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2.3 Metallographic Processing

2.3.2 Final Polishing

La gestión emocional abarca la elaboración de un proceso (consciente o inconsciente) de aproximación a nuestras emociones desde el no juicio con el fin de integrar su significado a lo que somos y orientar nuestra acción presente y futura en un sentido más pleno.

La clave principal de la gestión emocional es el no control. Una emoción es una reacción de nuestro cuerpo transmitida a través de nuestro sistema nervioso, que nos aporta una información que debemos tener en consideración. Suele decirse que cada emoción tiene una función y un mensaje.

En ocasiones el mensaje que recibimos puede estar “desfasado”:

si la emoción aún se presenta, y más aún si nos desborda, es posible que no hayamos hecho una toma de conciencia plena y que por ello persista el impulso (aunque esto es común, no se aplica a todos los casos). Ante estas situaciones, resulta favorable dejar de intentar controlar eso que nos está pasando, y gestionar la emoción que nos viene

Esta definición podría no aplicarse a individuos con patologías severas (por ejemplo, psicopatías o depresiones endógenas), pero sí es adecuada a procesos comunes y a todos los que en uno u otro momento hemos vivido bloqueos emocionales que nos han limitado la capacidad de sentir o emociones demasiado poderosas que nos han imposibilitado vivir como nos gustaría.

2.2.3.1. ETAPAS DE LA GESTIÓN EMOCIONAL:

Son etapas por las que pasamos cuando realizamos un proceso de gestión emocional (independiente de la emoción que estamos experimentando: se puede aplicar tanto a emociones menos amables como la tristeza o la ira, como a otras que nos suelen gustar más, como el amor o la alegría):

A. EXPERIMENTACIÓN:

Se produce en el momento en el que la emoción nos sobreviene, independientemente de cuál sea el

catalizador que la ha desencadenado. Cuando gestionamos la emoción, en lugar de controlarla, permitimos el paso a la segunda etapa.

En las ocasiones en que reprimimos nuestras emociones es posible que aparezca una emoción sustitutiva o que nos “desconectemos” de nuestro

cuerpo por algún medio. Si cortamos la conexión con la emoción es posible que esta regrese más adelante con mayor intensidad (el cerebro interpreta que no envió una señal lo suficientemente poderosa como para hacernos tomar conciencia de lo que nos pasa). En ocasiones, también puede desencadenar en diversas patologías el exceso de control o represión corporal - emocional.

B. ESTADO DE FLUJO:

Es el paso al que llegamos si permitimos que le emoción se exprese y desencadene. Suele incluir reacciones fisiológicas. Implica un proceso de inmersión. Por ejemplo, cuando sentimos ira se nos acelera el pulso, sentimos calor y/o ganas de gritar, entre otros síntomas medibles. Este estado se mantiene con mayor o menor intensidad hasta la finalización del proceso. No obstante, una toma de conciencia puede requerir, a menudo, varios

episodios para llegar a una resolución: depende de varios factores, pero el principal es la experiencia en gestión emocional que tengamos. ¿Quién no ha tenido emociones recurrentes?

C. OBSERVACIÓN:

La observación se produce en el momento en el que metafóricamente damos un paso atrás y observamos qué nos está pasando. Una falsa creencia, aunque muy habitual, es que para poder comprendernos a nosotros mismos es necesario desvincularnos de la emoción y “mantener la cabeza fría”. Por lo general,

muchas personas creen que llegan a esta etapa a través de la represión. Sin embargo, es necesario estar conectados con la emoción y contemplarla al mismo tiempo. Es frecuente que en este estado los síntomas que inicialmente sobrevinieron pierdan cierta intensidad, pero para observar sin juicio es necesario estar en conexión con lo que sentimos, no con lo que “creemos haber sentido”. Simplemente, se

trata de no desactivar el interruptor. Un ejercicio frecuente para practicar esto es imaginarnos que alguien cercano (puedes ser tú mismo) está a tu lado y te observa. La respiración profunda y la relajación

suele ser un mecanismo que también favorece acceder a esta etapa de gestión emocional.

D. TOMA DE CONCIENCIA:

No tienes que hacer nada para llegar a este paso del proceso. Si te observas con paciencia (y sin presiones), muchas veces durante varios episodios (o a través del recuerdo de los mismos), las respuestas llegan solas. Necesitamos experimentar las emociones para comprender.

A veces nos damos cuenta de que detrás de la emoción que sentimos hay otra que estaba reprimida: es sorprendente la cantidad de emociones sustitutivas que podemos llegar a experimentar. Y no sólo se trata de emociones sustitutivas: hay procesos en la vida con un intenso impacto en nosotros (por ejemplo, los duelos) que requieren la asimilación de diferentes emociones, no sustitutivas, sino necesarias por la importancia que el mensaje tiene para nosotros. Si este fuese el caso, quizá se tenga que gestionar desde el inicio la nueva emoción, pero no se debe olvidar felicitarse a uno mismo por la toma de conciencia.

E. INTEGRACIÓN:

Cuando hacemos una toma de conciencia, es decir, nos damos cuenta del mensaje que nos quería transmitir nuestro cerebro a través de una emoción, aprendemos cosas sobre nosotros. Pues bien, no sólo se trata de comprender, sino de aprehender, de integrarlo en nuestra identidad y esto puede llevar un tiempo.

F. ADAPTACIÓN:

Es el periodo que transcurre desde que integramos en nuestra identidad una nueva información sobre nosotros mismos, una vez terminada la etapa de integración, hasta que nuestro organismo se sintoniza con nuestra realidad cotidiana. Cuando hacemos esto, es posible que de forma residual sigamos experimentando las emociones antiguas con menor intensidad. El cuerpo comprende, pero su respuesta no es automática.

G. EQUILIBRIO:

Este es el estado en el que te sientes en paz contigo mismo con respecto a la emoción que has experimentado. Si miras atrás, te sientes cómodo con el aprendizaje que te reportó la experiencia. Cuanto

más equilibrado te encuentres, más sencillo será la gestión de futuras emociones. (Indira, 2014)

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