no tuvo realidad más que en Eknatón y en un pequeño grupo de fieles; nunca llegó a ser la religión del pueblo egipcio.
Los sacerdotes de los dioses antiguos pronto se pusieron a la cabeza del pueblo y organizaron un ejército. Las diferentes clases sociales estaban unidas por un deseo: ¡apartar del trono a este odiado soñador! Es cierto que Eknatón llegó a dominar la crisis, pero sus últimos años se vieron llenos de preocupaciones. Murió después de diecisiete años de reinado, hacia 1358 antes de Cristo.
Revolucionario apasionado y reformador enérgico, Eknatón se distingue sobremanera en la larga serie de faraones apegados a la tradición y sin gran personalidad. Sus ideas eran muy avanzadas para su tiempo, siendo considerado como el primer idealista y la primera personalidad vigorosa de la historia mundial.
Sus enemigos intentaron borrar de la historia de Egipto el recuerdo del "rey herético". Así, después de la muerte de Eknatón, los sacerdotes y los seguidores de las viejas creencias obligaron a su yerno y segundo sucesor, Tutankamón, a abandonar la ciudad de El-Amarna.
ESTANCAMIENTO IMPERIAL